El vampiro del desierto

A Mohammed Bijeh, nacido en Teherán en 1974 en el seno de una familia muy pobre, se le pudieron probar 19 crímenes (17 niños y 3 adultos), todos ellos cometidos entre marzo y septiembre de 2004, lo que ya de por sí es un verdadero récord. No obstante, dada la inexplicable desaparición de otros niños en su radio de acción desde tiempo atrás, se especula con la posibilidad de que cuando fue detenido llevara ya cerca de dos años en la tarea, y de que su posible contaje de víctimas pudiera alcanzar al menos el triple.

Pese a no tratarse de una tipología criminal común en los países islámicos, pues el perfil medio del asesino en serie nos habla de un hombre blanco, generalmente de religión protestante -hágase notar en este punto el hecho de que la mayor parte de estas estadísticas proceden de países anglosajones, lo cual supone un notable sesgo de las mismas-, la detención de Bijeh y su cómplice -Ali Gholampour (también conocido como Ali Baghi), un heroinómano de 24 años- no fue rápida a causa de la procedencia de sus víctimas. La mayor parte de los chicos vejados y asesinados por el Vampiro del Desierto, también apodado por los medios iraníes como La hiena, procedían de familias afganas, muchas de ellas refugiadas ilegalmente en Irán, por lo que existía un temor generalizado a la hora de denunciar los hechos a las Autoridades, y esto le permitió actuar en la impunidad durante meses. La inmigración ilegal que, como vemos, ni es solo un problema de Occidente, ni procura problemas diferentes a quienes la padecen. Un motivo más para repudiar el etnocentrismo que nos caracteriza.

El modus operandi de Mohammed Bijeh resultó ser el tópico en este tipo de asesinos. Selección, aislamiento del sujeto y aniquilación sádica. En este caso, Bijeh y Gholampour, quienes habían trabado amistad al trabajar juntos en una fábrica de ladrillos, se pateaban la población de Pakdasht, una ciudad suburbial y mísera ubicada unos treinta kilómetros al sureste de Teherán, en busca de víctimas potenciales. Durante su juicio, Bijeh reconoció que su compañero de fatigas había insistido una y otra ven en no ayudarle en este horror, pero había accedido a ello a fuerza de chantajes e intimidaciones.

Ejecucion Bijeh

El hecho es una vez seleccionado el sujeto -la mayoría de ellos con edades comprendidas entre los ocho y los quince años- se aproximaban a él amigablemente para invitarle a “ir de caza” al desierto. De este modo, el trío se adentraba en el árido y solitario campo sur de la capital iraní. Lo demás era sencillo. Una vez aislados los chicos poco podían hacer frente a la furia homicida de Bijeh que primero los sodomizaba con gran violencia y, posteriormente, procedía a estrangularlos. La mayor parte de los cadáveres eran luego quemados y semienterrados. Finalmente, y a fin de disimular el posible olor de los restos, Bijeh solía dejar sobre el lugar de los diferentes enterramientos el cuerpo de un animal muerto. Por lo que se sabe, Ali Gholampour participaba activamente en el proceso de selección y posterior secuestro de los muchachos, pero no en los vicios de un Bijeh que se atribuyó a sí mismo todas las violaciones y los subsiguientes crímenes. Gracias a ello, Gholampour, no compartió su misma suerte en el patíbulo.

La justificación que Mohammed Bijeh arguyó ante el tribunal para explicar sus terribles actos fue la de que se vengaba de la sociedad por permitir las terribles palizas, humillaciones y vejaciones a las que su madre le sometió durante la infancia. Una excusa similar manifestó Gholampour, quien dijo haber caído en la heroína a causa de los abusos sexuales de los que fuera objeto durante la niñez.

La justicia islámica, que en ningún caso muestra piedad alguna ante este tipo delincuencial ni al parecer tiene mucha fe en los Derechos Humanos, fue implacable con Bijeh en un juicio rapidísimo. Condenado a recibir cien latigazos antes de ser ahorcado públicamente -en Irán aún se contempla el medievalismo de la ejecución pública en casos de especial trascendencia social como este-, Mohammed Bijeh fue sometido al castigo inquisitorial tan sólo seis meses después de ser detenido. Lo más interesante de la peripecia judicial del vampiro es que, en realidad, fue condenado a muerte por las dos violaciones probadas, ya que por los asesinatos tan sólo le cayeron un total de tres años de prisión. Esto se debió a que las familias de las víctimas eran tan pobres que prefirieron recibir una compensación económica por parte del acusado y sus allegados en lugar de solicitar la pena de muerte por sus crímenes, hecho que contempla la ley islámica. Los pobres se ven obligados a negociar con su dignidad en todas partes.

