Psicología de la corrupción


Esta entrada ha sido elaborada a partir del contenido de unas conferencias que tuve el placer de impartir hace un tiempo en diversos foros. Espero sea de vuestro interés.


Parece que en lo relativo a la reflexión sobre esta clase de delitos, lo primero en imponerse –al menos en el entorno iberoamericano- ha sido un cambio en la nomenclatura. Hablar de delitos de cuello blanco a estas alturas resulta poco atinado por su enorme variedad. Cabe, pues, englobar a todos estos delitos dentro de un fenómeno de mayor amplitud al que se conoce como corrupción. Y corrupto no es sólo el especulador inmobiliario, el banquero que se apropia de lo que no es suyo, el agente de bolsa que trafica con informes confidenciales o el político que beneficia a los amigos a cambio de otros favores o de suculentos porcentajes.

La corrupción alcanza a todos los planos de la sociedad supuestamente honrada. Es corrupto el médico que receta determinado medicamento para obtener prebendas de la empresa que lo produce; el docente y el administrativo que realizan mal su trabajo por el mero hecho de que son funcionarios públicos; el policía que se aprovecha de su condición en su propio beneficio, y el agente que oculta estas actividades por miedo o por concepciones distorsionadas del compañerismo. También es corrupto el intermediario que infla artificialmente el precio de una mercancía para engordar los beneficios, el constructor que rebaja la calidad de los materiales para ampliar sus márgenes de ganancia, o el ciudadano que escamotea al Estado el pago de determinados impuestos. Corrupto, en definitiva, es el que incumple la ley de manera sistemática y subrepticia amparado en una apariencia de respetabilidad y legalidad.

Lo cierto es que los delitos comunes y los delitos de corrupción son objeto de un tratamiento procesal distinto, así como de diferente tratamiento policial y penitenciario. Ello se debe fundamentalmente a que se trata de delitos difíciles de probar por los medios convencionales. Las redes de control son densas a la hora de luchar contra ciertos tipos delictuales más convencionales, pero poco tupidas para combatir la corrupción. Prueba de ello, por ejemplo, es la escasez de sentencias relativas a la falta de seguridad en el trabajo en contraste con los altos índices de siniestralidad laboral. Así, los procesos mediáticos de los supuestos grandes corruptos presentan la apariencia de singularidad que suele otorgarles el prestigio social de los sospechosos, pero en realidad no pueden estar más ritualizados.

El comienzo de la instrucción sumarial es muy importante y quizá la fase más grave para este tipo de delincuentes y sus defensores, pues deben sobreponerse al efecto sorpresa. Los abogados tienen que desandar a gran velocidad el camino seguido por la justicia. El primer objetivo es ganar tiempo. Los ejecutivos y hombres de negocios son predominantemente condenados en tribunales penales cuando puede probarse que se valen –o han valido- de métodos delictivos similares a los empleados por los delincuentes comunes. De hecho, la manifiesta intervención de maleantes de poca monta o de redes mafiosas en tramas de corrupción supone un buen indicador de la gravedad del delito. Los corruptos son muy conscientes de que únicamente cabe recurrir al empleo de delincuentes habituales en situaciones muy desesperadas y casi siempre para hacer desaparecer pruebas comprometedoras.

La cárcel estigmatiza. Marca con la infamia y embadurna todo proceso judicial de auténtica criminalidad. Por esto, lo primero es poner en la calle al delincuente honrado cuanto antes y a cualquier coste. Una de las estrategias mas socorridas de los abogados defensores es proceder a la inundación documental de los juzgados. Así se frena el proceso complicando artificialmente el delito, haciendo difusos sus efectos y ralentizando la maquinaria judicial. No importa que se deba recurrir a la incomparecencia de testigos, a prolongar ad infinitum las comisiones y tramites de investigación, a aportar pruebas falsas, a propiciar el cambio de manos de la instrucción sumarial y, en definitiva, a incontables artimañas que lleven a archivar la causa o a convertir el caso en un completo galimatías. Los asociados del siempre presunto delincuente, por su parte, tratarán por todos los medios de ponerse a buen recaudo. La caída en desgracia de un pez gordo desencadena un proceso equivalente al que se produce cuando un niño hurga con una pajita en un hormiguero.

