Solo o en compañía de otros (2ª parte)


[Viene de la entrada anterior]


El principal sospechoso

Rafi Escobedo, tras la muerte de sus suegros, tal vez obnubilado por la inesperada notoriedad que ha adquirido, se empeña en que quiere hacer cine. Ya lo había intentado antes con escaso éxito, pues su hermano Carlos es productor y él, que siempre había querido ser actor, desistió al ennoviarse con Miriam, quien le empujó a hacer derecho… Por cierto que el voluntarioso Rafi se matriculó en tres cursos y sólo aprobó dos antes de abandonar por enésima vez.

La gente, especialmente la prensa, le asedia por la calle y no deja de preguntarle –medio en broma medio en serio, que en España tenemos muy mala baba para la ironía- si ha sido él quien ha matado a los marqueses. Esta hastiado, deprimido y aburrido. Sólo tiene claro que quiere hacer cine, por lo que se mete en varios proyectos que no se concretan. Incluso le proponen trabajar en una de porno blando, de esas pacatas que se clasificaban como S, que en la España del destape tenían mucho tirón de público, pero se niega enfurecido exigiendo una producción de lustre.

En marzo de 1981, de improviso, se presenta ante el administrador de los bienes de los difuntos marqueses y le pide 175.000 pesetas argumentando que quiere desempeñar algunas joyas de Miriam. Las recibe, puede que por los viejos tiempos, pero lo que hace Rafi es irse a un casino de la costa catalana para jugar, pasar unos días en la playa y pensar en su incierto futuro. A la vuelta la “gran idea” es hablar con su padre para montar un negocio de cría de cerdos en una propiedad que la familia tiene en un pueblo de Cuenca, a unos 160 kilómetros de Madrid. Y allí se instala poco tiempo después, en plan eremita, acompañado de varias gallinas, un chivo y un perro. El caso es que parece que en la soledad del campo el muchacho se encuentra a sí mismo y parece que, al fin, las cosas se van a enderezar. Pero no. El 9 de abril la policía telefonea al padre de Rafi para decirle que su hijo está detenido en las instalaciones de la Dirección General de Seguridad.

Parece que la policía ya andaba detrás de él desde hacía tiempo. Se trataba de una presa muy jugosa como para dejarla suelta. En realidad, y a decir de muchos, era la única persona cercana a los marqueses que parecía tener buenos motivos para darle al gatillo y su coartada para la noche del asesinato no era consistente, por lo que la conclusión era sencilla: tenía móvil y tuvo oportunidad.

El caso es que tras darle muchas vueltas la policía había realizado un registro en la finca de Cuenca. Se encontraron varios casquillos del calibre 22. Ante la presencia de los indicios Rafi dijo que él nunca disparaba y que serían cosa de su padre -que era tirador olímpico, en efecto-. Pero no sirvió. A la policía aquello le pareció suficiente para llevarle a las instalaciones de la Puerta del Sol, en el edificio, dicho sea para los más jóvenes, donde ahora se encuentra la sede del gobierno de la Comunidad de Madrid.

Imagen policial de Rafael Escobedo Alday

Para cuando se telefonea a su padre Rafi lleva ya 24 horas de interrogatorio, y se le ha amenazado con todos las penas y castigos habidos y por haber para que confiese. Pero lo niega todo. Sólo cuando ve a su padre en la comisaría, asustado pues le habían amenazado con detener a su progenitor si no hablaba, Rafi cree que van en serio y se derrumba. Empieza entonces a relatar bajo coacción cómo, supuestamente, cometió el doble asesinato. Pero lo interesante en este momento no es lo que está sucediendo con Rafi Escobedo, sino la serie de extraños e inexplicables movimientos que se producen en torno a su detención y que, hasta el presente, nadie ha sabido, querido o podido aclarar:

