El doctor Satán

Marcel André Henri Felix Petiot nació en Auxerre, Francia, en 1893. Hijo de un empleado de correos, su familia era perfectamente normal.

Sin embargo, desde sus primeros días escolares ya mostró preclaras dotes para la perversidad. El pequeño Petiot, encanijado y más bien tirando a feo, era un muchacho inteligente, atrevido, audaz y sobre todo malo. Muy malo. Pronto se convirtió en el abusón del colegio y, pese a no pasar por estrecheces económicas, disfrutaba robando a sus compañeros, abusando de los críos de los cursos inferiores al suyo con toda clase de malicias y maltratando a perros y gatos. Su herramienta favorita para estos menesteres eran las tijeras y tampoco es extraño: le gustaba ver correr la sangre.

Los padres de los otros niños no tardaron en advertir el peligro de Marcel y, en consecuencia, advirtieron a sus retoños de que era un tipo con el que no debían juntarse. Un pequeño monstruo. Así, el pequeño Petiot creció solo y sin amigos. Nadie quería su compañía. Del mismo modo que es habitual que la mayoría de los criminales sistemáticos hayan vivido infancias complejas, el caso de Petiot resulta excepcional porque siempre fue malvado y amoral sin razón o necesidad, casi desde la cuna. Un monstruo sin conciencia. Un ser humano perverso y defectuoso.

Como sujeto inteligente que era, Petiot terminó sus estudios escolares con excelentes calificaciones y se matriculó en la facultad de medicina. Lógicamente, para un hombre con querencias tan retorcidas como las suyas era la profesión ideal. Como buen sádico se deleitaba con las heridas, cuanto más grandes y aparatosas mejor. Las agujas y los bisturíes eran juguetes en sus manos, y emplearlos en cobayas y pacientes le producía un visible placer. Disfrutaba contemplando el dolor de los demás, causandolo, y así lo advirtieron sus profesores y compañeros, que también empezaron a tratarle con reservas.

Petiot (1921)
Marcel Petiot en 1921. Un proyecto de gran hombre.

Sólo era cuestión de tiempo que un tipo de semejante catadura comenzara a adentrarse en el mundo del delito, y sus primeros pinitos los realizó durante la Primera Guerra Mundial. Petiot fue llamado a filas y destinado, como era de esperar, al Cuerpo de Sanidad Militar. Allá adquirió la costumbre de escaquear parte de las drogas y fármacos que pasaban por sus manos para venderlos en el mercado negro, pues su segunda gran pasión eran el dinero y la buena vida. Sería descubierto, pero se le trató con indulgencia y se le licenció con la condición de que se sometiera a tratamiento psiquiátrico.

Las tribulaciones del señor alcalde

El problema fue que los doctores que le atendieron no vieron nada extraño en él y le dejaron ir. La excusa que Marcel Petiot arguyó para montar aquel negocio ilegal fue la de que necesitaba sanear su economía para poder terminar la carrera de medicina. Alguno de aquellos médicos, ablandado por la persuasión del prometedor joven, incluso contribuyó económicamente al sufragio de sus estudios. De hecho, al poco tiempo de este episodio se licenció con todos los honores.

Se instalaría como médico en Villeneuve-Sur-Yonne, una pequeña localidad cercana a su Auxerre natal, y en poco tiempo los parroquianos tuvieron opiniones muy dispares acerca de su persona. Algunos le contemplaban con cierta precaución a causa de sus rarezas, pero entre otros se extendió la opinión de que era un buen tipo, y es que la táctica de Petiot para ganarse a la ciudadanía fue la de cobrar sumas exorbitantes por sus tratamientos a los pacientes adinerados mientras que, por el contrario, prestaba sus servicios gratuitamente a los más desfavorecidos. De hecho, muy pronto Petiot se ganó el favor de los campesinos con esta estrategia, y ello le sirvió para lograr el objetivo que se había planteado desde que puso el pie en el pueblo: conseguir la alcaldía.

