¿Pirata o corsario?

En efecto, pese a ser conocido como uno de los más célebres “piratas” de todos los tiempos, el escocés –natural probablemente de Greenock- William Kidd, nacido en 1645, era a decir de quienes le conocieron un hombre egocéntrico y algo excesivo pero jamás ejerció la piratería con seguridad y más allá de las especulaciones, siendo a buen seguro inocente de los cargos por los que fuera condenado a muerte. Incluso la acusación de asesinato resultó dudosa en la medida que sí terminó con la vida de uno de sus subordinados, pero todo parece indicar que accidentalmente y en legítima defensa. Sin embargo,  también es cierto que su pasado como violento corsario no le ayudó en los momentos más apurados de su vida.

william kidd
William Kidd en su momento de mayor prosperidad.

Corría 1695. Por aquellos días Kidd era un hombre de buena posición, respetado capitán mercante a título privado y persona enredada en ciertas empresas políticas y militares que tal vez le habían granjeado enemigos temibles. La vida le sonreía y tras una juventud repleta de dudosas aventuras marineras –básicamente como caza-piratas- todo le iba de cara. Pero se aburría. La vida de los negocios seguros en tierra firme le resultaba poco llevadera. El hecho es que fue invitado a capitanear una expedición destinada a apresar algunos del elevado número de buques piratas que operaban en las costas del Mar Rojo. Dicha expedición contaba con la financiación de, entre otros, el Lord Canciller y el primer Lord del Almirantazgo. Incluso el propio monarca, Guillermo III, habría querido participar de los beneficios de la aventura pero la Corona no se encontraba en aquellos momentos demasiado bien de fondos y hubo de abstenerse de participar en la empresa. Se daba además la circunstancia de que Inglaterra y Francia se encontraban en guerra, por lo que se informó a Kidd de que también podría apresar cuantos barcos franceses se pusieran a su alcance.

Un mal comienzo

William Kidd, apoyado en su principal contacto con los inversores, Robert Livingston, seleccionó a la tripulación de su nave en Nueva York, pero dada su larga experiencia como marino era perfectamente consciente de los problemas que este tipo de empresas solía acarrear como, por ejemplo, el de las tentaciones ambiciosas de los marineros que podían degenerar en actos de piratería.

Habitualmente se concedía como paga a repartir entre los marineros un seis por ciento de todos los botines capturados, pero a Kidd sus codiciosos patronos le indicaron que sólo podría contar con un cuatro por ciento de las capturas para asalariar a sus hombres y ello suponía una grave dificultad. Aún cobrando el máximo, era bastante común que los marineros se amotinasen, depusieran al capitán, se apropiaran del barco y se dedicaran a la piratería. No podemos olvidar que las tripulaciones que solían emplearse en este trabajo peligroso, mal pagado y del que no todos volvían con vida o simplemente enteros, solían componerse de tipos extremadamente duros y violentos. Por lo general criminales, renegados, prófugos y toda suerte de individuos sin nada que perder a los que debían controlar el capitán, varios oficiales y apenas un puñado de hombres confianza con los que ya se habría navegado con anterioridad. Precisamente por ello, Kidd desoyó el mandato de sus patrones y optó unilateralmente por pagar el seis por ciento establecido como máximo intentando, además, contratar a hombres con familia para evitar las tentaciones aventureras.

Charles Galley, by
El Charles, barco construido en el astillero de William Castle, al igual que el Adventure de Kidd. Es probable que ambos barcos fueran extremadamente parecidos (Oleo de W. V. Velde, 1677).

El hecho es que las cosas comenzaban con mal pie. Tanto que Kidd, puede que arrepentido de sus intenciones originales, había intentado durante meses deshacerse del contrato a pesar de que se le había prometido un sustancioso porcentaje de los botines. Pero fue tan presionado por el grupo de inversores que, en última instancia, incluso se vio obligado a vender uno de sus propios barcos mercantes –el Antegoa– y adquirir otro más modesto, el galeón Adventure, equipado con 37 cañones, para poner en pie la expedición y hacerse a la mar.

Y la situación no mejoró con el tiempo. A poco de echarse a la mar, el Adventure se cruzó con un barco de la marina británica. En lugar de ofrecer el debido respeto, la tripulación de Kidd ofendió a los oficiales del navío de guerra mostrándoles el trasero, con lo que el galeón fue abordado y los ofensores reclutados para el servicio. A Kidd le dejaron a cambio un grupo de insurrectos de los que la oficialidad de la nave británica llevaba mucho tiempo deseando librarse… Con ello, y para completar la tripulación, Kidd hubo de retornar a Nueva York, donde ya solo pudo captar a otro montón de aquella gentuza peligrosa de la que había estado intentado evitar desde el comienzo de la empresa.