En todo caso, muchas de las familias no quedaron contentas con el resultado final de las investigaciones en la medida que argumentaron que tras los horribles crímenes de Bijeh se escondía, en realidad, una mafia dedicada al tráfico de órganos. Argumentaron este hecho en un dato: tiempo atrás Mohammed Bijeh había eludido la cárcel tras el pago de una fianza excesivamente alta para que pudiera pagarla un modesto obrero de una fábrica de ladrillos iraní. Sea como fuere, este extremo nunca pudo probarse y la justicia tampoco fue más allá en sus pesquisas. Ni tiempo, ni ganas.

La ejecución tuvo lugar en la plaza de Pakdasht y ante una muchedumbre enfebrecida de 5000 personas que no cesó de aplaudir entretanto increpaba al asesino. Con el torso desnudo y las manos esposadas a un poste, fueron los propios parientes de las víctimas los encargados de azotarle. Uno de ellos, Rahim Younessi, se atrevió incluso a acuchillarle en la espalda -lo cual no estaba contemplado en el texto de la condena- ante la complacencia de los policías que escoltaban al prisionero. El castigo fue prolongado en la medida que Bijeh hincó sus rodillas en tierra en múltiples ocasiones antes de que se le propinaran los cien latigazos. Posteriormente, y para culminar el edificantes espectáculo, se colocó una soga de nailon proporcionada por la madre de uno de los chicos asesinados alrededor del cuello del condenado y se le colgó de una grúa. El cuerpo de Bijeh fue elevado sobre la concurrencia -que lanzaba piedras y vociferaba incesantemente- y permaneció veinte minutos suspendido en el aire sobre las cabezas de todos los presentes. Acto seguido fue descendido a fin de que un médico certificase su fallecimiento.

Ejecucion Bijeh 2

Ali Gholampour, por su parte, también fue condenado a cien azotes y, asimismo, a quince años de prisión por su complicidad en las andanzas del Vampiro así como por su inaceptable adicción a la heroína. El hecho de que no se viese implicado materialmente ni en los abusos sexuales, ni en los asesinatos, fue lo que le evitó el patíbulo.

Sea como fuere, Bijeh, con sus números asesinos, goza actualmente del privilegio poco honorable de ser el asesino en serie más prolífico de la historia de Irán. Anteriormente ostentaba este título Saeed Hanaei, conocido popularmente como La Araña, quien fuera condenado a muerte en 2001, y ejecutado en 2002, por el asesinato de 16 mujeres, todas ellas prostitutas y drogodependientes. Lo cierto es que la motivación de los crímenes de Hanaei era muy diferente, pues mataba únicamente a mujeres que, en su opinión, no eran más que “pecadoras”.

Según Hanaei, prototipo preclaro de asesino en serie misionero, sus víctimas –todas entre los 25 y los 50 años- no merecían seguir viviendo pues ofendían a cualquier persona honesta y respetuosa con la fe islámica. Estos argumentos, en contra de lo sucedido con Mohammed Bijeh, le convirtieron en un héroe nacional para muchos fundamentalistas. La Araña estrangulaba a las mujeres con el pañuelo que llevaban en la cabeza y acto seguido vestía sus cadáveres con un burka. En consecuencia, tanto Hanaei como sus familiares se sentían extremadamente orgullosos de sus actos, al punto de que el asesino sonreía a los medios de comunicación –a los que concedió múltiples entrevistas en prisión- entretanto narraba las vicisitudes de su cruzada particular contra la corrupción y el vicio. Todavía hoy las autoridades iraníes tienen que vérselas a menudo con los grupos de admiradores que se manifiestan en torno a su tumba. Ya se sabe como va esto de la doble moral: lo malo no es el delito sino quien lo comete y con que fin.

No todos los iraníes comparten la algarabía generalizada que se produce durante las ejecuciones públicas. En Irán existe actualmente una corriente de voces críticas en contra de este tipo de actos multitudinarios de delirio colectivo que manifiestan abiertamente su desacuerdo. Estiman que este tipo de espectáculos grotescos dañan la imagen internacional del país y, por simpatía, del islam. Del mismo modo, entienden que estas prácticas no hacen otra cosa que fomentar la violencia.

De tal modo, uno de los espectadores asistentes al ahorcamiento de Mohammed Bijeh, Dariush Mehraban, comentó al periodista estadounidense Steven Morris: “Muchos criminales son ahorcados como en este caso, pero ello no reduce el número de delito ni lo más mínimo. Es horrible que alguien reciba este tratamiento por terribles que sean los crímenes que haya cometido. La venganza no es una solución…”

En efecto: todos no son iguales.

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