Ciencia es… Ciencia no es…

Por clarificar conceptos, que me lo preguntan mucho, lo explico mucho, me cansa mucho contarlo tantas veces, y a estas alturas ya prefiero dejarlo por escrito para remitir al personal a estas líneas y seguir con otras cosas.

Es que -dicho sea de paso- ya me ha llegado algún que otro correo rompe-pelotas (con perdón).

La ciencia –cosa que a menudo suelen ignorar quienes se pasan la vida apelando a ella para imponer razones subjetivas y casi nada científicas-, con total independencia de cual sea su objeto y a qué se dedique, es un sistema de construcción de conocimientos sobre cualquiera de las parcelas de una realidad observable. Esto significa para comenzar que la ciencia es un método, y es su proceder metódico y riguroso lo que la define como tal.

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En segundo término, la ciencia se basa en dos principios muy sencillos: replicación y verificabilidad. Replicación significa que si usted corrobora una teoría científica (que no es todavía un hecho científico) mediante determinadas experiencias, yo debo ser capaz de poder repetir tales experiencias independientemente, luego sin contar con usted para nada. Verificabilidad implica que los resultados de mis experiencias, realizadas siguiendo todas y cada una de las indicaciones y condiciones que usted indique, tienen que ser exactamente iguales que los que usted asegura haber obtenido. Si se dan ambas condiciones, entonces y sólo entonces, yo asumiré que su teoría es científicamente correcta por mucho que pueda disgustarme. Luego podremos entrar en debates acerca de lo que sus hallazgos significan y de si podemos explicar con ellos tanto como usted pretende u otra cosa cualquiera, pero está claro que se tratará de una discusión claramente científica y sobre bases científicas.

Para que entienda que esto es aplicable a todas y cada una de las ciencias (se hagan con bata y microscopio, o no) y no sólo a esas que a usted le merezcan mayor confianza por motivos netamente subjetivos que aquí nos importan un pimiento, le pondré un ejemplo generado en el ámbito de las ciencias humanas: imagine que yo me encuentro en un desván una carta firmada por Napoleón Bonaparte en la que su autor –que puede ser quien dice ser, o no, aún lo ignoramos- asegura encontrarse tranquilamente en París durante las mismas fechas en las que según los datos conocidos debería encontrarse prisionero en Santa Helena. Menudo hallazgo. Tras realizar mis pruebas caligráficas, documentales, y etcétera, me convenzo de que esa carta es auténtica (del propio Bonaparte) e implica un cambio radical tanto para su biografía en particular como para la historia en general que yo interpreto de determinado modo en función de las pruebas disponibles, por lo que escribo un artículo en el que defiendo mi teoría y lo publico en una revista especializada (no en esa de divulgación que hay en cualquier kiosko, sino en una de científicos pura y dura). La controversia está servida.

Ahora viene usted, el historiador de la competencia, con el asunto de la replicación: yo tengo que dejarle examinar el documento en el sostengo mis afirmaciones para que se convenza de que existe y de que en él se dice lo que yo afirmo que se dice. Luego con la verificabilidad: yo tengo que permitirle que, independientemente de mi persona, pueda realizar las pruebas que necesite para autentificar el documento… Imaginemos que los resultados no son coincidentes. En ese caso usted tiene todo el derecho del mundo a entrar en controversia conmigo acerca de la autenticidad del documento y de la validez de mis aseveraciones. Supongamos que sus pruebas y las mías son parejas. Entonces usted puede sumarse a mi teoría, o bien defender que la biografía de Napoleón es básicamente correcta y que yo no he interpretado bien el contenido de dicha carta… O cualquier otra cosa a partir de las pruebas disponibles… Y claro, tratar de demostrarme por qué y, por supuesto, sobre otras bases documentales.

Esto, a grandes rasgos, es ciencia. Ni es más, ni es menos.

Habitualmente, a la gente que nos dedicamos a alguna parcela de la ciencia se nos critica muy duramente desde los ámbitos propiamente especulativos –me apresuro a decir que no tienen nada malo por serlo pues la ciencia en sí misma no sería posible sin especulación teórica- por la simple razón de que exigimos esta clase de demostraciones para que aceptemos las afirmaciones que vierten sus defensores. Son críticas infundadas, por supuesto. Si usted se dedica a la simple y llana especulación no puede decir que lo que hace o dice es conocimiento científico porque simplemente no lo es. Se tratará de opiniones formadas e informadas y poco más, porque no cumplen con los más elementales principios del método científico. E insisto: no es que quien no hace ciencia haga maldades o perversiones, es que simplemente no la hace por más que se empeñe en pretender lo contrario. En ciencia no vale sólo con mostrar porque sólo sirve lo que puedes demostrar a partir de una base de conocimiento previo. En ciencia no hay conocimientos definitivos sino, en todo caso, conocimientos provisionales dispuestos a ser derrumbados cuando aparezca alguien que puede demostrar más y mejor. La ciencia –y este es un error interpretativo muy común entre los legos en la materia- no busca verdades absolutas; busca explicaciones parciales y progresivas que jamás son definitivas por la simple y llana razón de que el conocimiento avanza y, con él, la interpretación -y reinterpretación- de los hallazgos que se van realizando.

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Lo lamento por los defensores del adjetivo científico como argumento definitivo para imponerse en sus batallas dialécticas. Que algo sea científico no le da a usted la razón más que, en todo caso, de forma coyuntural. Por eso la gente que se dedica a la auténtica ciencia -no a contarla o discutir sobre ella- suele ser gente modesta y poco tendente a sacar pecho: por lo general, se sabe poco de las cosas y la mayor parte de las veces no estamos del todo seguros de si lo sabemos mal. De modo que si me viene diciendo que esto es así porque lo dice la ciencia, primero tendré que asegurarme de que usted ha entendido esa teoría a la que alude (condición que muy a menudo no se cumple), luego tendré que asegurarme de que los datos de que se dispone corroboran la susodicha teoría, después he de asegurarme de que su interpretación es correcta y no admite otras posibles y, a renglón seguido, le contestaré que tampoco me siento excesivamente impresionado. La ciencia es una gran cosa y nos ha traído muy lejos, especialmente en el campo aplicado, pero la verdad es que en lo teórico apenas si hemos conseguido arañar las cuestiones de fondo.

Sintetizando: a todas estas cosas descritas, a cumplir con los principios reguladores de la metodología de la ciencia, cuestión que a veces es muy complicada en función del asunto que se trate, se dedican esos señores a los que llaman por ahí científicos como si fuesen gurús de alguna religión ignota y que gozan, por lo general, de un elevado prestigio social, pero también de muy escasa paga, aunque esto ya sea otra historia…


Recuerdo que en cierta ocasión un iluminado muy ocurrente -de esos que confunden sus chistes con la verdad- me comentó irónicamente que en el cosmódromo de Baikonur seguramente estarían “preocupadísimos” con estas cosas. Pero no. Lo más probable es que en Baikonur les traiga de cabeza como librarse de esos cincuenta millones de toneladas de chatarra con los que no saben que hacer. Pero me hizo gracia el comentario y por eso le dedico estas líneas.

Sí. Los científicos, entre otras cosas humanas, demasiado humanas, también sacan -sacamos- la basura.

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