El Robin Hood hindú

Koose Muniswamy Veerappan nació el 18 de enero de 1952 en Gopinatham, villorrio del estado hindú de Karnataka (antiguamente Reino de Mysore), al Suroeste del país. Karnataka es en la actualidad una de las zonas más industrializadas de la India al poseer importantes recursos naturales como el oro y el manganeso. Su capital, Bangalore, es actualmente el punto neurálgico de la investigación en nuevas tecnologías, materia en la que la India invierte buena parte de sus recursos. Pero, pese a todo, el otro hecho inherente a la India es el de tratarse de un país de grandes -enormes- contrastes.

Una de las imágenes más tópicas de Veerappan, con su habitual estética de guerrillero del pueblo.
Una de las imágenes más tópicas de Veerappan, con su habitual estética de guerrillero del pueblo.

Veerappan era pastor pobre, procedente de una familia harto numerosa, también de pastores, perteneciente a la casta Thigala como la mayor parte de las familias de origen Tamil de Karnataka. A los ocho años ya trabajaba de sol a sol para ganar un sueldo de miseria entretanto otros niños de su condición -los menos- aprendían a leer. No es raro, pues, que a  los 17, al igual que otros muchos chicos de su clase, ya estuviera harto de ser honrado a cambio de un insignificante puñado de rupias, por lo que se unió a una banda de contrabandistas. El riesgo era elevado, pero se trabajaba mucho menos y se ganaba mucho más. Y pese a su juventud e inexperiencia destacó rápidamente en la estructura de la organización a causa de su inusual temperamento. Tanto que, muy pronto, empezó a ser reconocido -cuando no alabado- por su frialdad, su crueldad y su capacidad de mando. Porque Veerappan tenía madera. Era un líder nato, persuasivo, autoritario y, de ser preciso, implacable. En 1970 ya había matado a un hombre por un ajuste de cuentas y en 1972 cumplió su primera condena al ser detenido transportando un alijo de marfil.

Debió ser durante esta primera estancia entre rejas que el joven -aunque ya curtido- Veerappan empezó a imaginarse a sí mismo como una especie de Robin Hood a la hindú, al frente de su propia banda, robando a los ricos para alimentar a los que siempre habían sido tan pobres como él. Ya se sabe: estas cosas comienzan por resultar ideológicamente confusas en los furores juveniles, y terminan por convertirse en tópicos criminales adultos. Así, apenas abandona el presidio, Veerappan conforma su propia banda de 40 ladrones -como la del Alí Babá de los cuentos- lo cual nada de tiene de particular si se piensa que era muy supersticioso y que, en la India, cuna de la cábala, existe una firme y ancestral convicción en el poder mágico de las cifras [1]. Por otra parte, era una persona extremadamente religiosa, y un gran devoto de Kali, una de las deidades principales del hinduismo, por lo que se llegó a difundir la leyenda urbana de que el bandido destinaba parte de sus ganancias a la construcción un templo a la diosa que, por supuesto, no existe.

No tardó Veerappan en eliminar de suerte implacable a la banda de contrabandistas que rivalizaba con él por el control del territorio. Tampoco en convertirse en una leyenda para los habitantes de las áreas boscosas del estado de Karnataka. Incluso adoptó una imagen militarizada uniformando a sus hombres e imponiendo una rígida estructura paramilitar en su organización, con lo que muy pronto todos –empezando por él mismo- le contemplaron como un guerrillero del pueblo que había dado a su movimiento, incluso, un programa político: vengarse de los abusos indiscriminados que la autoridades ejercían sobre los más desfavorecidos, que eran muchos. Lo cierto es que Veerappan hubo de ser un jefe excepcional y terriblemente respetado pues ninguno de sus hombres alzó jamás una mano contra él, discutío alguna de sus órdenes o se planteó la idea de abandonar el grupo o de traicionarle. Quien dejó la banda de Veerappan siempre lo hizo siempre tras morir en combate.

La banda de Veerappan se convirtió en el terror de las junglas que se extienden, enlazándolos, por los estados de Karnataka, Kerala y Tamil Nadu (en total, un territorio virgen, intricado e ingobernable de más de 6.000 kilómetros cuadrados). Las Autoridades de la zona estiman que Veerappan, a lo largo de los años que duró este dominio, debió traficar ilegalmente más de 10.000 toneladas de madera de sándalo, y que sacrificó a más de 200 elefantes (otras estimaciones menos optimistas hablan de 1.000) a fin de comerciar con el marfil.

El estado de Karnataka y sus fronteras, lugar de las correrías de Veerappan y su banda.
El estado de Karnataka y sus fronteras, lugar de las correrías de Veerappan y su banda.