También se convirtió en un soltero apetecible para las damas casaderas de la localidad y muchas de ellas comenzaron a hacerse pasar por enfermas a fin de poder verse con él. Así, y pese a ser un hombre poco agraciado, se ganó una envidiada fama de Don Juan. No obstante, algo raro comenzó a suceder: las jovencitas casaderas que pasaban por la consulta del doctor tarde o temprano empezaban a rehuirle. Nadie sabía qué ocurría durante aquellas citas médicas, pero desde luego no debía ser nada bueno. Comenzó a rumorearse que el médico las sometía a toda clase de vejaciones y que incluso habían llegado a escucharse gritos saliendo de la casa. Cuando los rumores llegaron a oídos de Petiot, este supo que tenía que acallarlos y tomó una determinación: marchó una temporada a París para regresar poco después casado con una mujer no muy inteligente y diez años más joven que él. Así es que la calma regresó por un tiempo. Poco. Finalmente la criada de la casa quedó encinta y Petiot, con su honor en entredicho, ya no fue reelegido alcalde.

Petiot recien casado (1927)
Petiot recién casado, en 1927… Junto a la pobre mujer que sirvió para limpiar su nombre de las habladurías.

Acompañado de la familia se trasladó a París, donde abrió una consulta en la calle Caumartin en la que volvió a emplear la estratagema que le hizo célebre en el pueblo: atendía gratuitamente a pobres, inválidos de guerra, y gente de pocos posibles mientras que sangraba económicamente a sus pacientes más ricos. El resultado de ello fue una popularidad creciente y una gran fama de hombre humanitario que le propició pingües beneficios. Así, al comenzar la Segunda Guerra Mundial, Marcel Petiot tenía sustanciosas cuentas abiertas en al menos veinte bancos.

En 1940 las tropas alemanas llegaron a París y Petiot se preocupó al advertir que el gran negocio se le podría terminar. De modo que empezó a darle vueltas a la situación. Eran tiempos revueltos y en ellos suele pescar la gente decidida, por lo que empieza a urdir algún plan para no dejar pasar la ocasión. Como es lógico, de su mente perversa no podía salir nada honorable pues lo primero que hace, dado que muchos hombres están en el frente y muchas mujeres quedan embarazadas por sus amantes ocasionales, es dedicarse a los abortos ilegales. Complementariamente, recupera el viejo negocio del tráfico de drogas y fármacos.

De tal guisa, su consulta empieza a verse repleta otra vez. Pero ahora de toxicómanos en busca de alivio sabedores de que en casa de Petiot pueden conseguir a buen precio lo que ya no circula por las calles, así como de mujeres aturulladas de toda edad y condición dispuestas a abortar a cambio de un buen pellizco. Como puede verse, las cosas le iban otra vez viento en popa al buen doctor. Cuanto peor, mejor.

La red

En 1941, al calor de su fama de hombre dispuesto incluso a pasar por encima de las leyes para echar una mano a quien fuese, se presenta en la puerta de Marcel Petiot un rico sastre judío de origen polaco llamado Isaac Gouchinow. El hombre, que reconoce no tener a nadie a quien acudir y que ha ido a verle por recomendación de unos conocidos, está muy asustado. Dado que los nazis estaban empezando a limpiar Francia de judíos y trasladándolos a los campos de Alemania y Polonia, Gouchinow solicita a Petiot que le ayude a salir del país con su familia antes de que los localice la Gestapo. Y el médico, que ha empezado a entrever la posibilidad de una nueva y sustanciosa fuente de ingresos, le ruega que siga escondido cuanto pueda a la par que promete que se ocupará del tema. Y su maquinación, esta vez, será infernal.

