Filosofar en las trincheras. El Wittgenstein de la Gran Guerra (1ª parte)

Un viejo tópico cultural induce al profano a pensar que la práctica filosófica, por su propia idiosincrasia, exige de un lugar cómodo y apartado del mundanal ruido para ser efectiva y auténtica. Se acuñan así conceptos tan literarios como el de filosofía de sillón o de gabinete. Pero esta clase de análisis ignora que la práctica filosófica casi nunca ha consistido en tomar asiento para esperar el tren de las ideas y que, de ser simplemente eso, muy probablemente tendría tenido escaso éxito y menos interés. Lo cierto es que semejante tópico, apuntalado en la torpe imagen de aquello que Rodin supuso que era el acto de pensar, ha sepultado en los rincones polvorientos de nuestra memoria cultural el sesgo guerrero de hombres como Sócrates o el propio Descartes, entre otros individuos tan “método-pensantes” como asiduos de la aventura. Hombres que combatieron y, a buen seguro, pensaron mucho y bien al mismo tiempo que lo hacían. La norma, en este sentido, es encontrarnos con personajes atípicos y novelescos: aventureros y calaveras. Monjes indómitos como Giordano Bruno, ancianos temerarios como San Agustín y golfos impenitentes, tal cual Rousseau o Nietzsche, dedicados al menester filosófico.

Lo cierto es que la historia de los Grandes Relatos Filosóficos, barnizada por sus constructores de una seriedad malentendida, suele eludir a menudo la enojosa tarea de desnudar a los protagonistas. Quedan sus detalles más íntimos como anecdotario con el que ocupar unos minutos en el aula o cubrir los espacios a pie de página de los manuales. Y el desafortunado resultado de tal estrategia académica no es otro que el de un desinterés generalizado por la filosofía misma, pues al común de los mortales sólo nos interesan las ideas en la medida en que partos de lo humano más allá de esas entidades inabordables y repelentes que parece querer imponer el escolasticismo. Lo cierto es que resulta difícil entender la filosofía sin conocer al filósofo porque, justo en el momento en que somos capaces de vislumbrar las debilidades, vicios y virtudes de la persona, comenzamos a entender gran parte de lo que nos dice y, sobre todo, por qué y para qué lo hace. Y en el caso que nos va a ocupar, el de los años en la milicia de Ludwig Wittgenstein, hay mucho de sí y de su propia andadura vital en el legado que nos dejó, pues no sólo pensó y mucho mientras combatía en los campos de batalla de la Gran Guerra. También entonces fue capaz de componer uno de los libros más influyentes, citados y comentados de la filosofía de los últimos ochenta años; el Tractatus Logico-Philosophicus.

Pese a todo, los gestores de este legado se empeñaron en ocultarnos la verdad vital de Wittgenstein. Pretendieron forjar alrededor de su figura, escudados en unas u otras razones falsamente piadosas que bien miradas tienen poco de concluyente y mucho de cínico [1], una especie de Gran Relato vital del pensador austriaco que probablemente él mismo deseó, pues quemó buena parte de los diarios que escribió durante esta época de su vida salvándose únicamente aquellos que se mantuvieron lejos de este arrebato destructivo -lo cual demuestra, por supuesto, que Wittgenstein sabía perfectamente que la filosofía de sillón nunca ha existido-. Así pues, si la filosofía, aun antes que la ocasionalmente sospechosa,  siempre  “peligrosa”, ocupación profesional de nuestros días, es algo que se realiza en esas intimidades difusas y esporádicas, entre los baches, saltos y curvas de la vida, bien estará que se nos permita saber acerca de las interioridades del filósofo.

wittgenstein

Soldado por convicción

Desde muy joven, Wittgenstein fue persona sometida a los avatares de un extraordinario furor ético-moral y un contundente sentido del deber. Tal vez se debiera a la rígida educación a la que Karl Wittgenstein –el padre- sometió a sus retoños o, quizá, a su siempre extravagante personalidad. El hecho es que Ludwig, siempre psicológicamente inestable, pasó media vida al borde del suicidio a causa de la constante depresión que le provocaban sus estrictas convicciones, su silenciada homosexualidad y, por supuesto, resignado de suerte implacable al cumplimiento de todo aquello que llegara a considerar como una obligación. Así lo prueba que se alistara voluntario en el ejército austro-húngaro, pues se convenció de que era un deber patriótico cuando, tiempo atrás, en 1912, había quedado exento del servicio militar a causa de una hernia inguinal de la que fue operado con relativo éxito. Digamos que el reconocimiento médico al que se sometió el 7 de agosto de 1914, a la hora de su ingreso en filas, debió ser meramente testimonial pues su dolencia no quedó certificada en los documentos. Muchos años después de aquello, ya en la madurez y embebido en uno de sus tópicos arrebatos de franqueza, Wittgenstein reconocería abiertamente que en aquellos días lo que más deseaba era morir incluso por encima de sus inclinaciones intelectuales. Llama la atención el comentario de Hermine (hermana de Ludwig): “Tengo la completa certidumbre de que no lo motivaba el sencillo deseo de defender a su patria. Tenía también un intenso deseo de echarse a cuestas una tarea difícil y de hacer algo más que puro trabajo intelectual. Al principio sólo consiguió que se le enviara a una base de reparaciones en Galitzia, pero continuó presionando para que se le mandara al frente. Por desgracia ahora no puedo recordar los cómicos malentendidos derivados del hecho de que las autoridades militares con las que tenía que tratar creían siempre que estaba tratando de conseguir un puesto más fácil cuando en realidad quería que se le asignara uno más peligroso” [2].