  1. El padre de Rafi se presentó en la Dirección General de Seguridad nada menos que cinco horas después de que se le avisara. Cosa rara cuando desde el Paseo de la Castellana a Sol no hay más de media hora incluso con el peor de los embotellamientos. El hombre argumenta que había entendido “Tarancón” (localidad de Cuenca) en lugar de “Dirección”, pero la excusa es pobre: ni se tarda cinco horas en el trayecto de ida y vuelta de Madrid a Tarancón, ni en el cuartelillo de la Guardía Civil de esta población había llegado nadie preguntando por Rafi Escobedo. Ni en ese, por cierto, ni en ningún otro de la provincia de Cuenca.
  2. Un amigo íntimo de Rafi, Javier Anastasio, la persona que según el testimonio del detenido conducía el SEAT rojo en la noche de autos, se entrevista con el administrador de los marqueses con una excusa peregrina. Ambos volarán esa misma noche a Londres en vuelos separados y ambos volverán después, también en vuelos separados, sin que nunca se haya aclarado el motivo de este viaje.
  3. La primera confesión firmada de Rafi Escobedo se pierde sin que se conozcan los motivos que rodearon al hecho. Tuvo que volver a relatarlo todo, volver a autoinculparse y volver a firmar el documento con posterioridad.
  4. El célebre abogado penalista José María Stampa anuncia su intención de defender a Rafi, lo cual arma un revuelo extraordinario y refuerza la idea, que ya se extiende entre la opinión pública, de la inconsistencia de la versión oficial y de la inocencia del presunto asesino. De hecho, incluso los menos optimistas con respecto a la figura de Rafael Escobedo estaban convencidos de que si fue él, ni estaba sólo, ni lo había planeado por sí mismo.

La detención de Rafi se apoyaba en las pruebas de balística -uno de los casquillos encontrados en la finca de Cuenca y otro de los encontrados en el escenario del crimen habían sido, a decir de los técnicos, disparados por la misma arma-, pero nada de esto acalló los rumores sobre el error policial. La prensa volvió a la carga con todas las cuestiones irresueltas que rodeaban la historia, incidía en que la reconstrucción policial del crimen dejaba muchos detalles sin explicar y, además, existían otras hipótesis no poco jugosas sobre la muerte de los marqueses. Empezando por el hecho de que, casualmente, el crimen coincide con la fusión del Banco Urquijo, operación que no terminaba de cerrarse pese al interés del consejo de administración porque los propietarios se negaban en redondo, lo cual les convertía en un obstáculo muy molesto. Algo olía muy mal.

Juicio mediático

Sea como fuere, Rafael Escobedo pasa dos años en espera de juicio en la ya desaparecida cárcel de Carabanchel. Para junio de 1983, momento en el que arranca la vista oral, el caso del asesinato de los marqueses todavía es un clásico informativo, y sigue caliente. Cada dos por tres, a lo largo de todo este tiempo, han estado apareciendo en los medios -probablemente pagadas- personas que ofrecen toda clase de testimonios, teorías y especulaciones. Rafi incluido. Y para terminar de redondear al jaleo, en medio de una enorme expectación, el acusado se declarado inocente durante la apertura de la causa y afirma que todo se aclarará en su debido momento.

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Rafi Escobedo durante uno de sus traslados a los juzgados.

De hecho, y contra la opinión de su abogado, Rafael Escobedo -que siempre quiso ser actor- se ha creído el papel que le ha tocado en suerte y no deja de hacer declaraciones y de conceder entrevistas a quien se las pida. Pero es que incluso el personal de servicio de los marqueses, los miembros de la familia –especialmente Miriam- y el administrador –Diego Martínez- han estado intercambiando entre sí, en los medios, cientos de acusaciones veladas, lo cual denota el ambiente irrespirable que había en el chalé de Somosaguas y las cuentas pendientes existentes entre sus visitantes habituales.

El arranque del juicio destapa un escándalo terrible: la defensa solicita los 247 casquillos de bala del calibre 22 en los que se apoya la acusación de la fiscalía. De ellos, la inmensa mayoría fueron encontrados en la finca de Cuenca y 32 -incluidos los de la escena del crimen- fueron enviados a Eibar para que se realizaran las pertinentes pruebas de balística. Y no han vuelto, ni aparecen por parte alguna. Los peritos de la defensa tienen que conformarse con las fotografías utilizadas para el análisis, pero su testimonio es firme y no puede ser rebatido: resultada dudoso que los del crimen y el resto fueran percutidos con la misma arma.

