Filosofar en las trincheras: El Wittgenstein de la Gran Guerra (2ª parte)


[Viene de la entrada anterior]


Filosofía en las trincheras

Durante los nueve meses siguientes sabemos poco de a vida de Wittgenstein -que casi no toca el diario- y hemos de intentar reconstruir los acontecimientos a partir de su correspondencia [1]. Parece que, en efecto, el deseado traslado le es concedido en julio de 1915, poco después de sufrir un pequeño accidente laboral causado por la impericia de un compañero y que le dejó en la frente una cicatriz de por vida. Contra su petición, se le envía a una unidad artillera de primera línea con lo que sus deseos se ven cumplidos sólo a medias. Va a combatir, pero no en el puesto más arriesgado. Su primera acción bélica, al parecer, se desarrolló durante la ofensiva alemana en el frente oriental de julio-agosto del mismo año, dirigida por Mackensen y en la que los rusos fueron arrollados. Todo parece indicar que, a finales de agosto, Ludwig quedó destinado en Sokal, al norte de Lemberg, lugar en el que pasó el otoño y el invierno siguientes trabajando de nuevo como supervisor de un tren de reparación de piezas de artillería.

Hacia febrero-marzo de 1916 -las fechas no están claras- Wittgenstein se incorporó voluntariamente al Cuerpo de Exploradores destinado en Bukovina. Servir en esta unidad, que todos los soldados intentaban evitar, equivalía a jugarse la vida en todo momento puesto que su misión era la adentrarse en la tierra de nadie para descubrir los puestos de fuego enemigos y señalarlos en un mapa, así como la de corregir el tiro de la primera línea. La importancia estratégica de Bukovina hizo de aquel territorio un constante motivo de combates entre austríacos y rusos desde el primer momento de la contienda, y las ofensivas y contraofensivas para llegar a controlarlo se convirtieron en una de las constantes del frente oriental. Situada en la vertiente nordeste de los Cárpatos por lo que limita al norte y al noroeste con Galitzia, Bukovina dominaba el largo pasaje que enlaza los Cárpatos moldavos con los eslovacos. Hoy en día, la parte norte de la antigua Bukovina pertenece a Ucrania entretanto la zona sur forma parte del territorio rumano.

En este momento, en el que recuperamos de nuevo el diario de Wittgenstein y empieza a quedar claro su interés por encontrarse con la muerte. Anotaciones, como esta del dos de abril, así lo atestiguan: “Hoy me ha dicho mi comandante que va a enviarme a la retaguardia. Si eso ocurre, me quitaré la vida”. Por lo demás se encuentra muy enfermo, puede que aquejado de una leve disentería o de gripe -plagas tópicas de las trincheras-, y muestra claros signos de debilidad. Como soldado, no obstante, se ganó la enemistad de sus compañeros al mismo tiempo que la admiración de sus superiores al querer ser invariablemente partícipe de las misiones más peligrosas y duras. Al menos eso se deduce de su anotación del 27 de abril: “con pocas excepciones la tropa me odia porque soy un voluntario”. Parece que Wittgenstein quisiera en este momento autoinmolarse en un inusitado arrebato moral que le lleva a adoptar una actitud completamente destructiva para consigo mismo. Son constantes sus alusiones a la divinidad y la purga del pecado.

Paradójicamente, parece haber recuperado el empuje filosófico y continua adelante, mal que bien, en la elaboración del Tractatus. Entiéndase elaboración en el sentido de planificación o construcción preliminar. Wittgenstein solía realizar anotaciones teóricas, generalmente dispersas e inconexas, en las páginas impares de su diario que, suponemos, se corresponden con aquellas ideas y argumentos que se le iban ocurriendo sobre la marcha. Cabe deducir de ello que, esperando poder reordenar todo ese material en el futuro, iba montándolo en su cabeza pieza a pieza. Dado que no nos han llegado más que tres de los siete cuadernos que Wittgenstein escribió durante la guerra, resulta difícil concretar esa evolución. Como ya se indicó, él mismo quiso que así fuera pues -así lo atestigua Elizabeth Anscombe- ordenó que fueran destruidos durante su última estancia en Viena del bienio 1949-50. Si nos han llegado tres de ellos fue debido a que no se encontraban junto con el resto [2].

A finales de mayo, coincidiendo con una ofensiva rusa -muy probablemente la Primera Ofensiva Brussilow– Wittgenstein abandonó por completo el diario. No es extraño pues a lo largo del mes siguiente la unidad de exploradores trabajó prácticamente a destajo. En este momento, junto con la creciente tarea intelectual, fue recuperando las ganas de vivir. Cierto que la enfermedad se acentúa por lo que a finales de julio sería destinado a retaguardia, donde pasará algo más de una semana en la que su salud se verá restablecida, si bien, mediado agosto, se reincorporó de nuevo a primera línea. Combatió entonces con ardor en las sangrientas batallas que se libraron en torno a la ciudad de Okna, por lo que fue ascendido a sargento y condecorado con la Medalla al Valor. Se hizo así valedor de un merecido traslado a los puestos de retaguardia, concretamente a la Escuela de Oficiales de Artillería de Olmütz en Moravia -hoy República Checa- que, además, era el Cuartel General del Regimiento. Será allí donde comience a escribir el grueso del Tractatus.

