Morir de éxito

De no ser por el secuestro de la famosa Patty Hearst, nadie se habría enterado de la existencia del autodenominado Ejército Simbiótico -o “simbionés”- de Liberación (Symbionese Liberation Army, SLA), en la medida que grupúsculo insignificante de pirados californianos reunidos en 1973. En su mayoría, se trataba de un puñado de estudiantes fumados de extraña ideología que aparentaban tener una organización enorme, estable y compleja, dispuesta a operar en cualquier parte de los Estados Unidos -así lo vendían-, pero lo cierto era que el grupo se componía de una docena de personas entre las que parecía llevar la voz cantante un presidiario negro fugado de la cárcel de Soledad, Donald David de Freeze… No está claro que fuese el jefe pero, al menos, nunca tuvo reparo en hacerse notar más que los otros, quizá porque ya tenía una notable experiencia en aquello de las actividades delincuenciales.

Como recordatorio de otro grupo criminal californiano precedente, la famosa “Familia” de Charles Manson, los del SLA no solo funcionaban de un modo similar como organización, sino que también propugnaban la defensa de una causa tan rara como inasumible en la medida que fusión de un vago pseudo-marxismo con algo de rollo new age y mucha labia canutera: el grupúsculo armado se autodefinía como entidad armónica surgida de organismos y entidades capaces de convivir en una profunda y amorosa armonía -de ahí lo de “simbiótico”-, destinada a la guerra revolucionaria contra la “clase capitalista fascista” y dispuesta a salvar del hambre y la pobreza a cualquier ser humano con total independencia de su raza, clase, nación y condición. Casi nada.

Donald David De Freeze
Donald Davis de Freeze… Un vulgar chorizo con ínfulas mesiánicas.

Cuando todo comienza

Marcus Aurelius Foster
Marcus Aurelius Foster. Un buen hombre que no merecía morir, pero al que un grupo de zumbados convirtieron en objetivo de una causa torpe que no iba con él.

El 6 de noviembre de 1973 es asesinado el doctor Marcus Foster, un relevante y reconocido profesor nacido en Athens (Georgia), que ocupaba el puesto de Superintendente de las Escuelas de Oakland. Parece un objetivo absurdo para un grupo supuestamente “antifascista”, y lo es, pues el delito de Foster no había sido otro que proponer la creación de un sistema de tarjetas identificativas en las escuelas de Oakland a fin de poder expulsar de la comunidad académica a los vendedores de drogas, que solían camuflarse entre el alumnado de los centros para sostener su negocio. La lectura de sus paranoicos asesinos: las dichosas tarjetas serían un medio destinado a cercenar las libertades de los jóvenes para someterlos a la dinámica controladora de las clases capitalistas dominantes.

La verdad es que el asesinato de Foster fue interpretado por la policía, como es lógico, como una acción de algún colectivo dedicado al narcotráfico local, por lo que cuando el SLA se atribuyó el crimen en un rimbombante comunicado días después, todo fueron gestos de extrañeza. ¿Quiénes eran? ¿Estaban tan organizados como decían? ¿Eran una simple panda de pirados revestidos de grandilocuencia? Tal era la confusión que algunos agentes del FBI incluso defendían la idea de que el comunicado era oportunista y que los “simbióticos” se atribuían una acción que no habían cometido para darse publicidad.

SLA Logo
El logotipo del SLA. Se supone que es una cobra con siete cabezas que simboliza no sé cuántas chorradas… La verdad es que denota el caldo de creencias pueriles que rezuman muchos de estos idearios fanáticos y poco racionalizados.

Al fin y al cabo, tras el jipismo desenfrenado de la década de 1960, la llegada del grupo crepuscular de Manson y su posterior disolución habían causado un grave daño al movimiento californiano. Tanto que se encontraba en franca decadencia. San Francisco y el campus de la Universidad de Berkeley, otrora epicentros de la radicalidad política, se encontraban sumidos en la tranquilidad. Las huelgas, las protestas y los boicots estudiantiles habían terminado. Hacía muchos meses que nadie realizaba amenazas de bomba -o de incendio- a edificios públicos y años que la policía no tenía que salir a la calle a reprimir a manifestantes salidos de madre. En tal contexto, la aparición de una organización como el SLA, surgida aparentemente de la nada, despertaba un profundo escepticismo a todos los niveles.