Para agravar las cosas, no se obtuvo ni una sola captura durante el primer año del viaje. La marinería no estaba demasiado satisfecha previendo que la paga no sería tan cuantiosa como se le había prometido y en el barco crecían los rumores de sedición. Así, tras tres semanas fondeado en el Mar Rojo a la espera de algún objetivo y conducido por la desesperación, Kidd cometió el error de lanzarse contra un barco mercante que resultó ser británico, el Spectre, capitaneado por un tal Edward Barlow. Pese a que William Kidd, consciente del error, no consumó la captura, el suspicaz Barlow le acusó de piratería tras fondear en Karwar el 14 de octubre de 1697.

Kidd Assassins Creed
Una de las muchas versiones legendarias del Capitan Kidd que jalonan la historia del cómic, el cine o los videojuegos. Esta en concreto es la representación del “Pirata Kidd” imaginada por los creativos de Ubisoft para la saga multimillonaria Assassins Creed.

Y aquí es donde la historia se bifurca. Algunos dicen que Kidd, frustrado por la nefasta campaña y tal vez sediento de aventuras, decidió dejarse influenciar por la tripulación descontenta para dedicarse a la piratería. El problema es que no parece probable, en primer lugar, porque Kidd era un hombre perfectamente acomodado, bien relacionado, prestigioso y respetable que no tenía necesidad alguna de convertirse en pirata. Y, en segundo término, porque como vamos a ver los acontecimientos subsiguientes –incluyendo las actas judiciales- se explican mejor si damos crédito a su autoproclamada inocencia.

¿Corsario o pirata?

Inevitablemente los temores de Kidd se hicieron pronto realidad cuando la tripulación se amotinó e intentó capturar un barco que navegaba bajo pabellón británico contra el lógico criterio del capitán. Fue en la represión de este motín que, acorralado por un grupo de hombres, golpeó con un cubo en la cabeza al marinero William Moore. Lo cierto es que la rebelión fue finalmente reprimida con éxito y la expedición continuó, pero Moore falleció al día siguiente a causa de las heridas y los tripulantes despechados se aseguraron de indicar a Kidd que le acusarían de asesinato apenas el barco recalara en un puerto británico.

Poco después, William Kidd abordó un buque armenio, otro portugués y otro holandés. Todos ellos navegaban con pases franceses, por lo que las capturas podían considerarse plenamente legales. Sin embargo, la última nave, el Quedah, cuyo capitán era un tal Wright, resultó ser un navío británico encubierto. Kidd quiso liberarlo y devolver el botín, pero la tripulación se negó en redondo amenazando con nuevas violencias, de modo que desistió. Ello condujo a que los propietarios de la nave capturada expresaran una queja formal al gobierno de Londres.

La campaña iba de mal en peor y la situación empeoraba a bordo del Adventure a tal punto que las órdenes de Kidd se seguían de muy mala gana. El capitán supo entonces que el pirata Robert Culliford –un viejo conocido y enemigo de otros tiempos- estaba operando en el archipiélago de Madagascar, e imaginó que sería una buena presa que además subsanaría cualquier malentendido con las Autoridades británicas. No obstante, apenas el Adventure fondeó en la Isla de Santa María para aprovisionarse, trece miembros de su tripulación desertaron y se unieron a Culliford, abandonando a Kidd a su suerte. El testimonio de dos de estos desertores, Robert Brandinham y Joseph Palmer, sería capital en el posterior juicio contra el capitán. El resto de la tripulación le encerró en su camarote y emprendió diversos actos de piratería antes de saquear el barco y abandonarlo con varías vías de agua a favor del previamente capturado Quedah. Lo cierto es que los piratas pronto serían capturados por un convoy británico enviado en su persecución, pero entonces sucedió algo ciertamente notable por lo paradójico: cuando Kidd pensaba que sería rescatado ocurrió que la mayor parte de la tripulación rebelde fue indultada, quedando solo acusados por piratería él mismo y algunos otros de los que le fueron fieles. De esta manera Richard Coote, Lord Bellomont, gobernador de Boston, New York y New Hampshire, encerró a Kidd y sus fieles en la prisión de Stone apenas tomaron tierra tres años después de su partida.

Se dice –y viene la leyenda- que, conociendo perfectamente los procedimientos habituales del negocio y aún no preocupado por su vida pues esta clase de denuncias eran normales en el mundillo de los corsarios y solían resolverse sin mayores contratiempos, el capitán habría ocultado buena parte del botín en el pecio del Adventure  –pues solo él conocería la ubicación del hundimiento- a fin de tener una base sobre la que concertar su libertad. Un hecho ciertamente dudoso si tenemos en cuenta la secuencia de los acontecimientos antes indicada. De hecho, no es posible creer que unos insurrectos decididos a dedicarse a la piratería dejaran el botín de las capturas hundirse en un barco que del que probablemente no podrían recuperarlo. Resulta, por tanto, mucho más probable la teoría de que el supuesto “tesoro” de Kidd fuera bastante menos cuantioso de lo que se cree y se transformara en carne de corruptelas.

