Demonios y brujas

Hace tan sólo 150 años que el común de los mortales creía en la hechicería y la brujería. Hoy en día la creencia aún permanece revestida de tradición y pseudorreligiosidad así como de falsa ciencia en otros. Ya no se celebran aquelarres multitudinarios como los de entonces –si es que alguna vez fueron tan multitudinarios como se dice, lo cual no está documentado-, pero de vez en cuando nos vemos sorprendidos por medios de comunicación que hablan de la existencia de supuestas sectas satánicas que llevan a la práctica rituales tan extraños como extravagantes[1]. Encontramos personas que siguen postulando la existencia del mal de ojo o, sencillamente, nos vemos apabullados con la proliferación de una nueva casta de hechiceros, magos y brujas que dicen poder predecir el futuro, limpiar energías negativas, invocar y erradicar fantasmas o realizar cualquier suerte de conjuro. El hecho de que existan y se consuman páginas dedicadas a la astrología por doquier da buena cuenta del poso cultural que han dejado estas tradiciones del pasado. Sin embargo, lo que hoy no es más que un pasatiempo o un estilo de vida “alternativo” fue tenido durante muchos siglos por un crimen execrable que podía costar muy caro. De hecho, los estudios pretendidamente serios sobre el tema de la brujería y la demonología en tanto que herejías cristianas, se multiplicaron entre los siglos XV y XVIII, encontrando su punto culminante alrededor del año 1600. “Los anales de la brujería [explica Robbins] son terribles y brutales: la degradación ahogó la honradez, se enmascararon las pasiones más bajas tras la protección de la religión y el intelecto del hombre se trastornó de tal modo que perdonó bestialidades que ni los yahoos de Swift hubieran cometido sin sonrojarse. Nunca hubo tantas personas tan equivocadas ni que mantuvieran su error tanto tiempo. La brujería destruyó los principios del honor y la justicia: abrió de par en par las puertas del Salón de la Vergüenza”[2].

Aquelarre, Francisco de Goya.
Aquelarre, Francisco de Goya.

Pese a que la brujería y la demonología no eran inventos nuevos en la Alta Edad Media, fueron las matizaciones de los teóricos del cristianismo y del catolicismo las que las llevaron a convertirse en lo que fueron a posteriori[3]. De hecho, debe concederse principalmente a San Agustín de Hipona el más que dudoso honor de ser “inventor” de la brujería y la demonología en un sentido no mítico. Tal vez a causa de la vida licenciosa que llevó antes de sucumbir a la Revelación, San Agustín se decía un experto detector de diablos que parecía tener una virtud especial para encontrarlos por todas partes. Con la proverbial capacidad para la condena de lo rechazable en el nuevo estatus de que goza el renegado pasó, por ejemplo, de ser un fanático de la astrología a considerar que “estas prácticas son asimismo objeto de rechazo y condenación por parte de la auténtica piedad cristiana que es consecuente consigo misma”[4]. Así, cuando sentó las bases del derecho canónico, creó una interminable lista de normas para la persecución y evitación del demonio así como diversas denominaciones de la corte demoníaca que fueron citadas sin solución de continuidad por eruditos posteriores. Lo cierto, no obstante, es que hasta el siglo XIII la brujería sólo gozó de la consideración de delito en aquellos casos excepcionales en los que, de un modo u otro, pudiera probarse que había producido daños a terceros, cosa que tampoco sucedía muy a menudo. De hecho, los curanderos, hechiceros y adivinos solían recibir el mismo tratamiento legal y judicial que las prostitutas[5].

