La “mosquita muerta”

El controvertido concepto de “duda razonable” y su incidencia en el dilema del veredicto se plantean con singular relevancia en un caso escocés -ocurrió en Glasgow a mediados del siglo XIX- bastante antiguo, pero no por ello menos clásico y estudiado. La protagonista fue la dulce Madeleine Smith. Hija mayor de un prominente arquitecto de Glasgow que, en el año 1855, vivía con su esposa y varios hijos en una lujosa casa de Blythswood Square.

MAdeleine Smith
Madeleine Smith dibujada en las fechas en las que todo sucedió. Una mocita casadera clase media-alta de aquellos días.

Madeleine era bella para su tiempo. No tenía aún los veinte años cumplidos y se mostraba enérgica, dinámica, inteligente, apasionada, con un temperamento de sesgo feminista, independiente, lanzado y precisamente por ello poco inclinado a manejarse dentro de las rígidas convenciones morales de la época… Y, como es normal, una moza de estas atractivas características despertaba bastante interés entre los jóvenes casaderos. Así es como se fijo en ella un modesto empleado comercial llamado Pierre Emile l’Angelier, quien buscó la forma de serle presentado.

El tipo no tenía donde caerse muerto, es verdad, pero era ambicioso y bien parecido por lo que se constituía en un perfecto cazadotes para quien la niña de los Smith representaba un excelente partido, por lo que comenzó a cortejarla. Los padres de ella jamás habrían aceptado esas relaciones con este desconocido extranjero -el componente xenófobo en estos casos pesaba mucho- y carente de recursos, por lo que todo el proceso ocurría entre disimulos y cuidados. Miradas melindrosas, contactos fugaces, cartas y mensajes que se envían y reciben a escondidas, así como conversaciones entre susurros.

Lo cierto es que el tal l’Angelier, como nos indica su nombre, procedía de una convulsa Francia en la que se había visto envuelto participado en los jaleos políticos y sociales parisinos de finales de la década de 1840. Recaló así en Glasgow como refugiado político, para hospedarse en una modesta pensión de Franklin Place. En tales condiciones, al aventurero desposeído que carecía de futuro, fortuna o familia, las esperanzas que le proporcionaba la aparente correspondencia de Madeleine le indujeron a forjar un retorcido plan de acción: ya que nunca obtendría de buen grado el consentimiento del padre, se hacía preciso aplicar una política de hechos consumados.

El cazador, cazado

Comenzó así una correspondencia epistolar entre el experimentado cortejante treintañero, aparentemente diestro en las cosas del amor, y una apasionada Madeleine, diez años menor, que ocultaba bajo su fachada de aparente inexperiencia la madurez suficiente como para llevar una casa, pues su madre tenía ciertos problemas crónicos de salud.

Sea como fuere, l’Angelier conservaba cuidadosamente las imprudentes cartas que ella le enviaba, pues la chica se entregó con pasión a la sensualidad del primer amor. De hecho, la correspondencia nos indica que en 1856 ya se habían convertido en amantes, y que ambos habían consumado sus deseos en el curso de algunos paseos a hurtadillas, o bien en la propia casa de los Smith, donde ella había hecho entrar al amante francés durante la noche, cuando todos dormían, en alguna que otra ocasión.

Pero Mr. Smith supo -o sospechó- algo porque siempre hay alguien que se entera de cosas y, lo que es peor, las cuenta. Por ello había prohibido terminantemente a su hija cualquier clase de relación con el tal l’Angelier. Especialmente cuando un vecino, conocido comerciante de mediana edad y en excelente situación económica, ya había insinuado al cabeza de familia sus honorables intenciones hacia Madeleine. Y un partido así no era cuestión desdeñarlo. De tal modo, una vez pasadas las primeras calenturas, la chica comenzó a enfriar de suerte sistemática sus relaciones con l’Angelier hasta que, por fin, decidió romper. El tipo había estado bien para comenzar, pero la verdad es que era un don nadie sin futuro alguno, y no era caso perder de vista las innegables ventajas que ofrecía el candidato aprobado por la familia… Porque Madeleine, sobre todo, debía pensar en el futuro personal.

Ante el intento de ruptura, l’Angelier, que estaba a varios años luz de ser un caballero, decidió pasar directamente al chantaje: dado que conservaba todas las cartas, algunas de ellas excepcionalmente tórridas, amenazó a Madeleine con hacérselas llegar a su padre, a su pretendiente, a quien fuera preciso para destruir su nombre. Y debemos pensar que en una época de severas costumbres como aquella, unas misivas como las intercambiadas por esa chica de clase media-alta con el apuesto francés simplemente aniquilarían su reputación, su futuro y supondrían la vergüenza y la tacha para la familia.