Lo primero que hace es buscar un casa bien alejada de su consultorio, que encuentra en el número 21 de la Rue Le Sueur, a escasos metros de la Place de l’Etoile –actualmente llamada Plaza de Charles De Gaulle-. Se trataba de una villa antigua, grande, que había pertenecido en otra época a una princesa rusa. La casona no se encontraba en malas condiciones, poseía un garaje para dos coches y una vivienda trasera para el chófer, pero tras adquirirla inicia una serie de reformas.

21 Rue Sueur
El 21 de la Rue Sueur de Paris. El lugar en el que el Doctor Satán montaría su campo de exterminio particular.

En un primer momento los albañiles se extrañan con algunas de las modificaciones que pide Petiot, pero éste les indica para no levantar sospechas que es necesario seguir escrupulosamente sus especificaciones porque va a convertir el lugar en una casa de reposo para enfermos mentales. Así por ejemplo, una de las habitaciones fue modificada para adquirir forma triangular. Sin ventanas. Las paredes se forraron de madera para su aislamiento acústico. Contaba con otra puerta falsa y varias mirillas en las paredes dispuestas de tal manera que pudiera observarse todo lo que ocurría en el interior, y desde cualquier ángulo. También el garaje resultó pertinentemente modificado: se instaló en el interior un pozo muy profundo con una tapa metálica enorme que era levantada mediante una polea y en el que se vertió una gran cantidad de cal viva. En el sótano se instalaron varios hornos industriales, capaces incluso de derretir el hierro, y a lo largo y ancho de toda la casa se pusieron puertas de seguridad.

Una vez acabadas las obras, a comienzos de 1942, Petiot contactó con la familia Gouchinow. Les pidió dos millones de francos con la finalidad de sobornar a varios oficiales nazis y para, asimismo, adquirir pasajes a fin de que toda la familia pudiera viajar con rumbo a La Habana. Luego les presentó la casa como el lugar en el que habrían de ocultarse hasta que, supuestamente, Petiot hubiera concluido sus gestiones. No hubo regateos, pues estaba claro que los Gouchinow apreciaban más su vida que su dinero.

En la noche de su llegada les puso una inyección, según les indicó destinada a aplacar su estado de ansiedad, y les hizo pasar a la habitación triangular, en la que los encerró. Y allá murieron los Gouchinow entre terribles estertores de agonía pues lo que el humanitario Petiot les había inoculado no era otra cosa que un veneno. Resulta fácil imaginar el rostro de sádica satisfacción del perverso doctor entretanto contemplaba su obra a través de las mirillas. Cuando se hubo asegurado de que todos estaban bien muertos, los descuartizó meticulosamente y lanzó los pedazos al pozo de cal. En definitiva, un negocio rápido, limpio, redondo y muy lucrativo.

Tras difundirse el rumor de la satisfactoria huída de los Gouchinow en los lugares adecuados, empezaron a desfilar por la villa judíos, disidentes políticos y todo aquel que, en definitiva, estuviera en problemas con la Gestapo. A todos se les vendía la misma historia fantástica de la red de oficiales nazis sobornados que trabajaban para él y que, de tal suerte, había logrado crear una ruta de escape infalible. Al fin y a la postre, aseguraba Petiot, él era un nacionalista que odiaba a los invasores tanto como el que más. Tras cobrar por el servicio, no se olvidaba de decir a sus nuevos clientes que llevaran todo aquello que tuvieran de valor, especialmente joyas y dinero, pues les serían útiles para reemprender su nueva vida en el extranjero. De tal guisa, según las estimaciones más bajas, fue que Petiot se llevó por delante a 63 personas. Hombres, mujeres y niños. Probablemente fueron más.

Sospechas

Por supuesto que todo esto despertaba sospechas,  claro, pero Petiot era muy listo y siempre encontraba una manera de eludir las preguntas indiscretas o de encubrir sus actividades. De hecho, en cierta ocasión fue detenido por la Gestapo en su consultorio de la Rue Caumartin y pertinentemente interrogado. Los alemanes querían saber cómo es que desaparecían tantas personas a las que ellos querían detener y que, curiosamente, todas ellas estuvieran relacionadas con él. El médico no se alteró. Aceptó que conocía a toda esa gente y manifestó que dada su fama de humanitario y comprensivo, no era extraño que mucha gente acudiera a él en busca de abortos, drogas o fármacos escasos en el mercado.

