El Caso Montesi: Un manual para “conspiranoicos” consecuentes (1ª parte)


Un caso aparentemente “del montón” que, enredándose de suerte endemoniada, hizo temblar los cimientos de un Estado. Un ejemplo histórico del “piensa mal y acertarás”, pues a veces las cosas no tienen absolutamente nada que ver con aquello que parecen. Y es que hay ocasiones -no todas y ni tan siquiera la mayor parte de ellas- en que los “conspiranoicos” pulsan la tecla adecuada. Razón más que suficiente para no reírse de ellos tan a la ligera… ¿Tengo que explicaros otra vez lo de los “cisnes negros“?


9 de abril de 1953 (20:30 horas)

Ya era de noche. Rodolfo Montesi esperaba impaciente a su hija Wilma, de 21 años. Su tardanza ya era alarmante por extraordinaria. Algo, bien lo sabía el modesto carpintero, no funcionaba y la rareza con la que se habían desarrollado los acontecimientos no dejaba dudas al respecto: Wilma se había negado aquella misma tarde a ir a con su hermana y su madre al cine alegando que se encontraba mal. Sin embargo, a las cinco de la tarde, salió sola. Así se lo aseguró al señor Montesi la portera de la finca, Adalgisa Roscini.

Wilma Montesi
Wilma Montesi

Cansado de esperar, el carpintero acudió antes que nada al hospital vecino, donde no tenían noticia de ningún accidente importante. Se dirigió al Lungotevere, una populosa calle romana a orillas del Tíber por la que Wilma solía pasear, y allí buscó a su hija durante dos horas más. A las 22.30, agotado tras las infructuosa búsqueda y temiendo ya una desgracia, Rodolfo Montesi se presentó en la comisaría de la calle Salaria, donde interpuso la pertinente denuncia. Luego regresó a casa. Allí se encontró con su esposa y su otra hija, Wanda, recién llegadas del cine. La hermana de Wilma aclaró a su padre que ella le había dicho que iría a Ostia para darse en los pies un baño de agua de mar pues, al parecer, tenía inflamado un talón. El carpintero, inmediatamente, descolgó el teléfono y pasó la indicación a la policía.

10 de abril de 1953

Durante todo el día y toda la noche, la familia Montesi y la policía romana continuaron la búsqueda. Fueron inútiles todos los esfuerzos pese a que, pasada la medianoche, se sumó a la búsqueda el novio de Wilma, un agente de policía recién llegado de Potenza, ciudad en la que estaba destinado. A la hija del carpintero se la había tragado la tierra.

11 de abril de 1953 (07:30 horas)

Era sábado. Una mañana muy tranquila. El albañil Fortunato Bettini, caminaba hacia el tajo por el paseo marítimo que bordeaba la playa de Tor Vaianica, cercana al puerto de Ostia y a unos 42 kilómetros de Roma. El lugar, que en verano solía encontrarse repleto de gente, estaba completamente desierto e incluso los pequeños bares playeros estaban cerrados a cal y canto. En determinado momento, al dirigir la mirada hacia el mar, Bettini descubrió algo sospechoso sobre la arena, a escasos metros del agua. De inmediato comprendió que era un cuerpo de mujer. Movido por la curiosidad, se acerco para comprobar con enorme nerviosismo que estaba muerta y a medio vestir. Inmediatamente, el albañil salió corriendo en busca de ayuda. Poco después, junto con un compañero, llegaba a una comisaría para informar del hallazgo.

Desplazados al lugar, los carabinieri comprobaron que el testimonio y la descripción del albañil eran correctos. El cuerpo de la chica, muy joven, estaba tumbado en posición de decúbito prono, con la cabeza hacia el mar y las piernas ligeramente dobladas. No tenía falda, zapatos ni medias. Sólo llevaba una combinación de encaje color marfil, una chaqueta de piqué blanco bordado prendida al cuello por un solo botón y una camiseta liviana. Aparentemente, no presentaba señales de violencia, tan sólo golpes y arañazos leves que podía haber producido el propio mar al arrastrar el cuerpo. Sólo una pequeña contusión en una ceja parecía relevante, pero podía habérsela producido al golpearse con una piedra. El médico Agostino Di Giorgio, in situ, estimó que la chica debió fallecer unas dieciocho horas antes del hallazgo.

