Solo o en compañía de otros (1ª parte)


El crimen de los Marqueses de Urquijo, uno de los más célebres y resonantes de la historia criminal española, ocurrido hacia el final de la Transición política, vertió ríos de tinta, inflamó polémicas, sirvió de excusa para escribir libros y realizar documentales de televisión por doquier… Fue uno de esos crímenes de los que todo el mundo sabía demasiado -empezando por los implicados-, pero con respecto al cual nadie parecía querer soltar prenda. Que alimentan conspiraciones y se cierran en falso. Una de esas historias enrevesadas y confusas que cuanto más se cuentan menos se creen, y cuanto más se explican menos se comprenden. Un asunto complejo y controvertido del que aquí pretendo ofrecer una versión lo más aséptica y poco especulativa posible.


Somosaguas (Madrid). 1 de agosto de 1980

En la entrada a la cara urbanización de chalés hay una caseta con dos vigilantes pertenecientes a una empresa de seguridad privada. Habitualmente hacen rondas con un Land Rover, pero se da la circunstancia de que hoy el embrague está averiado, por lo que no se moverán de allí. Hace algunos minutos que han pasado las tres de la madrugada, y la noche es tan silenciosa y tranquila por aquellos pagos como de costumbre.

Un SEAT 1430 de color rojo circula lentamente ante ellos. El coche y el conductor son viejos conocidos de los guardias, por lo que no hacen nada para impedirle el paso. Así, el vehículo se desplaza por el Camino Viejo de Húmera hasta detenerse frente a un gran chalé, el número 27. De él se apean dos hombres que se dirigen hacia la cancela del garaje. Uno de ellos lleva una bolsa de deporte abultada. La edificación, en la noche, se presenta imponente. Se encuentra aislada pues ante ella y a ambos lados sólo hay solares.

Otras dos personas esperan ya a los recién llegados ante las cancelas del garaje. Una de ellas vigila entretanto las otras abren la verja sin problemas. Acto seguido, a excepción del vigía, se internan en el jardín. Hay poca luz pues las farolas son escasas, pero ya están acostumbrados a la oscuridad y conocen bien el terreno. De tal manera, el grupo recorre el interior del perímetro vallado hasta llegar a una cristalera con una puerta por la que se accede a la piscina. La llave está puesta por dentro, como siempre, de modo que pegan unas tiras de esparadrapo a uno de los cristales de la puerta, golpean con un martillo, retiran los pedazos que han quedado adheridos a la cinta, meten una mano por el hueco y franquean la entrada.

Ahora bordean la piscina hasta alcanzar una puerta de aglomerado, al fondo. Con un soplete practican un agujero, junto al marco, lo justo para poder meter una mano y retirar el pestillo que la traba desde el interior. Ya están dentro de la casa, en un acceso lateral al vestíbulo. Está claro que saben bien hacia dónde van pues ignoran todas las puertas y, siempre a oscuras, enfilan tranquilamente hacia la escalera. El suelo de todo el chalé está cubierto de alfombras que amortiguan el sonido de sus pasos. En el primer descansillo se detienen unos instantes. Ahí es donde siempre, tras las pesadas cortinas, duerme el perro, Boli, un caniche de color negro. El animal está despierto, pues ya ha oído el ruido de los martillazos en la puerta de la piscina, pero ni ladró no entonces ni lo hace ahora, en la medida que ha reconocido el olor de alguno de los recién llegados y no merece la pena armar alboroto. Simplemente observa como pasan a su lado y continua tendido en su rincón fresquito de siempre.

Los tres intrusos siguen ascendiendo, peldaño a peldaño, hasta llegar a la planta de arriba. Allí vuelven a dividirse. Uno queda frente a la escalera entretanto los otros dos caminan con paso seguro por el pasillo hasta la puerta del tercer dormitorio. Siempre sin dudas. Está muy claro que saben lo que hacen y conocen la casa a la perfección.

Abren con cuidado y, sigilosamente, se deslizan al interior de la habitación. Sobre la cama, un hombre ya entrado en años duerme plácidamente, boca arriba, aprovechando el frescor de la noche veraniega. Lleva tapones en los oídos pues su esposa, que pernocta en una habitación contigua, padece insomnio crónico y a menudo pasa despierta buena parte de la noche. Entonces uno de los intrusos saca una pistola con silenciador, la acerca a la nuca del durmiente y abre fuego. Un solo disparo. Luego agita el cuerpo para cerciorarse de que realmente está muerto.

Lo que venían a hacer está ya hecho, pero va a suceder algo imprevisto. Esa fatalidad intempestiva que estropea todos los planes por bien atados que estén.

Al girarse, en la oscuridad, tropieza con su compañero y se le escapa otro tiro. La bala no hiere a ninguno de ellos milagrosamente y se incrusta en el armario de la habitación. En la confusión, no obstante, arrastran una silla con estrépito. De la habitación de al lado viene un ruido. Una voz femenina que pregunta si va todo bien, si pasa algo.

