La balada del hijo pródigo (2ª parte)

[Viene de la entrada anterior]


“No, vamos a ver –le digo con los ojos como platos- cuéntamelo otra vez porque no salgo de mi asombro”.

Me mira tranquilo. Con el gesto paciente de quien está acostumbrado a que le pregunten muchas veces lo mismo, en distintas formas, con idéntica perplejidad.

“Las que haga falta -dice por fin-. Me realizaron análisis de ADN a partir de treinta cabellos tomados de diferentes partes del cuerpo, de la saliva e incluso de la propia sangre. Tardaron tres semanas en cotejarlo con lo que tenían y el resultado fue negativo… Además, las pruebas de balística no eran concluyentes y las huellas dactilares tomadas en la escena del crimen no coincidían con las mías.”

“¿Y aún así te condenaron a muerte con una grabación medio amañada que encima no se entiende? ¿Y dónde ha quedado todo ese camelo del CSI del que tanto se jactan?”

“Sí, me condenaron a pesar de todo… Y sí, es un camelo para vender películas como bien dices…”

No obstante, será en este momento que el difunto padre de José Joaquín, un valenciano terco y batallador con un par de narices (por no tirar del recurso a las gónadas), entra en escena para iniciar una larga batalla legal, carísima, que se prolongará durante nada menos que otros cuatro largos años. Y él, en el corredor, aislado dentro de una celda en la que no se puede ni dar dos pasos sin romperte las narices contra la pared, comienza a experimentar el verdadero significado de esa pesadilla jurídica que es la pena de muerte.

“En Starke prueban, o al menos así lo hacían cuando yo estaba en el corredor, la silla eléctrica todos los miércoles para comprobar que funciona adecuadamente –me explica en tono muy didáctico-. Esto empezó a hacerse antes de que yo ingresara. Me contaron que al último ejecutado, por un fallo del aparato, lo habían carbonizado en lugar de electrocutarlo, lo cual había despertado en Florida un debate legal acerca de la humanidad -aquí hace el gesto de las comillas con los dedos- de este método de ejecución. El caso es que durante las pruebas es justo como te lo estás imaginando: las bombillas parpadean y todo eso. Al final la comisión de investigación designada por el Estado de Florida decretó que la silla eléctrica funcionaba bien, por lo que se reanudaron las ejecuciones programadas. Sorprendente porque, fíjate bien, en la siguiente ejecución volvió a fallar y volvieron a tostar al compañero… Luego somos los españoles los que tenemos fama de chapuceros…”

Es entonces que José Joaquín comprende que la pena de muerte es una aberración y que toda su vida ha estado trágicamente confundido. Porque no hay nada de novelesco, o de cinematográfico, o de simplemente justo allí. Se funciona a toque de reloj. Los condenados pasan miles de horas, días, semanas, en una celda de tres por tres metros y sólo salen al patio para caminar y respirar aire fresco durante una hora a la semana. Eso si hay suerte y no llueve. Como consecuencia, las secuelas físicas y psíquicas no tardan en hacerse notar. Con tanto tiempo encerrados en un espacio reducido, deprivados de estímulos y pensando sin cesar, es habitual que muchos acaben perdiendo la cabeza y tengan que ser trasladados al módulo psiquiátrico del presidio.

“Yo tuve suerte –razona- porque mi familia había armado mucho revuelo y recibía constantemente correo, visitas, daba entrevistas… En fin, todo aquel trajín me ayudó a no perder el juicio ahí dentro como les ocurrió a otros compañeros. Piensa que la mayor parte de ellos son negros o hispanos, no tienen dinero y no pueden permitirse una defensa digna. Tampoco le importan a nadie. Incluso sus familias les repudian y acaban por no ocuparse de ellos durante meses e incluso años hasta que finalmente los matan. Es un horror inhumano. Acaban volviéndose tan locos que, en algunos casos, se pasan semanas sedados y, cuando los ejecutan, prácticamente no comprenden ya nada qué lo que les está sucediendo.”

