El extraño viaje

Tal y como consta en el encabezado fue que Fernando Fernán Gómez decidió titular en 1964 una de esas extrañas joyas del cine español, a menudo desapercibidas cuando no directamente ignoradas, que sin embargo han alcanzado el rango de grandes clásicos entre aficionados y expertos. Su título original iba a ser tan  explícito como El crimen de Mazarrón pero, según relató uno de sus protagonistas, el actor Carlos Larrañaga, hubo de cambiarse a causa de las protestas del alcalde de la localidad murciana, quien consideró que una referencia tan explícita arruinaría el turismo. Sospecha infundada, por cierto, que alimentó no obstante el delirio letal de los censores y que denota cuán poco sabía el primer edil de los rudimentos de la psicología social.

Lo interesante, en todo caso, y con total independencia de que esta película de escasísimo presupuesto que en su día pasó desapercibida llegara a las pantallas, es el hecho de que se inspiraba en uno de los más extraños sucesos de la historia criminal española; el conocido como “crimen -o caso- de las tres copas”.

Vamos a ello.

El extraño viaje
Cartel de la célebre película de Fernando Fernán Gómez inspirada en el extravagante caso de las tres copas.

 

Dos cuerpos en la playa

El amanecer del día 14 de enero de 1956 alumbró dos cadáveres sobre la arena de la playa de Nares. Descubiertos por un pescador que se disponía a realizar su faena diaria, los cuerpos del hombre y la mujer se presentaban con singular aspecto. Ella, a quien se identificó como María Luisa Pérez de Nanclares Gómez, de 42 años de edad, se encontraba boca abajo sobre la arena y completamente desnuda con excepción del abrigo de pieles que alguien había depositado sobre sus hombros. Él, identificado como su hermano Julio, de 62 años, estaba tendido a una docena de metros y vestido con un traje. El tema tenía pinta de raro por lo peculiar de un hallazgo semejante a aquellas alturas del año, en la que casi no había turistas en Mazarrón, por no faltar ni un céntimo de la cartera del varón -bien surtida para la época con aquellas 1.700 pesetas- lo cual excluía el móvil del robo para explicar el caso y, sobre todo, por ser ellos de costumbres extremadamente religiosas. Por lo demás, ambos hermanos procedían de la localidad riojana de Haro y eran solteros.

Más se enrareció todo cuando se descubrió la existencia de una botella de champán y tres copas perfectamente depositadas sobre una roca aledaña que terminaron por dar nombre al enigma criminal. Y es que, claro, encontrar solo dos cuerpos y tres copas despertó de inmediato la imaginación de la policía, que puso en marcha la búsqueda de esa tercera persona que faltaba en la cuenta y que, probablemente, sería la explicación última de todo.

Historia de tres solterones

No tardaron los agentes en descubrir que la identidad de la tercera persona no podía ser otra que la de Marina Pérez de Nanclares Gómez, de 52 años y hermana como es lógico de los dos difuntos. Al parecer, el trío había salido días antes de su casa en Haro prácticamente con lo puesto. De hecho, y antes de abandonar la localidad, habían contratado un camión de mudanzas en el que empaquetaron todas sus enseres a fin de que llegasen a unos parientes de Álava.

Era rara aquella prisa por abandonarlo todo. Los tres hermanos, propietarios de un hotel en la localidad riojana, habían tenido una existencia próspera. No en vano, los dineros ganados en la regencia del establecimiento fueron luego reinvertidos en varios negocios en Madrid que les proporcionaron pingües beneficios. Pero, como bien supo la policía, la fortuna había decidido serles esquiva durante los últimos años y aquel pequeño imperio comenzó a amenazar ruina de la noche a la mañana.

Los investigadores decidieron entonces que aquello tenía clara pinta de suicidio: los tres hermanos solterones, muy religiosos, cruzan España de punta a punta para ir a inmolarse mediante alguna clase de veneno a aquella playa en la que nadie, por ser todo el mundo desconocido, podría afearles la conducta. Todo apuntaba en esa dirección: explicaron su marcha de Haro argumentando un viaje al extranjero, María Luisa apareció indocumentada y Julio tenía el carné de identidad reducido a pedazos en un bolsillo de la chaqueta. La historia, sin embargo, mantenía un impertinente cabo suelto que traía a la policía de cabeza: ¿Dónde estaba Marina entonces? ¿Se había arrepentido en el momento decisivo? ¿Les había dejado por el camino? ¿Se había quitado la vida en otro lugar? ¿Había otra explicación tal vez más macabra?

Sal de acederas

Se prosiguió en la reconstrucción del recorrido del terceto. Pronto se supo que, portando con ellos tan solo una maleta y un bolso de mano, dejaron Haro en el tren Irún-Madrid para luego enlazar hacia Cartagena, ciudad en la que se presentaron el día 10 de enero, luego cuatro días antes del hallazgo de los cadáveres.