Sin embargo, dos meses mas tarde, el 10 de enero de 1974, los acontecimientos tomaron otro cariz. Cuando la policía detuvo una furgoneta sospechosa en una autopista californiana, sus ocupantes, dos hombres que luego resultaron ser Russell Little y Joseph Remiro, la emprendieron a tiros con los agentes. Una vez reducidos y detenidos, cuando la furgoneta fue registrada, se encuentra una ingente cantidad de documentación impresa sobre el SLA y sus actividades. Remiro y Little son automáticamente acusados del asesinato de Marcus Foster pero, lo que es más importante, toda esa información condujo a la policía hasta una casa franca en la que se declaró un sospechoso incendio momentos antes de que llegaran los agentes… No obstante, era tarde: cuando el fuego resultó sofocado, salieron a la luz manuales de guerrilla urbana, cajas de munición de gran calibre, un utensilio empleado para poner cianuro en las balas, ácidos y diversos tipos de venenos, caretas antigás, kits de maquillaje, disfraces, mapas, cuadernos con información detallada sobre posibles objetivos y, lo mejor de todo, los nombres de algunos de los componentes del SLA: Nancy Ling Perry, William Wolfe, Camilla Hall, Angela Atwood, Patricia Soltysik, y el ya mencionado Donald de Freeze.

Joseph Remiro and Russell Little
Remiro (izquierda) y Little (derecha). Los dos componentes del SLA que perdieron una furgoneta… Y dieron al traste con el secreto.

El secuestro de Patty Hearst

Entre los objetivos señalados por  el SLA se encontraban muchos de los mayores empresarios afincados en California. Entre ellos, William Randolph Hearst Jr. -hijo del conocido magnate de la prensa estadounidense que inspiró el legendario filme Ciudadano Kane-. Entre la información que acompañaba a su fotografía había alguna anotación marginal referida a, Patty, hija del supuesto objetivo principal, a la que nadie prestó excesiva atención. Entendámonos: el asunto de los “simbióticos” no era aún tomado demasiado en serio por el FBI en la medida que nadie terminaba de creérselo, y ello motivó que ninguna de las personas cuyo nombre se mencionaba en el listado incautado a la banda terrorista fuera advertida de la posible amenaza lo cual, como se demostró después, degeneró en un estrepitoso error policial.

Patty y Steven Weed
Patty Hearst y Steven Weed en plan novios formales.

El caso es que sobre las 21:30 horas de la noche del 4 de febrero de 1974, luna llena como se indicaba en aquella anotación ignorada, los miembros del SLA secuestraron en la casa que compartía con su novio, Steven Weed, a Patricia Campbell Hearst. La chica tenía entonces 20 años y estudiaba arte en la Universidad de California-Berkeley. Al parecer ambos estaban preparando exámenes cuando alguien llamó a la puerta principal. Resultó ser una joven blanca vestida con una gabardina que solicitaba ayuda, pues explicó encontrarse tirada a causa de una avería de su automóvil, y pedía utilizar el teléfono. Weed se disponía a franquear la entrada a la chica cuando dos hombres negros armados la apartaron e irrumpieron en el interior. Ataron al joven y se llevaron a Patty, a la que pedían insistentemente información sobre una caja fuerte que no existía, a la cocina. En un despiste, Weed se puso a correr por el salón, dando gritos, y generando la suficiente confusión como para poder escapar al exterior por la puerta trasera. Sorprendentemente, los intrusos no hicieron nada por detenerle. Simplemente arrastraron a Patty Hearst a la calle. La joven, que nunca dejó de defenderse, patalear o gritar, fue finalmente introducida en el maletero de un descapotable. Varios testigos alertados por el jaleo corroboraron esta historia. De hecho, la calle ya comenzaba a poblarse en exceso, por lo que los secuestradores dispararon varias ráfagas al aire para intimidar a los mirones antes de largarse a toda velocidad.

