El mito vampírico: entre la antropología y la literatura

Se insiste hasta el hastío en que el irlandés Bram Stoker se inspiró en la figura de Vlad III de Valaquia -popularmente conocido como Vlad Tepes, Vlad Dracul o Vlad el empalador– para construir el personaje del vampiro por antonomasia, pero no parece que sea verdad más allá de las meras similitudes físicas y nominales. De hecho, Tepes fue un tirano homicida y brutal, por otra parte no más que cualquier otro reyezuelo de aquellos días y latitudes, pero jamás practicó el vampirismo ni existe constancia documental alguna de que así fuera. Lo cierto es que la conexión parece menos estrecha de lo que se presume y es, básicamente, una leyenda urbana difundida y acrecentada, más por apasionamiento que por malicia, por muchos de los seguidores y críticos de la archiconocida -y excelente- novela. Hasta donde puede afirmarse sin caer en especulaciones, el dramaturgo irlandés era miembro de la orden ocultista conocida como Golden Dawn, siendo allí que se le da a conocer la existencia del personaje histórico. Interesado en el mismo, y acicateado por la preexistente leyenda popular construida en torno a la vida del “Drácula real”, Stoker se limitó a utilizar poco más que el nombre y la apariencia física de Tepes para dar forma a su personaje. No olvidemos que el escritor jamás estuvo en Rumanía, conocía el país únicamente a partir de los escasos testimonios de unos cuantos libros de viajes, y las referencias históricas en torno a de Vlad Dracul en la literatura científica de la época eran vagas, harto confusas y a menudo no sobrepasaban el rango de la simple y llana invención.

Vlad Tepes, según un retrato de la época.
Vlad Tepes, según un muy popular retrato de la época.

La verdad es que una vez madurado el personaje central, puede que con la ayuda de un misterioso “catedrático” de la Universidad de Budapest llamado Arminius Vambery -de cuya vida se sabe poca cosa con la excepción de que fue un devoto viajero y escritor obsesionado por el folklore turco-húngaro y que, probablemente, nunca fuera profesor universitario-, Stoker construyó su novela desde bases antropológicas, prestando suma atención a las leyendas y mitos del folklore del centro y del este de Europa. En ellas la figura del vampiro y el sinfín de cuentos populares que protagoniza, se constituyen en piedra angular de muchas supersticiones y manifestaciones tradicionales. Se presume también que fue capital en la conformación final de la figura del celebérrimo vampiro de la ficción la historia de otra terrible asesina en serie real, esta sí estrechamente relacionada con la sangre y cercana en el tiempo a Vlad Tepes: Erszebeth Bathory.

Bram Stoker en el momento cumbre de su fama. A pesar del enorme éxito de su obra, falleció solo, demente y en la indigencia.
Bram Stoker en el momento cumbre de su fama. A pesar del enorme éxito de su obra, falleció solo, demente y en la indigencia.

Por otro lado, una de las inspiraciones literarias fundamentales de Bram Stoker, pues cuando comienza a escribir su novela en 1890 el tema de los vampiros no suponía ni mucho menos una novedad y contaba con una notable tradición en el seno de la tradición literaria gótica, fue Carmilla, del afamado escritor Sheridan le Fanu.

Por supuesto, los propios rumanos no han hecho nada por deshacer esta singular cadena de equívocos y malversaciones históricas a fin de montar un impresionante –y comprensible- negocio turístico alrededor de Tepes, sus nebulosos castillos, su oscura historia de crueldades, sus empalamientos masivos y el circo de sus supuestos e indemostrados “rituales vampíricos”.

El hecho es que los primeros eslabones literarios que conducen a la mitificación literaria –y cultural- del vampiro se venían encadenando desde 1797, cuando Goethe escribe La novia de Corinto y, casi de inmediato, Samuel Taylor Coleridge publicó el poema titulado Christabel. Sin embargo, puede decirse que el relato de adoradores de la sangre que introduce el vampirismo en la modernidad –titulado como no podía ser de otro modo El vampiro– fue creación de John Polidori, aunque estuviera falsamente atribuido durante mucho tiempo a Lord Byron. En la línea de los relatos góticos alemanes en los que se inspira, la historia de Polidori vio la luz en 1819, en las páginas del New Monthly Magazine, y obtuvo un éxito notable que influyó enormemente en muchas variaciones posteriores sobre el tema, como las de Nicolai Gogol, Nathaniel Hawthorne o el antes referido de Sheridan Le Fanu. Así, este tipo de personajes e historias se hicieron con el paso del tiempo enormemente populares y demandados por el público. Lo interesante es que los protagonistas de los relatos de Polidori y Le Fanu adquieren una variante perversa: su proverbial aspecto de maldad y diabolismo que se hará tópico en relación a la figura del vampiro.

Portada de la primera edición integral (1847).
Portada de la primera edición integral (1847).

Era, por tanto, cuestión de tiempo que apareciese la primera novela de vampiros contemporánea, que no fue precisamente la de Bram Stoker sino un folletín británico, editado por entregas, que se hizo muy popular y que con toda probabilidad el propio Stoker conocía muy bien: nos referimos a Varney, The Vampire or The Feast of Blood, creación del escritor James Malcolm Rymer -aunque también mal atribuida durante décadas por algunos especialistas a un coetáneo suyo, Thomas Preskett Press- que vería la luz entre 1845 y 1847. Se trata de un texto vastísimo, de un abigarrado espíritu romántico, que cuando al fin se editó por primera vez en formato libro adquirió proporciones ciclópeas: 220 capítulos y más de 800 páginas a dos columnas impresas en letra minúscula.