Pero hay más: tampoco se tiene noticia del esparadrapo, ni del soplete, ni del martillo, ni de la bolsa de deporte, ni del arma con la que sea mató a los marqueses. Todo ha desaparecido o simplemente no se ha encontrado, así que el abogado de Rafi lo tiene claro: el juicio es una farsa montada en el aire, sobre simples especulaciones, y el caso debe sobreseerse por falta de pruebas. Además, hay otras circunstancias coadyuvantes no menos relevantes:

  1. Se duda que las pruebas de balística sean fiables porque se basan en una especulación técnica. Los expertos insisten en que se debió asesinar a los marqueses con una Beretta porque es el arma ideal para emplear ese tipo de munición, pero las pruebas se realizaron con una Star. Y esto lo cambia todo. La Beretta es mucho más ruidosa que la Star, incluso con silenciador, y no ha quedado clara la compatibilidad entre el tipo de munición utilizada y el tipo de arma que se supone que se empleó en el crimen.
  2. Nunca se comprobó si el marqués, reconocido coleccionista de armas, guardaba en la casa otras que no estuvieran registradas ante la Guardia Civil.
  3. Se sabía que del armero del marqués había desaparecido tiempo antes del crimen una pistola Star Olimpic -el arma homicida según Rafi-, y se sabía que ese arma fue adquirida por su hijo Juan unos meses antes del asesinato… Pero nunca se supo qué pasó con la pistola desaparecida.
  4. Nunca se había aclarado a lo largo de la investigación si Rafael Escobedo lo hizo sólo o junto con otros, ni tampoco quienes podrían ser esos otros.

Pero el juicio, que debió suspenderse por falta de pruebas, se celebra. Y lo que es peor: pese a las pruebas circunstanciales y dudosas que obran en su contra, Rafi es encontrado culpable a causa de las irregularidades de su vida pasada y de la mala relación que tenía con sus suegros. Sus correrías, inconsistencias y golferías le convertían en un sujeto poco confiable y con “madera de culpable”. Un escándalo jurídico se mire por donde se mire. Incluso la sentencia ya era rara pues se culpaba del crimen a Rafael Escobedo como autor “sólo o en unión de otros”, de manera que no cerraba el caso y abría espacios para toda clase de especulaciones.

Escándalo

Un semanario, pasado el verano, acusa a un antiguo amigo de Rafi, Mauricio López Roberts, marques de Torrehermosa, de ser un hábil fabricante de silenciadores para armas cortas. La policía no lo investiga. A su vez, el propio Mauricio declara que a Rafi le han engañado y manipulado los familiares del marques de Urquijo y que su amigo Javier Anastasio lo sabe todo y está obrando de encubridor del complot familiar. La policía, superada por el sainete, detiene a Javier Anastasio pero entonces, inopinadamente, Mauricio López Roberts se retracta de sus acusaciones contra la familia de los marqueses.

Por su parte, Rafael Escobedo está en prisión, su salud es endeble y ha perdido ya toda esperanza. De hecho, y aprovechando la nueva legislación sobre divorcio, Miriam quiere romper definitivamente con él, a lo que se niega alegando su condición de católico.

Finalmente, y ante la nube de rumores que circulan por todas partes, el juez que investiga las acusaciones realizadas por López Roberts convoca un careo en el que se enfrentan, por una parte, Miriam y su hermano Juan y, por la otra, Rafael Escobedo. El encuentro dura diez horas pero no se saca nada en claro del mismo, y además la versión de los hermanos parece más consistente.

Javier Anastasio, por su parte, confiesa que en la noche del crimen estuvo con Rafi, que le llevó a casa de sus suegros, que le esperó sin intervenir en el crimen, y que luego se hizo cargo de la bolsa de deporte en la que se encontraban las herramientas utilizadas. Dice que el esparadrapo, el soplete y el martillo los fue tirando por la carretera que conduce al pantano de San Juan, lugar en el que se deshizo de la pistola. No inculpa a nadie más.

