Notas sobre el delincuente sexual sistemático

El crimen sexual, es cierto, se presta a toda clase de presunciones ético-morales, pero hemos de pensar que para la ciencia criminológica carece de sentido hablar de “buenos” o de “malos” en la medida que lo que nos compete es la comprensión de la conducta, y que toda conducta por extraña, desviada y/o disfuncional que pueda parecernos –incluso aquellas que adoptan las formas de sadismo más extremo-, forma parte del espectro general del comportamiento en tanto que respuestas a necesidades propiamente humanas y que, por tanto, pueden ser comprendidas en los mismos términos con total independencia de elementos circunstanciales o coyunturales variables.

Las personas afrontamos los reveses de la vida mediante patrones de respuesta más o menos ansiógenos que dependen del sujeto y de la circunstancia en la que se encuentre, y que tratamos de compensar por toda suerte de estrategias, generalmente relacionadas, entre otras cosas, con el mayor o menor grado de autocontrol que tengamos. En el caso del delincuente sexual sistemático la respuesta a la ansiedad tiende a encauzarse a través de agresiones sexuales de cualquier especie y gravedad variable. De hecho, su patrón de respuesta ante la ansiedad es idéntico al de cualquier otro adicto, ya sea a las drogas o al juego, en la medida que ante los problemas que no son capaces de afrontar o de resolver –rechazo, inadaptación y etcétera- se cobijan en su adicción a las fantasías y conductas sexuales inapropiadas cuyo origen y forma es variable y dependen del caso específico. Precisamente por este motivo, en tanto que siguen patrones paralelos a los adictivos, su riesgo de reincidencia y su peligrosidad son elevados: del mismo modo que el alcohólico anda buscando siempre otra botella o el jugador buscará por todos los medios dinero con el que apostar, el agresor sexual siempre está buscando nuevas vías de satisfacción acordes con sus necesidades físicas y psíquicas.

La magia de la normalidad

En su presentación pública, cierto que salvando las distancias, los delincuentes sexuales sistemáticos se parecen a los estafadores. Se construyen una imagen perfecta, una mentira magnífica, que les ayuda a seleccionar y cercar a sus víctimas a fin de enredarlas en toda clase de manipulaciones. Por ello, cuidan con gran detalle su aspecto físico y su presentación social. Lo normal, frente a lo que se suele creer, es que tengan buena apariencia, aspecto inofensivo, mucha amabilidad, modales muy correctos y una puesta en escena muy ajustada a la clase de víctima de su preferencia. A la hora de la verdad, la inmensa mayoría de los delincuentes sexuales habituales, sea cual fuere su “especialidad”, muy raramente lo parecen. Cuando es así lo común es que se trate de enfermos mentales, muy minoritarios, y en cuyo caso el crimen sexual responde a los criterios específicos de su patología.

Lo habitual es que lleven una doble vida como padres de familia, profesionales cualificados, y gente “de orden” que les sirva para camuflar sus tendencias bajo el ala de una perfecta cobertura de respetabilidad, lo cual incrementa su tasa de éxito, reduce la posibilidad de su detección y les permite actuar durante mucho tiempo. Es lógico: poca gente dejaría que se le acercara –o daría ciertas confianzas- a una persona desaliñada, procaz o con mala pinta. De hecho, la falta de ese mal aspecto o de unos modales repulsivos son precisamente el motivo de que alcancen sus objetivos, lo cual supone por lo demás un poderoso refuerzo que los retroalimenta e incrementa su tasa de reincidencia. Tampoco es desdeñable, en lo referente a su éxito criminal, el escaso interés que sus víctimas ponen a menudo en denunciarlos –incluso cuando se trata de pederastas- cuando los daños no son considerados como “muy graves” por miedo al rechazo social, la victimización secundaria, la desconfianza en el sistema judicial, o el simple deseo –muy comprensible- de pasar página, motivo por el cual la cifra negra de este tipo de delictivo es muy alta.

