El crimen en la cultura popular contemporánea

Si algo caracteriza a la cultura popular presente, inundada de contenidos audiovisuales de toda suerte y color, es su renovado interés por el crimen en todas sus facetas, vertientes, modos y calidades. Muchos, erróneamente, teorizan acerca del poder de los medios de comunicación de masas, sobre supuestos “efectos imitación” entre la población e incluso acerca del poder de inducción al delito que pudiera poseer esta cultura presente, imaginariamente violenta, e incitadora de conductas antisociales. Se dice que hoy somos “morbosos” y “macabros” como si esto explicase algo más allá del simple calificativo. Y es una postura errónea, por no decir simplificadora y –creo- no exenta de cierto interés no del todo claro. Pero debemos significar que, pese a su predicamento, devenido del hecho de que todo planteamiento mecánico resulta intelectualmente agradable en la medida que simplifica los problemas, la “teoría de la imitación” carece de corroboración empírica alguna y opera como una suerte de “boya”: desde que fuera planteada por vez primera en la década de 1970 por el equipo de Rowell Huesmann y sus estudios inconcluyentes sobre la influencia de la violencia televisiva, una vez desmentida o no confirmada por investigaciones alternativas, se sumerge o aletarga durante ciertos periodos para retornar, renovada o parcialmente modificada poco después. Siempre es la misma. Siempre resulta igual de simplista. Siempre se nos presenta desde varios foros como una panacea indiscutible. Y siempre es exactamente igual de discutible.

La sociedad presente no es ni cualitativa ni cuantitativamente más violenta o peligrosa que cualquier otra del pasado, ni el interés del ciudadano actual por el crimen es diferente del que pudiera tener en otra época. Resulta grotesco sostener esta clase de argumentarios en entornos socioculturales masificados como los nuestros en los que, por la mera lógica de tales argumentos, deberíamos odiarnos, agredirnos, violentarnos y asesinarnos los unos a los otros con mayor virulencia e inquina que nunca. Pero en la práctica sucede justamente lo contrario; los países más violentos del mundo no son los más avanzados y, muy a menudo, ni tan siquiera son los más poblados. Más aún: en la mayor parte de los países más insufribles, criminales y criminógenos del planeta no tiene acceso a un televisor, a un periódico, a una videoconsola o a internet ni el 20% de la población y, de hecho, la mayoría de sus ciudadanos ni tan siquiera sabe leer. Frente a ello, una ciudad como Madrid, capital de un país del Primer Mundo, con una población que ronda los cuatro millones de habitantes estables y un número flotante de transeúntes que, en laborables, supera los tres millones de personas, registra una media interanual de delitos violentos extraordinariamente baja en relación a su tasa poblacional. Es una ciudad, en líneas generales, segura. Consecuencia: el acceso a la información y a la cultura, cualquiera que sea su forma y manifestación, no genera crimen ni criminales en forma alguna, y muy difícil lo tendrá quien pretenda demostrar lo contrario más allá de un amarillismo y de un fariseísmo, bien lejano de los criterios científicos más elementales, que interesa difundir de manera interesada a diferentes sectores del espectro sociopolítico. Ello no implica que no existan personas que argumenten que sus actos criminales se inspiran en mensajes socioculturales, sin duda, pero hemos de convenir que el problema no reside en el propio mensaje, sino en el modo en que esos sujetos particulares lo integran en su experiencia psíquica y vital.

Los países más seguros del mundo son, precisamente, aquellos en los que sus gobernantes, cuerpos policiales y medios jurídico-penitenciarios, muestran un compromiso real y decidido con los Derechos Humanos. Las cifras son tan obvias que apenas pueden discutirse con un mínimo de seriedad. La violencia es, entre otras cosas, el resultado directo de estructuras sociopolíticas y culturales violentas precisamente porque no dejan al individuo otra salida que la propia violencia a la hora de afrontar sus problemas cotidianos. Dudoso resulta, por tanto, tratar de explicar la curiosidad que el ser humano experimenta por el crimen mediante recursos fantasiosos –y científicamente indemostrados, por cierto- como el del gusto por los videojuegos, por los cómics o desde la fascinación por el cine de género.