El propietario de la pistola, sin ambages, decide actuar: abre la puerta que enlaza ambas estancias e irrumpe en el cuarto. Hay una lamparita encendida, pues la mujer suele leer hasta muy entrada la madrugada. Todavía está semi-incorporada en la cama y con las sábanas en las manos, como si fuera salir de ella. El intruso se acerca en dos zancadas y sin mediar palabra le dispara en la boca. Luego, cuando el cuerpo de la mujer cae hacia atrás, dispara otra vez. Ahora en el cuello.

Solventado el imprevisto, los agresores salen precipitadamente de la casa, se separan y se pierden en la noche. De este modo, en apenas cinco minutos, Manuel de la Sierra y Torres y su esposa, María Lourdes Urquijo y Morenés, los conocidísimos Marqueses de Urquijo además de propietarios de la entidad bancaria que lleva su nombre, han sido asesinados.

Los Urquijo Interviu
Sonado reportaje fotográfico sobre el asesinato de los Marqueses de Urquijo publicado por el semanario “Inteviú”. Una de las publicaciones más atrevidas del momento.

A la mañana siguiente… 

Hacia las 9:00 horas la cocinera dominicana de los marqueses, Florentina Dhismey, a poco de llegar a la casa, descubre que alguien ha roto la puerta de la piscina y se alarma… Se daba la circunstancia -sin duda conocida por los asaltantes- de que los marqueses pensaban marcharse al día siguiente de vacaciones a su casa de Sotogrande, en Cádiz, por lo que ni la doncella de la marquesa ni su marido, mayordomo de la familia, habían dormido en la casa al tener el día libre. En consecuencia, Florentina informa a Antonio Chapina, el chófer de los marqueses, que también acaba de llegar, del singular hallazgo.

Chapina avisa a los vigilantes y, acompañado de uno de ellos, recorre la planta baja del chalé. Nada parece fuera de lugar. A todo esto son ya las 09:30 h. y a Antonio le parece extraño que los marqueses sigan en la cama, sobre todo teniendo que viajar hasta Cádiz y siendo el señor tan meticuloso como suele ser con esas cuestiones. De modo que, temiendo lo peor, suben.

Ignoran los dos primeros dormitorios de la planta alta –que saben vacíos pues pertenecen a los hijos de los marqueses- y llaman a la puerta del tercero. Nadie responde. Antonio entra sin dejar de llamar. El señor parece que duerme, pero al acercarse a la cama descubre el hilo de sangre que le sale de detrás de la oreja. Corre entonces al cuartito de la señora. También tiroteada, pero de manera más salvaje pues la sangre ha salpicado hasta la pared. Inmediatamente, se avisa a la policía.

A todo esto, el enorme chalé se va llenando de gente. Llegan el mayordomo y su esposa, una asistenta y el administrador, hombre de confianza del marqués, Diego Martínez de Herrera, quien al ponerse al corriente de todo toma el mando de las operaciones. Lo primero que hace es avisar de la tragedia a los hijos de los marqueses. El chico, Juan, se encuentra estudiando en Londres. La chica, Miriam, vive en Madrid. Lo segundo que hace –y esto resulta mucho más raro- es mandar que se laven y arreglen los cadáveres apenas termina la primera inspección ocular de la policía. Argumenta que es cuestión de decencia. Se le deja hacerlo sin que nadie a día de hoy sabe aún por qué motivo objetivo se procede de tal modo.

Él mismo se encarga del cuerpo del marqués entretanto la doncella, Sagrario, arregla el de la marquesa. Lo hacen con agua caliente y esto pone las cosas peor pues, como luego indicaron los forenses, adecentar los cuerpos de tal guisa alteró por completo los resultados de las autopsias.

A todo esto, mientras la policía intenta proseguir con su trabajo, el personal continua entrando y saliendo del chalé sin control de clase alguna. Familiares, amigos, vecinos… Nadie pone coto. Es un caos.

Enredo familiar

Rafael Escobedo Alday –Rafi para los amigos-, tiene 26 años y la noche anterior no ha dormido. Llegó a las tantas a su casa en el madrileño Paseo de la Castellana. Llamó al portero automático porque, según dijo, se había dejado las llaves. Le abrió su hermano Carlos. Ha pasado el resto de la velada fumando y dando paseos por el dormitorio. Algo parecía preocuparle… De hecho, aún está en su cuarto cuando suena el teléfono. Es Miriam, la hija de los marqueses, quien le llama para darle la mala noticia.

Rafi y Miriam están casados, pero las cosas no han ido bien y ahora andan separados. Ella quiere la nulidad eclesiástica del matrimonio –cosa que sus padres aceptan- y él, que aún está muy enamorado de ella, se niega en redondo. Las familias, por otro lado, casi ni se conocen porque nunca han tenido mucha relación: se vieron en el día de la petición de mano, en el de la boda, en algún evento ocasional, y poco más.