Muchos son los relatos de vampiros posteriores, e incluso contemporáneos, cuyos protagonistas adoptarán características físicas y psíquicas muy similares a las de Varney, por lo que puede decirse que con él eclosionó el vampiro de ficción tal cual se ha popularizado en la cultura occidental. Además, Varney introduce un detalle que ha terminado siendo muy relevante en las historias de vampiros del presente: el vampiro es un ser con conciencia moral, que se sabe maldito y sufre tanto por ello como por la monstruosidad de sus actos. Consecuentemente la célebre y multimillonaria Saga Crepúsculo no ha inventado absolutamente nada y, como prueba, contemos el final del trágico Varney: martirizado por la culpa e incapaz de encontrar el medio de recuperar su humanidad para reencontrarse con el Altísimo, decide terminar con todo arrojándose a un volcán.

Te parecerá mentira, pero esto está muy visto.
Te parecerá mentira, pero esto está ya muy visto.

Sin embargo, es un hecho que en todas las culturas, cierto que con características definitorias y preferencias depredadoras muy particulares, existen vampiros. No hay lugar en el mundo en el que este tipo de leyenda -seres que chupan sangre, que absorben el alma, que parasitan la energía vital de sus víctimas en cualquier forma- no exista en alguna forma. Baste recordar los vampiros espaciales con los que el cineasta Tobe Hooper agasajó a los fans del cine fantástico en su singular Lifeforce (1985). Y no podemos atribuir este hecho a la casualidad sino, en todo caso, a la necesidad de razonar determinados sucesos que han tenido lugar en algún momento y que nadie ha sido capaz de explicar o comprender. Se trata del fundamento y mecanismo de toda leyenda nacida o por nacer: el pensamiento mágico que es parte intrínseca de la condición humana y que, simplificando, permite llenar de sentido cualquier forma de misterio impenetrable para encajarla en un ámbito concreto de la existencia.

Así por ejemplo, los pueblos eslavos, origen de la visión propiamente occidental del mito vampírico, distinguían entre dos tipos de muertos: los “puros”, que fallecían por causas enteramente naturales, y los “impuros”. Entretanto el muerto puro alcanzaba el rango de influencia benéfica y protectora para la familia y el clan, el impuro, que era resultado de fallecimientos violentos y prematuros, o habían sido en vida practicantes de la brujería, personas malvadas, viciosas, perversas o simplemente de poco fiar, se convertían en origen de toda suerte de calamidades y desgracias para sus allegados vivos. Se les atribuían las enfermedades, las epidemias e incluso las muertes del ganado -en Europa Occidental este “honor” fue copado durante siglos por las supuestas brujas-. Estos fallecidos malditos recibían el nombre de “upir” o “nav” sobrevivían víricamente, chupando la sangre a los vivos, y se les creía capaces de mostrarse en forma de aves como el cuervo cuyo graznido, en muchos lugares, se consideraba presagio de muerte. De hecho, el upir -de ahí que el nombre de la rama antropológica que estudia el fenómeno del vampirismo sea el de upirología- era un auténtico muerto viviente pues el folklore eslavo anterior a la llegada del cristianismo no era animista y, por lo tanto, estimaba que era el propio cadáver físico del fallecido maldito el que volvía de la tumba y trataba de retornar al hogar. Por consiguiente, la única defensa posible cuando se sospechaba que un vampiro rondaba a la familia durante la noche tomaba la forma de todo aquello que impedía al muerto acercarse materialmente al hogar: muros, vallas, cerrojos, fuego, corrientes de agua, y toda suerte de remedios disuasorios de índole físico-química, como los ajos o los amuletos del tipo que fuere.

Richard Trenton Chase
Richard Trenton Chase, conducido a los juzgados.

No obstante, con el tiempo hemos asumido que, en efecto, los vampiros existen más allá de las creencias o la ficción. Cierto que no como en la historias de campamento, en los cuentos infantiles o en la literatura, pero sí de un modo más descarnado y aterrador: pensemos en Richard Trenton Chase, el conocido como Vampiro de Sacramento, un demente que asesinó a cuatro personas para beberse su sangre y curarse –según él- de una inexistente dolencia que diluía sus vísceras y convertía su propia sangre en polvo. Antes se había hecho experto en degollar pájaros, conejos, ovejas e incluso vacas para mantener su angustiosa dieta… Si nos retrotraemos a épocas pasadas de nuestra historia, momentos en los que la ciencia era un ideal antes que una realidad, en los que el analfabetismo, el misticismo, los ritos esotéricos y las supersticiones eran norma de vida, comprenderemos perfectamente que estos vampiros, por incomprendidos, en realidad siempre fueron tipos como Chase. Enfermos mentales, parafílicos delirantes de la sangre. No es que con esta constatación se pretenda destruir la magia de los viejos mitos, entiéndase bien, pues descubrir la verdadera naturaleza del monstruo sólo ha servido para cambiar el misterio de sitio, para alumbrarlo con nuevos focos. Ahora la “magia” simplemente es otra porque lo desconocido ha cambiado de aspecto y el “misterio” ha cambiado tanto de lugar, como de enfoque.

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