José Joaquín quedó muy impresionado con la singular peripecia de uno de aquellos condenados; Frank Lee Smith. Un negro que se despertaba todas las noches proclamando su inocencia a voz en cuello. No dejaban de inyectarle tranquilizantes a causa de aquellos arrebatos pues los carceleros allá no se andan con bromas. Las prisiones están en gran parte privatizadas y funcionan como un mero negocio del que sus gestores quieren obtener muchos beneficios y pocos problemas. Cárceles como factorías. Sorprende que en un mundo en el que tanta gente se preocupa por el estado de los pollos en las granjas avícolas, o el de las vacas en las explotaciones lecheras, nadie piense ni un solo minuto en la aberración de las cárceles privadas. Supongo que esta insistencia en la venganza y el odio pertinaz e insidioso dice mucho de la condición humana.

El hecho es que a Frank le habían condenado a muerte por la supuesta violación y posterior asesinato de una niña blanca. El, sin cesar, cuando los sedantes dejaban de hacerle efecto, exigía que se le hiciera aquella prueba de ADN que nunca logró que le realizaran durante el juicio porque, en opinión del fiscal, las evidencias en su contra eran concluyentes. Frank terminó apartado, encerrado en el módulo hospitalario a causa de un cáncer de páncreas que dio fin a sus días. Los médicos que le hicieron la autopsia cumplieron finalmente con su más íntimo deseo…

“Y, mira tú por dónde, vino a resultar que de verdad era inocente. Sus marcadores genéticos no coincidían con los del semen que encontraron en la vagina y sobre el cadáver de la víctima. Frank pasó diez años en el corredor de la muerte sin motivo alguno y terminó perdiendo la chaveta. A veces, cuando no puedo dormir, me pregunto cuántos más habría así, como él o como yo mismo”.

Una decidida ola de apoyo popular e institucional –y nada menos que un millón de dólares reunidos centavo por centavo por su familia, ojo- hicieron falta para que el caso de José Joaquín Martínez fuera revisado en un segundo juicio oral. Y tuvo suerte: lo habitual es que un recurso tarde en torno a tres años en prosperar entretanto el suyo, gracias a la presión popular, llegó arriba en solo seis meses. Además, esta vez estaba preparado para todo y las cosas habían cambiado de manera radical.

El nuevo tribunal era consciente de que se habían cometido muchas irregularidades en aquella causa y de que, por tanto, habría que dar marcha atrás. Así, tratando de salvar la cara a la justicia del Estado de Florida –recordemos que allá los jueces son cargos electos y deben dar explicaciones de sus errores al contribuyente-, le proponen que se autoinculpe para poder liberarlo por la vía del indulto. José Joaquín, su padre y sus abogados se niegan en redondo. Sólo cinco días después de rechazar la propuesta de la fiscalía -6 de julio de 2001- se le declara no culpable y la pesadilla concluye. Tras esta experiencia tremenda solo ha aprendido una cosa con total nitidez: “la administración de justicia y la pena de muerte en los Estados Unidos no es más que otro negocio, caro, alimentado con millones de dólares que cambian de manos sin cesar y en el que, precisamente, lo menos importante es la justicia, la verdad o la más simple humanidad.”

Jose Joaquin

La historia no tiene un final feliz. Es triste, pero las mejores historias casi nunca lo tienen.

A poco de regresar a España, en Valencia, el padre de José Joaquín, ese luchador al que le debe la vida dos veces, falleció al ser atropellado por un motociclista en un paso de peatones. “Yo odié a ese motociclista –me dice con los ojos llenos de lágrimas-, lo odié de veras, con un rencor espantoso porque es humano sentirse así y hay que comprenderlo. Pero luego me acordé de mí. Me acordé de Frank y de otros. Y sobre todo comprendí que matar a la persona que había atropellado a mi padre no aplacaría ese odio o esa angustia. Porque ejecutar al otro no iba a devolverle la vida al mío. Qué duro si lo piensas, ¿no…? Tuve que pasar por el corredor de la muerte para comprender algo tan simple.”

Es la letra final de la balada del hijo pródigo. De la historia del muerto que un día resucitó.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s