De este modo, pasados dos días desde su alistamiento, Wittgenstein se incorporó al Segundo Regimiento de Artillería con plaza en Cracovia. En aquel entonces, esta ciudad situada a orillas del Vístula pertenecía a Austria-Hungría, y contaba con una importante guarnición al tratarse de un punto de alto interés estratégico. No en vano, el territorio que hoy conforma Polonia estaba repartido entre El Imperio Ruso y el Austro-Húngaro de suerte que el Vístula servía de frontera natural entre ambas naciones. Es por ello que, a lo largo de estos días, Wittgenstein señaló en su diario en varias ocasiones encontrarse en Rusia. Realmente, se encontraba en la margen izquierda del río -la parte rusa- y por tanto en territorio enemigo.

Otra mirada furtiva a sus primeras impresiones nos muestra a un Wittgenstein jovial y desenfadado, si es que eso puede decirse con propiedad hablando de un sujeto de su talante. Tanto que ha olvidado que como bachiller tiene derecho –según dictaban las ordenanzas del ejército austriaco- a ser considerado reservista de un año y se presenta como simple soldado raso. Los reservistas solían gozar de un mejor tratamiento y, por ello, quienes podían acogerse a esta modalidad lo hacían sin ambages. Será un alférez, durante una de sus primeras visitas a la cantina del cuartel, quien le recuerde sus derechos incitándole a exigirlos y, con el tiempo, agobiado por las nefastas condiciones sanitarias del servicio y el acoso de sus compañeros, terminará elevando la oportuna petición. Importa señalar que desconocemos el nombre de este alférez así como el de muchos de los oficiales y soldados con los que Wittgenstein trabó relación en sus días de guerra. El filósofo solía referirse a ellos lacónicamente como la gente ya que, de forma acorde a su extravagante personalidad tendente a considerar como accesorias la mayor parte de las convenciones sociales, habitualmente nunca sabía o recordaba los nombres de las personas con las que trababa contacto. En otros casos, sólo parecía recordar el apellido de ciertos sujetos y muy probablemente fuese lo único que le interesara conocer de ellos. Esta actitud de Ludwig ante los otros no era nueva ni motivada por las circunstáncias de la guerra y se hizo costumbre ya en la adolescencia. A tal respecto, su hermana nos dice: “(…) uno de sus condiscípulos [en la Stätsoberreaschule de Linz] me dijo que Ludwig les había parecido como un ser de otro planeta. Sus modales eran totalmente distintos a los suyos. Por ejemplo, utilizaba un cortés ‘señor’, cuando se dirigía a ellos” [3].

A bordo del Goplana

El primer destino de Wittgenstein, asumido el 16 de agosto, fue el Goplana, una embarcación patrullera requisada a los rusos en la que obró como encargado del reflector, el puesto más peligroso a bordo de la nave por obvias razones, lo cual era de su completo agrado en aquel momento. Pero también se trataba del lugar más cómodo en la medida que contaba con un camarote en cubierta para él sólo en el que, al menos, dejaba de estar expuesto a las constantes burlas de los compañeros. Como es lógico, dado su peculiar carácter así como su exquisita educación en el seno de la burguesía vienesa, se convirtió en objetivo predilecto de las chanzas de la soldadesca. No puede extrañarnos, por tanto, que apenas veinte días después de su llegada a Cracovia empiece a estar ciertamente arrepentido del impulso que le había conducido a alistarse. Es por esto que ya el dos de septiembre, cuando escucha los primeros sonidos de batalla –la de Krasnik o, quizá, la de Lemberg-, deseaba con todas su fuerzas que se tratara de la batalla decisiva. Ilusión absurda mirada desde hoy, pero comprensible contemplada con los ojos entonces. Piense el lector que en aquellos días aún se sostenía el viejo ideal bélico decimonónico, aniquilado por la confrontación de 1914, según el cual la guerra se decidiría pronto en un supuesto enfrentamiento decisivo que aniquilaría por completo la resistencia del rival.