Esta situación de tolerancia controlada para con las brujas –que no hacia los colectivos de otras religiones como la judía- empezó a sufrir cambios significativos a comienzos del siglo XIV, momento en el que la Iglesia decide tomar cartas en el asunto de la hechicería y empiezan a promulgarse las primeras disposiciones verdaderamente restrictivas en su contra. Debe hacerse notar que, al menos en un primer momento, existieron matices en lo que a la consideración criminal de la brujería y la hechicería respecta: el cristianismo no se oponía a la creencia de que algunos seres humanos podían interrumpir el curso de la naturaleza a su antojo pues, en realidad, en esto consistían los supuestos milagros de los santos. Eran las alteraciones del curso natural de los acontecimientos que pudieran ser atribuidas al concurso de supuestos demonios las que debían perseguirse. Importa señalar que, obviamente, en un magma intelectual como este a nadie le cabía la menor duda de que la brujería era algo en absoluto excepcional, y que formaba parte de la vida diaria del común de los mortales.

La práctica de la brujería, a causa de estas primeras presiones externas, empezó a transformarse en algo oculto, propio de iniciados y ajeno a la vida social del vulgo. En efecto, es precisamente en este punto de inflexión histórico en el que nacen prácticas sectarias como la del aquelarre que, según diversas fuentes, ya en 1400 debía estar constituida como tal[6]. Y con ello, se fue gestando en las disposiciones penales inquisitoriales el concepto de herejía o traición a Dios, presente en el derecho canónico desde el IV Concilio de Letrán (1215) presidido por Inocencio III, que se convertiría ya en delito a todas luces oficial cuando la Inquisición decidió condenarla públicamente en el año 1375. “La sociedad europea medieval [indica Szasz a este respecto] estaba dominada por la Iglesia. En el seno de una sociedad religiosa, toda desviación tenía que ser concebida en términos teológicos: quien se desvía es la bruja, el agente de Satanás. En consecuencia se catalogaba como ‘heréticos’ a la hechicera que curaba las enfermedades, al hereje que pensaba por sí mismo, al fornicador que abusaba del placer sexual y al judío que –inmerso en una sociedad cristiana- rechazaba sistemáticamente la divinidad de Jesús; no se paraban mientes en los abismos que pudieran diferenciarlos entre sí. […] cada uno de ellos era un enemigo de Dios que debía ser perseguido por la Inquisición”[7].

En 1484, el Papa Inocencio VIII promulgó la bula Summis Desiderantes Affectibus que supuso la persecución, tortura y condena de centenares de miles de personas supuestamente dedicadas a la brujería, la hechicería, la adoración del diablo y toda otra suerte de supuestas herejías que se pudiera imaginar durante los tres siglos siguientes. Este documento no añadía nuevo a las disposiciones al respecto puestas en circulación durante el IV Concilio de Letrán, pero sí refundía su texto oficializando la caza de brujas: “Ha llegado a nuestros oídos, no sin afligirnos con amargo pesar, que […] muchas personas de ambos sexos, olvidadas de su propia salvación y apartándose de la Fe Católica, se han entregado a los demonios, íncubos y súcubos […]. Decretamos y ordenamos que los antedichos inquisidores gocen de la facultad de proceder a la justa corrección, encierro y castigo de cualesquiera personas, sin obstáculos ni impedimentos, con todos los medios, como si las provincias, parroquias, diócesis, distritos, territorios y, lo que es más, como si las mismas personas y sus crímenes de esta categoría estuvieran nombrados y designados individualmente en Nuestro documento […]”[8]. El texto de la bula se completó dos años más tarde con la publicación del célebre manual para los cazadores de brujas (el Malleus Maleficarum o Martillo de Brujas), lo cual dio pie a la súbita aparición de una desconocida hasta entonces epidemia de brujería a lo largo y ancho de la Europa cristiana[9].