Sea como fuere, el capitán entregó a sus captores los pases franceses y el cuaderno de bitácora del Adventure, que había logrado conservar. Pese a la legitimidad de sus capturas y la honradez con la que trató de conducir el asunto, William Kidd fue cargado de cadenas y enviado a Inglaterra en 1701, donde la Cámara de los Comunes, sin escuchar su testimonio, decidió llevarle a un juicio que resultó ser una pantomima en la medida que ni tan siquiera se le permitió defenderse con una declaración como sería lo esperable. Es más, y sorprendentemente, Kidd encontró que su libro de bitácora había sido adulterado y que los pases de los barcos capturados habían “desaparecido”, con lo cual incluso su explicación de los sucesos del motín fue puesta en entredicho por una acusación muy parcial. De hecho, las actas del juicio de Kidd son absolutamente vergonzosas. Finalmente, pese a que varios testigos importantes insistieron reiteradamente en la proverbial honradez y valor del acusado, el tribunal, extrañamente enconado e irreflexivo, decidió que Kidd era un pirata y un asesino en la misma medida que los pases en cuestión nunca habrían existido. Fue, por lo tanto, condenado a muerte por los cargos de asesinato y piratería lo cual exigía de un castigo ejemplar.

Ejecucion de Kidd
Grabado en el que se muestra el aspecto que debió tener el cuerpo de William Kidd expuesto a orillas del Támesis.

Llegado el mes de mayo se le embreó, se le ciñó de cadenas y se le colgó a orillas del Támesis tal y como exigía la tradición. Su cadáver permaneció allí como advertencia para futuros piratas hasta bien avanzado su estado de descomposición. Nunca se han aclarado las razones por las que recibió Kidd un trato semejante de la justicia británica, pero parece claro que a lo largo de su carrera se había forjado grandes y peligrosos enemigos.

La memoria del Capitán Kidd sería restituida más de doscientos años después gracias a las investigaciones del historiador estadounidense Ralph Delahaye Paine. Buscando documentación en el Departamento de Archivos Públicos de Londres, vino a encontrar, ocultos entre montones de legajos polvorientos, los pases franceses que probaban la legitimidad y honradez de las capturas de William Kidd y que, por tanto, corroboraban su versión de la historia.

Muchos han sido, sin embargo, los que han comprado y vendido la interesada leyenda de pirata sanguinario que un juicio injusto vertió sobre Kidd[1]. No pocos han aceptado la idea de que dejó tras de sí un tesoro inmenso que nadie ha encontrado jamás  pero que, en vista de su irregular éxito como corsario, debió ser bastante más pobre de lo imaginado por ingenuos y fantasiosos[2]… La verdad, tal y como indico el propio Paine, es que “cualesquiera que fuesen sus faltas, [Kidd] fue injustamente tratado por sus clientes, maltratado por una tripulación de pícaros y calumniado por una posteridad de crédulos”[3].

Tesoro de Kidd
El lingote de plata encontrado en el supuesto pecio del Adventure por el equipo dirigido por el historiador Barry Clifford.

[1] En el colmo del disparate he llegado a leer por ahí que William Kidd era dueño de la mayor parte del barrio neoyorkino de Wall Street, y que probablemente habría comprado tales posesiones con el fruto de su actividades como pirata. Lo cierto es que Kidd vivió en tal barrio, en efecto, pero no era dueño del mismo y la mayor parte de su fortuna procedía de la viuda norteamericana con la que se casó en 1691, a poco de llegar a Nueva York, Sarah Bradley Cox Oort, cuyo difunto primer marido poseía un pujante negocio naviero que William Kidd pasó a gestionar al convertirse en el cabeza de familia.

[2] El último de ellos ha sido el investigador estadounidense Barry Clifford, quien, al frente de un equipo de buzos, ha encontrado en las costas de Madagascar un lingote de 50 kilogramos de plata en el interior un pecio al que, de manera dudosa, se ha identificado como el célebre Adventure. Se ha encontrado poco más con lo cual el dichoso “tesoro” queda en bastante poca cosa, pero Clifford insiste en que habría muchos más lingotes como el primero que, por cierto, no han aparecido. Por otro lado, el significado del hallazgo, anunciado a bombo y platillo en mayo de 2015, ha sido fuertemente cuestionado por los historiadores y no está exento de controversia.

[3] Paine, R.D. (1922). The Book of Buried Treasure. New York: McMillan Company, p. 128.

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