La música “del diablo”

Buena parte de la leyenda negra que acompaña al rock comienza en 1956 cuando un pastor pentecostalista, Albert Carter, lo condenó públicamente como música atea destinada a convertir a los jóvenes en adoradores del diablo y destructores de lo sagrado. Comentarios que no tardaron en extenderse a lo largo y ancho de los Estados Unidos para provocar una verdadera ola de pánico moral. Por aquellos días, por cierto, ya corría por ahí la leyenda de Robert Johnson, el célebre bluesman negro que supuestamente se encontró con el diablo en un cruce caminos siendo adolescente[1].

Las autoridades no tardaron en optar por la censura, las comisiones de investigación y la búsqueda de medidas para el control de la industria discográfica. Los propios artistas fueron víctimas de esta crisis moral en la medida que muchos de ellos procedían de modestas familias tradicionalmente religiosas. Así por ejemplo el propio Elvis Presley, nacido y criado en una familia fundamentalista cristiana, quien nunca superó muchos de sus tabúes morales a pesar de su éxito y el enorme reconocimiento social que recibió a lo largo de los años: “Éramos una familia muy religiosa –recordaría-. Íbamos siempre juntos a los oficios [de la First Assembly of God Church] y a cantar a los campamentos estivales y a las reuniones evangelistas. Desde que tenía dos años todo lo que sabía cantar era música góspel”[2].

El Bowie andrógino que marcó una época: más de un padre se pilló un buen cabreo cuando su hijo empapeló la habitación con este tipo.
El Bowie andrógino que marcó una época: más de un padre se pilló un buen cabreo cuando su hijo empapeló la habitación con este tipo.

Lo cierto es que la ambivalencia moral, quizá su carácter necesariamente amoral, hizo muy pronto que el rock ganase ingentes cantidades de enemigos entre los sectores más conservadores de la sociedad occidental. Algunos artistas encontraron la manera de conjugar ambas posturas aparentemente contradictorias, el rupturismo moral del rock y las restricciones de la fe religiosa, pero la mayoría no hallaron el camino y se vieron obligados a tomar partido. De hecho, durante los años sesenta el rock se convirtió en uno de los temas favoritos de los sermones de los pastores evangélicos, creándose con ello una larga escuela de críticos y criticones dispuestos a ver la huella del demonio tras cualquier cosa que oliera a transgresión musical. Al fin y al cabo, buena parte de las estrellas del rock se reconocían abiertamente homosexuales lo cual, ya que estamos, era para muchos casi peor que la sospecha de haber vendido el alma al diablo. Otras, como David Bowie, se limitaron a jugar al mensaje de la indefinición sexual a fin de fomentar una imagen contracultural e irreverente.

Gary Greenwald vendiendo el rollo del "backmasking"... Aunque parezca mentira, este tarugo de gastó miles de dólares en discos "diabólicos" para escucharlos al revés.
Gary Greenwald vendiendo el rollo del “backmasking”… Aunque parezca mentira, este tarugo de gastó miles de dólares en discos “diabólicos” para escucharlos al revés.

En buena medida, el tema de la adoración del diablo no ha sido otra cosa que una estrategia comercial útil iniciada, paradójicamente, por quienes pretendían condenarla. Leyenda arriba o abajo, el gran culpable de su proliferación y extensión no fue otro que un pastor cristiano fundamentalista, el padre Gary Greenwald, quien en la década de 1970 hizo mundialmente famoso el procedimiento llamado backmasking (o enmascaramiento del revés). En su opinión, muchos discos de pop y rock, al ser escuchados en el sentido contrario al habitual, reproducían mensajes ocultos, supuestamente satánicos, que tenían el potencial de inducir subliminalmente a los sujetos a realizar actos perversos y contrarios a su voluntad. Muchos fueron los artistas acusados de realizar esta práctica, desde los Beatles a Led Zeppelin, pero lo cierto y verdad es que no ha podido establecerse de un modo fidedigno que los supuestos mensajes encontrados por Greenwald fueran otra cosa que curiosas asociaciones de sílabas y acentos. Debe pensar el lector que el inglés es un idioma que no se pronuncia como se escribe, lo cual a menudo origina esta clase de extrañas confusiones auditivas muy improbables, por cierto, en otros idiomas como el nuestro. Por otro lado, está por demostrar que, aun existiendo estos mensajes, el oído humano fuera capaz de interpretarlos y verse influido por ellos. A día de hoy la evidencia empírica a este respecto es inexistente.