Dado que la Gestapo conocía estas actividades de Petiot y tras tres meses de encierro no lograron dar con nada anormal -evidentemente era imposible que la investigación fuera concluyente, pues la supuesta red de disidentes dirigida por el doctor era imaginaria-, le pusieron en libertad. Y el monstruo volvió a lo suyo… Hasta marzo de 1944, momento en el que va a comenzar su final.

Por esas fechas las fuerzas de ocupación envían un comunicado al propietario del 21 de la Rue Le Sueur indicándole que debe abandonar la villa en el plazo de una semana, pues la intendencia nazi había decidido convertirla en alojamiento para los chóferes de la Gestapo. Y Petiot se sabe atrapado sin solución. No en vano, el pozo del garaje está atestado de restos de cadáveres en diferentes fases de descomposición, aún hay cuerpos enteros de los que no ha podido deshacerse repartidos por la casa, y varias habitaciones están repletas de maletas y efectos personales de las víctimas que no ha podido procesar. Sus únicas salidas viables eran incendiar la mansión, acción que inevitablemente le enfrentaría de nuevo con la Gestapo con imprevisibles consecuencias, o bien tratar de incinerar los restos humanos y sus enseres en los hornos del sótano para hacerlos desaparecer. Tras pensarlo un momento, el siempre decidido Petiot opta por lo segundo.

Mala idea, porque el doctor que nunca había imaginado que esto ocurriría, había realizado mal los cálculos a la hora de elegir los hornos. En los días siguientes la chimenea de la villa comenzó a vomitar un humo denso, negro y pestilente que, retenido por las nubes bajas, en lugar de ascender quedó suspendido a la altura de los tejados y comenzó a extenderse por todo el barrio provocando un gran estado de alarma entre los vecinos. La humareda era tan densa y aquella peste resultaba tan insoportable que se avisó a los bomberos y a la policía. Algo había que hacer con esa chimenea que estaba contaminándolo todo, y no pocos creían que se había declarado un incendio en el interior de la mansión. Lo cierto es que cuando la policía accedió a la villa, Petiot, en medio de la confusión, ya se las había ingeniado para darse a la fuga montado en una bicicleta.

El espectáculo que se ofreció a los agentes a poco que registraron resultó tan dantesco como el lector pueda imaginar. Infernal de todo punto pues al pequeño campo de exterminio casero no le faltaba ni uno solo de los horrores que luego encontrarían los aliados en las factorías de la muerte nazis. Montones de calaveras, huesos y restos humanos en diferentes estados de descomposición, se apilaban formando montañas en la trasera de los hornos. Un primer recuento de las autoridades estimó que en aquellas pilas había pedazos de, al menos, 45 personas. La mayoría de las habitaciones de la casa estaban atestadas de maletas, montañas de ropa, armarios repletos de dinero, joyas y los más variopintos objetos de valor. El pozo del garaje estaba lleno a rebosar de una pasta de cal trufada de restos de personas. Había incluso libros de contabilidad en los que aparecían casi un centenar de nombres de supuestos clientes ya liquidados o potenciales, así como el pertinente control de cantidades e inventario. Nadie daba crédito.

Recogiendo restos caso Petiot
Agentes recogiendo restos humanos previamente sumergidos en la cal viva del garaje de los horrores de Petiot.

La buena persona

Muchos fueron los que creyeron que aquello no podía ser obra suya, especialmente quienes le conocían –recordemos que era tenido por un hombre extraordinariamente humanitario-, pero el peso de las pruebas aportado por la policía judicial era tan grande que no podía ser ignorado. Ya saben, la historia manida del “parecía buena persona”.