Pero durante los meses de febrero y marzo de 1956, de súbito, l’Angelier se sintió muy enfermo de suerte inexplicable. Finalmente, el 23 de marzo, se sintió terriblemente mal y murió en el cuarto de su pensión. Todo era muy raro. Un hombre joven, fuerte y saludable como aquel francés, que no cogía ni un mal constipado, de repente se ponía enfermo sin remisión y moría sin razón aparente. Fue así que los amigos y los empleadores de l’Angelier pidieron un análisis más detallado del cadáver -hablar de “autopsias” en el sentido actual del término en aquellos días, en los que la medicina legal estaba prácticamente comenzando y no había especialistas, es simplemente absurdo-, que reveló la causa del inopinado deceso: envenenamiento por arsénico.

El escándalo

A poco que la policía comenzó a hurgar en el asunto, salieron a relucir las cartas, así como el motivo del enfriamiento progresivo de la relación entre ambos jóvenes. Al parecer, Madeleine había llegado a ofrecer a l’Angelier la opción de abandonar su posición para fugarse con él, pero esto no interesaba al galán, pues no resolvía su porvenir económico. Todo lo que no terminara en matrimonio con la anuencia de la parentela era cosa inapropiada, de modo que el francés continuó amenazando a la amante con la exhibición de la cartas a fin de que planteara el asunto abiertamente a la familia. El cálculo era sencillo: cuando advirtieran que su hija estaba deshonrada y que la vergüenza se cernía sobre la casa, aceptarían el casamiento como única resolución honorable.

En aquellas cartas l’Angelier exhortaba a Madeleine a comportarse correctamente para evitar el desastre y adoptaba, a tal fin, la actitud de un auténtico maestro del savoir faire. Al menos durante un tiempo debió tener muy convencida a la chica de su atractivo, su gallardía y la honestidad de la relación, pues ella lo llamaba “amor”, “esposo”, “guía”, “protector”… A la par que le prometía amor y obediencia incondicionales. Pero este lobo con piel de cordero, tras haber poseído a la muchacha, no dudaba en presionarla echándole toda la culpa de lo ocurrido, preguntándose porqué él habría sido tan débil como para sucumbir a las perversiones inapropiadas de la chica en lugar de obrar con la corrección exigible a un varón educado. Era ella, el demonio, le había echo perder la cabeza y ahora pretendía abandonarlo, romperle el corazón y condenarlo…

El estudio de las cartas permite observar que en febrero de 1857 Madeleine ya tenía claro que la relación estaba muerta, que l’Angelier se había comportado como un canalla y que era un chantajista que trataba de negociar con un amor irreal. En aquellas malditas cartas ella había dado rienda suelta a su temperamento audaz y ardiente, dejándose llevar por la pasión psíquica y física, liberando sus instintos más lúbricos. En aquellas odiosas cartas, y bien lo sabía Madeleine, estaba su perdición. Es fácil imaginar que la mujer, desengañada y tal vez asqueada ante la manifiesta manipulación del amante, deseosa de preservar su posición social y no queriendo dejar pasar las oportunidades que se abrían ante ella con la aparición de un rico pretendiente, decidiera pasar a la acción. O tal vez no.

Anatomía de un asesinato

Así es que el 19 de febrero de 1856, con la caída de la noche, l’Angelier salió de la pensión con rumbo desconocido y sin dejar recado. Al regresar, ya de madrugada, se quejó a la patrona de fuertes dolores en el abdomen, tan serios que con la llegada de la mañana fue a ver a un médico que le recetaría algunas medicinas con las que  experimento algún alivio. Es cierto que no existen pruebas claras de que en esa noche, la del 19, él hubiera estado con Madeleine, si bien una testigo en el juicio declararía posteriormente que le había dicho que pensaba visitarla.

Sin embargo, no fue sino hasta el sábado 21 de febrero que Madeleine Smith tratara de comprar abiertamente arsénico, por lo que se ignora si ya disponía de él con anterioridad. El dependiente consignó la venta en sus libros como producto destinado al uso “en el jardín de una casa de campo”. Hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos el arsénico, pese a su gran toxicidad, solía utilizarse para todo tipo de finalidades, desde simple matarratas a medio para limpiar las malas hierbas, como quitamanchas, e incluso como producto cosmético destinado al blanqueamiento de la piel, por lo que era bastante común en los hogares. La única condición legal existente para suministrarlo era que quien lo vendiera debía indicar a quién y en qué cantidad a fin de preservar cierto control y garantizar que nadie poseía cantidades potencialmente peligrosas fuera de la legalidad.