A pesar de que todo cuanto se dice en el Martillo de Brujas resulta disparatado y absurdo, no es menos cierto que cometeríamos una injusticia histórica si olvidáramos que Heinrich Krämer y Jacob Sprenger, los dos inquisidores dominicos que concibieron el texto, gozan en igual medida del privilegio de ser los primeros en publicar un auténtico manual policial entendido en un sentido moderno, esto es, destinado a la instrucción sistemática del defensor de la ley para la persecución, detección, confesión, procedimiento penal y castigo de cierta clase de delitos. Por lo demás, comienza con una declaración de principios que delimita perfectamente la naturaleza y alcance del crimen que se persigue: “La creencia en la existencia de brujas constituye una parte tan esencial de la Fe Católica, que obstinarse en mantener la opinión contraria huele indefectiblemente a herejía”[10]. O, dicho de otro modo, Satanás y sus servidores también forman parte de la religión cristiana al igual que Dios y sus santos, sin que pueda caber duda alguna al respecto, y negar por tanto que las brujas puedan existir ya es en cierto modo hacerse sospechoso de herejía y brujería.

Portada de una de las múltiples ediciones del
Portada de una de las múltiples ediciones del “Malleus Maleficarum” (Krämer y Sprenger).

Desde los nuevos parámetros brujo o bruja, en sentido estricto, serían todas aquellas personas que inducen, valiéndose de medios mágicos o de la simple seducción, a otro u otros a realizar cualquier clase de prodigio maligno, o a mantener relaciones con demonios. De este modo, el inducido, en la medida que sujeto bautizado y miembro de la Iglesia de Dios que cede a la tentación, habría de ser contemplado como un hereje antes que como la víctima de un engaño. Como es de suponer, el estigma de Eva se hace pronto notar en la argumentación teórica de la brujería y la hechicería, y las mujeres en general (con especial atención a las comadronas) son contempladas como brujas potenciales ya que, según los inquisidores, resultan presa más fácil de la superstición y la maldad a las que suelen ceder incluso con agrado (prejuicio de larga tradición en nuestra cultura que se vio posteriormente readaptado a los nuevos hallazgos de la ciencia). Y esto porque en el sexo femenino –señalan los autores del Malleus– el apetito carnal es “insaciable”, sin contar con el nada desdeñable hecho de que fue Eva quien supuestamente incitó a Adán al pecado. Por el contrario, los hombres parecen quedar fácilmente al margen de la práctica de la brujería por la peregrina razón de que Jesucristo nació hombre y privilegia por ello a la condición masculina. De este modo, el Martillo de Brujas se plantea desde el primer momento como una teoría grosera acerca de la superioridad del hombre sobre la mujer, pecadora irredenta, que justifica toda clase de persecuciones y castigos.

Ahora bien, no debemos equivocarnos ni en cuanto al alcance de la consideración de la brujería como crimen, ni en lo referente a su ámbito de aplicación. De hecho, cualquier clase de enajenación mental o de conducta extravagante, era susceptible de ser transformada en acto, causa o efecto de pactos demoníacos, rituales mágicos o cualquier otra suerte de circunstancias malignas. No resulta sorprendente, por tanto, que durante los siglos que duró la caza de brujas la herencia cultural de Occidente encontrase un suelo fértil sobre el que germinar y, con ello, se multiplicasen en Europa los casos de supuestos encantamientos, vampiros, ogros y hombres-lobo, así como la proliferación de leyendas que involucraban la presencia de seres sobrenaturales y quiméricos de toda especie, forma, tamaño y apariencia: ondinas, duendes, gigantes, y otro largo etcétera[11]. La literatura y el acervo popular tuvieron buen cuidado en hacerse eco de todo ello. En otras palabras: bajo el imperio moral del cristianismo el binomio Maldad-Bondad se hizo tan absoluto que, consideraciones ético-morales aparte, arraigó en la mentalidad colectiva con enorme fuerza. Así el Bien y el Mal adquirieron la inusitada capacidad de hacerse tangibles, físicos, con una facilidad pasmosa. Esto explicaría porqué hubo entonces más brujas que nunca, pero también porqué se multiplicaron los supuestos milagros y, en el ámbito católico, creció el santoral en proporción desmesurada con respecto a etapas previas de la historia eclesiástica[12]. Todo cuanto acaecía en la vida diaria era bien obra de Dios, bien trabajo del diablo, sin excepciones ni posible término medio en la ecuación.