Se buscaron las prendas que faltaban al cadáver, pero nunca se encontraron. Tampoco portaba identificación alguna. Poco antes del mediodía se presentan en Tor Vaianica el juez de guardia acompañado de un médico forense y un inspector de policía. El forense coincidió con Di Giorgio –que no era especialista en la materia- en que el cadáver no presentaba nada raro, pero estimó que la chica llevaba fallecida unas treinta horas, y no dieciocho. El inspector, Carducci, envió un telegrama al procurador general de la República, en el que ofrecía cumplida información de los hechos y solicitando instrucciones. Así, el cadáver era finalmente retirado de la playa. A las siete de la tarde, sin embargo, Carducci no había recibido órdenes, por lo que decide telefonear. Media hora después se le ordena trasladar el cadáver a la morgue de Roma, lugar en el que el cuerpo sería depositado a medianoche.

12 de abril de 1953 (10:00 horas)

Rodolfo Montesi y Angelo Giuliani, el novio de Wilma, acudieron por requerimiento de las Autoridades a la morgue para examinar el cadáver desconocido y la identificación fue positiva. A continuación, dos peritos en medicina judicial, los médicos Franche y Carella, realizan la autopsia.

Su informe es rotundo: el cuerpo no presenta señales de violencia, su estómago esta vacío y manifiestan no haber encontrado en sus vísceras residuo alguno de venenos o narcóticos. En sus pulmones había arena y agua de mar por lo que la conclusión parece obvia: muerte por ahogamiento. La arena fue analizada y coincidía en sus características no con la de la playa de Tor Vaianica, sino con la del litoral del centro de Ostia, por lo que se concluye que la chica debió ahogarse allá para que luego su cadáver, merced a la mar gruesa de aquellos días, fuera trasladado por las aguas unos 30 kilómetros, hasta el lugar en el que fue encontrado.

Este detalle resulta muy importante pues coincide con la declaración de Wanda: su hermana pensaba darse un baño de pies en Ostia. Cuestión que vino a ser corroborada por Rosa Passarelli, una profesora que dijo haberse cruzado con la fallecida en el tren de las cinco y media, y a la que reconoció posteriormente por las fotografías que publicaron los periódicos. Todo parecía claro.

De tal modo, en vista de los datos arrojados por la autopsia y partiendo de las conclusiones del doctor Di Giorgio –no de las ofrecidas por los forenses- sobre la hora de la muerte, un detalle muy relevante porque va a alimentar futuras controversias, el sargento Carducci elabora su informe: Wilma Montesi habría muerto ahogada y no por motivos violentos. Declaró además que los estudios médicos permitían formular indistintamente las hipótesis del accidente, del suicidio o del homicidio. En su opinión, el homicidio debería descartarse dada la carencia de un móvil, y tampoco había motivos que permitieran hipotetizar con un suicidio. En conclusión: la muerte de la muchacha había sido resultado de una funesta desgracia.

Era un razonamiento lógico: la familia Montesi, aunque modesta, gozaba de muy buena reputación. Wilma era una joven seria, reservada y sin amistades destacables que se había comprometido en septiembre de 1952 con el agente Giuliani. Al parecer, la relación de la fallecida con su familia y con su novio siempre fue excelente, sincera y afectuosa. No había, pues, razón alguna como para pensar en un suicidio… Y la ausencia de violencia en cualquiera de sus formas excluía el homicidio.

16 de abril de 1953

Se cerró la investigación y el caso se archivó como un lamentable accidente. Wilma Montesi, por alguna razón desconocida –tal vez a causa de un tropiezo o un desvanecimiento- cayó al mar y falleció ahogada. El baño de pies había terminado en tragedia. Y la familia de la víctima, en principio, aceptó sin ambages estas conclusiones y se dispuso para vivir en paz el duelo. Caso cerrado.

Pero no. Al novio de Wilma su entrenado olfato policial le decía otra cosa bien distinta.

En primer lugar, sucedía que Angelo Giuliano parecía ser el único preocupado por el desajuste horario ofrecido por los testimonios de los médicos. Entre las dieciocho horas del doctor Di Giorgio y las treinta propuestas por los demás había un gran margen de tiempo. Y la duda no era baladí: si Wilma murió cuando dijeron los especialistas, entonces lo hizo entre las siete y las ocho de la tarde del 9 de abril, luego a poco de llegar al mar. Pero si falleció cuando dijo Di Giorgio, como se indicaba en el informe de Carducci, entonces su vida termino a media tarde del día 10, y ello daba pábulo a toda clase de especulaciones… ¿Dónde y con quién pasó Wilma Montesi todo aquel tiempo?

