Mattoon: Crónica de una histeria colectiva


Con mi agradecimiento a Fernando Cámara por descubrirme esta interesante e ilustrativa historia.


MattoonEn el verano de 1944 la localidad de Matoon, Illinois (EE.UU.), contaba con una población de unos 16.000 habitantes. Gentes acosadas, al igual que la de otras muchas poblaciones estadounidenses en aquellos días de guerra, por la idea paranoica y recurrente de una futurible invasión enemiga. Un clima tenso que, retrospectivamente, inspiró al cineasta Steven Spielberg el guión de una de sus primeras y más interesantes películas: 1941. El hecho es que las pequeñas ciudades, de las que solían faltar muchos jóvenes enviados a combatir en Europa, se convirtieron en un hervidero de leyendas urbanas, caldo de cultivo propicio para toda suerte de rumores paranoicos… No es de extrañar, pues, que los acontecimientos de la noche del 31 de agosto llevasen finalmente a Mattoon a los libros de historia. Podría haber sucedido –y sucedió de hecho- en cualquier otro lugar de la nación.

El tiempo era inusualmente caluroso, por lo que la gente, más en un entorno rural, tranquilo y aparentemente pacífico, dormía con las ventanas abiertas. Un matrimonio despertó con una desagradable sensación de mareo. Cuando la mujer intentó levantarse advirtió que estaba paralizada, aturdida. El marido sí encontró arrestos para ponerse en pié a fin de comprobar si se había olvidado de cerrar la llave del gas. Pero todo estaba bien, lo cual dejó paso a la intranquilidad que genera la falta de respuestas concluyentes y poco más. Pero esa misma noche, en el otro lado de la ciudad, otra mujer se despertó sobresaltada y en idénticas condiciones.

Mattoon - Kearney
Recorte de prensa aparecido en el periódico local de Mattoon… Aquí comenzó todo.

Todo habría quedado en mero episodio coyuntural de no ser porque durante la madrugada siguiente una tal señora Kearney, que dormía junto a su hija de tres años, se despertó a causa de un repugnante olor dulzón. Sentía una horrible parálisis en las piernas. Su hija tosía y lloraba. Los gritos de la mujer alertaron a los vecinos que no tardaron en movilizarse. Por la mañana la señora Kearney aún se quejaba de ardor en los labios y dolor de garganta. No obstante, y pese a la investigación policial, el foco del repelente olor dulzón no pudo ser encontrado y sólo se contaba con el inquietante testimonio del marido de la señora Kearney, quien trabajaba en horario nocturno: señaló que al llegar a casa había observado a una persona alta, vestida con ropa oscura y un gorro ajustado, merodeando en las inmediaciones. Indicó que había perseguido al individuo pero que no pudo capturarle.

Un reportero del periódico local, el Mattoon Daily Journal Gazette, informó del caso. La verdad es que no existían argumentos de juicio para suponerlo, pero el informador ató cabos, juntó, pegó y, quizá dejándose llevar por el tufillo de una noticia singularmente interesante surgida en el seno de una comunidad tranquila en la que casi nunca pasaba gran cosa, escribió literalmente que un individuo estaba atacando a los ciudadanos de Mattoon con gas. Ni que decir tiene, pues, que la semilla de la histeria colectiva había sido sembrada en el entorno propicio de un ambiente ya de por sí tenso.

La noche del 5 de septiembre, otra señora –esta se apellidaba Cordes- regresó al hogar para encontrarse en las escaleras del porche con un paño blanco empapado en un líquido singular y desconocido. Lo olió. De inmediato perdió el equilibrio, vomitó, su rostro y sus labios sufrieron quemaduras entretanto sangraba por la boca. No pudo articular palabra hasta pasadas dos horas… Pruebas reales por fin: la policía recogió el paño y un juego de ganzúas que encontró en las inmediaciones. La investigación concluyó, como es lógico, que alguien estaba intentando entrar en la casa y se vio interrumpido por la llegada intempestiva de la mujer. El paño humedecido con la sustancia nociva fue enviado a los laboratorios de la Universidad de Illinois, pero los análisis químicos no aportaron ninguna prueba destacable. Se trataba de tetracloruro, un compuesto utilizado habitualmente en una fábrica local. Los trabajadores de la planta, por supuesto, afirmaron usar esta sustancia como componente para el llenado de los extintores de incendios. Y, por lo demás, significaron que se trataba de una sustancia inodora que no producía –que se supiera- los efectos nocivos relatados por la señora Cordes. A menos que hubiera experimentado alguna clase de brote alérgico.

mattoon_ilEl 6 de septiembre hubo tres supuestos ataques más. Algunos testigos contaron haber visto a un hombre alto que salía de una casa tras asaltar a sus propietarios -supuestamente con un gas, pero los testimonios son harto confusos, por no decir contradictorios-. La policía local, impelida por las tensiones que comenzaban a aflorar en la comunidad, restringió los permisos y descansos de todos los agentes para ponerse a trabajar a pleno rendimiento. Ello no impidió, sin embargo, que se produjeran más avisos de otras agresiones. Lo interesante es que, a partir de determinado momento, en los relatos de los supuestos testigos y agredidos el gas pasó a convertirse más en un elemento secundario de las historias que en el verdadero protagonista. De hecho, a veces ni se mencionaba la existencia de gases o de cualquier otra sustancia química -o tan sólo se sugería-: así por ejemplo, en un artículo publicado el 8 de septiembre se contaba que una niña de 11 años había sido encontrada inconsciente en su dormitorio. El reportero no aclaraba del todo los motivos, pero la noticia estaba elaborada de tal modo que permitía al lector imaginar en un supuesto ataque con gases. Otro: una mujer informó de que un hombre vestido de oscuro, muy alto, estaba tratando de forzar la cerradura de su puerta, pero sus gritos le disuadieron. Nada dijo de gas, pero éste volvió a aparecer sugerido en la prensa. En efecto, cualquier suceso común, por nimio que fuera, empezó a relacionarse con el mismo asunto de suerte que se produjo un colosal efecto bola de nieve en el que todo desembocaba en el mismo sitio aunque no tuviese absolutamente nada que ver.

