La balada del hijo pródigo (1ª Parte)


Nota contextual: una primera versión de este texto, compuesto originalmente cuando tuve la ocasión de conocer a su protagonista durante un ciclo de conferencias en la Universidad Camilo José Cela (año 2011), ya apareció publicada en prensa en mi querida, por muchos motivos, Revista PASOS. Tras revisarlo me ha parecido, por su contenido y contexto, un excelente modo de iniciar el viaje.


Su aspecto es sumariamente normal. Uno de tantos. Se trata de un hombre tirando a pequeño, robusto, que ha pasado la cuarentena. Su padre era español, de Valencia, y su madre ecuatoriana (lo cual explica en gran parte su aspecto físico, de marcados rasgos latinos). Tiene la doble nacionalidad hispano-estadounidense, vive a caballo entre su querida Valencia y su no menos querido Miami. Sería otro de los muchos que pasan la vida en el aire, brincando de un lado al otro del charco, de no ser por un sutil detalle que le hizo en su día mundialmente famoso: pasó tres años en el corredor de la muerte del penal de Starke (Florida) por un delito que nunca cometió. Y es de los pocos que puede contarlo. Por eso, cuando habla, es de las escasas personas que conozco que de verdad tiene algo que decir, y a las que merece la pena escuchar.

“Tienes que entenderlo –razona-, allá en Estados Unidos te educan desde que eres niño para creer en ello. No lo discutes, sino que simplemente lo asumes”.

Yo, con los ojos muy abiertos sigo sin poder creérmelo, e insisto: “¿Pero de verdad tu, antes de aquello, eras partidario de la pena de muerte?”. Me contesta muy serio: “Sí. Ahora no estoy orgulloso de eso, es verdad, pero cuando te cuente toda la historia entenderás lo que era, y lo que soy…” Así que me dispongo a escuchar a José Joaquín Martínez. Asumo que se tiene que explicar –y muy bien- porque aún no logro liberarme de la perplejidad que me embarga.

El relato, según me anticipa en el prólogo, no difiere mucho de lo que es normal entre muchos jóvenes estadounidenses de clase media. Es un tipo seguro de sí, ya casado, que va camino del éxito: “Yo era un tío orgulloso, arrogante y pagado de mí mismo –resume-. Es normal. Tienes que pensar que a los 24 años ya había cumplido buena parte del sueño americano y tenía pasta, un buen coche, buena casa, un trabajo decente y la vida resuelta como quien dice… Y estaba seguro de que los tíos que había en el corredor de la muerte, o incluso en la misma cárcel, eran muy malos y se merecían aquello que les pasara por perverso que fuese. A mí en la vida se me ocurrió que podría terminar allí”. En efecto. José Joaquín es el producto estándar de su entorno psicosocial. El resultado de una educación perversa que enseña a los niños desde bien pequeños que artilugios como la silla eléctrica, la cámara de gas o la inyección letal son herramientas de justicia y que, dependiendo de para qué, ir armado es útil e incluso necesario.

Pero vendrá el divorcio y la tormenta en el paraíso. La relación de José Joaquín con su esposa no es buena, se rompe, y hay problemas con la custodia de la niña que tienen en común. “Ya te digo que yo estaba muy crecido por lo que el sueño americano se me quedaba pequeño y, la verdad, no veía claros mis límites”. Por eso apretó las tuercas a su ex mujer en el tema de la chiquilla, y por eso ella hizo lo que hizo: “pero no creas que le guardo rencor, ¿eh? Para nada. He tenido mucho tiempo para darle vueltas al tema. Ella pensó que iba a perder a la niña y realizó un movimiento desesperado… Vale, se confundió y se pasó de vueltas, pero estoy seguro de que no la guió la mala fe sino la angustia”. Así me lo cuenta, con toda naturalidad, y yo le creo.

El hecho es que la ciudad de Tampa andaba muy revuelta a finales de 1995 a causa del dichoso doble asesinato. Un hombre y una mujer (de 27 y 28 años respectivamente) habían sido tiroteados en su propia casa. Él era hijo de un pez gordo de la policía y, por lo que parece, andaba metido en líos de drogas bastante serios. Ella, su pareja, era bailarina exótica en una discoteca. Así era todo aquel turbio asunto, una cosa muy sórdida en plan teleserie barata. Pero el hecho es que la relativa importancia del varón asesinado hizo que el caso ocupara muchas horas de televisión y radio. Cientos de páginas en la prensa. No en vano los periodistas habían captado el tufo de una buena historia de corrupción policial y querían tirar de la manta a cualquier precio… La policía, por su parte, se volcó con el asunto porque les hacía falta un culpable rápido, alguien con el que tapar toda la porquería que desbordaba el retrete. De este modo, sumida en el maremagno emocional del divorcio, fue la ex mujer de José Joaquín quien en un momento de obcecación mental optó por acusarle del doble crimen para quitárselo de encima.

Él no tenía nada que ver, claro. La única relación que le unía a aquel hombre era que en cierta ocasión habían trabajado para la misma empresa, si bien en turnos diferentes, de modo que le conocía únicamente de vista como quien dice. Sin embargo, de acuerdo con su ex mujer, la policía le tendió una trampa: el 28 de enero de 1996 fue atraído a la casa de ella para tirarle de la lengua y así poder sacarle una confesión que pudiera ser grabada. El hecho es que durante aquella visita discutieron de todo excepto del supuesto crimen y todo salió muy mal, chapucero, cutre. La cinta se oía fatal –ininteligible de hecho- y ellos ni aparecían en las imágenes de las cámaras estratégicamente colocadas por los agentes en la casa. No obstante, la policía le detuvo apenas salió de allí porque más valía pájaro en mano. José Joaquín había quedado con unos amigos para ver el gran partido de la Super Bowl (Cowboys vs. Steelers) que nunca llegaría a disfrutar.

Y así comenzó aquel infierno surrealista.

Jose Joaquin Martinez

“Entiéndeme: durante las primeras semanas en las que me tuvieron detenido, interrogándome sin parar, tratando de estrecharme el cerco, yo no daba crédito. Pensaba que en cualquier momento todo se iba a aclarar, que quedaría claro que yo no tenía nada que ver con el caso y me pondrían por fin en la calle… Pero no fue así. Al contrario, todo se fue enredando de una forma endiablada. La paciencia fue mi error porque, confiado en mi inocencia, decidí no contratar a un abogado criminalista de calidad. Me defendió mi abogado de siempre, un hombre que no era especialista en aquello sino en causas laborales y familiares, y el sistema policial y judicial estadounidense es muy perverso en el sentido de que nadie discute los criterios de la policía, los fiscales sólo buscan la manera de buscarte las vueltas y todo se mueve a base de dinero. Los peritos buenos son carísimos y los recursos que tienes que pagar para que te apoyen son prohibitivos. Es cierto que por aquel entonces yo tenía bastante dinero ahorrado y podría haberme permitido sostener el pulso hasta cierto punto porque el caso es que ninguna prueba me incriminaba. Pero estaba esa maldita grabación que amañó ilegalmente el padre de la víctima –el jefe de la policía, recordemos- para que me condenasen a muerte [extremo que luego quedó perfectamente establecido]. Cuando quise darme cuenta ya andaba por ahí vestido con el mono naranja. Angustiado y confuso. Preguntándome todavía cómo narices había llegado allí”.

Aquí se detiene. Tuerce el gesto, traga saliva… Creo que va a echarse a llorar, pero resiste. Suspira y se toma un momento para recuperar la compostura.


[Continuará]

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