La Guardia Civil rastreará la zona indicada por Anastasio durante días, pero no encuentra nada. Se hace entonces un llamamiento público pensando que, tal vez, dado que el nivel del pantano ha bajado mucho a lo largo del tiempo a causa de la sequía, algún excursionista pudo encontrar el arma en la orilla tiempo atrás… Y en efecto, aparece una persona que dice haber realizado un hallazgo semejante dos años atrás e indica que había entregado la pistola en las dependencias del Ayuntamiento de Pelayos de la Presa. Cuando las autoridades se dirigen al consistorio, no obstante, aunque recuerdan el caso, nadie sabe dar razón de qué se ha hecho con el arma ni de quién se hizo cargo de ella… También perdida, y ello suscita otra cuestión: ¿cómo es que no se informó a la policía o a la Guardia Givil del hallazgo del excursionista? Seguramente, alguien no hizo su trabajo. España Cañí.

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Cartel de la película “Solo o en compañía de otros”, inspirada en las vicisitudes que rodearon al crimen de los marqueses.

Extraño final

Para 1984 Rafi y Javier Anastasio comparten celda en Carabanchel, pero no se dirigen la palabra. El abogado Stampa, harto de que su defendido no le haga ni caso en lo referente a sus declaraciones, abandona. Toma su defensa el no menos célebre letrado Marcos García Montes.

Rafi espera el resultado de su recurso ante el Supremo e inicia una huelga de hambre para acelerar la resolución. Se le deniega. En todo caso, tanto su familia como la opinión pública lo tienen claro: es un cabeza de turco, un tonto que está pagando por los verdaderos culpables.

Un año después el tribunal eclesiástico de La Rota declara la nulidad del matrimonio entre Rafi y Miriam debido a la prolongada falta de convivencia. Él acaba siendo trasladado al penal de El Dueso, desde donde prosigue con su lucha para obtener el régimen abierto. Javier Anastasio, que sigue en Carabanchel pendiente de juicio, ahora está acusado de ser coautor de los crímenes. También está procesado por encubrimiento Mauricio López Roberts, de quien se dice que sabía demasiado para no estar en el lío de un modo u otro.

En 1987, aprovechando la libertad bajo fianza, Anastasio huye de la justicia hacia Hispanoamérica valiéndose un pasaporte falso. Unos periodistas le localizan, y entonces afirma que ha huido porque todo el crimen giraba en torno a asuntos económicos “muy altos” -recordemos el asunto de la fusión del Banco Urquijo-, porque él lo sabía todo y no podía contarlo, y porque temía por su vida.

Entretanto, Rafi se pudre en la cárcel sin lograr beneficio penitenciario alguno, yendo y viniendo en cuanto a su repercusión mediática -incluso es entrevistado en el programa del famoso periodista Jesús Quintero-. Así hasta el 27 de Julio de 1988. Su último día.

Todo parece normal, e incluso ha realizado las tareas habituales. Sobre las 9:00 horas, tras el desayuno y el recuento, indica a uno de los funcionarios que sube a su celda para estudiar. Hacia las 12:40 horas se cae en la cuenta de que nadie ha vuelto a verle por las zonas comunes y su compañero de celda se extraña. Sube para indicarle que se aproxima la hora de comer, pero lo que encuentra es un cuadro espantoso: Rafi se ha ahorcado con el cabo de una sábana. En su rostro hay una expresión de enorme placidez.

Muchas reacciones suceden a la muerte de Rafael Escobedo y casi todas de espontánea simpatía. Con los años se ha ido convertido en el “cabeza de turco”, en el pobre tipo que está pagando por las culpas de muchos, ricos y famosos, que se han aprovechado de él. Incluso en el día de su entierro, en el panteón familiar de la Sacramental de San Justo de Madrid, se forma una pequeña manifestación de curiosos y simpatizantes que estallan en aplausos y lanzan consignas contra los representantes de la justicia.

Sin embargo, hasta la muerte de Rafael Escobedo Alday será controvertida. En octubre, los forenses que le realizaron la autopsia certifican que en los pulmones de Rafi había nada menos que 14 miligramos de cianuro potásico. No es posible que alguien que haya ingerido ese veneno, dados sus rápidos efectos, pueda luego ahorcarse. Y no es posible que un ahorcado tenga en la cara la expresión de felicidad que tenía el fallecido. Siguen los misterios. No obstante, en 1989, el juez encargado del sumario abierto por la extraña muerte de Rafael Escobedo, decide sobreseer el caso en un colosal y definitivo esfuerzo por terminar de una vez por todas con el viciado asunto de los Marqueses de Urquijo. Es un suicidio, y punto.

¿O no?

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