Se tardó bastante poco en identificar a muchos de los propietarios de los enseres hallados en la casa, por lo que era evidente dónde terminaba la ruta de escape regentada por Marcel Petiot, y mucha ironía hicieron las tropas de ocupación alemanas con el asunto cuando saltó a los medios de comunicación pues, al fin y al cabo, decían con sorna en sus emisiones de radio, también parecía haber franceses dispuestos a colaborar en el exterminio de los judíos. Consecuentemente, el caso Petiot no sólo resultaba en la monstruosidad de un hombre criminal, malvado y avaricioso, sino que también era ya una vergüenza nacional para los franceses. De hecho, y en el colmo del ridículo, muchos editorialistas de los rotativos galos comenzaron a especular con la idea de que, tal vez, Petiot fuera un agente encubierto de la Gestapo, pues un ciudadano francés de bien no podía ser capaz de idear aquella barbarie. Otros simplemente asumieron los hechos y le dieron el apodo de “Doctor Satán”.

Pero de Petiot, por cierto, ni rastro. Ni una sola noticia hasta que llega a la redacción de un rotativo parisino una carta matasellada en Reuilly que cantaba alabanzas sobre el doctor. Se decía en la misiva que todo cuanto estaba ocurriendo era una conspiración contra uno de los más grandes y comprometidos hombres de Francia. Un patriota, bienhechor e incomprendido ser humano cuyo único delito era el de haber ayudado reiteradamente a los más desfavorecidos. A la policía la carta le dio mala espina desde el primer momento y pidió al periódico que se la hiciera llegar. Estaba escrita a mano. Un perito calígrafo comparó la letra con la de otros documentos de Petiot y corroboró las sospechas iniciales: aquella carta era obra del propio Satán.

No se pudo seguir la pista a la misiva a causa de los imponderables de la guerra, pero el jefe de policía –que demostró tener mucha psicología parda- supuso cual era el plan del doctor Petiot: tratar de integrarse en un grupo de la resistencia a fin de ocultarse entre sus componentes para, una vez terminada la contienda, que se decantaba ya hacia el bando aliado, reaparecer convertido de nuevo en un héroe popular, lo cual volcaría a la opinión pública de su lado en caso de ser detenido y pondría las cosas difíciles a las autoridades. Así, amparado en esta intuición, esperó paciente.

Llegó el Desembarco de Normandía y, poco después, la liberación de Francia. Cuando De Gaulle y los héroes de la resistencia francesa iban a entrar victoriosos en París, se repartieron entre los agentes de policía fotografías de Petiot. Y, en efecto, tan engreído como las autoridades habían supuesto, el doctor se presentó entre las tropas vencedoras uniformado como oficial del ejército. Días después de la liberación, el día 2 de noviembre de 1944, se le cogió cuando salía del metro en la estación de St. Mandé-Tourelle. Se había dejado la barba y llevaba unas gafas ahumadas, haciéndose pasar desde hacía meses por capitán de la resistencia bajo el alias de Henri Valéri.

Petior Detenido
Petiot posa en instalaciones policiales poco después de ser detenido.

Los argumentos de Petiot a la hora de defenderse fueron los esperables: él era un cabeza de turco de la Gestapo que, a la sazón, era la única responsable de los horrores encontrados en su propiedad. Sea como fuere, tras una larga instrucción sumarial, su juicio comenzó el 18 de marzo de 1946, habiendo poco espacio para espectáculos mediáticos, pues las pruebas en su contra eran tan abrumadoras que tan sólo sirvió para que se relataran públicamente sus horrores. Terminaría, de tal modo, el 4 de abril cuando el jurado le declaro culpable y único responsable del asesinato de al menos 24 personas.

A Marcel Petiot se le guillotinó el 25 de mayo de 1946. Tuvo el dudoso privilegio de ser el primer criminal francés que era ejecutado de tal guisa desde que el estallido de la Segunda Guerra Mundial motivara que la guillotina fuera almacenada en los sótanos del Ministerio de Justicia.

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