Crimen organizado: La criminología ante un enemigo invisible

El mundo de lo que comúnmente denominamos mafias -permita el lector que utilice este termino inapropiado, aunque sobradamente conocido, para facilitarme la tarea- debe invitarnos a cambiar los esquemas con los que habitualmente afrontamos el problema de la criminalidad. Algo que, siendo hace algunos años apenas insinuado por los autores más críticos y visionarios, es hoy una evidencia criminológica de primer orden. Frente al sentimiento de compasión, injusticia social o mera repulsión emotiva que a menudo nos provoca el crimen –los tópicos de que la pobreza engendra delito o de que la falta de ilustración se encuentra en la génesis de múltiples formas de violencia- el fenómeno del crimen organizado muestra con extrema reiteración que su análisis desde el punto de vista de la individualidad, marginalidad y el desarraigo social es equivocado, o al menos confuso. El capo mafioso, que tal vez alimente su organización de desarrapados, miserables y analfabetos a los que emplea por ser caladero fácil y bien surtido, es el máximo exponente de criminal invisible en el ámbito penal y perfectamente integrado en la sociedad. Frente a los días de los últimos grandes jefes del crimen organizado -Pablo Escobar, por ejemplo-, héroes locales y grandes personajes públicos que podrían recibir la consideración social que nos pareciera pero que, a la postre, eran perfectamente identificables, hoy los dirigentes del crimen organizado habitan en el centro de la sociedad y no en su periferia. Operan a la sombra de los negocios honestos y respetables, de las grandes fundaciones, en los salones dorados, entre los triunfadores sociales. Muy lejos de los arrabales de la sociedad.

En el momento presente existe un número creciente de países en los cuales el crimen organizado goza de la capacidad de condicionar sectores centrales de la vida pública, en la que su influencia es creciente. Más aún: en cada vez más partes del mundo comienza a ser impensable ganar unas elecciones u obtener contratos importantes en los negocios si se ignoran las relaciones de fuerza reales, que son las que se mueven en la sombra, tras la escena pública. Los actores políticos tradicionales -electores y partidos-, así como los actores económicos de siempre -accionistas y agentes sociales- se ven obligados a cohabitar con otros interlocutores sin rostro claro que se mueven en los recodos sombríos de la sociedad y del sistema de producción. Consecuencia: las mafias, que cada vez se valen con mayor asiduidad de empresas pantalla que acceden a contratos públicos a fin de blanquear capitales, se se están constituyendo en un peligro de primer orden para las libertades económicas y políticas, el cuidado del medio ambiente, la gestión urbanística, la conservación del patrimonio o la preservación de los Derechos Humanos. Sin ir más lejos, el periodista Roberto Saviano hizo público que en el sur de Italia buena parte de las contratas y subcontratas destinadas a la gestión de residuos urbanos están, en última instancia, controladas por el crimen organizado.

El problema de fondo es que la finalización de la guerra fría no ha dado lugar, como muchos creyeron, a un mundo idílico, pacificado y sin tensiones, y lo ocurrido con el terrorismo islámico a lo largo de los últimos veinte años es un buen ejemplo de ello. La caída del muro de Berlín (1991), la debacle del régimen soviético, el final de la política de bloques, han propiciado a un nuevo mundo que se caracteriza por la desregulación, el desorden y la falta de control. El antiguo orden mundial, cierto que peligroso e inestable, parecía preferible por la sencilla razón de que las reglas del juego eran fijas, tenían quien las hiciera valer y, por ello, los acontecimientos eran más predecibles y controlables. Las dos grandes potencias dominantes controlaban –o estaban en disposición de controlar- a todos los actores secundarios y periféricos del escenario mundial, de suerte que nada ocurría fuera del margen de acción permitido por ellas. Bien lo saben unos servicios secretos que, de la noche a la mañana, han tenido que aprender a desenvolverse en un entorno nuevo y profundamente desconocido, pues tras la caída del muro muchos de esos actores secundarios han quedado fuera de control. Así, tras los atentados de Kenya, Tanzania, Nueva York, Madrid o Londres, los geo-estrategas han tenido que preocuparse por afrontar lo que ha dado en llamarse nuevas amenazas. Tal vez haya existido una profunda miopía al respecto de muchos temas de capital importancia: en la década de 1970 se pensaba que el terrorismo era un problema grave pero menor y localizado; más táctico que estratégico… Hoy es obvio que se subestimó la magnitud real del problema que el terrorismo planteaba por la sencilla razón de que tampoco se entendía demasiado bien cual era su criminogénesis esencial.

