La culpa no es de la criminología

Es habitual que los alumnos, la mayor parte de los cuales se ha matriculado en un Grado en Criminología tras creerse el camelo de CSI o de Bones para terminar descubriendo que el rollo es otro y tiene bastante menos glamour que en la ficción, ya mediada la carrera, se te acerquen y te pregunten: “¿Y qué hay de mi futuro en esto de la criminología? ¿De qué voy a trabajar?” Entonces yo tuerzo el gesto y, como mi labor es ser docente y no embustero, me acuerdo de que estoy en España, miro hacia derecha e izquierda, me lo pienso y les respondo simplemente que “usted trabajará de todo y de nada. Depende de cómo se mire”. Sé bien que es una respuesta imprecisa y tal vez muy mala, pero ha de aclararse que este problema es, antes que un asunto meramente jurídico –que también-, una cuestión que afecta al común de las titulaciones universitarias, de carácter profesiológico, y que debiera dirimirse tanto en el ámbito del modelo educativo universitario como en los campos de la política y la economía.

Tradicionalmente, España ha sido antes un país de profesiones y de profesionales, de oficios y de oficiantes, que de educación y de educadores. Esto ha motivado que hayan sido antes los ejercientes de una profesión u oficio determinado y ya establecido quienes determinen “qué se debe enseñar”, o “qué se debe saber” en un momento dado, que los criterios culturales, científicos y académicos que han de imperar en el ámbito del conocimiento. De hecho, y curiosamente, se apela más a pretendidos valores científicos desde el interés de un ejercicio profesional a menudo dominado por colegios oficiales monolíticos, entregados a la acción política, y regulados por normativas a menudo oscuras e incomprensibles, que desde unos entornos universitarios y/o formativos con los que, a la hora de la verdad, los profesionales en ejercicio tanto como los políticos y los intereses económicos coyunturales, cuentan bastante poco salvo para controlarlos en la medida de sus posibilidades particulares. Y existen razones para que esto sea así:

  1. Defensa a ultranza de nichos profesionales cerrados y dominados por intereses económicos y cuotas de poder.
  2. Excesivo control de las actividades académicas, profesionales y económicas por parte de las administraciones.
  3. Protección de determinados estatus sociopolíticos de legendaria tradición y rancio abolengo.
  4. Presupuestos culturales obsoletos, inmovilistas y aislacionistas.
  5. Creencias absurdas como la de que la universidad debe garantizar un empleo (cosa que no puede hacer), o bien formar al profesional específico que demanda cierto tipo de empresa (tarea que es propia del empresario en la medida que debe ser capaz de establecer las adecuadas sinergias entre trabajo y trabajador en el marco de sus necesidades peculiares).
  6. Olvidar interesadamente que la universidad forma e informa capital humano, pero es la propia sociedad la que debe moldearlo y ajustarlo a sus demandas específicas y conyunturales.
  7. La presunción falaz de que poseer un título en concreto es equivalente o idéntico a poseer ciertos conocimientos y/o capacidades.

De hecho, si se tiene paciencia suficiente como para leer la legislación que regula en España los diferentes nichos profesionales, se descubrirá que en el fondo no son otra cosa que reglamentos destinados al proteccionismo y el reduccionismo profesional, en la medida que pasan más tiempo dedicados a establecer fronteras entre “lo que se puede hacer” o “quién puede hacerlo” que a cualquier otra cosa. Se trata de un problema generado en un modo de proceder político, económico y profesional arraigado, limitante y reduccionista muy típicamente español, amén de rancio, por cierto. Comenta el criminólogo Juanjo Medina en su blog que: “en USA uno de mis directores de tesis fue licenciado en filología inglesa, máster en sociología urbana, doctor en antropología, y es catedrático de criminología. El otro era ingeniero, fue catedrático de criminología y ahora lo es de derecho. ¿Intrusismo profesional? Por supuesto que no. No hay un perfil profesional de lo que ha de ser un licenciado en criminología, como tampoco lo hay para casi ninguna otra carrera. No en una economía moderna, dinámica y flexible.[1]” Y así debiera ser, en efecto.

Pero la criminología moderna –no esa vieja criminología arcaizante que se dispensaba en las facultades de derecho patrias hasta hace unos años y que era poco más que una penología engordada- se ha presentado en la España del siglo XXI con fuerza renovada, introduciéndose en las universidades con planes de estudio extremadamente ambiciosos sin contar, precisamente, con la dificultad intrínseca de que España siempre ha sido un país de lindes y territorios –a menudo no muy bien avenidos- en el que, al parecer, todos los nichos profesionales están tan bien cerrados y repartidos que ya parecen no caber nuevas profesiones, y en el que la amenaza del intrusismo profesional es una constante. Un problema, por cierto, extensible al egresado universitario en general aunque aquí hablemos solo de una tipología en concreto, pues este mismo problema afecta a todas las carreras.