Al contrario. El interés por el crimen no sólo no se ha renovado sino que es antiguo, lejano, y enraíza con los mismos orígenes de nuestra cultura. Un ejemplo preclaro lo tenemos ya en la misma Biblia, libro de culto de la tradición judeocristiana occidental al que nadie calificaría como “libelo inspirador de crímenes”, pues allá se produce una curiosa secuencia de acontecimientos: Dios hace la luz, Dios crea el cosmos, Dios crea la Tierra y sus ecosistemas, Dios crea al hombre y a la mujer… Y lo primero que hacen los seres humanos recién llegados a la existencia es violar la única ley vigente en el Edén, lo cual les vale el castigo de la expulsión. Más aún: el segundo gran acontecimiento de la Humanidad, tal y como lo relata el Génesis, es el brutal asesinato de un hombre a manos de su hermano, quien lo golpea hasta la muerte con la quijada de una mula. Está claro que quien escribió esta cadena de alegorías, fuera quien fuese, no era un torpe y conocía a fondo los entresijos de la naturaleza humana.

El crimen nos fascina porque está inscrito en el fondo mismo de nuestro “ser personas” en la medida que expresión manifiesta de nuestros impulsos más oscuros y terribles. Forma parte del hecho antropológico mismo, a idéntico nivel que la pulsión religiosa, la tendencia a asociarnos para sobrevivir o los impulsos sexuales, por citar algunos. Los hombres se unen, crean normas para la convivencia, y algunos las rompen porque simplemente piensan que no van con ellos, que atentan contra su “libre albedrio” o sus “principios”, porque tal vez estimen que la sociedad les debe algo, y por tanto se sienten con todo el derecho a ignorarlas… Es la sociable insociabilidad humana. La constatación de que no podemos vivir separados, pero al mismo tiempo que nos necesitamos –e incluso nos amamos- nos resulta imposible no entrar en conflictos, no detestarnos, no agredirnos o no violentarnos mutuamente. Este hecho palmario siempre ha necesitado de una explicación antropológica. Y hemos encontrado muchos intentos explicativos a lo largo de milenios de devenir cultural: míticos, legendarios, pseudocientíficos, filosóficos, jurídicos… Unos han impulsado a otros pero sorprendentemente todos tienen, de un modo u otro, ya sea en su forma o en su fondo, algo que ver entre sí y se deben parte de lo que son.

Tomb-of-Dracula #48

Del mismo modo que hace quinientos años necesitábamos recurrir a las leyendas, a los monstruos, para explicarnos los sucesos luctuosos que se sucedían en comarcas, bosques o poblaciones (el vampiro, el hombre lobo, la bruja, el ogro, la ondina, el íncubo, el súcubo y otro larguísimo elenco de bestias y demonios), hoy la ciencia ha erradicado paulatinamente al mito pero nos ha dejado una verdad fría, descarnada y desoladora: ningún hombre se transforma en lobo, o en vampiro o en muerto viviente, pero sí puede convertirse en un depredador terrible que mata, viola, canibaliza, aniquila y destruye por sistema. Y no sabemos los motivos últimos de ello, por lo que al mismo tiempo que las supuestas explicaciones científicas que hemos dado al fenómeno del asesino sistemático han crecido y proliferado, la cultura popular, desde ellas, ha trabajado incansablemente en la generación de nuevos mitos y manifestaciones fantasiosas de lo incomprensible: no hay explicación, pero la hemos buscado, la buscamos y la buscaremos porque necesitamos “comprender” al Asesino de Olot y al Vampiro de Düsseldorf tanto como el funcionamiento de la Ley de Gravitación Universal. Los monstruos existen, sin duda, pero son de carne y hueso. Son nosotros. Como manifestaba el psiquiatra Herbert Simon, y parafrasearemos el título de su magnífico libro, lo que ocurre es que los hombres malos hacen aquello con lo que los hombres buenos simplemente sueñan.

La cultura popular no genera criminales sino que, al contrario, se sirve de ellos y trata de ocupar el espacio explicativo al que no llega la verdad científica porque, en última instancia, y aunque de forma falsaria, los seres humanos necesitamos “saber” bien sea de manera ficticia y arreglada -otro de los grandes hechos antropológicos que nos ubican en un lugar especial y peculiar entre el resto de las especies animales. Los monstruos son los mismos de siempre… Sólo varían las formas de explicárnoslos. Las manifestaciones últimas del mito. De hecho, la cultura popular no es otra cosa que la nueva fabrica mitológica, aquella que legará al mundo futuro todo un nuevo panteón de héroes, antihéroes, dioses y semidioses con los que los arqueólogos del futuro tratarán de comprender cómo es el mundo presente.

No debemos olvidar que, como ya explicaron Berger y Luckmann, la cultura no construye lo real, sino la realidad, y que ésta no es más que una explicación imperfecta de lo real, de lo que hay, de lo que ya existe y nos sobreviene dado, crudo, inalterable y muy a menudo insoportable.

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