Cuando Rafi llega al chalé de los marqueses aquello ya es un hervidero de policías, curiosos, allegados de la familia y periodistas. La noticia ha corrido por todo Madrid como la pólvora y aquello está a reventar. El marqués era un hombre muy influyente, la situación de sus negocios era compleja, y ya están barajando toda clase de especulaciones sobre lo que puede hacer sucedido.

Sobre la una del mediodia, procedente de Londres, llega Juan, el otro hijo. Es muy amigo de Rafi y desde que emparentaron han llevado una relación muy intensa, llena de revelaciones y secretos, pero las cosas se han enfriado a causa de su mala relación del matrimonio con Miriam. De hecho, Rafi pasó de pernoctar en el chalé cuando quería –siempre invitado por Juan- a no hacerlo nunca a partir del momento en el que las cosas empezaron a ir mal con su mujer. Al parecer, la marquesa le había dicho a su hijo que su invitado habitual ya no era bienvenido a la casa.

Es cierto que la investigación de los primeros días no da muchas noticias de relevancia en torno al ya famoso asesinato de los marqueses de Urquijo, pero ya hay libertad de prensa en España y los periodistas, especialmente los de la prensa rosa y amarilla, hacen el agosto. Además, se da la circunstancia de que es verano y las noticias importantes y jugosas escasean, con lo que el caso se convierte en un filón impresionante que pronto alcanza el rango de serial mediático. Así, se publican entrevistas con cualquiera que conociera de lejos a los marqueses, se especula, se hacen reportajes y, sobre todo, salen a la luz los trapos sucios del matrimonio entre Rafi y Miriam. Y no son pocos.

Al parecer se casaron con la oposición de Manuel de la Sierra, el marqués, quien se mostraba preocupado por la tendencia a la conducta dispersa y la poca afición al trabajo de su futuro yerno. Durante los primeros meses de casados vivieron en el chalé de Somosaguas, pero parece que las discusiones entre Rafi y su suegro eran constantes, por lo que al final el matrimonio se muda a un piso en la Calle Orense que a Miriam le había regalado su abuela. Las cosas empeoraron entonces en la medida que Rafi no parecía capaz de conservar un trabajo y la pareja pasaba por problemas económicos. Los marqueses, quizá para presionar a Miriam, se negaron a ayudarlos en aquellos trances. Se empeñan joyas. Todo se va yendo a pique y Miriam, persona acostumbrada a la vida con holganza que nunca ha pasado por dificultades, empieza a pensar que tal vez debería haberle hecho caso a su padre.

Contra la opinión del marqués, que advierte el éxito de su estrategia y no quiere aflojar la presión, por mediación de Miriam le ofrecen a Rafi trabajo en una inmobiliaria vinculada al Banco Urquijo, pero al poco tiempo lo deja -como siempre- argumentando que no tiene madera de negociante. La cosa va muy mal, pero entonces, un año antes del asesinato de los marqueses, ambos encuentran trabajo en una empresa de venta de productos de belleza a domicilio. Miriam cumple objetivos. Rafi no. De hecho también dejará este empleo con la intención de montar un bar de copas, pero la paciencia de su mujer ya se ha colmado y cinco meses antes del crimen expulsa a su marido del hogar conyugal, parece que tras una tensa discusión a causa de los celos que provocaba en Rafi la buena relación que mantenía Miriam con su jefe.

El marqués no cabía en sí de gozo y, como es de esperar, dados los antecedentes, no era raro que Rafi Escobedo ocupara muy pronto el papel estelar en el drama.

Capilla ardiente de los Marqueses de Urquijo
Capilla ardiente de los Marqueses de Urquijo

El caso no avanza

Pasan dos meses, nos metemos en octubre, y la policía no da pie con bola. Literalmente. Los inspectores no paran de interrogar gente y de realizar toda clase de pesquisas, pero nada de nada. Es el típico caso de enredo novelesco en el que todo el mundo parece saber demasiado, pero nada de lo que “se sabe” lleva a parte alguna. Todo son conjeturas, chismorreos y especulaciones. Por otra parte sólo han pasado cinco años desde el final de la dictadura y los métodos policiales aún son deficitarios, estando aún lejos de los de un Estado moderno y democrático. La policía todavía no está acostumbrada a trabajar a contrarreloj y con los medios de comunicación vigilando todos sus pasos.

En este punto solo se sabía con seguridad que:

  1. Quien lo hizo conocía la casa al dedillo. Al punto de que el asesino incluso supo elegir la puerta de la piscina que mejor se deslizaba y menos ruido hacía de las dos.
  2. Quien lo hizo sabía que ni el mayordomo ni su esposa pasarían la noche en el chalé, que la cancela del garaje nunca se cerraba y que la llave de la puerta de la piscina estaría puesta por dentro.
  3. No se trataba de un robo porque en la casa no faltaba absolutamente nada.
  4. La pistola era del calibre 22. Precisamente un arma que no hace el más mínimo ruido cuando es disparada con silenciador. Ergo el asesino sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
  5. El perro no ladró porque conocía al/los intrusos, ya que no fue agredido o narcotizado.

[Continuará]

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