La verdadera historia de “enigma”

Arthur Scherbius
Arthur Scherbius, el padre del diabólico invento. Él solo quería ganar dinero.

Los antecedentes de esta historia se remontan a fecha tan temprana como 1918, cuando el inventor alemán Arthur Scherbius, junto con su amigo Richard Ritter, funda una empresa de ingeniería que cubría prácticamente todos los campos creativos del sector. Una de las aficiones favoritas de Scherbius siempre fue la criptografía, y una de sus obsesiones, sobre todo tras los fracasos de los viejos métodos de codificación empleados por ambos bandos a lo largo de la primera conflagración mundial, la de crear una máquina que sustituyera los viejos e inadecuados sistemas de cifrado manual que resultaban bastante fáciles de burlar. El resultado de su trabajo fue el sistema de codificación más temible de todos los tiempos: la archiconocida máquina Enigma.

La primera versión del aparato, de pequeño tamaño y con el aspecto de una máquina escribir, pero con un peso total que rondaba los 12 Kg, fue patentada en el mismo 1918 y Scherbius estaba tan convencido de su inexpugnabilidad criptográfica que no dudó en ofrecerla en diferentes adaptaciones tanto al ejército como al mundo de los negocios. Sin embargo, el alto coste del producto hizo que en un primer momento apenas fuera escuchado. La situación cambió cuando las autoridades germanas comprendieron que gran parte de sus fracasos militares durante la Primera Guerra Mundial se debieron a la facilidad con la que los aliados habían decodificado sus mensajes secretos. En 1926, el uso masivo de la enigma por parte del ejército alemán era ya un hecho, por lo que el desconcierto reinaba en el seno de los servicios secretos europeos.

Marian Rejewski
Marian Rejewski. Este señor dio el primer paso… Sus máquinas decodificadoras se llamaron “bombas” al ser este el nombre de los helados que solían comer -él y sus compañeros- durante los descansos en el bar que había bajo las oficinas en las que trabajaba.

El primer paso para descifrar a enigma fue dado por el matemático polaco Marian Rejewski. Polonia, encajonada entre Alemania y la Unión Soviética, era el único país europeo que tenía sobrados motivos como para no poder permitirse el lujo de que las comunicaciones alemanas fueran inviolables, y por ello reduplicó sus esfuerzos para comprender e interpretar el invento de Scherbius. A ello contribuyeron varias circunstancias curiosas. La primera de ellas fue que gracias a la traición de un ex-militar alemán, Hans-Thilo Schmidt, el servicio secreto francés pudo hacerse con un manual de uso de la Enigma, lo cual no era bastante para descifrar el código, pero sí un elemento clave para comprender el funcionamiento interno de la máquina. La segunda fue que los especialistas franceses no dieron la talla a la hora de sacar partido de la información -de hecho se habían convencido de que descifrar el código era imposible- y, en virtud de un antiguo acuerdo de cooperación militar con Polonia, el gobierno francés pasó los documentos a los polacos. El hecho es que tras un arduo trabajo de estudio, observación y catalogación no exento de genialidad e intuición, Rejewski pudo construir unas máquinas -a las que denominó bombas– que permitían descifrar la clave de las primeras versiones de enigma. Pese a todo, en diciembre de 1938 los alemanes complicaron aún más el funcionamiento interno de la máquina, por lo que las contra-máquinas ideadas por Rejewski dejaron de ser efectivas.

Un modelo de campaña de la temible máquina enigma.
Un modelo de campaña de la temible máquina enigma.