No quiero decir con todo esto, por cierto, que sea innecesaria una cualificación profesional básica para el ejercicio de una profesión determinada sino, antes bien, que existe una confusión interesada entre la titulación académica y el ejercicio de la profesión que no quiere asumir que se trata de ámbitos humanos diferentes y en el que a menudo se funciona por criterios necesariamente muy dispares. Consecuencia: proliferación de títulos universitarios oficiales y no oficiales que, paradójicamente, no habilitan -o lo hacen parcialmente- para el ejercicio de ciertas profesiones… Profesiones para cuyo ejercicio es innecesaria –o simplemente no existe- una titulación específica y en las que cabe cualquier cosa… Investigadores que no tienen dónde investigar… Egresados que no consiguen en toda su vida un contrato dentro de su campo de conocimiento… Fuga de cerebros… En fin: un mercado laboral tan poco flexible como incomprensible en el que cada cual trabaja donde puede y en el que cada empresa contrata “perfiles” antes que trabajadores. Cosas de la “titulitis” ancestral y del desprecio endémico del capital humano patrio. Tal es el estado de cáos imperante que incluso la propia legislación incurre en falacia de circularidad: “La calificación de una actividad como profesional no depende de exclusivamente de estar en posesión de un título que acredite una cualificación. Si bien es cierto que la titulación es indispensable en la mayor parte de las actividades que se engloban en los epígrafes profesionales, no es determinante desde el punto de vista fiscal[2].”

El criminólogo, al que se presupone especialista en el estudio, análisis y comprensión del fenómeno criminal y en la prevención del delito, aunque en realidad no exista un definición completa o explícita de lo que sea criminología por cuanto ha padecido -aunque ahora empiecen a clarificarse las cosas- de los problemas escolásticos e interdisciplinares que a menudo aquejan a las ciencias sociales, a la hora de la verdad no es especialista en nada, o al menos no lo es en los términos en los que la legislación establece como supuesto “especialista”[3]. De tal suerte, acorralado profesional y jurídicamente, los estudios criminológicos van camino de convertirse en “eso” que estudian el policía, el abogado o el funcionario que quieren sumar unos puntos para su promoción profesional y poco más. Casi nada más. Esto ya lo conocen bien en otros sectores profesionales y académicos atiborrados de titulaciones marcadas por la multidisciplinariedad. Así los jóvenes que vienen buscando profesión, oficio, trabajo de criminólogo inspirados por ese glamour que destilan series televisivas, lecturas o películas más o menos afortunadas, encuentran poca cosa: puertas cerradas, buenas palabras y mucha muralla tan infranqueable como bien defendida. Justo lo contrario que debería exigirse en un mundo moderno en el que no hacemos otra cosa que hablar de globalización, flexibilidad, dinamismo, progreso laboral y personal, sinergias, calidad, excelencia e interdisciplinariedad. La magia perenne de las palabras: tan fáciles de decir, tan difíciles de llenar de significado.

No en vano, si nos vamos a poner reglamentistas, sería exigible a las administraciones -que tanto exigen a su convenciencia- que del mismo modo que licitan a los centros académicos para “vender” y formar en determinadas titulaciones, como contrapartida arbitraran también los medios útiles para que tales titulados pudieran ejercer su profesión en libertad. Pero en lugar de ello, se abandona jurídicamente al alumno/a, se permite -e incluso instiga- la emisión de títulos a los que no se ha dotado del adecuado contenido profesional y luego se deja a las personas ahogarse en el limbo y padecer toda clase de frustraciones. Tal vez, quiero pensar, del mismo modo que la falta de control por parte del Estado puede dar lugar a desmanes y desajustes, el exagerado intervencionismo de los tiempos presentes en los ámbitos educativos y profesionales sea una fuente igualmente perniciosa de perjuicios. En algún lugar del termino medio, seguramente, las cosas se desenvolverían mejor.

Como vemos, la cuestión propuesta da para mucho en la medida que, como indiqué al comienzo, pasa por la resolución de otras relacionadas con la profesión y la titulación, así como con la posesión y el ejercicio de capacidades. Problemas que en una sociedad moderna, de economía cambiante y modelos profesionales inestables, debiéramos resolver cuanto antes. Una dificultad que España, país especialista en generar procedimientos hiper-burocratizados, anticuados, opresivos y controladores en extremo sobre el ejercicio profesional, docente e investigador, no afronta y que tal vez explique, en última instancia, buena parte de los males estructurales y perennes que aquejan a su economía.


[1] https://dedelitosypenas.wordpress.com/2012/10/22/la-profesion-de-criminologo/

[2] http://www.pymesyautonomos.com/fiscalidad-y-contabilidad/actividad-empresarial-o-profesional

[3] “La palabra Criminología deriva del latín criminis y del griego logos, que significa el tratado o estudio del crimen. Las definiciones, incumbencias, divisiones y alcances de esta Ciencia, fueron variando de acuerdo a los distintos autores, Criminólogos y lugar geográfico, según los diversos enfoques y encuadres teóricos, como asimismo de acuerdo a la época en las que fueron expresadas.” (http://www.estudiocriminal.eu/criminologia.htm).

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