"Welcome to Hell" (1981) es el primer LP de Venom. Como se puede comprobar, el mensaje a los fans es muy sutil.
“Welcome to Hell” (1981) es el primer LP de Venom. Como se puede comprobar, el mensaje a los fans es muy sutil.

Sin embargo, y desde entonces, los seguidores de Greenwald han dedicado millones de horas a la singular -y francamente estúpida- práctica de escuchar discos al revés, acusando a lo largo de los años a cientos de artistas de introducir esta clase de mensajes. Más aún, músicos y bandas, como es el caso de los británicos Venom, comenzaron a incluir a propósito en sus discos este tipo de mensajes e imaginerías en lo que sería, más allá de una irónica y nada inocente estrategia comercial basada en el escándalo, un guiño rijoso a sus aguerridos fans. Otro de los que más comúnmente lo ha hecho y con no poco éxito es el controvertido artista Marilyn Manson.

El célebre "Sargento Pimienta"... Algún iluminado consideró que este disco colorista, regado de LSD y aparentemente inocente, era un auténtico tributo al demonio.
El célebre “Sargento Pimienta”… Algún iluminado consideró que este disco colorista, regado de LSD y aparentemente inocente, era un auténtico tributo al demonio.

Tampoco las portadas, ya que hablamos de imágenes, de los discos se han escapado al ojo crítico de los cazadores de demonios desde que los Beatles tuvieran la ocurrencia de introducir, entre el montón de personajes populares que se presentan en la portada de su legendario (y excelente) album Sargeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967), el rostro del conocido satanista Aleister Crowley. A nadie preocupó, porque así son estas cosas, la presencia en la misma imagen de Edgar Allan Poe, Oscar Wilde, Stan Laurel, Oliver Hardy o el mismísimo Bob Dylan. El hecho valió al cuarteto de Liverpool una longeva historia alternativa de adoraciones al diablo y mitos musicales y personales jamás corroborados -el más necio de todos: que John Lennon falleció para ser sustituido por un doble que ocupó lugar en la banda-. Leyendas urbanas que terminarían por verse reforzadas en el imaginario colectivo, de suerte nefasta, a causa de la vinculación que Charles Manson estableció entre los crímenes de “La Familia” y el tema Helter Skelter, o el luctuoso final del siempre complicado Lennon, al ser tiroteado por el despechado Mark David Chapman a las puertas del neoyorkino edificio Dakota el 8 de diciembre de 1980.

Primer LP de la banda británica Black Sabbath... Los más crédulos del corral dicen que esta señora no ha existido nunca. Lo más interesante del caso es que sin la señora de por medio, la portada habría sido una completa birria... ¿no?
Primer LP de la banda británica Black Sabbath… Los más crédulos del corral dicen que esta señora no ha existido nunca. Lo más interesante del caso es que sin la señora de por medio, la portada habría sido una completa birria… ¿no?

