El necrófilo perfecto

Unos dicen que se llamaba Carl Tanzler. Otros biógrafos dan prioridad al nombre de Carl von Cosel. El hecho es que empleó distintos nombres dependiendo del caso lo cual ya nos remite, de entrada, a una personalidad compleja, extraña, controvertida y camaleónica. Así, en su certificado de matrimonio firmó como Georg Karl Tänzler. Pero cuando obtuvo la ciudadanía estadounidense lo hizo como  Carl Tanzler von Cosel. Sin embargo, en su certificado de defunción emitido por el Estado de Florida reza como Carl Tanzler, mientras que en varios de los registros médicos del hospital donde trabajó nos encontramos con el rimbombante título de Conde Carl Tanzler von Cosel. Consecuentemente, y a fin de no complicar las cosas a lo largo del relato de su increíble historia, nos limitaremos a llamarle por la única constante: Carl.

Nacido en Dresde (Alemania) el 8 de febrero de 1877, Carl era un notable médico especializado en radiología que desarrolló el grueso de su carrera en un hospital de Cayo Hueso (Florida). Sin embargo, llegaría a este último destino tras una azarosa trayectoria vital que conocemos solo de manera parcial. Procedente de una familia noble, Carl tuvo una infancia repleta de viajes familiares y que, posteriormente lo reconoció, estuvo plagada de extrañas fantasías y ensoñaciones que nunca le abandonaron del todo. Concretamente, explicaría que durante una estancia infantil en Génova había visto en varias ocasiones el fantasma de una tía fallecida, la condesa Anna Constantia von Cosel, quien supuestamente le explicó que el gran amor de su vida sería una exótica mujer de cabello negro.

Sabemos también que durante la Primera Guerra Mundial vivió en Australia, país en el que sospecha que pudo tener problemas con la justicia por razones no del todo aclaradas. También que hacia 1920 contrajo matrimonio con una tal Doris A. con la que tuvo dos hijas: Ayesha y Crystal. Luego, en 1926, emigraría a los Estados Unidos en 1926, vía Rotterdam y La Habana, hasta la localidad de Zephyrhills (Florida), lugar en el que tenía una hermana que había llegado al país años atrás. Tras culminar la reunificación familiar, en 1927, obtuvo trabajo como radiólogo y patólogo en el famoso US  Marine Hospital de Cayo Hueso. La familia, hasta que la situación de Carl consolidara, quedó en Zephyrhills con su hermana.

Debemos significar que el solitario Carl era un hombre extremadamente inteligente y visionario que pronto destacó entre el personal del hospital por sus habilidades personales y laborales, a la par que montó un peculiar laboratorio en su casa en el que se dedicaba al diseño de extrañas máquinas eléctricas e instrumentos musicales, entre los que destacaba un enorme órgano de tubos que tocaba a la perfección. Incluso fue capaz de construir un avión, que instaló en el jardín, a partir de residuos militares y al que bautizó como Condesa Elaine. Alguien diría que el perfecto perfil del “científico loco”.

Como es lógico, los “clientes” habituales del Hospital de la Marina era hombres y solo muy raramente aparecía algún paciente femenino. Sin embargo, el 22 de abril de 1930, Carl conoció a María Elena Hoyos (1910-1931), mujer de origen cubano que, acompañada de su madre, esperaba para una consulta médica. El hecho es que Carl, hombre cuya estabilidad psicológica nunca fue demasiado sólida y que como hemos visto siempre vivió atrapado por extrañas fantasías y obsesiones, quiso reconocer en ella a la misteriosa mujer de cabello negro que le había sido revelada por el fantasma de la niñez. Inevitablemente, algo iba a suceder.

8771909_f260Elena Hoyos, una belleza exótica muy del gusto de la época, era hija de un fabricante de puros habanos, y no tuvo una existencia afortunada. Tuvo dos hermanas –una de las cuales quedaría viuda muy joven a causa de un terrible accidente laboral- y estuvo casada con un tal Luis Mesa, quien la abandonaría tras sufrir el aborto del hijo que esperaban. De hecho, cuando Elena Hoyos marchó a Estados Unidos para trabajar como modelo todavía estaba legalmente casada, situación civil que nunca cambió. El hecho es que fue diagnosticada con tuberculosis, una enfermedad casi siempre fatal en aquellos años y que en algunos casos, como el de Elena, procedente de una familia muy diezmada por la enfermedad, terminaba por cobrarse la vida de unidades familiares enteras.

Pero Carl, obsesionado con la mujer, de la que se enamoró de suerte completamente irracional en el primer momento que la vio, convirtió en salvarla de la tuberculosis el objeto central de su existencia. Se valió para ello de toda suerte de terapias y maquinarias extravagantes y no científicamente validadas: Rayos-X, electricidad, bebedizos elaborados a partir de polvo de oro… Carl invirtió en la terapia de Elena hasta el último centavo a la par que la colmaba de regalos, joyas y ropas. Llegó incluso a declararle su amor sin que exista evidencia real de que sus afectos fueran correspondidos por la chica.

De nada sirvió que el médico gastara buena parte de sus últimos fondos en una bobina de Tesla que desplazó hasta la misma cama de Elena Hoyos, pues fallecería en el domicilio familiar el 25 de octubre de 1931. Tras el óbito, pagó todos los gastos funerarios y obtuvo el permiso de la familia para construir un mausoleo, diseñado por él mismo, en el cementerio de Cayo Hueso a fin de que los restos de su amada descansaran en paz. Víctima ya de un amor rayano en lo patológico, se encargó personalmente de que el cadáver de Elena recibiera un embalsamamiento perfecto a fin de que el paso del tiempo y la naturaleza no pudieran destruirlo.