Una enfermedad inexplicable en el seno de una familia, cualquier plaga o epidemia, la muerte de algunas cabezas de ganado o la súbita destrucción de las cosechas a causa de un temporal, y la idea de que alguien practicaba la brujería en la comunidad no tardaba en tomar forma, desencadenándose en ocasiones terribles episodios de histeria colectiva que podían llevarse por delante a decenas e incluso centenas de personas con un solo golpe del martillo[13]. Y, sin embargo, no eran los sucesos que provocaban la práctica de las brujas lo que se condenaba con extrema dureza por parte de los tribunales sino, ante todo, el delito ideológico: el hecho de la herejía, la venta del alma al diablo y la traición a Dios. El problema era que esta clase de crimen moral resultaba extremadamente difícil de identificar y catalogar porque, tal y como reconocían la mayor parte de los juristas de la época, era prácticamente imposible sorprender a una supuesta bruja in flagrante crimine. Precisamente por esto “en 1468 se declaró a la brujería crimen excepta, delito excepcional, para el que no servían ni las normas ni las garantías habituales. En los procesos por brujería se aceptaban pruebas que no se admitían en otros casos: testimonios de reuniones con el demonio, ritos mágicos y supuestas metamorfosis, aportados por niños pequeños, por cómplices, perjuros e individuos excomulgados. Se permitía la tortura con el fin de obtener confesiones de culpabilidad; de hecho, era imprescindible, pues la confesión sin tortura no se consideraba digna de crédito. Y, para asegurar el trabajo y los ingresos de todo el aparato de los cazadores de brujas, el acusado tenía que acusar a sus cómplices, quienes a su vez eran torturados hasta que confesaban y denunciaban a otros” [14]. Resulta sintomático el detalle de que en las pocas zonas en que no se consideró la idea del crimen excepta jamás hubo casos de brujería, vampirismo o licantropía dignos de mención. Así, en el ducado de Juliers-Berg (Austria), por citar un ejemplo, no se quemó a una sola bruja entre 1609 y 1682.

Una de las ilustraciones del Malleus Maleficarum.
Una de las ilustraciones del Malleus Maleficarum.

Entretanto la mayor parte de los médicos se especializaban en la detección de estigmas, marcas del diablo, enfermedades anormales que pudieran ser provocadas por actos de brujería y otras cuestiones similares, unos pocos alzaban su voz contra estas persecuciones indiscriminadas. Así por ejemplo el que fuera médico personal de Guillermo de Cleves, Johann Weyer -o Wierus- (1515-1588) quien, aún creyendo en la existencia de las brujas, sostenía que sus colegas solían emitir diagnósticos de brujería con excesiva ligereza y una frecuencia a todas luces exagerada. En su De Preastigiis Daemonum (1563) Weyer argumentaba que había muchos médicos ineptos que atribuían cualquier enfermedad incurable o cuyo remedio desconocían a actos de brujería, pocas veces sin maldad, pero en la mayor parte de los casos para ocultar su propia ignorancia y ganarse un buen sueldo. Y, en efecto, esta clase de abusos eran comunes. Tanto, que no resultaba extraño que la medicina confundiera los supuestos “efectos fisiológicos” de la brujería en una persona con lo que en muchas ocasiones no era más que el efecto de un veneno (luego de un crimen común) o de cualquier clase de enajenación mental y, con ello, se llevara a los tribunales a la confusión y a muchos inocentes al patíbulo. Y tampoco era inhabitual la acusación de brujería interesada, en contra de parientes o vecinos con los que se tenía alguna clase de deuda pendiente. Las propias autoridades recurrieron en muchos casos a estas acusaciones infundadas a fin de apropiarse legalmente de la jugosa hacienda del acusado. Ni que decir tiene que los grandes juristas de su época, como Jean Bodin[15], acusaron en sus obras a Johann Weyer de amigo y defensor de las brujas y de ser, probablemente, él mismo un brujo.