Ya en Cartagena se produjeron una serie de idas y venidas incomprensibles para tres personas que se han planteado con seriedad la idea de la autolisis colectiva. Tras contratar una habitación en una pensión conocida como “La Madrileña”, a la que llegaron tras pedir presupuesto en otros hostales y hoteles, realizaron varias visitas turísticas -se ignora si con fin lúdico o no- en los dos días siguientes y compraron un par de zapatillas así como veinte gramos de sal de acederas… El caso es que a la una de la madrugada del día 13 de enero, Marina y Julio tomaron el taxi conducido por el único testigo de las últimas horas de la familia, Rafael Rivas.

Según testificó Rivas, lo primero que hicieron fue dirigirse a la Calle Mayor de Cartagena, donde recogieron a María Luisa. Acto seguido, le indicaron que condujese hasta Mazarrón. El trayecto se desarrolló en un completo silencio. Ya en destino, y rogando al taxista que no encendiera la luz interior del coche para cobrar la carrera, pagaron y se apearon. Rivas, entonces, no le echó más cuenta y retornó a Cartagena.

Nadie más supo dar explicaciones de lo que pudiera haber sucedido entre ese momento y el hallazgo de los cadáveres de María Luisa y Julio… Y la investigación no podía dejar pasar el detalle del suicidio en la medida que en el interior de las copas abandonadas en la playa se encontró un sedimento de sal de acederas y, en el interior de la maleta, un ejemplar de La Nueva Rioja en el se que relataba la muerte de un vendedor ambulante de Valencia que había fallecido a causa de la ingestión accidental de ese compuesto. Demasiado bueno para dejarlo pasar. Demasiado bueno, como suele decirse, para ser verdad. Demasiado obvio como para pensar en otra cosa.

Digamos en este punto que la sal de acedera -planta de la familia de las poligonáceas-, cuyo nombre químico es bioxalato potásico, es un compuesto tradicionalmente utilizado como quitamanchas, y de ahí que se vendiera en droguerías con el sobrenombre de “sal de limones”. Es interesante señalar que eran raros los casos de intoxicación o envenenamiento por causa de esta sustancia por cuanto sus capacidades como veneno eran poco conocidas entre el vulgo y su ingestión era tan rara como accidental, siendo más común para este fin el empleo del ácido oxálico.

No obstante la rareza del método y mecánica elegidos por los suicidas, la policía, tras rastrear la costa de Mazarrón durante días lo tuvo claro: los tres habían consumido el veneno disuelto en champán, pero el cadáver de la tercera en discordia no había aparecido por cuanto el bebedizo no debió hacerle un efecto inmediato y esto la llevó a adentrarse en el mar a fin de culminar el suicidio. El oleaje hizo, pues, desaparecer el cuerpo. Caso cerrado.

La memoria del enterrador

Sin embargo, la explicación oficial nunca disipó las conjeturas en torno al extraño suceso. La falta de una persona -nada menos- siempre se presenta incómoda en un expediente oficial, desata toda clase de especulaciones, y lleva a la gente a hacerse preguntas. El misterio es divertido en las novelas, pero no en los archivos.

Sobre todo cuando en 1990, luego 34 años más tarde, José Antonio Moreno, encargado del cementerio de Mazarrón, reveló una singular vivencia adolescente que le había perseguido durante décadas e iluminado muchas de sus peores pesadillas: Él había, aquella noche fatídica, visto los dos cuerpos tendidos sobre la arena de la playa de Nares antes de salir corriendo tan espantado que nunca se había atrevido a contarlo… Y, terror sobre terror, un año después -debía ser buen andarín el mozo-  encontró el cadáver descuartizado de una mujer medio enterrado en el monte de El Castellar, aledaño a la playa de marras. Otra vez a correr.

¿Mentía? ¿Quería protagonismo? ¿A qué venía si no este relato tanto tiempo después? ¿Y por qué no lo dijo entonces?

Pues resulta que el hombre era sincero. Harto de que le tomaran el pelo, le sacaran titulillos y le tildasen de embustero, decidido finalmente a aliviar su conciencia y sacudirse las viejas pesadillas, Moreno se fue ni corto ni perezoso al lugar en el que dijo haber visto la carnicería y fue capaz de encontrar, tras remover la tierra, algunos huesos humanos que entregó en el cuartel de la Guardia Civil de Mazarrón.

¿Se resolvió el caso? Pues tampoco porque no había forma de determinar si aquellos restos pertenecían a Marina Pérez de Nanclares. De suerte que el gesto tardío del enterrador solo sirvió para reavivar un viejo misterio: el del extraño viaje de tres hermanos que inspiró, porque así son las cosas, una de las más excepcionales películas de nuestro cine.

Playa de Nares
Imagen de la Playa de Nares.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s