Cientos fueron los intentos de emboscar, detener o matar a Veerappan por parte de las Autoridades estatales y nacionales, pero jamás se tenía éxito. Los aldeanos, comprados por el bandido, siempre le ofrecieron toda clase de informaciones acerca de los movimientos policiales y todo tipo apoyo logístico. Nada importaba cuan alta fuera la recompensa por su cabeza, pues él siempre pagaba más o, simplemente, se limitaba a hacer valer su fuerza. Es paradójica, tópica de las paranoias bipolares que suelen aquejar a los tiranuelos- esta relación del Robin Hood hindú con sus protegidos pues, al mismo tiempo que era capaz de realizar pagos altísimos u otorgar enormes prebendas a sus adeptos, podía desplegar las más terribles muestras de crueldad con quienes consideraba traidores por uno u otro motivo. Por esto, no es extraño que como suele ocurrir en todos los casos de bandolerismo popular, se forjaran infinitud de leyendas en torno a su figura. Por ejemplo: fue detenido de nuevo en 1986 para pasar poco tiempo en prisión, pues sobornó a un agente de policía con una cantidad equivalente a unos 3000 dólares a fin de que le dejase escapar. Frente a estos hechos perfectamente documentados por el fotógrafo y periodista Krupakar, buen conocedor de la vida del bandido que incluso llegó a ser secuestrado por él, el imaginario popular inventó que Veerappan imitó el canto de los pájaros desde su encierro, y que fueron éstos los que le ayudaron a fugarse.

Dado que la carrera como contrabandista, secuestrador y asesino de Veerappan no parecía tener fin, el gobierno formó un cuerpo especial de policía para capturarle de una vez por todas. Este equipo, a lo largo de los años, logró ir apresando a muchos de sus hombres –que, no obstante, eran inmediatamente reemplazados para ser siempre cuarenta-, pero parecía incapaz de echar el guante al escurridizo bandido. Así, en 1990, cuando con los cuarenta años cumplidos arregló su boda con una muchacha de 18, Muthulaksmi (que le daría tres hijos en los años siguientes, aunque él sostuvo que fueron cuatro [2]), los agentes forestales estaban tan desesperados y superados por los acontecimientos que decidieron ofrecerle un acuerdo: si se entregaba junto con su banda y cumplía una condena menor, se le perdonarían todos los delitos. Su respuesta fue la de decapitar al mensajero y devolverlo de tal guisa a las autoridades. Toda un declaración de guerra que no tardó en cobrarse víctimas. Las primeras fueron el superintendente de Kollegal –una ciudad de Karnataka- y otros diez agentes, presas de una emboscada.

Y la violencia, por aquello de la acción y la reacción, escaló. La respuesta de la ley al reto de Veerappan fue tan inmediata como contundente, y la policía ejecutó a siete de los hombres de su banda que había capturado durante una operación anterior. Tampoco se quedó corta la nueva contestación del bandido: descuartizó a machetazos a unos pastores a los que acusó de haber traicionado a su gente, y amenazó con hacer lo mismo con cualquiera del que sospechara comportamientos similares. Típico.

Esta guerra abierta provocó un efecto contrario al deseado por las Autoridades, pues con el paso de los meses y años subsiguientes la enconada resistencia, así como los constantes retos de Veerappan, le habían convertido en todo un mito popular; en un auténtico poder paralelo y castigador en el ámbito rural de tres estados que ponía en tela de juicio, armado de una argumentación retórica y demagógica, todo el sistema establecido, que cuestionaba la riqueza del rico y la pobreza del pobre, que lucharía por la justicia hasta el último aliento. El resultado fue el esperable en la medida que las Autoridades no tardaron en comprender que ya no bastaba con detenerle y juzgarle públicamente. Había que cerrarle la boca: Veerappan tenía que morir a cualquier precio.

A tal punto llegó su influencia que no tardó en recibir apoyo de la guerrilla independentista tamil -la Tamil Eelam-, financiada desde el vecino Sri Lanka, entre cuyas demandas programáticas se encuentra la liberación por parte de la India de una buena porción del estado de Tamil Nadu, donde los tamiles son mayoría poblacional. En 1993, la ayuda que uno de estos grupos le proporcionó para huir de una celada policial, terminó con una auténtica y sangrienta batalla. Tampoco puede decirse, por otro lado, que los métodos empleados por la policía para reprimir esta inopinada rebelión fueran más ortodoxos que los del propio Veerappan: su esposa fue capturada, torturada, encarcelada y puesta en libertad con posterioridad. Uno de sus hermanos, Arjunan, fue ejecutado pese a no tener una relación clara con el bandido (la versión oficial, por supuesto, fue la de que se suicidó en custodia policial). Se torturó a cualquiera del que cupiese obtener alguna información sobre paradero del bandido… Y las refriegas y combates en mitad de la jungla se sucedieron sin solución de continuidad. A cada muerte propiciada por las autoridades Veerappan no dudaba en responder con otra, y este toma y daca no tardó en elevarle al rango de personaje mediático internacional que incluso protagonizó documentales televisivos y reportajes periodísticos en medios de comunicación de primer orden.