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Visitó el mausoleo durante dos años, cada noche, sin falta. Allí pasaba las horas hablando con el sarcófago metálico de Elena hasta que finalmente las ensoñaciones eclosionaron de nuevo… Ella “le pidió” que la sacara de allí, de aquella prisión, para poder compartir su amor. Dicho y hecho. En abril de 1933 Carl se armó de valor, extrajo el cuerpo de Hoyos del mausoleo y lo transportó a su casa en una carretilla. El embalsamamiento al que había sometido el cuerpo de Elena, dado que no era especialista en la materia, dejaba mucho que desear y el cadáver no se encontraba en las mejores condiciones posibles, pero Carl recurrió al arma que nunca le había fallado en la vida: el ingenio. Unió los huesos con alambre y ganchos para ropa, rellenó las cuencas vacías de sus ojos con otros de vidrio. En el más perfecto émulo de un embalsamador egipcio, abrió el cuerpo, extrajo los órganos descompuestos y los almacenó en vasijas de terracota. Luego rellenó el cadáver con trapos humedecidos en formaldehido a fin de darle forma. Dado que la piel se encontraba en un avanzado estado de putrefacción, Carl reemplazó las partes más dañadas con tela de seda empapada en Yeso de París. Dado que buena parte del cabello de la mujer se había desprendido del cráneo a causa de la descomposición del cuero cabelludo, Carl se sirvió de una peluca que había pertenecido a la chica en vida y que su madre le había regalado poco después del funeral. Posteriormente, vestido con medias, joyas y guantes, preparó un tálamo para el cuerpo así reconstituido en el interior del Condesa Elaine. A partir de aquel momento, una de las ocupaciones habituales de Carl sería esforzarse por mantener el cadáver de Elena ajeno al paso del tiempo, combatiendo ferozmente los efectos de la descomposición de todos los modos imaginables.

A menudo dormían juntos. Interpretaba música para ella. La besaba. Le declaraba su más profundo amor… E incluso llegó a practicar sexo con los despojos reconstituidos. Ideó para ello un sistema ciertamente imaginativo que luego aclararon los médicos encargados del estudio del caso: DePoo y Foraker practicaron la necropsia de los restos de Elena para descubrir que Carl había insertado un tubo de metal forrado de seda en la vagina del cadáver cuyo fin era el de permitir el intercambio sexual.

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Esta morbosa situación se prolongó durante siete largos años, hasta que en octubre de 1940, una de las hermanas de Elena, la viuda Florinda, quien siempre había sospechado la existencia de algo enfermizo en aquellos desvelos de Carl, escuchó rumores de que algo raro ocurría en el hogar del médico. Durante los últimos años había ido convirtiéndose en un hombre extraño, que perdió paulatinamente la relación con el vecindario y mostraba una conducta cada vez más errática y extravagante. Incluso se comentaba, entre bromas y veras, que el médico tenía una novia muerta, lo cual despertó las sospechas de Florinda, que decidió investigar. Así, tras seguirle los pasos, no tardó en desentrañar el misterio para presentar la pertinente denuncia.

Carl fue detenido y examinado por psiquiatras que le encontraron mentalmente competente para afrontar un juicio bajo los cargos de “destrucción maliciosa y lasciva de una tumba y extraer el cuerpo sin autorización”. Tras una audiencia preliminar verificada en octubre de 1940 en la Corte del Condado de Monroe (Florida), sería finalmente exonerado en la medida que los cargos habían prescrito. Sorprendentemente, y gracias al concurso de los periódicos, Carl tuvo infinidad de admiradores y admiradoras que consideraron su actitud de un romanticismo superlativo, de modo que lo aclamaron públicamente e incluso realizaron cuestaciones públicas para ayudarle a pagar las costas judiciales. La delgada línea entre la normalidad y la anormalidad difuminándose de nuevo. El cadáver de Elena, por su parte, fue examinado por médicos y patólogos antes de su exposición pública en la funeraria Dean-López, lugar en el que sería visitado por miles de curiosos. Posteriormente fue enterrado de nuevo en el cementerio de Cayo Hueso, donde aún permanece en una sepultura incógnita a fin de evitar nuevas profanaciones.

Hacia 1944, Carl se mudó al Condado de Pasco (Florida), cerca de Zephyrhills, donde escribiría una autobiografía que solo quiso publicar, ya en 1947, la revista dedicada a relatos de fantasía y ficción ilustrada Fantastic Adventures. El hecho es que lograría la nacionalidad estadounidense en 1950, pero nunca se liberó de su obsesión. Carl utilizó una máscara mortuoria de Elena Hoyos que aún conservaba para elaborar una efigie de tamaño natural con la que convivió hasta el mismo día de su muerte, ocurrida en su casa el día 3 de julio de 1952, si bien su cuerpo sería encontrado tres semanas más tarde. Su esposa Doris nunca le abandonó del todo, pese a su separación, y siguió manteniendo una fluida relación con él hasta el final de sus días.

Se ha dicho que el cuerpo de Carl fue encontrado abrazado a la efigie de Elena Hoyos, pero es falso. Lo único cierto es que su obituario cuenta que el cadáver tenía en la mano el célebre cilindro metálico.

¿Amor o enfermedad?

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