La obra de Weyer fue censurada por la Iglesia y permaneció en el índice de libros prohibidos hasta comienzos del siglo XX, pero ello no fue traba para que las voces partidarias de posiciones más humanistas al respecto, como Luis Vives (1492-1540), cuestionaran el origen demoníaco de lo que en realidad no eran otra cosa que enfermedades mentales. En la misma línea se situaron autores como Fernel (1497-1588) e incluso el célebre –y maldito- Paracelso (1493-1541), quien adoptó un punto de vista más radical para ofrecer un enfoque fisiologicista de la enfermedad mental cimentado sobre los presupuestos de la yatromecánica[16]. Sería el primero en proponer públicamente la terapia farmacológica para hacer frente a las dolencias mentales y condenó el indigno, ignorante e infamante trato social y judicial que recibían los acusados de brujería.


[1] La expresión “ritual satánico” obra ya en nuestras sociedades como un cliché cultural e inespecífico más al que se alude de forma sistemática, y poco cauta, cuando topamos con situaciones y acontecimientos social y culturalmente inaceptables, como profanaciones de cadáveres o ritos estramboticos, que en la mayor parte de los casos son obra de enajenados mentales, bromistas, gamberros o cultos sectarios de dudoso origen y fundamento.

[2] Robbins, R.H. (1988). Enciclopedia de brujería y demonología. Barcelona, Debate, p. 10.

[3] Con anterioridad a 1350, la brujería se relacionaba fundamentalmente con la hechicería y se constituía como un compendio de supersticiones populares de carácter pagano –en la medida que anteriores a la aparición del cristianismo. En tal sentido, puede sostenerse desde un punto de vista meramente antropológico que la hechicería y la magia son fenómenos globales que se remontan a las primeras sociedades humanas, reconocidos en la experiencia de todos los pueblos y culturas, que pretenden ser un intento de controlar la naturaleza y sus vicisitudes. De este modo, en toda cultura la hechicería es predecesora de la religión.

[4] Hipona, San Agustín de (1986); Confesiones. Madrid, B.A.C., p. 104.

[5] Episodios de persecución de supuestas herejías y quema masiva de herejes, como los acaecidos sobre albigenses, judíos, templarios o cátaros, que salpican el siglo XIII, solían obedecer más a condicionantes políticos, sociales y económicos que a una defensa de la religión en sentido estricto que la sociedad aceptó sin disonancias. De hecho, en estas situaciones el criterio religioso solía obrar como coartada para la masacre y no como fin en sí mismo: “Aunque los siglos comprendidos entre 1200 y 1600 fueron siglos de agonía para los judíos no lo fueron menos para los cristianos. El hecho de que las acusaciones contra los judíos llevaran la etiqueta de ‘asesinato ritual’ o ‘profanación eucarística’ en vez de ‘brujería’ o ‘herejía’, no nos debe llevar a engaño. En ambos casos se daba la misma psicología, el mismo modo de pensar, el mismo tipo de juicio, el mismo tipo de evidencia y el mismo tipo de tortura” (Dimont, M.I.; Jews, God and History. Toronto, New American Library, 1962, p. 238).

[6] Debe hacerse constar que el concepto de aquelarre –también sabbat o sinagoga, en referencia explícita a las perseguidas tradiciones “infieles” del judaísmo- tal y como es conocido en la actualidad fue en gran medida ideado y publicitado por la propia Inquisición. Resulta indudable que ante las primeras persecuciones más o menos templadas de la brujería y la hechicería, las personas aficionadas a estas prácticas debieron constituirse en grupos cerrados que las llevaban a la práctica en la clandestinidad, pero esto, más que para aliviar la presión jurídica sobre ellos, alentó sobremanera la imaginación de juristas, teólogos sacerdotes y estudiosos de la materia, que idearon la imagen actual del aquelarre como la reunión impía de un grupo de brujas y hechiceros perfectamente organizado, en la que se invocaba al diablo, se realizaban toda suerte de prácticas lujuriosas y criminales y, al fin, se parodiaba la actividad de la propia Iglesia para con Dios.