Decía Foucault que la complejidad del aparato judicial, la parafernalia que rodea a los tribunales y la teatralidad de los estrados, no tiene tanto por objeto probar la inocencia o culpabilidad del reo cuanto por mostrar la inocencia del propio tribunal. La elevada impunidad de la que aún hoy siguen gozando los corruptos parece confirmar esta opinión. Algo funciona rematadamente mal cuando el ideal de la justicia resulta ser tan divergente del ejercicio del derecho. Pero habrán de ser los expertos en leyes quienes se enreden en este debate puesto que nosotros tenemos otro camino que seguir.

Corrupcion

Autores como Peters y Welch caracterizaron la corrupción atendiendo a tres criterios básicos:

  • Legalista: o referido a la quiebra de algún precepto legislativo reconocido.
  • Interés general: Se atenta de algún modo contra bienes públicos.
  • Opinión pública: La sociedad tiene la última palabra a la hora de estimar qué va a ser considerado como corrupción, o no.

Otros, como Alatas, se han alejado de los criterios sogiologizantes para tener en cuenta elementos que se relacionan con los delitos de corrupción en sí mismos:

  • Involucran, por lo general, a más de una persona.
  • Implican una cierta discreción.
  • Apelan a una obligación mutua entre los autores del delito.
  • Los corruptos tratan invariablemente de camuflar estas prácticas tras justificaciones legales, o se amparan en vacíos normativos.
  • Los delitos de corrupción provocan siempre un cierto grado de decepción o desmoralización en el cuerpo social.
  • Los corruptos suelen traicionar la confianza de terceros.
  • Todo delito de corrupción implica una violación –o falta de aplicación- de normas, deberes y responsabilidades por parte de los implicados.

Desde un punto de vista situacional, Gong apeló a tres tipos de explicaciones para abordar los delitos de corrupción:

  • El sujeto muestra una preclara tendencia a alterar o modificar las condiciones de cualquier situación en su propio beneficio.
  • La sociedad, coyunturalmente, establece criterios de manga ancha para con ciertas actividades ilegales.
  • En determinada situación, el sujeto estima que ciertas prácticas no suponen un delito, o bien, decide aprovechar una ocasión intempestiva para corromperse.

Conviene, además, a la hora de hablar de delitos de corrupción, establecer una distinción entre lo que podríamos llamar corrupción ocupacional y corrupción corporativa. La primera, como su nombre indica, se relaciona con el puesto particular de quien comete el acto. La segunda hace referencia al delito de una entidad que transgrede las reglas establecidas para el funcionamiento de un colectivo o actividad. Desde este punto de vista, todo delito de corrupción ocupacional es aquel que se comete conscientemente para obtener una ganancia personal o favorecer a otros, mientras que la corrupción corporativa se realiza para beneficio de un grupo organizado. Sea como fuere, los delitos de corrupción –se cometan para el fin que se cometan- comparten una serie de características comunes que los hacen especialmente complejos, ya sea a la hora de su tipificación jurídica, como para su detección concreta:

  • Tienen baja visibilidad.
  • Son relativamente complejos de cara a facilitar la exhumación de responsabilidad, y provocar una ambigüedad en el proceso de victimización. Se sabe, pues, que a alguien perjudican pero es difícil clarificar a quién y en qué medida.
  • Son difícilmente identificables.
  • Se les suelen aplicar sanciones indulgentes.
  • Quienes los cometen se amparan en la ambigüedad de las leyes, por lo que quienes quieran –o puedan- delinquir siempre encuentran facilidades.
  • Su estatus criminal, si es que existe en un momento dado, es ambiguo.

Si nos acercamos a las llamadas teorías implícitas, es decir, a aquellas que tienen en cuenta el elemento psicológico particular del corrupto, solemos encontrarnos con una serie de dimensiones que parecen tópicas e inherentes a los asiduos de esta tipología delictiva. De tal modo, los corruptos suelen caracterizarse en el plano personal por:

  • Tener alta ambición.
  • Manifestar problemas para identificar límites. Es decir, el corrupto suele estimar que los márgenes legales, éticos y morales son más flexibles y abiertos a la interpretación de lo que piensa el común de las personas.
  • Muestran una tendencia insoslayable a emplear las situaciones de rol o estatus ventajosos en beneficio propio o de allegados.
  • No experimentan dudas o remordimientos a la hora de burlar la confianza que se deposita en ellos.
  • Les falta seriedad a la hora de asumir responsabilidades individuales o sociales.
  • Tienden a considerar sus actos desde una perspectiva cínica, descarada, jactanciosa o abiertamente desvergonzada. Y suelen creer que el resto de las personas, en su lugar, harían –o hacen- exactamente lo mismo.