Pocos días después, cuando los austriacos dieron por definitivamente perdida la ciudad de Lemberg y empezaron a escucharse los primeros rumores de un inminente asedio de Cracovia, Wittgenstein comprendió que la situación se alargaría mucho más de lo previsto. Sobre todo porque se ha hizo evidente que el imaginado poderío militar austro-húngaro no era más que una ilusión, y que el destino del Frente Oriental dependería en gran medida de la aportación de la aliada Alemania. No en vano, uno de los factores -si no el principal- que hizo fracasar los planes que el Kaiser Guillermo había previsto resultó ser esta inesperada debilidad bélica de Francisco José. Aún antes de terminar de reagrupar su ejército, Rusia inició la invasión de Prusia Oriental y las tropas austro-húngaras, embebidas en la tarea de fagocitar cuanto antes al ejército serbio -cosa que nunca lograron-, respondieron con escasa eficacia. A estas complicaciones se sumó la inesperada alianza de Italia con la Entente, si bien no parecía existir una excusa razonable para la alarma en la misma medida que se trataba de un potencia de segundo orden. La realidad subyacente a todas estas complicaciones era otra bien diferente: el de los Habsburgo era un país de opereta, en descomposición, un gigante con pies de barro al que la contienda borraría del mapa.

Sea como fuere, los dos meses a bordo del Goplana serían un autentico infierno para Ludwig. Y no tanto por el peligro inherente a su puesto, sino por la escasa actividad bélica de aquella nave dedicada a meras labores de vigilancia fluvial. Wittgenstein pasa las noches en vela, duerme de día, y sólo conoce el decurso de la guerra por comentarios generalmente infundados, las conversaciones que mantiene la oficialidad de la nave -que muy a su pesar escucha dada la contigüidad de su camarote con la sala de oficiales-, y por algún que otro periódico atrasado. Las ocasiones de lucha son mínimas y, en realidad, apenas si se reducen al sonido del cañoneo en la lejanía. Cierto que esto le deja tiempo para pensar, pero se muestra melancólico, abatido e incapaz de concentrarse. Pasa de este modo la mayor parte de su tiempo libre eludiendo a sus compañeros, leyendo a Tolstoi y Emerson, o charlando con sus superiores, los únicos que parecen mostrarse corteses y coherentes con su peculiar temperamento y delicada educación. Lejos de mejorar, las cosas empeoraron con la llegada del invierno. El frío se hizo insoportable y el Vístula, sembrado de témpanos de hielo, se convirtió en una trampa.

Por fin, el 24 de noviembre el Goplana, habiendo recibido la orden de interrupción del tráfico fluvial, atraca en el puerto de Cracovia al mismo tiempo que comienza la evacuación de los civiles. Las letrinas de a bordo fueron cerradas y las duras condiciones del asedio que sufría la ciudad no tardaron en hacerse notar. Por otra parte, Wittgenstein se había herido en un pie a causa de una caída y el dolor, lejos de remitir, parecía ir en aumento. Todo esto motivó que su rendimiento intelectual fuera en disminución hasta el punto de que, llegado diciembre, optó por abandonar su dedicación filosófica. Ahora todo era guerra.

Es en este momento, sin embargo, que conoce al teniente Gürth, encargado de una fábrica de reparación de cañones. El oficial, al enterarse de que Wittgenstein tiene estudios universitarios y amplios conocimientos de matemáticas e ingeniería, le solicitó encarecidamente su colaboración. El filósofo aceptó para integrarse a su nuevo puesto el diez de diciembre y, poco después, a fin de concretar su destino, fue nombrado funcionario militar. Un cargo meramente testimonial que no gozaba de repercusiones más allá de los niveles administrativos y que, a buen seguro, se le concedió para justificar su nuevo destino. Este puesto resultaría satisfactorio, especialmente porque gracias a él pudo viajar a Viena a comienzos de enero. Pero con el regreso a Cracovia pronto comenzó a encontrarse con serias dificultades. En su labor como asistente de Gürth, Wittgenstein tenía que transmitir ordenes a suboficiales de rango superior lo cual, a causa de su personalidad ciclotímica y complicada, terminaría envolviéndole una larga serie de conflictos agravados por el traslado del teniente a otra unidad Fue esto lo que le indujo a pedir un destino en infantería, cosa que por otra parte siempre había sido su deseo.


[Continuará]


[1] Una noticia concisa de esta controversia puede encontrarse en la introducción de Wilhelm Baum a su edición de los Diarios Secretos de Wittgenstein. Madrid, Alianza, 1991.

[2] Wittgenstein, H.: “Mi hermano Ludwig”. En Rhees, R. (comp.): Recuerdos de Wittgenstein. México, FCE, 1989. Pag. 30.

[3] Wittgenstein, H., Op. Cit., pag. 28. Por cierto, Wittgenstein y un pequeño llamado Adolf Hitler coincidieron en esta escuela. El primero en los cursos superiores, el segundo, en los inferiores.

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