Cisnes negros

Cuando todavía no se había descubierto Australia, los europeos -que siempre nos hemos creído el ombligo de la creación por motivos absolutamente espurios e irrazonables- pensábamos que los cisnes sólo podían ser de color blanco. Así constaba en todos los tratados de zoología escritos hasta aquel momento… ¿Por qué? Pues sencillamente porque nunca se había visto ninguno de otro color cualquiera. El autoengaño de ese empirismo positivista puro y duro que, a la postre, termina siendo más esencialista que el más feroz de los idealismos: “si no se ven cisnes que no sean blancos, es porque son metafísicamente imposibles, y pare usted de contar.” Pero los británicos se toparon -como digo- con Australia… Y allí se vio un cisne negro. Y luego dos. Y tres. Y más. Y los empiristas de marras, tras comprender que lo único que diferenciaba a los cisnes negros de los blancos era simplemente el color, tuvieron que reescribir miles de tratados de zoología que, de un día para otro, se habían quedado obsoletos.

La verdad se había transustanciado. La vida misma.

La magnífica contundencia de esta historia -ni mucho menos única- reside en la moraleja que cabe extraer de ella: todo argumento racional construido sobre evidencias empíricas alcanza justo hasta donde alcanza (lo meramente empírico), y en consecuencia todos nuestros saberes basados en la experiencia llegan justo hasta donde llegan por más que haya algunos panolis empeñados en sostener dogmáticamente que llegan mucho más lejos. Si ya la propia física contemporánea asume sin ambages que la causalidad física ni está cerrada sobre los sucesos físicos, ni se agota en ellos, y que la naturaleza simplemente es absurda en más de un sentido (Feynman, dixit), entonces gana certeza la célebre sentencia de Nietzsche que aquí parafraseo: quien abusa del superlativo suele querer más de lo que puede.

Cisne Negro

La existencia de los cisnes negros es un bofetón al intelectual de opereta y al racionalista de cartón. A estos tipos que quieren organizar el mundo en cuadrículas, atrapar la realidad en ecuaciones y que estiman absurdamente que todo puede ser reducido a curvas en un gráfico y puntos en los cuadrantes de un modelo axial. ¿Por qué? Pues porque para contrariar cualquier conocimiento tenido por verdad absoluta no hace falta encontrar tantas pruebas en contra como ya existan a favor, y basta con una sola evidencia contraria que vulnere una hipótesis para poner en tela de juicio la hipótesis misma. Una sola y ya nada funciona porque la realidad que habíamos montado se nos desarma de nuevo. Así es la provisionalidad de la verdad y por ello, como manifestaba el buen Platón, el conocimiento, al igual que el amor, es un camino sin final… Que se emprende porque lo divertido es el camino mismo.

En efecto: hasta las verdades más verdaderas, por lo que parece, tienen fecha de caducidad. Si no, preguntad a los atribulados economistas del presente. Pero lo más interesante es que tanto los economistas más legendarios -el propio Galbraith se hartó de explicar a menudo que los mejores economistas eran por lo común incapaces de predecir un suceso económico concreto-, como los científicos más eficientes y respetables, son plenamente conscientes de esta precariedad del conocimiento. Una conciencia de los hechos que raramente alcanza a sus palmeros. Es lógico. Cuando se palmotea mucho y fuerte se genera tanto ruido de fondo que resulta imposible escuchar con claridad. Precisamente por ello, cuando los alumnos más convencidos de Hegel, frustrados ante la aparente ineficacia intelectual de su ídolo, le echaban en cara que se había confundido en alguna de sus predicciones, él siempre les contestaba lo mismo: “cualquier imbécil puede explicar lo que ya ha ocurrido”.

Cada vez que aparece un cisne negro -y aparecen muchos, constantemente, todos los días-, recibe un coscorrón algún conocido pelmazo que cree de suerte acrítica que el secreto del éxito en la vida, en la ciencia y en el conocimiento, reside únicamente en el método, el orden, el rigor y la escrupulosidad, porque de ello siempre surgen verdades incontestables. El cisne negro es un tortazo a todos esos artistas de la retórica que pretenden vendernos ese rollo de que todo tiene un orden lógico. Porque el mundo es cualquier cosa menos el imperio de lo obvio (lo pesable, lo medible, lo cuantificable): querido, todo tu método se desmoronará en el preciso instante en el que aparezca en tu vida lo improbable, lo despreciable, eso que nunca pensaste que podría ocurrir; el cisne negro. Por eso la vida, que no entiende de lógica, que no sabe nada de buenas razones, genera tanto desgraciado. Piensa un momento: el hecho de ser el mejor y más eficiente trabajador de tu empresa no te eximirá de la posibilidad de acabar en el paro. De hecho, ni tan siquiera convertirá esa posibilidad en algo remoto. Por eso luego, de no aceptar algo tan elemental como lo provisorio de la incertidumbre, terminarás deprimido y fundiéndote toda la indemnización en la consulta del psicólogo.

De hecho, se ve a diario, la existencia a menudo prima lo raro, lo improbable, lo diferente. Así lo prueba la rareza de nuestra existencia misma. Un hecho que nos lleva a la comprensión de que quienes triunfan en la vida, muy a menudo, no sean los más rigurosos y sobrios buscadores de verdades sino los cazadores de cisnes negros… Esos tipos que, tratando de burlar las estadísticas y luchando contra el imperio de lo evidente, levantan las piedras buscando pepitas de oro en los parques públicos pensando, simplemente, que tal vez podrían encontrarse con alguna. Cuando lo consiguen, cuando rompen las barreras impuestas por estos que todo lo miden y lo pesan, se les llama -les llamamos- genios.

La verdad, entendedlo de una vez, no es más que un estado que puede ser tanto construido como desmantelado. ¿Te atreverás a negar la existencia de los cisnes de color rosa? Si eres sensato solo podrás decir una cosa: “hasta hoy no se ha encontrado ninguno”.

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