Luego estaban las numerosas marcas y arañazos que presentaba el cuerpo de la difunta. Nadie les había dado la menor importancia, excepto Giuliani, quien tras examinarlas personalmente en la morgue, no dudó en sostener ante la prensa la idea de que, a su parecer, muchas de esas lesiones eran más que simples escarificaciones provocadas por el arrastre el mar, y que su novia tenía más pinta de haber sido asesinada que de haberse caído.

anygirl-goldiechiari-3

En efecto, movido por la insatisfacción de las conclusiones del informe de Carducci, Angelo Giuliani comenzó a hacer toda clase de molestas averiguaciones por su cuenta y razón. Durante poco tiempo. A poco que comenzó a escarbar en el caso Montesi se recibió en la Jefatura de Policía de Roma una comunicación desde Potenza en la que se le ordenaba reincorporarse inmediatamente a su destino. Este hecho comenzó a levantar rumores entre los periodistas de la capital y el ya conocido como Caso Montesi, al que la policía pretendía dar carpetazo, se vio reactivado por las especulaciones de la prensa en la misma medida que, al parecer, cuanto más encono parecía poner la policía en cerrarlo, más sospechoso se iba volviendo todo el asunto.

Así, paulatinamente, se fueron aireando a la opinión pública las muchas preguntas que la versión oficial no respondía, ni podía responder:

  1. ¿Por qué alguien que se va a dar tan sólo un baño de pies se desprendería de tanta ropa?
  2. ¿Por qué un cadáver ahogado en el centro del litoral de Ostia va a parar a Tor Vaianica cuando, precisamente, la corriente marina empuja los cuerpos de los ahogados en Ostia justo en la dirección contraria?
  3. Si la ropa que faltaba al cadáver le había sido arrebatada por el mar… ¿Cómo puede explicarse que una chaqueta abrochada al cuello con un solo botón aguantara el envite de las aguas?
  4. ¿Por qué Wilma ocultó a sus padres que aquella tarde iría a Ostia con el fin descrito por su hermana cuando nunca había tenido con ellos secretos de ese tipo?

Alentados por la idea que algo no marchaba en todo aquello, la prensa, que había olido una buena historia, se zambulló en el cada vez más célebre misterio de la muchacha ahogada –así empezó a ser conocido en toda Italia- transformándolo en un serial. Y tanto van a escarbar que acabarán, por fin, dando con algo. Al parecer, en el día de autos, un tipo llamado Piccioni, músico profesional, habría acompañado a Wilma Montesi a Ostia. Algo debía saber de todo aquello.

Se trataba, además, de un bocado muy suculento porque el músico –pianista para más señas- en cuestión no era otro que Gian Piero Piccioni, hijo del ministro de asuntos exteriores de la Republica Italiana, Atilio Piccioni. Al parecer, y según los primeros informes de la prensa, el pianista era bien conocido en varios locales de moda entre la juventud romana –en los que tocaba a menudo- y en uno de ellos habría conocido a Wilma… Quien, por cierto, se destapaba de este modo como una muchacha de doble vida que ocultaba muchos más secretos de los que su familia y su novio imaginaban. Ya empezaba a barruntarse lo que llegaría a ser conocido en Italia, durante mucho tiempo, como el escándalo del siglo.

5 de mayo de 1953

El jefe superior de policía de Roma, Saverio Polito, trata de parar la ola de sospecha e indignación que invade a la opinión pública, y ofrece una rueda de prensa en la que afirma que Gian Piero Piccioni es ajeno al Caso Montesi pues tiene una coartada perfecta: el 9 de abril se encontraba en Milán grabando un concierto para la radio. Pero sirvió de poco pues la batalla en la prensa estaba servida. Los periódicos de izquierdas no cesaban de insinuar el escándalo y sugerir una teoría de la conspiración oculta tras el Caso Montesi. Los rotativos de derechas, por el contrario, no cejaban en el empeño de defender al gobierno a ultranza, incluso pergeñando toda clase de coartadas para el hijo del ministro.