Wittgenstein

Wittgenstein, Oficial

El primero de diciembre de 1916, Wittgenstein fue nombrado oficial cadete de la Academia en la reserva, para la duración de la contienda. Antes de las Navidades concluyó con su formación y retornó a Viena a fin de pasar las fiestas con una familia que nunca resultó benéfica a su equilibrio psicológico, pues regresó entonces a la depresión. Estado que vino a empeorar cuando recibió la noticia de su reincorporación a primera línea, de nuevo en Bukovina. A partir de este momento todas las noticias del Wittgenstein combatiente proceden fundamentalmente de su correspondencia, por lo que sobre ella hemos de reconstruir la historia, prestando una especial atención al decurso de la propia guerra y las evoluciones de su unidad en el periodo comprendido entre enero de 1917 y marzo de 1918.

El ejército ruso ha claudicado ya en su intento de reconquistar el paso de los Cárpatos, por lo que durante la primera mitad del año se vive un tiempo de relativa calma durante el que los combates se reducen a pequeñas escaramuzas. A finales de junio los rusos intentaron vulnerar sin éxito el frente y sería la última vez. Luego, el 23 del mismo mes, el contraataque austro-húngaro alcanzó la ciudad de Chernowitz, en cuya toma –el 3 de agosto- Wittgenstein participó directamente. Será en las posiciones de los alrededores de esta ciudad que Ludwig pasará todo el otoño hasta la entrada en vigor del armisticio pactado por los bolcheviques tras la Revolución de Octubre, cosa que vino a ocurrir el 29 de noviembre.

A lo largo de todo este tiempo Wittgenstein se ha ocupado del mando de diversos grupos de observación haciendo gala de su habitual desapego por la vida, pero, a la par, mostrándose como un dirigente responsable y protector para con sus hombres. De nuevo la gente. La relación de Wittgenstein con sus subordinados es ciertamente insólita. No los soporta. Sus constumbres y conductas groseras le agobian, repugnan y asquean. Los ve como gentuza. Pero al mismo tiempo lucha encarnizadamente por ellos con un valor fuera de toda duda. Ludwig mantiene una relación ciertamente elitista y antisimétrica para con los otros que le impide descubrirse en ellos, si bien este sentimiento se le hace pecaminoso y horrendo, motivo de una enorme culpa interior. Así interpretan ese elitismo Janik y Toulmin: “Si ya en los años anteriores al 1914 Wittgenstein fue propenso a un individualismo kierkegaardiano extremo, su experiencia en los años siguientes no hizo nada para alejar esta alienación. La camaradería del servicio activo en el Frente Oriental pudo haber estimulado sus humanos sentimientos de compañerismo por los soldados junto a los cuales combatía; pero esta experiencia como tal no hizo más por suprimir las barreras sociales e intelectuales que le separaban de la vida de estos campesinos y mecánicos austro-húngaros de lo que en el caso de Konstantin Levin el sentimiento de camaradería para con los trabajadores de sus posesiones hiciese por transformarle convirtiéndolo a él mismo en un campesino ruso” [3]. Cierto o no, tampoco es menos verdad a la vista de los acontecimientos que, como bien señala Isidoro Reguera, esta dualidad no es debida tanto a los principios de Wittgenstein como a su educación y carácter. Esta es la causa que le provoca, precisamente, tal debate interno [4]. Pese a todo, la proverbial eficacia en el desempeño de las labores encomendadas, hará que sus superiores envíen al alto mando nuevos informes excelentes. Así, en julio de 1917 recibió otra condecoración, la Medalla de Plata al Valor de Primera Clase para luego, el 1 de febrero de 1918, ser ascendido al oficialato con el cargo de subteniente en la reserva.

Sabemos que Wittgenstein regresó a sus coqueteos con la sugestiva idea del suicidio y, seguramente por ello, quiso cumplir en estos días con el viejo anhelo de trasladarse a la infantería para afrontar mayores peligros. No existe certeza a este respecto, pero es probable que su influyente familia interviniera ante las autoridades vienesas para impedir el traslado por lo que, tras varios intentos infructuosos, se quedaría en artillería. Es enviado entonces al frente italiano, al que llegó el 10 de marzo de 1918. De este momento, otra vez, tenemos poca información salvo una decena de cartas dirigidas a un amigo, el arquitecto Paul Engelmann. De ellas se deduce que su situación intelectual es especialmente mala, hecho que coincide con un endurecimiento de su personalidad y una profunda desesperanza.