El hecho es que la nueva versión de enigma permitía comunicaciones seguras y rápidas por lo que se convirtió en el elemento clave de la guerra relámpago delineada por Adolf Hitler. Finalmente, a pesar de sus esfuerzos, Polonia tuvo claro que estbaa a merced de Alemania. Así, temerosos de una invasión inminente, los polacos se reunieron con franceses y británicos en Varsovia en julio de 1939 y, entre otras cosas, les hicieron partícipes de todos sus avances en el desciframiento del código enigma esperando que pudieran sacar partido del trabajo de Rejewski. Sea como fuere, los éxitos polacos habían mostrado el error de los criptoanalistas aliados al considerar que la máquina no podía ser penetrada y, en segundo término, que las ideas aportadas por matemáticos y lógicos eran de gran relevancia a la hora de trabajar en este tipo de cuestiones -hasta entonces se confiaba este trabajo únicamente a lingüistas y filólogos-. De tal modo, el Reino Unido se esforzó por equilibrar el personal destinado a estos efectos reclutando profesores y estudiantes destacados de los colleges de Oxford y Cambridge, e instaló al nuevo equipo, bajo el mando del comandante Alastair Denniston, en Bletchley Park (Buckinghamshire).

Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la máquina enigma no dejó de evolucionar y complicarse, por lo que los criptoanalistas de Bletchley Park hubieron de realizar serios esfuerzos para redefinir y ajustar la creación de Marian Rejewski. Y merece especial atención el trabajo realizado por Alan Turing (1911-1954) ya que su labor fue decisiva para el desciframiento implacable y sistemático de la dichosa máquina. Y pudo hacerlo porque antes, en un esfuerzo por someter el problema de la indecidibilidad de Kurt Gödel, había concebido las bases teóricas del actual ordenador programable. De hecho, lo que Turing hizo fue imaginar una especie de máquina decodificadora universal de la enigma que funcionara con independencia de las instrucciones de entrada que el operador de mensajes alemán introdujese a la hora de elaborar el mensaje cifrado. Idea que solo fue posible cuando se entendió de manera clara cómo funcionaba el proceso de introducción de los códigos en origen.

La mansión de Bletchley Park. En esta bucólica construcción de la campiña británica fue donde miles de personas se afanaron en lograr el milagro.
La mansión de Bletchley Park. En esta bucólica construcción de la campiña británica fue donde miles de personas se afanaron en lograr el milagro.

El primer modelo, llamado Victory, entró en funcionamiento en marzo de 1940, pero era demasiado lento. Sin embargo, sirvió para constatar que la teoría de Turing era buena, por lo que se decidió realizar en el diseño original del aparato las pertinentes modificaciones para salvar esta eventualidad. El segundo modelo, denominado Agnus Dei o Agnes, satisfizo todas las expectativas depositadas en el proyecto -que a aquellas alturas ya era un pozo sin fondo económico- al ser capaz de averiguar la clave cifrada de la enigma en una hora más o menos. Meses después, Bletchley Park contaba con más de una docena de estas máquinas trabajando a pleno rendimiento, lo cual cambió sin duda el curso de la guerra al tornar transparentes las comunicaciones alemanas cosa que, como es lógico, hubo de manejarse de manera muy sutil para que la Abwehr -el servicio secreto del Reich- no sospechara qué esto había sucedido.

Alan Turing
El malogrado y genial Alan Turing. Tuvo un final digno de una tragedia shakespiriana, pero debes saber que si ahora estas frente a un ordenador leyendo esto, buena parte de la culpa es suya.

En todo caso, lo que Rejewski y Turing mostraron fue que podían fabricarse máquinas programables para ejecutar tareas complejas y que, por tanto, la idea de una “inteligencia artificial” había dejado de ser una posibilidad remota. No en vano, el propio Turing aprovecharía la experiencia para diseñar poco después el ordenador Colossus, que sería construido en 1941 en la Universidad de Manchester por M. H. A. Neumann.

Cierto que el pago que Turing recibiría posteriormente por su logro fue realmente degradante y vergonzoso pero, como suele ocurrir en los asuntos que inmiscuyen a las cloacas del Estado, el gobierno británico optó sacrificar al personaje antes que verse obligado a desvelar uno de los principales secretos estratégicos que habían conducido al país a la victoria sobre el Tercer Reich.

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