La víctima que no era de Bundy

William E. Cosden Jr. era el típico matón de pueblo. Se ganaba la vida como conductor, haciendo portes o conduciendo camiones, pero en sus ratos libres ejercía como el típico abusón en bares de mala muerte, fanfarrón, macarra y pendenciero. De esos sujetos que no caen bien a nadie porque tienen su propio “cementerio particular” y van por la vida de machos alfa. Había cumplido condena en un psiquiátrico penitenciario por violar y matar a una mujer en Maryland, pero tras ello se había trasladado a Seattle, donde nadie tenía ni la más remota idea de ese pasado oculto que explicaba muchas cosas en relación a su personalidad.

William E. Cosden Jr., antes y después.
William E. Cosden Jr., antes y después.

Cuando en 1973 desapareció la adolescente Kathy Devine, en principio tras una fuga del hogar convencional, pero de la que ya nadie supo ni una palabra, los agentes de policía encargados del caso comenzaron a pensar en lo peor, hecho que no tardó en verse corroborado cuando apareció el cadáver maltratado y agredido sexualmente de la chica. Para entonces el primer sospechoso ya era William Cosden, pues varios testigos afirmaron haber visto a la chiquilla haciendo auto-stop y subiendo en su furgoneta en un lugar no muy alejado del lugar donde su cuerpo fuera encontrado. Sin embargo poco antes de que la policía se decidiera a abordar a Cosden, el vehículo sufrió un oportuno accidente y quedó carbonizado con lo que fue imposible buscar en su interior evidencia alguna.

Kathy Devine, víctima mal .atribuida a Ted Bundy durante casi veinte años
Kathy Devine, víctima mal atribuida a Ted Bundy durante casi veinte años

Fue en ese momento que se cruzó por medio el caso de Ted Bundy, el asesino estrella estadounidense por aquellos días. Las fechas coincidían, pues Kathy había desaparecido cuando Bundy operaba en el área metropolitana de Seattle, la chica encajaba físicamente en estándar de sus víctimas y, además, todo lo que había contra Cosden era circunstancial. Ciertamente, Ted negó que la captura fuese suya e incluso afirmó que con toda probabilidad había otro depredador en el ecosistema, pero quién narices va a creer a un tipo que por necesidad encaja en el perfil del psicópata manipulador de manual. Era un embustero y punto. En consecuencia, tanto la familia de Kathy Devine como las Autoridades se obsesionaron de tal modo con el criminal de moda que creyeron el tema resuelto asumiendo que sería cuestión de tiempo que el juguetón manipulador de Ted Bundy optara por derrumbarse para asumir su culpabilidad: caso cerrado.

Tres años más tarde, en 1976, William E. Cosden Jr. cumplía condena por otra violación. Sucedía además que alguno de los agentes que llevó en su día el caso de Kathy Devine seguía pensando en él pues, afortunadamente y esto ayuda a resolver muchos casos confusos, siempre hay alguien que no se conforma con lo fácil. Dos de ellos deciden entonces interrogarle al respecto en prisión, pero el tipo era duro de pelar y no colaboró, con lo que el caso se enfrió de nuevo.

Ted Bundy, una verdadera estrella del crimen. Embustero, manipulador y probablemente protagonista de una leyenda alimentada por él mismo y construida a su alrededor por fans, biógrafos confundidos, amigos del sensacionalismo y policías no muy trabajadores.
Ted Bundy, una verdadera estrella del crimen. Embustero, manipulador y probablemente protagonista de una leyenda criminal alimentada por él mismo y construida a su alrededor por fans, biógrafos confundidos, amigos del sensacionalismo y policías no muy trabajadores.

En 2001, nada menos que quince años después, la prueba de ADN se había convertido en una realidad científica sólida y en el expediente del caso Devine se conservaba una muestra de semen extraída de su tracto vaginal. Eso motivó a los agentes de entonces, mucho más mayores pero no más convencidos que en su día de la extravagante resolución del asunto Devine, a obtener una orden judicial para extraer ADN de William Cosden quien, por cierto, acababa de cumplir los 55 años y se encontraba de nuevo en libertad… Prueba… Coincidencia… Las sospechas de la policía de Seattle se hicieron realidad: el caso Bundy había sido tan mediático y espectacular que todas las policías implicadas en su investigación optaron por atribuirle cualquier víctima que pudiera encajar, bien fuera remotamente, en fechas, lugares y patrones. Era lo lógico y además, hemos de reconocer que evitaba dolores de cabeza, trámites y papeleos innecesarios. La actitud ambigua, caprichosa y manipuladora de Ted -quien en un postrero arrebato de insensibilidad decidió llevarse el número real de sus víctimas a la tumba- hizo el resto lo cual, dicho sea de paso, ha impedido que aún hoy sea de todo punto imposible separar con absoluta certeza a sus víctimas canónicas del resto.

Sin embargo, la prueba de ADN no era suficiente. Eso solo vale en las películas y en las series de televisión, cuya obligación no es la de ser verdad sino simplemente verosímiles. Lo único que probaba el semen de Cosden en la vagina de Kathy era que habían mantenido relaciones sexuales previas a su muerte, pero no que la hubiese asesinado. En consecuencia, era necesario a falta de otras evidencias colaterales que él se autoinculpara del crimen, lo cual no iba a ser cosa fácil teniendo en cuenta el perfil psicológico rocoso del tipo. Pero todo Supermán tiene su kriptonita y la de Cosden iba a ser el inspector David Haller: un sujeto paciente, contumaz y dispuesto a pasar con el sospechoso las horas que hiciera falta a fin de doblegar su mutismo y encontrar fisuras en su testimonio. De este modo, tras muchas horas de interrogatorios, lentamente, William Cosden Jr. comenzó a filtrar detalles inéditos del expediente del caso que solo el auténtico criminal podía conocer.

Finalmente, cuando el criminal se derrumbó, dijo al inspector Haller algo que le dio mucho en lo que pensar a posteriori y que esclarece en buena medida la psicología inserta en el trasfondo de sus agresiones: “usted no entiende la dinámica de la violación; no puedes mirar a la cara a quien violas porque te ves a ti mismo. Así que le das la vuelta, y lo haces”.

Epílogo

Sorprendentemente, la malograda Kathy Devine aún aparece en muchas “listas confirmadas” de víctimas de Bundy. Listas que uno, como especialista, mira y remira con notable escepticismo, como casi todo lo que se relaciona con las andanzas de estos criminales “mitológicos” en torno a los que se construye un gran relato.

La leyenda que el camaleónico Ted Bundy, con su pose de galán cinematográfico, la espectacularidad de sus crímenes, su habilidad para la manipulación y su capacidad incuestionable para el embuste, construyó acerca de sí mismo ha calado hondo en los anales del crimen. Leyenda confusa en la que ya es verdaderamente complicado separar realidad de ficción y a cuyo acrecentamiento y difusión han contribuido, por cierto, millones de aficionados poco informados, gentes asustadas y obsesivas, biógrafos sensacionalistas y -reconozcámoslo así- algunos especialistas, periodistas, conspiranóicos de todo cuño y agentes de policía tan ambiciosos como poco amigos del trabajo bien hecho.

Moraleja: cuidado con las grandes historias. A menudo, cuando se las despoja de toda la literatura y los juicios de valor que las adornan cual árbol de navidad, resulta que no son otra cosa que simples historietas. Cosas normalitas que estropean “la magia” y convierten la realidad en algo tan aburrido y prosaico que ya no merece el esfuerzo.

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