No te Calles

El delincuente sexual sistemático es un especialista que no suele cometer otros delitos, por lo que tampoco suele llamar la atención de terceros durante lapsos de tiempo muy prolongados. Es cierto que se producen casos de robo, por ejemplo, que culminan con una violación pero no se trata de auténticos agresores sexuales sistemáticos, sino de agresores ocasionales, de oportunidad. Frente a ello, en el auténtico delincuente sexual habitual cualquier frustración puede obrar como detonante que desencadene nuevas agresiones, y además la gravedad de las mismas tiende a sufrir una escalada evolutiva desde las menos graves a las más virulentas.

Al comienzo de su andadura se enredan en delitos sexuales de poca monta y afines a su tendencia particular –voyeurismo, exhibicionismo, llamadas y mensajes obscenos, posesión de pornografía infantil, tocamientos, acoso, frotteurismo y etcétera-, lo cual hará que vayan siendo objeto de denuncias, antecedentes y condenas más o menos pequeñas, pero ocurre que la gravedad de sus actos tiende a aumentar a medida, precisamente, que acumulan condenas. Esto se debe a que la merma en su autocontrol es pareja al incremento de sus fantasías, lo cual implica una búsqueda de mayores niveles de satisfacción que les inducen a tomar mayores riesgos y a adoptar actitudes más extremas. No obstante, tampoco desean verse en nuevos problemas con la justicia, destruir la aparente normalidad de sus vidas, quieren eludir la vergüenza y el rechazo social, o tratan simplemente de no retornar a la cárcel. Así, en los casos más extremos, llegarán a valorar la posibilidad de no dejar testigos. Ello implica que si un delincuente sexual sistemático logra tener una carrera lo suficientemente larga podría terminar degenerando en el asesinato.

No tan listos… Más bien previsores

Al tratarse de personas descontroladas que, sin embargo, no ven disminuidas sus facultades mentales mediante el uso de drogas u otras sustancias, la propia compulsión les convierte en excelentes planificadores. No es que sea cierto el mito de que son más inteligentes que otros delincuentes, pues además está constatado que porcentualmente sus capacidades intelectuales son por lo común de calidad media-baja. Lo que sucede es que elaboran planes complejos, muy detallados y perfeccionistas -a veces incluso dedican meses o años a este menester- con los que lograr sus fines y satisfacer sus fantasías para, posteriormente, seguirlos con gran escrupulosidad. Por esta razón, a medida que sistematizan sus acciones, es tópico que su manera de actuar ponga de manifiesto un modus operandi muy bien definido, e incluso que en sus agresiones aparezca una tipología victimal muy concreta.

Lo interesante es que toda esa planificación anterior al crimen suele alcanzar únicamente hasta la consecución de la agresión –que en el caso del varón, el delincuente sexual tópico, pasa por la eyaculación y no necesariamente por un orgasmo de calidad-, mostrándose a menudo muy descuidados con lo que ocurre cuando ya han culminado su objetivo. Es por ello que, pese a su conciencia forense creciente, en las escenas de sus crímenes llegan a dejar indicios más o menos obvios que o bien conducen a su captura, o bien contribuyen decisivamente a posterior condena.

Otro elemento que ha hecho creer en la legendaria inteligencia del delincuente sexual sistemático es su verborrea. Sus descripciones, justificaciones y argumentaciones pueden ser excelentes. Pero, como ya se manifestó antes, en realidad todo esto forma parte del plan que han elaborado. Lo cierto es que los delincuentes sexuales son grandes actores: ensayan excusas, imaginan posibles preguntas y elaboran respuestas a las mismas, e incluso construyen toda clase de gestos y emociones fingidas como lo haría cualquier actor. Por otro lado, la gran laboriosidad en la descripción de sus actos –a menudo exagerada- suele operar como una forma alternativa de revivir la agresión.

Es relativamente sencillo desenmascarar todo este montaje cuando se consigue romper el discurso esperado por el criminal y se le lleva por derroteros que no ha preparado, para los cuales todo el discurso que se han construido es inútil. Entonces, misteriosamente, dejan de ser amables y colaboradores para reaccionar con agresividad, repetir las mismas excusas de manera maquinal, o encerrarse en el mutismo. La inteligencia es creativa, no responde a guiones preestablecidos.