Resulta relativamente sencillo explicarse la psicología de la corrupción si partimos del hecho de que nacemos, y se nos educa, en una sociedad de consumo altamente competitiva que fomenta en nosotros un deseo insaciable de poseer bienes materiales y sociales en la medida que se nos tiende a valorar, frente a cualquier otra consideración, por lo que tenemos –o podríamos tener- y por lo que somos –o podríamos llegar a ser. De tal modo, siempre que los individuos tienen que elegir entre varias alternativas, muestran una preclara tendencia hacia aquellas que benefician sus propios intereses sean cuales fueren. Así las cosas, es fácil comprender que el corrupto sea alguien que toma atajos para obtener mayores beneficios materiales y sociales en el menor tiempo posible.

Pero ocurre, además, que la corrupción es una conducta de alto riesgo, dada su fuerte capacidad adictiva, puesto que el individuo que la practica generalmente tiende a conseguir los resultados que se propone. Es decir, los comportamientos corruptos obtienen una alta tasa de refuerzo y ello provoca que al corrupto no le baste con tomar el atajo una o dos veces, sino que terminará por convertir la corrupción en un estilo de vida. De hecho, en condiciones normales, el corrupto –al igual que el estafador- es uno de los tipos delincuenciales con mayor tasa de reincidencia, y por lo general sólo es detectado, o detenido, después de haber estado desarrollando sus actividades durante años e incluso décadas. Junto a lo precedente, interesa tener en cuenta que el corrupto, en la medida que experimenta problemas con la identificación de los límites ético-morales, es netamente manipulador y suele experimentar bajo o nulo remordimiento por las repercusiones de sus actos. No es, pues, muy diferente del antisocial en los términos en que lo define el DSM-5, encajando a menudo en un perfil que autores como Paulhus denominan “psicópata integrado”.

En las situaciones de incertidumbre, es decir, ante la posibilidad de elección que supone obtener beneficios por la vía rápida, o siguiendo los cauces lícitos, adquiere gran importancia el autocontrol de la persona. Contrariamente a lo que cabría suponer, la racionalidad de los individuos no es puramente lógica al estar mediada por procesos emocionales y sentimentales, como corresponde a la anatomía funcional del cerebro. Los intereses personales, las motivaciones del momento y el deseo de alcanzar ciertos objetivos, son tan fuertes que pueden llegar a convertir los procesos de razonamiento lógico en algo secundario a la hora de tomar decisiones. De hecho, muchas de nuestras elecciones diarias son más emocionales que racionales.

La responsabilidad no sólo tiene que ver con la decisión momentánea de romper las normas, que puede venir determinada por infinitud de factores –como el consumo esporádico de drogas, alcohol o psicofármacos- sino que también ha de ser algo coherente y consistente en el tiempo, es decir, una constante vital del individuo. Ello significa que para determinar responsabilidades no basta con observar el delito cometido y las circunstancias bajo las que se cometió, sino que ha de estudiarse la biografía del sujeto a fin de poder determinar su grado de responsabilidad habitual. De tal modo, responsabilidad y autocontrol son elementos que están estrechamente unidos, y son lo sujetos con un elevado nivel de autocontrol los que no sucumben, o muestran una baja probabilidad de hacerlo, ante la ocasión de ser corruptos. El idealismo  puede ayudar a no ser corrupto pero tener principios no es garantía de inmunidad ante la corrupción y en determinados contextos puede incluso incentivarla, pues el idealista puede ser vencido si la recompensa que se le ofrece a cambio de sus favores es valorada favorablemente en función de sus propios ideales. Por ejemplo, un ferviente ecologista al que se convence de que acepte un plan urbanístico concediendo en el mismo una gran cantidad de zonas verdes.

