¿Pruebas “objetivas” o pruebas “proyectivas”?

Estamos ante una pregunta que se me realiza a menudo, especialmente en el aula, y ante la que para comenzar solo puede emitirse una respuesta clara: cuando se refiere, como es tópico, alguna clase de supuesto enfrentamiento legendario entre ambos tipos de pruebas psicodiagnósticas nos encontramos ante un problema más conceptual que real. Lo cierto es que la contraposición “objetivo-proyectivo” es inexacta y no responde a criterios de validez empírica real.

Las pruebas tradicionalmente consideradas como “objetivas”, como el 16 PF, el MMPI, el MCMI o cualquier otra al uso, no son en realidad tan objetivas con respecto a los constructos psicológicos que pretenden “medir” como se suele argumentar y hay mucha literatura que abunda en este dato. De hecho, las puntuaciones que se obtienen a través de ellas están sometidas a toda clase de sesgos y amenazas que van desde el efecto contexto, la falta de control de variables situacionales, o la manipulación de las respuestas hasta el simple –y común- error del puntuador. Lo cierto es que se autoproclaman como “objetivas” cuando lo cierto es que ello significa, ni más ni menos, que las puntuaciones que ofrecen se obtienen de manera mecánica. De hecho, esa puntuación luego tiene que ser evaluada –o tasada- por el especialista en relación al sujeto o colectivo con el que está trabajando lo cual, si somos rigurosos en el argumento, implica que también en este caso existiría un posible sesgo interpretativo.

Las pruebas “proyectivas”, por su parte, hablaríamos en este caso del célebre Test de Rorschach, el Test de Apercepción Temática (TAT) o el Test de Relaciones Objetales (TRO), entre otras, no proyectan realmente nada y por lo tanto su propia denominación es absurda y tal vez debida a un sesgo prejuicioso. Entiéndase que, como bien ha explicado el profesor Rodríguez Sutil[1], tradicionalmente el concepto “proyectivo” se ha relacionado de manera bastante desacertada con “psicoanalítico”. La realidad es que ni todas las pruebas de este tipo han sido construidas por psicoanalistas, ni guardan en muchos casos relación teórica alguna con el psicoanálisis. Esta vinculación dudosa ha motivado que en los círculos académicos habituales se las considere como pruebas “poco científicas” y que precisamente por ello ni se forme a los estudiantes en ellas cuando, en realidad, conocerlas puede ser valioso en determinados contextos, como trataré de mostrar.

RorschachTal error de apreciación se verá más claro si comprendemos, por poner un ejemplo diáfano, cómo construyó Hermann Rorschach su célebre test. Es cierto que Rorschach, fue miembro de la Sociedad Psiconalítica Suiza, como muchos otros profesionales de la medicina perfectamente respetables de su tiempo, pero a la hora de inspirarse para construir su prueba se basó, en primer término, de una teoría como la gestáltica, cuya aportación a la psicología posterior –e incluso presente- es tan valiosa como innegable. Posteriormente, a la hora de clasificar sus manchas[2] se sirvió de cuatro criterios básicos: localización, determinantes, contenido y frecuencia. Todos ellos bastante alejados de ideas tópicas en el psicoanálisis como inconsciente, trauma, ego o energía libidinal. De hecho, el método de aplicación de la prueba de Rorschach más seguido hoy en día, el desarrollado por Exner, que huye claramente de los contenidos especulativos, la denomina de manera bastante gráfica “tarea perceptual-cognitiva de resolución de problemas”.

No tan diferentes

No en vano, lo que el Rorschach así como otros proyectivos pretenden no es, en el fondo, diferente de lo que tratan de hacer otras pruebas de psicodiagnóstico tenidas por más objetivas: se entiende que las respuestas del sujeto activan el estilo de afrontamiento consistente del individuo a la hora de interactuar con la realidad y, de ello, se trata de extraer un modelo representativo de su posible conducta frente a diferentes situaciones. Por esto, muchos autores proponen actualmente un cambio de denominación para las pruebas psicológicas que supere de una vez por todas la absurda –e inexistente- dicotomía tradicional entre lo objetivo y lo proyectivo. Es más, cada vez es más común toparse con investigadores que, desde el ámbito de la resonancia magnética funcional (fRMN), superan este prejuicio y se valen de unas pruebas u otras no en función de su denominación, sino de la clase de respuestas que pretenden activar y estudiar sobre el terreno en el cerebro de los sujetos[3].

Sucede que las mal denominadas pruebas proyectivas son realmente “pruebas de atribución”. La persona sometida al TAT de Murray, o al TRO de Phillipson, atribuye determinadas características de significado a los estímulos ambiguos que se le presentan. Tales atribuciones vienen determinadas en parte por el propio estímulo y, en parte, por las características de la persona: estilo cognitivo, emociones, motivos, estados internos y etcétera. Lo que no son estas pruebas de atribución es, precisamente, pruebas de tipo psicométrico y esta es otra cuestión bien distinta.

