La extraña normalidad


A lo largo de años de hurgar en los recodos más extravagantes, oscuros y fronterizos de la naturaleza humana, he llegado a encontrarme con historias tan singulares que me han llevado a cuestionar el concepto mismo de “normalidad” con el que tratamos de desenvolvernos a diario y dirimir nuestras cuitas y querencias. En este post desgranaré dos de ellas. Acontecimientos que nos muestran a las claras que lo que solemos calificar de “normal”, en realidad, y contrariamente al significado ético-moral del que nos agrada embadurnar al concepto, simplemente quiere decir “dentro de la media estadística”: dentro de lo que hace la mayoría de la gente que de un modo u otro queremos asumir como “parecida” en algún sentido más o menos explícito a nosotros mismos.


Caso 1. El campo de bayas

Las redes sociales se han convertido en parte intrínseca de nuestras vidas a tal punto que hay personas que no se sienten vivas si no están insertas a perpetuidad en la vorágine electrónica. Se ha generado, así, un concepto arbitrario y difuso de la existencia en el que deslindar la realidad de la ficción, lo fáctico de lo meramente virtual, se ha convertido en tarea compleja -a menudo imposible- para muchos. Y lo más interesante es que esta vida electrónica paralela se ha convertido paulatinamente en algo tan sumamente importante que, incluso, existen personas que se convencen de que ya no hay otra vida posible. Que la existencia auténtica es la virtual entretanto la vida que nos rodea no deja de ser un tránsito entre pantalla y pantalla, entre teclado y teclado, entre el mensaje que enviamos y la respuesta que recibimos. En tal estado de cosas es fácil sumergirse en la vorágine y la confusión existencial que nos provocan todas estas existencias superpuestas como capas arrollándose en torno al corazón de una cebolla. Olvidamos, en una búsqueda absurda del ser aquello que nos gustaría, que la humanidad ha sobrevivido miles de años sin esta vida paralela simplemente porque, en el fondo, es completamente innecesaria. De hecho, ni tan siquiera existe como vida propiamente dicha.

Tal olvido provoca episodios extraños, tal vez risibles pero muy sintomáticos, como el sucedido en 2009 en el campus de la Victoria University de Wellington (Nueva Zelanda). La noticia, que recogí del sitio Salient.org, donde fuera subida por un tal Sam Patterson, explica que en la mañana del viernes 2 de octubre de ese año, en el aula de informática del campus, había una cola imponente para el uso de los ordenadores. Una cola que no avanzaba porque los diferentes usuarios no liberaban los aparatos. De súbito, uno de los alumnos, un chaval de 19 años que había esperado durante un buen rato su turno para el acceso a las máquinas, perdió la paciencia.

De tal guisa, dirigiéndose al entonces ocupante del puesto informático que tenía delante, un tipo que llevaba más de media hora conectado al célebre juego Farmville, le increpó: “¡tengo que entregar un trabajo dentro de media hora y vale el treinta por ciento de la calificación! ¡Sal del puto Facebook! ¡Algunos necesitamos utilizar los ordenadores! ¡Deja de jugar a Farmville! ¡Me importa un carajo el estado de tu campo de frambuesas!” El hecho es que ante el silencio de su interlocutor, que ni se inmutó por la diatriba, el muchacho, fuera de control, optó por arrancarle de la silla y tirarlo al suelo. Acto seguido se echó sobre el inopinado granjero virtual y le propinó varios golpes contundentes que, luego se supo, provocaron a la víctima alguna que otra herida de cierta consideración. Después, simplemente, ocupó el puesto informático así liberado y se dispuso a imprimir el dichoso trabajo de sus desvelos. Curiosamente, cuando llegó la policía dispuesta a detener al agresor -aún sentado- resultó que el arrebato de violencia había sido en vano, pues la impresora no tenía tinta.

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El agredido, entrevistado por Patterson, manifestó que presentaría cargos a la par que se mostró estupefacto por lo sucedido: “él estaba confundido, pues nunca he plantado frambuesas. Era un campo de bayas y lo estaba recolectando… Llevaba media hora en ello, es cierto, pero había olvidado el portátil y decidí utilizar los ordenadores del campus, como hace todo el mundo… Farmville es muy importante… Tengo seis molinos de viento que mantener y las actualizaciones me habían procurado cerca de veinte ‘me gusta’. No entiendo por qué ha tenido que pegarme.”

La vida virtual frente a la vida real. Un conflicto para el futuro.

Caso 2. Defecador en serie

El proceloso mundo de las parafilias resulta estrambótico en la medida que explicitación de las más oscuras y extrañas fantasías que a cada cual le rondan por la cabeza en relación al placer sexual. Porque todos somos fantasiosos -y no puede ser de otro modo- con respecto al sexo, lo cual hace que nuestras conductas sexuales sean placenteras o displacenteras. La fantasía determina lo que nos gusta hacer y que nos hagan, a la par que nos indispone frente a los gustos sexuales de los otros que, tal vez y paradójicamente, pueden llegar a parecernos “raros”. Lo cierto es que todos somos proclives a experimentar con una ingente cantidad de singularidades en este ámbito. Lo que la gente hace en la vida privada, de puertas adentro, cuando deja de ser lo que nos muestra en la vida pública, es un coto respecto del cual los demás hacemos poco más que presunciones y especulaciones. Pero lo cierto es que en el ámbito privado la gente suele alejarse sobremanera de todas esa baratija intelectual a la que llamamos “normalidad”. Y para muestra un botón.

Durante el año 2014 el barrio de Woodland Heights, en Houston (Texas), uno de esos lugares idílicos propios de una película protagonizada por esa clase media acomodada estadounidense que se nos vende como la única, vio su tranquilidad arruinada a causa de las actividades de un defecador serial. Como lo leen. El tipo -que nunca ha sido identificado- era aficionado al maravilloso vandalismo coprofílico de soltar sus excrementos junto a las vallas de las fincas ajardinadas, bien acurrucadito tras los setos. Se ignora si sus actividades respondían a una venganza contra los vecinos del barrio, o a alguna otra clase de guerra psicológica construida sobre un raro rencor a la burguesía despreocupada a la que su población representa, pero es obvio que esta forma de proceder en un país en el que resulta fácil encontrar un inodoro, tiene un fuerte componente sexual de carácter sádico.

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Las cámaras de seguridad instaladas por diferentes vecinos del barrio grabaron en diferentes ocasiones -hasta seis- las actividades del cagón, un varón sin duda, que siempre operaba a altas horas de la madrugada, pero las imágenes eran siempre de tan mala calidad, que resultó imposible obtener una identificación positiva del interfecto… -los vídeos pueden verse en la web del New York Daily News-. El hecho es que las Autoridades intentaron echar el guante al tipo en cuestión arbitrando para ello el dispositivo de vigilancia habitual, pero lo único que consiguieron encontrar fueron sus boñigas y un buen surtido de toallitas de papel sucias. Por lo demás, las cosas empezaron a ponerse tan tensas que, probablemente, el “cagador enmascarado” decidió que sería buena cosa colocar sus deposiciones en cualquier otro lugar.

A buen seguro, una persona muy “normal”.

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