Es importante señalar que el comportamiento corrupto es tradicionalmente considerado en la literatura como un comportamiento aprendido más. De tal modo, la actitud del corrupto se establece y desarrolla a través de dos cauces fundamentales: primero, mediante el refuerzo de la propia conducta (o condicionamiento operante), y luego, mediante la observación de lo que hacen otras personas que nos parezcan especialmente dignas de atención por las razones que sea (o aprendizaje vicario). Ello implica que la probabilidad de que un individuo se comporte de manera corrupta aumenta si:

  • Existe una probabilidad alta de recibir un refuerzo más o menos inmediato a la ejecución de la conducta.
  • Existe una probabilidad baja de recibir un castigo más o menos inmediato a la ejecución de la conducta.
  • La persona está junto a otra u otras que desarrollan habitualmente comportamientos corruptos. Es habitual que en esta situación el individuo que antes nunca se había planteado la posibilidad de corromperse se sienta orientado por la presión grupal hacia el cambio y que, por tanto, se anime a implicarse en estilos de comportamiento ilícitos.

Parece existir también una correlación clara entre envidia, vergüenza, y corrupción. Piénsese que la envidia se relaciona estrechamente con otros rasgos como la ambición y la codicia, de suerte que conlleva actitudes anómicas que pueden desembocar con facilidad en prácticas corruptas. La vergüenza y el sentimiento de inferioridad, por su parte, suponen una grave amenaza para la autoestima de los individuos. Así, en el caso de que una persona corrupta llegase a experimentar vergüenza por sus actos, podría poner en marcha estrategias defensivas de autojustificación. Estas estrategias son peligrosas en la medida que aplacan la vergüenza inicial y sirven al individuo para predecir y justificar futuras escenas de vergüenza. Con ello, la vergüenza percibida inicialmente no evitará las actividades corruptas sino que, al contrario, tenderá indirectamente a fortalecerlas. El sentimiento de inferioridad, por su parte, experimentado en situaciones relacionadas con el estatus, el poder y la capacidad económica, puede convertirse en una poderosa motivación hacia la corrupción como forma de eludir el sentido del ridículo.

El problema básico de la corrupción es que supone un complejo de acciones personales –o grupales- que desencadena graves repercusiones sociales. El común de los ciudadanos experimenta las actividades de los corruptos de forma muy negativa, lo que termina degenerando, a su vez, en formas cada vez más variopintas de corrupción a pequeña escala. Así, el sujeto de a pie vive los delitos de corrupción desde la óptica de la injusticia social, política y judicial, y en su indefensión tiende a pensar que:

  • La corrupción es mayor entre aquellos que tienen más poder y más dinero. Lo cual no tiene por qué ser cierto.
  • El corrupto siempre queda impune, y los únicos castigados por estos delitos suelen ser participantes menores de los mismos. Lo cual no se puede contrastar.
  • No siempre se corrompe el que quiere sino el que puede, y todos en general somos corruptos potenciales. Lo cual es directamente falso.
  • Existe una notoria falta de solidaridad social. Probablemente, la única de estas cuatro creencias que sea enteramente verdad.

Como resultado de estas percepciones, se producen en el ciudadano cogniciones y comportamientos de resistencia como la idea de que los políticos y los jueces son potencialmente corruptos, de que la justicia no es igual para todos y de que las instituciones no tienen poder real alguno frente a los designios de los dueños del dinero o, simplemente, están vendidas a ellos. Esto deviene en prácticas ciudadanas de desobediencia civil y corrupción a pequeña escala como, por ejemplo, el fraude fiscal.

Luchar contra la corrupción y los corruptos, por tanto y sean quienes fueren, no sólo es una necesidad de primer orden para el sostenimiento de la cohesión social, sino también un imperativo para frenar el descrédito de las instituciones y, por añadidura, del propio Estado de Derecho. Los desniveles jurídicos, penológicos y penitenciarios existentes deben ser equilibrados, porque son más peligrosos para la supervivencia del cuerpo social los tipos que contaminan masivamente el medio ambiente, descapitalizan empresas llevando al desastre a miles de familias, arruinan a modestos ahorradores e inversores, o impiden el desarrollo sostenible de naciones enteras, que el simple chorizo que guinda carteras en una plaza pública.

Perseguir la corrupción es algo que ha de estar por encima de ideologías, tendencias, credos y arengas panfletarias, porque el corrupto no entiende nada de todo esto. El corrupto es apolítico, agnóstico y sumariamente práctico. Como todo antisocial sólo cree en sí mismo y sólo vive desde la autojustificación. Irá allá donde vea buenas oportunidades para lo suyo, se llame como se llame y se pretenda lo que se pretenda. Será amigo o enemigo de quien le convenga en un momento dado, y no experimentará  remordimiento alguno de conciencia a la hora de hundir mañana a quienes le protegieron ayer.

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