A tal grado de crispación llegó el asunto que hubo multitud de querellas cruzadas entre periódicos, periodistas y el propio Piccioni.Estando las cosas tan calientes como estaban, y en un último intento de finiquitar el dolor de cabeza que empezaba a suponer el Caso Montesi, el Fiscal de la República, argumentando que no podía sostenerse una investigación como aquella sobre pruebas circunstanciales y meras sospechas, presionó al juez instructor a fin de que lo archivase, cosa que logró. Así, todo parece resuelto y se consigue que los ánimos se vayan calmando lentamente a lo largo de los meses siguientes.

Octubre de 1953

Una modesta revista sensacionalista, Attualità, no sólo va a reavivar el fuego, sino que se va convertir en la chispa que hará estallar el polvorín. Firmado por su director, Silvano Muto, la revista publica un reportaje titulado Toda la verdad sobre la muerte de Wilma Montesi. Y subtitula: Por qué no fue aclarado el misterio de la muchacha ahogada en Ostia.

Muto era un periodista de treinta años con aspecto de estrella de Hollywood que tenía el dudoso privilegio de dirigir la que, muy probablemente, fuese la revista menos leída de Italia. De hecho, era el propio Muto quien la escribía por entero y la maquetaba. No es extraño, por tanto, que la primera reacción ante su reportaje fuera la del desprestigio. De hecho, se le acusó de pretender ganar fama fácil a costa de una tragedia, de ser “un buitre”… y, en definitiva, de todo el argumentario humillante y falaz que suele manejarse en estos casos. Pero las inconsistencias de la versión oficial no habían convencido a los italianos, y la gente no tenía bastante. Así, Attualità se convierte, de la noche a la mañana, en la publicación más leída y demandada del país transalpino.

24 de octubre de 1953

Ante el fiscal de Roma, Muto declara con toda la tranquilidad del mundo que las afirmaciones de su reportaje eran falsas, que había escrito el artículo sólo para aumentar la tirada de la revista y, además, reconoció que había actuado de manera irresponsable.El Caso Montesi volvía a desinflarse, pero el impacto político del mismo era evidente, pues parece que el padre de Muto, político conservador, había sido eliminado de la lista de candidatos del Partido Demócrata Cristiano… Los rumores decían que Atilio Piccioni había sido uno de los que más habían empujado para que así fuese. Así pues, los detractores de Silvano Muto no tardaron en tenerlo claro: aquel periodista del tres al cuarto no buscaba más que venganza, y la consecuencia fue que el director de Attualitá también tendría que defenderse ante los tribunales de una querella por calumnias.

El problema residía, no obstante, en que Silvano Muto no aportaba pruebas que justificasen sus teorías, y se refería a los autores del delito, constantemente, como el señor X, y el señor Y. Como es lógico, dado el revuelo que se armó, el autor fue procesado por el sustituto del fiscal general, Angelo Sigurani, bajo la acusación de propagar noticias falsas y tendenciosas destinadas a la alteración del orden público.

16 Nov 1954 --- Portrait of Silvano Muto --- Image by © Bettmann/CORBIS
16 Nov 1954 — Portrait of Silvano Muto — Image by © Bettmann/CORBIS

Muto no citaba nombres –bien se cuidaba de ello-, pero en su artículo, y en resumen, sostenía que el responsable de la muerte de Wilma era un joven músico de la radio italiana, hijo de una eminente personalidad política. Afirmaba que, por presiones gubernativas, la investigación se había desarrollado de tal modo que todo fuera silenciado. Destacaba la reserva que se había mantenido al respecto de los resultados de la autopsia, las contradicciones entre los testimonios médicos, y acusaba a las autoridades de no haber querido identificar al culpable. Relacionaba, además, la muerte de Wilma Montesi con el tráfico de estupefacientes y, por cierto, hablaba con pelos y señales de orgías –las orgías de Capocotta– en las que abundaban las droga y durante una de las cuales habría muerto Montesi, pues era una recién llegada no estaba habituada al uso de estupefacientes. Concluía que los asistentes a la fiesta en que la Montesi encontró la muerte habrían trasladado el cadáver a la playa vecina de Tor Vaianica, donde lo abandonaron simulando un ahogamiento a fin de evitar el escándalo.


[Continuará]

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s