Sin embargo, la más famosa historieta de portada de rock maldita es la del primer disco de un grupo largamente relacionado -y buen dinero que les ha dado- con la adoración satánica: Black Sabbath. En ella aparece una mujer vestida de negro rodeada de un bucólico paisaje británico dominado por la presencia de una enorme casa de campo. Lanzado –intencionadamente, por supuesto- el viernes 13 de febrero de 1970, no es sólo es un excelente y aclamado disco de debut a pesar de la malas críticas entre la prensa especializada que cosechó, sino también un trabajo rodeado de una leyenda peculiar: se hizo correr la especie de que cuando se reveló la fotografía de la casa, supuestamente embrujada, apareció por sorpresa esa mujer que, dicen, no estaba allí en el momento en el que el fotógrafo Marcus Keef captó la imagen. Lo cierto es que ni la banda ni la discográfica llegaron a afirmar jamás que esta historia fuese cierta, pero intuyó con buen criterio que tampoco debía hacerse nada para desmentirlo. Muy pronto se difundió entre los aficionados el cuento sobrenatural, llegándose a decir que ni tan siquiera la casa en sí misma existía, lo cual es obviamente falso pues el lugar está perfectamente identificado y se trata del molino de agua de Mapledurham, en Inglaterra. De la mujer, por otro lado, no se ha llegado a saber nada a pesar de que algunos periodistas se esforzaron por encontrarla sin resultados, pero la hipótesis más plausible y nunca discutida es que se tratara de una modelo de escaso éxito de la que nunca más se supo.

Los críticos religiosos y otros alarmistas afines siempre han demostrado con sus diatribas fundamentalistas y escasamente documentadas haber entendido poca cosa, no ya de esa música que solo escuchan al revés, sino también acerca de la filosofía subyacente al rock mismo. Es cierto que su estética y conducta supera con amplitud los márgenes de los cultos cristianos tradicionales en la medida que propugna la rebelión, la irreverencia y el desorden, elementos que repugnan sin excepción los siempre estructurados y doctrinarios cultos religiosos, pero al mismo tiempo el rock es una música de enorme carga emocional y una fuerte perspectiva espiritual que no puede ser analizada solo externamente. No podría comprenderse el origen del rock sin el góspel, del mismo modo que tampoco podría comprenderse la evolución de muchas de sus estrellas hacia caminos espirituales, e incluso hacia la salvación vital y moral, sin su vertiente mística, sin su énfasis manifiesto y muy extendido en el amor, la trascendencia y la tolerancia. “Ninguna metáfora  ha evocado mejor el espíritu fugaz de aquel tiempo que el estribillo de una canción que en su expresión y contenido recoge aquella ligereza que actualmente no es tan difícil de entender en su liviandad y superficialidad: if you can`t be the one you love, love the one you’re with, cantaba el cuarteto Crosby, Stills, Nash & Young, que actuó unido en Woodstock por segunda vez. Una confesión de fe, una cita de la Biblia underground […]. Poder compartirlo todo, sin celos, envidia o competencia: amar y vivir, comida y drogas, música e incluso paz –en eso creían, totalmente en serio, y también creíamos muchos de nosotros. En medio de ese sueño, nadie pensaba en la carrera o el consumo. Ni siquiera en la catástrofe del SIDA.”[3]


[1] De vida oscura y poco conocida, se cuenta que siendo un adolescente el músico negro Robert Johnson (1905-1938) –apodado como “el abuelo del rock and roll”- se perdió durante la noche en un cruce de carreteras de Clarksdale (Mississippi), tradicionalmente uno de los lugares más adecuados para establecer pactos con Satanás. Allá se encontró con un hombre blanco vestido de negro, que le propuso la compra de su alma a cambio del éxito como intérprete. Johnson accedió y el tipo se limitó a tomar la guitarra que el bluesman siempre llevaba consigo para afinarla. Esto explicaría por qué las letras de las canciones de Robert Johnson  tocaban a menudo temas como el vudú, el ocultismo o la adoración satánica y, dicen los más crédulos, también el hecho de que Johnson muriera prematuramente, por causas no del todo aclaradas, cuando solo contaba veintisiete años de edad. Fue el precio que hubo de pagar a cambio de su rápido éxito, forjado únicamente en las veintinueve canciones que dejó grabadas [Komara, E. (2007). The Road to Robert Johnson, The genesis and evolution of blues in the Delta from the late 1800s through 1938. Milwaukee (WI): Hal Leonard].

[2] García, J.C. (ed.) (2000). Elvis, el rey del rock. Barcelona: RBA, p. 8.

[3] Schmitt, U. (1994). “Una nación por tres días. Sonido y delirio en Woodstock”. Schultz, U. (dir.), La fiesta. De las Saturnales a Woodstock. Madrid: Alianza, p. 76.

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