Las respuestas violentas son bastante comunes en el caso de los homosexuales egodistónicos y los agresores con disfunciones sexuales: poner en cuestión la aparente virilidad que impulsa sus agresiones, o solicitarles que se profundicen en sus verdaderas motivaciones, es algo que no soportan. El silencio o las justificaciones torpes son comunes en los agresores de sexualidad infantilizada y empobrecida, tópica en violadores sistemáticos, necesitados de la dominación y la humillación de sus víctimas, en la medida que viven sus impulsos y tendencias sexuales como algo “malo”, “perverso”, “sucio”, “pecaminoso”, o simplemente vergonzante: abordar sus actos y los mecanismos que los originaron y los impulsan por la vía directa, con franqueza y sinceridad, les produce enorme incomodidad ético-moral.

En consecuencia, el delincuente sexual sistemático se perfecciona con el tiempo, a medida que acumula delitos y traba contactos sucesivos con la policía, abogados, funcionarios y especialistas forenses. Diseñan toda suerte de formas de negación e incluso estrategias para hacerse los simpáticos, parecer inocentes, fingir que no saben qué está ocurriendo y, en última instancia, autoexculparse de sus delitos cargando la responsabilidad de los mismos sobre terceros –incluida la propia víctima-. Actúan, piden ayuda, simulan remordimientos y trastornos mentales tan inconexos como inidentificables, nos siendo raro que traten de hacerse pasar por tontos.

Presos modelo

Es tópico el lloriqueo de los delincuentes sexuales sistemáticos, pero la realidad es que, de no mediar un trastorno perfectamente diagnosticable, suele tratarse de lágrimas de cocodrilo en la medida que son poco empáticos y solo les importa lo que ellos sienten, desean y necesitan. De hecho, su peor temor es la prisión por cuanto allí dejan de poder dar rienda suelta a sus necesidades. En realidad es muy infrecuente –aunque común en sádicos- encontrarse con un delincuente sexual que, en sede judicial o durante sus encuentros con diferentes profesionales, no parezca compungido. No obstante, ello no debe confundirnos: a causa de su estado de ánimo ciclotímico son depredadores imprevisibles y peligrosos en la medida que cualquier frustración o situación ansiógena les puede poner en marcha de manera similar a un interruptor que los encendiera.

Cuando el delincuente sexual sistemático se encuentra en prisión es tranquilo e inocuo. No parece peligroso y es raro –siempre que no existen trastornos psicológicos coadyuvantes- que transgreda las normas o se meta en problemas. Así, redimen condena con facilidad, no siendo raro que aparezca alguien dentro del sistema carcelario que los considere rehabilitados. Al fin y al cabo todo profesional desea honestamente que su trabajo ofrezca resultados y este deseo, si no se modula con la mayor objetividad posible, puede degenerar en interpretaciones indeseables. No olvidemos que se trata de personas bastante refractarias a los tratamientos convencionales, y que su pronóstico es por lo general bastante complejo, dependiendo mucho de las circunstancias peculiares del caso. En consecuencia, sería aconsejable revisar tanto las condenas que perciben como el tratamiento penitenciario de que son objeto.

La castración química no es recomendable en la medida que puede llegar a hacerles más peligrosos al inhabilitarse de manera radical su medio de compensación habitual –el sexo-. Consecuentemente, a menudo sucede que esta falta de salida para su ansiedad implique que se vea aumentada su frustración, su ira y, con ello, su grado de violencia y de sadismo. Por esto, se ha venido experimentando con terapias combinadas que aúnan el tratamiento cognitivo-conductual con la suministración de sustancias inhibidoras de la secreción de hormonas masculinas o agonistas y que, a tenor de la literatura, parecen tener una razonable tasa de éxito. Sea como fuere, en los casos adultos en los que existe un fuerte sesgo de personalidad antisocial o un componente sádico muy elaborado, la recuperación es compleja y el pronóstico muy dudoso. Por otro lado, no hemos de olvidar que en el sistema penitenciario español someterse a tratamiento rehabilitador es un derecho del preso, pero no un deber, con lo cual la inmensa mayoría de ellos no se somete a terapia alguna… Otro elemento de nuestra legislación a revisar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s