De hecho, los titulares de los periódicos se lanzaron a una estrambótica campaña amarilla y –muy a la americana- bautizaron al extraño merodeador vestido de negro, en unos casos, como el “gaseador loco (mad gasser) de Mattoon”. En otros como el “anestesista fantasma” (phantom anesthethist). El público, intranquilizado por estos informes, sumido en la paranoia, quería respuestas inmediatas. A tales cotas de popularidad llegó el tema que se convirtió en el centro de todas las conversaciones, usos y costumbres de la localidad y se hizo imposible discernir entre realidad y ficción, verdad y mentira, certeza y leyenda. Los ciudadanos se armaron y formaron patrullas que ocuparon las calles dispuestas a atrapar al delincuente. Nunca se vio o cogió a nadie remotamente parecido a las descripciones periodísticas, pero no es menos cierto que perfectamente pudo ocurrir cualquier desgracia.

1941
Uno de los promocionales de “1941”, película de Steven Spielberg inspirada en eventos como el de Mattoon.

Y a todo esto, alimentando la caldera del despropósito, los informes de supuestos ataques y asaltos del gaseador loco se sucedían sin solución de continuidad. Así cuatro personas que dormían juntas en el mismo dormitorio se sintieron mal repentinamente: cuando fueron interpeladas al respecto afirmaron estar seguras de haber oído el sonido de algo que bien podría ser un aparato pulverizador… Seguramente el sonido del gas fluyendo. Más madera. Lo cierto es que petición de las autoridades locales, el FBI desplazó a Matoon a varios agentes para iniciar una investigación. El pánico se estaba extendiendo y no había respuestas. Al contrario, cada vez había más preguntas, más rumores, y menos hechos comprobados. Ya se estaba empezando, incluso, a difundir el bulo de que los alemanes y los japoneses se habían infiltrado en la población y estaban realizando experimentos con armamento químico. Los más osados hasta se atrevieron a sugerir la teoría de que, quizá, el gobierno los estaba utilizando como conejillos de indias para experimentar con alguna clase de arma secreta. Con ello, se perfilaba en el horizonte el fantasma de una conspiración bélica y una historia de espionaje internacional.

Tampoco los políticos –como es habitual- ayudaron a calmar las cosas. Thomas V. Wright, Delegado de Salud Pública, trató de calmar la situación emitiendo una declaración tan indefinida e imprecisa como incendiaria: “no hay duda de que existe un maníaco gaseador en el pueblo, pero la mayoría de los ataques no son más que histeria. El miedo a ser atacado provoca estas crisis cuando en realidad se trata de un gas relativamente inofensivo”. Lo mejor de todo es que, a aquellas alturas de la historia, ni tan siquiera había constancia empírica de que se estuviesen produciendo realmente ataques con sustancia tóxica de clase alguna, pues todas las investigaciones realizadas hasta aquel momento habían resultado inconcluyentes. Lo cierto es que, como es de suponer, la ciudad entera había enfermado de pánico provocándose una situación cuya marea informativo se propagó por todo el país.

No obstante, ocurrió algo ciertamente singular pues a pesar de que las denuncias de supuestos ataques con gas seguían llegando a las Autoridades, tras la intempestiva declaración del Delegado, tanto los periódicos como los investigadores alcanzaron un clima de escepticismo corroborado por las actividades policiales que, a esas alturas, consideraban muchos de los informes como falsas alarmas, historias inventadas por tipos con afán de protagonismo y obra de bromistas. Y, de manera no menos curiosa, a la par que la tensión informativa se fue diluyendo, las cosas se fueron calmando. Así, el último incidente que se reportó a las autoridades tuvo lugar el 13 de septiembre, apenas catorce días después de que se desatara la locura colectiva. En este caso una mujer y su hijo describieron al atacante como una mujer vestida de hombre que pulverizaba gas por la ventana de uno de los dormitorios. A la mañana siguiente habían descubierto -eso afirmaron- las huellas de zapatos de tacón alto bajo la ventana.

Mad Gasser
Una de las representaciones tradicionales y más populares del “Gaseador de Mattoon”.

En 1945, un célebre artículo del Journal of Abnormal and Social Psychology [1], elaborado tras la pertinente investigación de campo, describió los ataques como un asunto de histeria colectiva. La hipótesis de los investigadores se sustentaba en el hecho de que la mayor parte de las denunciantes fueran mujeres jóvenes de bajo nivel cultural cuyos maridos se encontraban en la guerra europea, lo cual las había llevado a un estado de alta ansiedad y grave tensión nerviosa. Este informe, sin embargo y no está de más indicarlo, restaba importancia al hecho de que algunos de los testigos y denunciantes fueron hombres. Sin embargo, el peso argumental del trabajo recae en el hecho incontrovertible de que en el preciso momento en el que se estableció la idea de que el gaseador probablemente no fuera otra cosa que una creación del imaginario colectivo, sus ataques también dejaron de existir. Así pues, los incidentes de aquella quincena loca en Mattoon –que nunca volvieron a repetirse- operan desde entonces como ejemplo perfecto de histeria colectiva, y se han convertido en un clásico para los estudiosos de la materia.


[1] Johnson, D.M. (1945). The “phantom anesthetist” of Mattoon: a field study of mass hysteria. The Journal of Abnormal and Social Psychology, 40 (2), 175-186. http://dx.doi.org/10.1037/h0062339

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s