El hecho es que al día siguiente de la venta, l’Angelier tuvo un segundo ataque de dolores estomacales y abdominales similar al primero, aunque tampoco existen pruebas de clase alguna de que a lo largo de ese domingo se hubiera entrevistado con Madeleine. Sea como fuere, el 21 de marzo Madeleine escribe un billete a l’Angelier, citándolo para el día siguiente… Y existe constancia de que el día 18 había efectuado una tercera compra de arsénico en una droguería.

De este modo, en la noche del 22 de marzo el atractivo francés pide a la dueña de la pensión las llaves de la entrada, pues pensaba volver tarde. Pero, pese a ello, a las dos y media de la mañana tocó la campanilla violentamente. La patrona, asustada por lo intempestivo del horario, se lo encontró tirado en el portal con los brazos cruzados sobre el abdomen, quejándose de forma lastimera y diciendo que se sentía muy mal, que de nuevo tenía un ataque de vómitos. A las cuatro de la madrugada, ante el empeoramiento manifiesto que l’Angelier experimentaba, se quiso llamar a un médico, pero él se negó insistentemente hasta que a las siete de la mañana fuera atendido. Se le recetaron algunos remedios, más destinados a paliar los síntomas que a otra cosa, en la medida que el galeno ignoraba de dónde procedía el mal. Cuando volvió a mediodía para comprobar el estado del paciente, se lo encontró muerto sobre la cama.

Hubo una investigación rutinaria… Y aparecieron las cartas, claro está.

El juicio

Asumido que se trataba de un caso de asesinato por envenenamiento, y siendo Madeleine Smith la principal sospechosa en la medida que había contado con motivos, medios y oportunidad, nada pudo hacerse para impedir el consiguiente juicio. Así pues, al final estalló el escándalo de todos modos.

Jucio de Madeleine
El juicio de Madeleine tal y como fue representado por un dibujante de la prensa de Glasgow.

El abogado defensor, un hombre experimentado y con buenas dotes para la oratoria, dejó bien claro al jurado que a menos que ellos tuvieran por cierto y probado por evidencias incontestables que la acusada y l’Angelier se encontraron a lo largo del día 21 de marzo, o del 22, o en la madrugada fatal del 23, nunca podría afirmarse que hubiera existido contacto entre ellos con total independencia de que la chica comprara arsénico. Es más: l’Angelier pidió de hecho la llave de la pensión a la patrona, pero nadie le vio salir de la casa o llegar a ella y, aun en el caso de que hubiera salido, nadie sabía a dónde fue. Es más: las cartas disponibles, a pesar tener un contenido inculpatorio innegable y propiciar un móvil bastante claro, no eran más que pruebas circunstanciales que tal vez mostraban las intenciones o deseos de quienes las escribieron, pero no constituían por sí mismas hecho alguno.

También hizo notar el abogado defensor que no se había demostrado que Madeleine Smith hubiera comprado arsénico -o lo tuviera en su poder- antes del ataque de dolores que padeció la víctima durante del día 22 de febrero, por lo que bien pudo ser envenenado en otra parte. En todo caso, las compras de arsénico de la chica eran comunes, se realizaron a plena luz del día y ante testigos, estaban perfectamente registradas, y no existían motivo alguno de que se realizaron para otro fin que aquel que la propia acusada había señalado.

Madeleine Smith, por su parte, declaró que en el día de autos se fue a la cama en torno a las once de la noche y permaneció en ella hasta las ocho o nueve horas de la mañana siguiente. Su hermana menor, Janet, con la que compartía habitación, corroboró este testimonio al afirmar que ambas se retiraron a las diez y media de la noche, que se acostaron juntas y que antes de dormirse vio que su hermana estaba también acostada. Al día siguiente, cuando se despertó, Madeleine aún estaba en la cama.

Otros testigos declararon haber visto en la noche del 22 de marzo, alrededor de las nueve y media, a l’Angelier merodeando en las cercanías de la casa de Madeleine, pero el policía de turno aquel día, que precisamente tenía una de sus paradas de rigor frente a la casa de la acusada, declaró no haber visto al fallecido o alguien de características similares en las inmediaciones en momento alguno.