Prisionero de guerra

Adscrito al 11º Regimiento de Artillería de Montaña, Wittgenstein se ve envuelto otra vez en una dura contienda de posiciones y rodeado de unas condiciones materiales ciertamente terribles. Volvemos a encontrarnos también con un soldado valeroso -incluso heroico- cuando el ejército austríaco, ya muy mermado, fracasa consecutivamente en diversas acciones. Se pedirá para él la más elevada condecoración, la Medalla de Oro al Valor para Oficiales. Algo después, ya en el acta del 22 de septiembre, le será concedida la Medalla al Mérito Militar con Banda de Espadas. Aunque también nos las vemos con un Wittgenstein muy enfermo tanto física como anímicamente, sobre todo después de recibir la noticia de que en un vuelo de pruebas ha muerto su mejor amigo, y puede que amante, David Pinsent.

Se le concedió un descanso que consideró una bendición. pues había pensado que sería la ocasión ideal para quitarse la vida de una vez por todas. Y lo habría hecho de no ser porque su tío, Paul, le encontró deambulando por la estación de Salzburgo. El familiar decidió llevarlo consigo a su casa de Hallein. Corre julio de 1918. Allí, alternando otros momentos de estancia en la residencia familiar de Hochreith, lleva a cabo la mayor parte de la redacción definitiva del Tractatus Logico-Philosophicus, cuya base argumental tiene ya completamente elaborada sin duda alguna. Tras el restablecimiento, a finales de septiembre, retornaría a Italia. No queda mucho.

El 29 de octubre, con la victoria aliada en Vittorio de Veneto, el mando austríaco solicitó la paz y ordenó la retirada general. Retirada que comenzó a producirse antes de que entrase en vigor el armisticio y que, por ello, motivó un malentendido que costará la vida a treinta mil soldados austríacos y dará con muchos otros, entre los que se cuenta Wittgenstein, en un campo de prisioneros. Al parecer, el 11º regimiento se encontraba en Trento. Esta ciudad sería conquistada por los italianos el 3 de noviembre sin encontrar resistencia alguna pues el enemigo, debido a una serie órdenes confusas del alto mando, pensaba que el armisticio había entrado en vigor 36 horas antes. La broma trágica llevó a Wittgenstein a la reclusión. Primero en Verona, luego en Como y, por fin, en un campo definitivo en Monte Cassino. Unos diez meses en total. La correspondencia de este período esta referida principalmente a la difusión del Tractatus [5] y a la recuperación de las viejas amistades que la guerra había dejado atrás, especialmente desde los días de Sokal en los que perdió contacto con Russell y Keynes. Sabemos, dado que existe una carta fechada el 29 de agosto de 1919, que en ese día Wittgenstein era ya civil y se encontraba en Viena.

Así quedaron clausurados estos cinco largos años en la vida del pensador y, si alguna lección puede extraerse de ellos, esta tendrá que estar directamente relacionada con el Tractatus, su interpretación y su influencia en la filosofía contemporánea. A Wittgenstein, por lo pronto, esa búsqueda le sirvió para repartir entre sus hermanos una fortuna personal que le resultaba harto fastidiosa, renunciar a la vida fácil de Cambridge, y terminar por hacerse jardinero y luego maestro de escuela en un pueblo perdido de la Baja Austria a fin de ganarse la vida. Y esto, más allá de toda presumible excentricidad, supone una situación coherente con la apuesta intelectual de un libro que, como el Tractatus, no sólo habla de filosofía del lenguaje sino también de las dudas y monstruos que acechan en los ángulos oscuros de la razón.


[1] La mayor parte de la correspondencia, tanto personal como intelectual, referida a los años que Wittgenstein pasó en la guerra puede encontrarse en: Wittgenstein, L.: Briefe, Frankfurt, Suhrkamp, 1980; Briefe an Ludwig von Ficker, Salzburg, Otto Müller Verlag, 1969. Wuchter, K. Y Hübner, A.: Ludwig Wittgenstein in Selbstzeunigssen und Bilddokumenten, Rowohl, Reinbeck, 1979. También, en lo que refiere específicamente a la génesis del Tractatus, es interesante McGuiness, Br.: Wittgenstein, Oxford, Basil Blackwell, 1982.

[2] Las anotaciones filosóficas de los cuadernos que se conocen fueron reunidas y editadas, debido a su valor en lo referente al conocimiento de la génesis del Tractatus, en 1971: Wittgenstein, L., Prototractatus, Routledge & Keegan Paul, London.

[3] Janik, A y Toulmin, S., La Viena de Wittgenstein, Taurus, Madrid, 1998, pp. 310-311.

[4] Reguera, I., “Cuadernos de guerra”. En: Wittgenstein, L., Diarios Secretos, pp. 159-231.

[5] Véase la introducción de Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera a la edición bilingüe del Tractatus Logico-Philosophicus realizada por Editorial Alianza en 1987.

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