La consecuencia inmediata de ello es que en la actualidad todas las sociedades aceptan que el terrorismo es una dificultad de primer orden, por lo que ha pasado a ocupar el centro de la vida pública, y en todos los sentidos imaginables, inundando incluso la cultura popular y sus manifestaciones con su presencia. Sin embargo, ello ha provocado otro tipo de ceguera alternativa, pues a menudo nos hemos olvidado del otro gran protagonista de nuestras peores pesadillas: el crimen organizado. Un fenómeno que ha engordado, simplemente, a causa de su capacidad para el camaleonismo y la ocultación, potenciada por el desarrollo creciente de las nuevas tecnologías que hoy facilitan enormemente tareas organizativas que antaño exigían de complejas infraestructuras y grandes recursos. Ocurre que simplemente no lo vemos. No se nos muestra a las claras, en la vida diaria, en los medios de comunicación, y cuando lo hace tampoco lo vemos a él directamente, sino sus efectos colaterales y remotos. No sabemos cómo el crimen organizado -y en qué medida- afecta a nuestras vidas.

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Esta ocultación -a menudo negación de la realidad- ha motivado que se convierta en un error habitual de la mayoría de las personas pensar que el terrorismo -por definición clandestino, subversivo y deseoso de mostrarse-, y la criminalidad organizada -por necesidad parasitaria, encubierta, deseosa de permanecer en el anonimato- son cosas parecidas o que tienen alguna clase de parentesco lo cual no es ni mucho menos cierto. Es verdad que el crimen organizado puede obrar como escalón financiero de determinadas actividades terroristas, pero el origen, funcionamiento, apariencia y finalidad de ambas manifestaciones criminales son, sin duda, muy diferentes. Por otra parte, los medios de comunicación de masas, actualmente desbordados por las ingentes cantidades de información que fluyen desde y hacia todas direcciones, a menudo apenas si penetran ya en la piel de la realidad y se muestran incapaces de percibir y mostrar lo que no es obvio, lo que se oculta, lo que se escamotea a los sentidos y que, por tanto, no parece relevante. No debemos olvidar, pues, que el terrorismo y el crimen organizado son dos tipos de amenazas muy diferentes. El primero es superficial, coyuntural, adaptado a los requerimientos mediáticos y la necesidad de propaganda; entretanto el segundo es soterrado y persistente, casi invisible, actuando como un tipo delictivo de alta intensidad en la periferia de sus actividades, pero de muy baja visibilidad en el centro neuralgico de las mismas.

Las mafias son multiformes, vivas, expansivas y cambiantes. Medran, se adaptan y cambian constantemente, por lo que no se parecen a ninguna otra entidad criminal existente. Prosperan contaminando y gangrenando el tejido social sano. No podemos, pues, analizar el crimen organizado del mismo modo que se estudian otras actividades criminales en la misma medida que la criminología clásica, en general y salvo contadas excepciones, muestra una clara orientación hacia el individuo. Por este motivo los estudios criminológicos tienden a preocuparse –así lo han hecho históricamente- por el sujeto criminal y por las respuestas de la sociedad ante los actores criminales -prevención, peligrosidad, represión, control social-. Prueba de ello es el hecho de que los medios de comunicación suelan contar con criminólogos para hablar de delitos y delincuentes concretos bajo la cobertura de los sucesos, pero los ignoren completamente a la hora de referirse a delitos de carácter organizacional como la corrupción en cualquiera de sus formas.

Para comprender el funcionamiento del crimen organizado -así como el fenómeno terrorista- las consideraciones históricas, políticas, económicas, culturales y geográficas son determinantes… Lo cual, tal vez, requiera que la especialización en estos tipos delictivos exija la introducción de estos elementos que en la formación actual del criminólogo, dominada por las convenciones históricas en torno al delito, todavía aparecen solo de manera secundaria y/o terciaria. Quizá en ese ámbito, aún no copado por especialistas titulados y todavía alejado de restricciones legales, se encuentre el futuro profesional real de los estudiantes de criminología.

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