Por otra parte, en el caso emergían dudas en torno a la actitud del amante francés. Es difícil entender, si es que fue Madeleine quien lo envenenó, como pudo pasar por tres intentos de asesinato especialmente dolorosos, con sintomatologías tan parecidas, sin sospechar absolutamente nada. Es difícil pensar por qué motivo alguien en su situación no llegó a sospechar de la chica, o simplemente a insinuar que tal vez fuera ella quien le estuviera provocando sus males. Algo se escapaba en todo esto y, desde luego, nunca se aclaró por cuanto quien hubiera podido establecer tales motivaciones, el propio l’Angelier, estaba muerto.

Todos estos detalles, en absoluto baladíes, llevaron a la defensa a afirmar que la carga de la prueba pesaba sobre la acusación y que, por otra parte, no había pruebas de que Madeleine se hubiera encontrado con l’Angelier antes de cada una de las tres ocasiones en que cayó enfermo. Es más, ni tan siquiera la evitación del escándalo podría operar como un móvil razonable por cuanto ella lo que quería eran las cartas comprometedoras y, matando a l’Angelier, no solo no habría podido recuperarlas jamás sino que tampoco habría podido evitar que salieran a la luz durante la subsiguiente investigación. Por todo ello solo cabía una salida: la absolución.

La acusación, que en realidad se apoyaba en elementos de convicción y sospechas, y no contaba con pruebas materiales manifiestas, argumentó que era perfectamente posible para Madeleine Smith haberse levantado de la cama cuando su hermana estaba dormida, abrir la puerta de la casa para admitir a su amante en la sala o en el comedor -como ya lo había hecho con anterioridad según sus propias cartas-. Además, entre otros argumentos, dijo que la cantidad y las características del arsénico encontrado en el estómago de L’Angelier, eran consistentes con las compras de ese tóxico que había hecho Madeleine. No obstante, es de suponer que este argumento aparentemente técnico tuviera poca consistencia en aquel entonces y pudiera ser cuestionado con cierta facilidad. Habría bastado con determinar la empresa fuente del veneno y ver a cuántos clientes suministraba en Glasgow. De ser muchos, la prueba simplemente se habría diluido.

El juez, por su parte, en sus instrucciones al jurado advirtió acerca de las diferencias entre la inferencia y la prueba. Les dijo, de tal modo, que podían tomar su decisión a partir de inferencias, puesto que muchas de las cosas que ocurren en la vida dependen de evidencias circunstanciales y nexos presupuestos, pero que, sin embargo, ha de tratarse de inferencias muy fundadas. Inferencias que dejen pocas dudas de que la víctima murió a manos de la acusada. Y agregó que si, de acuerdo con las circunstancias del caso, pensaban que los amantes se encontraron en la noche del 22 de marzo, que los síntomas de envenenamiento por arsénico comenzaron después de tal encuentro, y que el caso supuesto por la acusación era sostenible en base a las pruebas proporcionadas, entonces y solo entonces deberían decidir que Madeleine Smith era una envenenadora y una asesina.

El jurado, compuesto por ocho hombres y cuatro mujeres, dictó un veredicto de “no culpable” respecto del cargo de haber administrado veneno a l’Angelier en la primera ocasión, así como dos veredictos de “not proven” (no probado) en relación con los otros dos cargos: la segunda administración del veneno y el ataque fatal. Debemos indicar que el veredicto de “not proven”, que regía en el procedimiento de Escocia, arrojaba una tacha moral sobre el acusado, en la medida que presuponía una convicción de culpabilidad: no se podía decir objetivamente que Madeleine fuera culpable y por ello mismo había de ser exonerada, pero existían sobradas sospechas acerca de la licitud de sus actos. Vamos que, en opinión del jurado, había desempeñado de manera magistral el papel de la “mosquita muerta” para luego escaparse por la tangente de la duda razonable.

Una vez exonerada, pero con la reputación destruída, Madeleine abandonó escocia camino de Londres. Allá se caso con el artista Richard Wardle en 1861. Al parecer, tuvo la vida activa y bohemia que siempre deseó -incluso llegó a ser un miembro activo de la Sociedad Fabiana- al punto de que años después, en 1889, se separaría de su esposo para emprender viaje a los Estados Unidos, donde terminó instalándose.

Fallecería en New York en 1926.

Anuncios

Un comentario en “La “mosquita muerta”

  1. Pingback: In dubio pro reo – Löwenzahn

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s