Pero la guerra es cara, especialmente cuando la diferencia de potencial entre los contendientes es muy grande, y a Veerappan empezó a no bastarle con el contrabando y el bandolerismo para sufragar su resistencia. El problema era que la policía le estrechaba el cerco, dificultaba cada vez más sus movimientos y le impedía trabajar con la misma eficacia que antaño. Esto motivó que se pasara al lucrativo negocio de los secuestros, que le proporcionó cierta holganza económica. La banda de Veerappan se atrevió a secuestrar a grandes personajes mediáticos hindúes como el célebre actor Gajanur a Rajkumar (protagonista de más de 200 películas y uno de los grandes mitos hindúes del celuloide), a quien liberó en el año 2.000, tras 109 días de cautiverio y el pago de 500 millones de rupias. Se atrevió incluso -en agosto de 2002- con Nagappa, un ministro del gobierno de Karnataka, a quien ejecutó. Con ello, la recompensa por la cabeza de Veerappan ascendió a 50 millones de rupias, cantidad equivalente a 1,25 millones de dólares.

Lo cierto es que, finalmente, la policía logró encontrar a un aldeano lo suficientemente necesitado, aguerrido o vengativo como para no temer a la banda de Veerappan o simpatizar con su guerra particular, y que reveló su paradero a cambio de cinco millones de rupias. Una auténtica miseria.

Así, el bandido sería abatido a tiros en las cercanías de Paparapatti (Tamil Nadu) junto con varios de sus correligionarios el 18 de octubre de 2004. Esta fue la versión oficial de la historia. Extraoficialmente su viuda explicó que el bandido había sido detenido unos días antes del anuncio de su muerte, interrogado y asesinado por la policía. Esta versión tiene cierta consistencia en la medida que Veerappan había amenazado insistentemente a las autoridades con dar ante los tribunales, si es que era detenido y llevado a juicio, el nombre de todos los políticos y agentes de la ley a los que había sobornado a lo largo de sus treinta años de actividades ilegales. Además, la policía impidió que se realizase la autopsia a su cadáver, se opuso a que fuera desnudado y preparado para el entierro por sus familiares, e incluso pretendió incinerarlo en lugar de enterrarlo para evitar la posibilidad de su exhumación. Otras fuentes, como alguno de los componentes de su banda, señalan que Veerappan podía haber sido detenido con facilidad en el momento en el que, supuestamente, se produjo el tiroteo. Sea como fuere, el hecho es que Koose Muniswamy Veerapan valía para la ley más muerto que vivo.

El cadáver de Veerappan tal cual fue exhibido por las Autoridades tras el tiroteo.
El cadáver de Veerappan tal cual fue exhibido por las Autoridades tras el tiroteo.

Miles de personas acudieron al entierro de esta inesperada leyenda de los pobres que dejaba tras de sí más de cien asesinatos reconocidos, por no hablar de los otros cientos que se le atribuyen. Su cadáver hubo de ser escoltado por cientos de agentes a lo largo de las calles Moolakadu para controlar el fervor popular. De hecho, las autoridades se negaron a que el entierro se realizase en la localidad natal del bandido, tal y como pedían sus parientes, ante el temor de que se produjesen disturbios dado que allá era más que un héroe: un mito.


[1] En la Cábala el número 40 representa la purificación total. Por ello en la Biblia es un número relacionado con acontecimientos de “limpieza” que marcan un antes y un después. El final de un estado viejo y el nacimiento de un estado completamente nuevo: 40 días duró el Diluvio Universal así como 40 fueron, sin ir más lejos, los días que supuestamente Cristo pasó en el desierto.

[2] No se ha probado que este extremo sea cierto y muchos creen que se trató de otra estratagema de Veerappan para alimentar su fama, pues él mismo llegó a contar que estranguló con sus propias manos a esta supuesta cuarta hija, de meses, para evitar ser descubierto por la policía a causa del llanto de la pequeña. El problema es que nadie ha reconocido –o demostrado- que Veerappan llegara a tener cuatro hijos con Muthulaksmi.

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