De hecho, una prueba psicométrica funciona de acuerdo a criterios de validez y confiabilidad desarrollados partir de modelos matemáticos y además, en su mayor parte, buscan criterios diagnósticos a partir de catálogos específicos como el CIE (OMS) o el DSM (APA). Dos criterios que no necesariamente inspiran a una prueba proyectiva, por lo que simplemente es absurdo evaluarla desde ellos. Las pruebas proyectivas son otra cosa bien diferente en la medida que su naturaleza interna cabalga entre lo idiográfico (cualitativo) y lo nomotético (cuantitativo). Es decir: toman los contenidos semánticos del discurso del sujeto que son susceptibles de interpretación (el componente idiográfico), y sucede que tales interpretaciones se mantienen más o menos estables a lo largo del tiempo, lo cual establece el criterio de cuantificación (lo nomotético). Ello permite entender qué categorías de la persona responden a elementos situacionales, siendo por ello mismo muy variables, y cuales son más permanentes y responden a elementos internos consistentes y coherentes de ella. Así, se ha comprobado –por seguir en el juego de la “fiabilidad” que impera en la psicometría- que estas pruebas se muestran muy fiables cuando son aplicadas por personal debidamente adiestrado cosa que, por cierto, no siempre ocurre. Fiabilidad, por cierto, equiparable en condiciones experimentales a la obtenida por pruebas aceptadas como “objetivas” como el MMPI o el WAIS.

Psicometrico

El problema de la predicción

Una crítica muy habitual hacia las técnicas proyectivas ha sido la de que poseen “bajo poder predictivo”. Pero la verdad es que esta clase de crítica es aplicable a cualquier tipo de prueba psicológica con total independencia de su inspiración, procedencia, forma de aplicación y/o mecánica interna. Entendámonos: habitualmente no se pide al especialista clínico que determine únicamente cómo es determinada persona o qué le ocurre ahora mismo. Para esto, a menudo, y al igual que en el caso de cualquier especialidad médica, bastaría con una buena anamnesis informada en una serie de pruebas bien realizadas y puestas a disposición del especialista. El problema –en la mayor parte de los casos que no en todos, me apresuro a decir- no suele ser el mero diagnóstico.

El hándicap reside en el pronóstico. Al especialista se le exige que determine cómo va a evolucionar esa persona en un futuro más o menos cercano. En psicología y psiquiatría esta clase de cuestiones, además, resulta especialmente compleja porque las conductas de los individuos están muy mediadas por factores situacionales (socioculturales). Por eso, cuando se interpela a un profesional de la salud mental, como habitualmente se hace, sobre la posibilidad de que una persona reincida en el futuro, sobre el riesgo de que se suicide, o sobre las probabilidades de que vaya a tener mayor o menor éxito en los estudios, se le está pidiendo una opinión informada antes que cualquier otra cosa. Un test nos permite diagnosticar características personales presentes, pero no nos permite predecir el futuro a largo plazo (nada puede en la medida que ninguna inducción tiene certeza absoluta). No podemos olvidar que la conducta es una función de la persona tanto como del entorno y, en tal sentido, lo único que puede afirmarse con respecto a alguien que ha delinquido sobre su futuro es que, si las circunstancias psicosociales presentes se perpetúan en ese futuro, probablemente vuelva a hacerlo. Cierto que no es la clase de respuesta que un juez, un fiscal, un periodista o la propia sociedad demandan, pero es la única que cualquier profesional honrado puede y debe ofrecer.

En todo caso, estudios de meta-análisis realizados a lo largo de las últimas dos décadas con profesionales que se valían de técnicas “proyectivas” frente a profesionales que se valían de técnicas “objetivas” han mostrado que la capacidad predictiva de ambos colectivos es bastante pareja. De hecho, los “proyectivos” obtuvieron índices de fiabilidad y validez prácticamente equivalentes al resto. Es más, ambos grupos estuvieron acertando o equivocándose con respecto al desarrollo futuro de los sujetos evaluados en porcentajes muy similares. Digamos, por cierto, que en torno al 70% de los profesionales de ambos colectivos acertaron en sus pronósticos cuando el diagnóstico fue acertado[4].

Los proyectivos en el contexto forense

Tras un periodo de retroceso, las técnicas proyectivas vuelven actualmente a ganar fuerza en el contexto forense por varias razones. La primera de ellas, y tal vez la principal, es que limitan el peso de la simulación y la disimulación de síntomas por parte del paciente en la medida que no existen respuestas que, a priori, puedan entenderse como “correctas” u “objetivas”. De hecho, gozan con la no poco interesante ventaja de que suelen confundir a los simuladores. La segunda, no menos relevante, es que los pacientes a menudo no se han enfrentado nunca a ellas, como sí ocurre con los tests habituales, lo cual reduce de forma extrema la posibilidad de que puedan sesgarlas.

No quiere decirse con todo esto que la pruebas tenidas por objetivas sean peores o perversas en algún sentido. Antes al contrario, lo que se trata de significar es que no existe razón objetiva alguna por la que las pruebas “proyectivas” deban ser erradicadas de los entornos académicos. De hecho, en determinados contextos, como el de la evaluación forense, pueden llegar a resultar extremadamente útiles y, por ello, suelo recomendar a mis alumnos que por mera necesidad práctica conozcan a fondo al menos una de las más habituales pues nunca se sabe cuándo será necesario echar mano de ellas.


[1] Rodríguez Sutil, C. (2007). Evaluación de la personalidad y sus trastornos a través de los métodos proyectivos o pruebas basadas en la actuación (Performance-based). Clínica y Salud, 18, 3. Un interesante e inspirador artículo.

[2] Llegó a trabajar con centenares de ellas. A lo largo de años de trabajo fue progresivamente seleccionando las que se mostraban más eficientes.

[3] Goettem Bastos, A. & Emídio Vaz, C. (2009). Estudo correlacional entre neuroimagen e a técnica de Rorschach en crianças com simdrome de Tourette. Avaliaçao Psicológica, 8, 2, 229-244.

[4] Society for Personality Assessment (2005). The Status of the Rorschach in Clinical and Forensic Practice: An Official Statement by the Board of Trustees of the Society for Personality Assessment. Journal of Personality Assessment, 85, 2.

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