[7] Szasz, Th. S. (1974). La fabricación de la locura. Barcelona, Kairós, pp. 16-17.

[8] Bula papal de 9 de diciembre de 1484. Citado en Sprenger, J. y Krämer H. (1928). Malleus Maleficarum. Londres (trad. Inglesa de Montague Summers; de esta versión se realizó una reimpresión en 1948), pp. XIX-XX. Existe otra edición en lengua alemana de J.W.R. Schmidt: Der Hexenhammer (Berlin, 1906 y 1922; Viena, 1938).

[9] El éxito del Malleus Maleficarum queda confirmado con un dato: entre 1487 y 1669 vivió nada menos que 29 ediciones, 16 de ellas en alemán (Pacho, A. (1975); “La bula Summis Desiderantes de Inocencio VIII. Mito y realidad”. En: Brujología. Congreso de San Sebastián. Madrid, Seminarios y Ediciones S.A. pp. 291-296).

[10] Sprenger, J. y Krämer, H.; Op. cit., p. 1.

[11] Sobradamente conocidos son casos de psicópatas medievales y renacentistas cuyas andanzas se revistieron de elementos sobrenaturales, como los de Gilles de Rais, Erszebeth Bathory o Peter Stubb. El lector puede consultar el ilustrativo trabajo de Masters, R.E.L. y Lea, E. (1970). Sexualidad criminal en la historia. Barcelona, Ediciones Picazo.

[12] Véase a tal respecto el clásico e interesante estudio hagiográfico realizado por Eça de Queiroz (1990). Diccionario de milagros. Madrid, Mondadori.

[13] El más célebre de estos casos de delirio colectivo es, sin duda alguna, el de las archifamosas brujas de Salem, acaecido en Nueva Inglaterra entre 1692 y 1693. La obra más profusamente documentada, y todavía más consultada al respecto en la actualidad, acerca de los sucesos de Salem es la de Charles W. Upham: Salem Witchcraft (Boston, 1867).

[14] Robbins, R.H.; Op. cit., pp. 109-110. Para el lector interesado en profundizar en el tema de las torturas inquisitoriales, especialmente en lo que a España respecta, es muy recomendable el trabajo de Francisco Tomás y Valiente La tortura en España. Estudios históricos (Barcelona, Ariel, 1973).

[15] Como señala Jean Touchard (Historia de las ideas políticas, vol. I, Madrid, Tecnos, 1988), la vida de Bodin (1529 o 30-1596) –o Bodino– es bastante mal conocida, pero al mismo tiempo muy singular. Educado por carmelitas, es muy probable que estuviera cerca de terminar en la hoguera por su cercanía al calvinismo y, en la misma medida, también es factible que la experiencia le transformara en un radical ultracristiano. Conocido ante y sobre todo por su aportación inestimable en el ámbito de la reflexión política y jurídica, Bodin fue no obstante un gran curioso que se introdujo en multitud de temas relativos a su tiempo. También en el de la magia y la brujería, acerca de las cuales escribió dos célebres tratados titulados De la Demonomanie des Sorciers (1580), y De Magorum Daemonomanía (1581). Resulta sorprendente que un hombre de la vasta cultura de Bodin –amplio conocedor y cultivador de la economía, la filosofía, la filología y el derecho- dedicara tiempo al fomento de una superstición absurda, pero Bodin creía en estos asuntos a pies juntillas. Lo interesante en este caso es que a pesar de su protestantismo militante y de que sus obras de carácter político estaban condenadas por la Inquisición, tanto católicos como protestantes asumieron sus ideas al respecto de la brujería y el modo de combatirla (feroz, por supuesto).

[16] Pagán, G. y Ruiz, M.J.; “La historia del pensamiento psiquiátrico”. En Internet: http://www.sepsiquiatria.org (recogido en junio de 2004).

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