William Randolph Hearst Jr.
William Randolph Hearst Jr. en una foto de juventud. El atribulado hijo del Ciudadano Kane, el atribulado padre de Patricia Hearst… Un hombre gris -y rico- atrapado entre dos generaciones de famosos.

Tres días después, el SLA emitió un comunicado en el que se reconocía autor del secuestro de Patricia Hearst. En él, De Freeze -quien ahora, súbitamente inspirado por el esclavo Joseph Cinqué, quien encabezara el motín del buque negrero Amistad en 1839, se había rebautizado como “Cinque”-, exigía a William Hearst Jr. la entrega de setenta dólares a cada pobre de California… Ciertamente, se trata de una petición muy estúpida en la medida que esa cantidad no arreglaría la vida de nadie y el contenido simbólico de la misma resultaba absurdo, pero es que también el concepto mismo de “pobre” era extraño para la gente del SLA. A su parecer entraba dentro de esa categoría cualquier persona que recibiera ayudas de la seguridad social, prestación social sustitutoria de alguna clase o una pensión del tipo que fuere. En total, cubrir la extravagante exigencia habría costado a la familia Hearst la ingente suma de 400 millones de dólares de 1974, cantidad que probablemente no habría podido reunir en metálico ni aún teniéndola.

El comunicado terminaba con las consabidas amenazas sobre la vida de Patty, así como con un mensaje grabado por ésta en el que afirmaba encontrarse con vida, en buen estado de salud y rogaba tranquilidad a sus familiares.

William Randolph Hearst Jr., tras explicar que le resultaba imposible cumplir con tales exigencias, realizó una donación de dos millones de dólares para bancos de alimentos y comedores sociales, lo cual devino en un nuevo comunicado del SLA al que también puso voz “Cinque”: tras manifestar que estaba completamente seguro de que los Hearst tenían “cientos y cientos” de millones de dólares, los acusó de dar “migajas” a los pobres. Luego indicó que estaba seguro de que Hearst Jr. era amigo íntimo de personajes archimillonarios, criminales y “fascistas” como Howard Hughes y el Sah de Persia. Tras ello, una nueva soflama racial pseudo-marxista y al final la voz de Patty extrañamente cambiada, robótica: “hoy -dijo- es día 19 y ayer al amanecer el Sah de Persia ejecutó a dos personas”. Nada más. Algo raro estaba ocurriendo…

Sea como fuere, la demanda inicial se redujo y el SLA pidió que se repartieran otros cuatro millones de dólares entre los pobres. Hearst Jr. contestó que lo haría, si bien antes debían liberar a su hija, y ello condujo a un nuevo comunicado en el que la enojada voz de Patty confirmaba la idea de que se había producido alguna clase de transformación en su personalidad. Exigía que cumplieran con la nueva petición, culpaba al FBI y al gobierno de estar presionando a sus padres y demostraba simpatizar con la causa de sus supuestos captores. El culebrón internacional en el que ya se había convertido el secuestro de Patty Hearst daba un interesantísimo giro inesperado. De hecho, aquella era la víctima perfecta para obtener publicidad. Si lo que el minúsculo SLA deseaba era convertirse en un fenómeno mundial, lo había hecho mejor que bien. Tanto que ni ellos mismos habían previsto las consecuencias de sus actos pues tanta notoriedad no tardaría en llevar al grupo a morir de éxito.

Síndrome de Estocolmo

Pasados dos meses del secuestro, el 3 de abril, Patricia Campbell Hearst hizo pública su afiliación al Ejército Simbiótico de Liberación. Había adoptado el nombre de guerra de Tania -como la célebre guerrillera que acompañó a Ernesto Che Guevara-. Al parecer le habían dado a elegir entre la liberación y la lucha armada para conseguir la libertad de los oprimidos, y ella había optado por la segunda opción… El concepto de “síndrome de Estocolmo” comenzó a aparecer con profusión en los medios de comunicación.

Patty Hearst SLA
Patty Hearst, la aquejada de síndrome de Estocolmo más famosa de la historia, reconvertida en un póster de Tania. Todo un icono de la cultura popular contemporánea. Hay que hacer un esfuerzo muy grande para mantener la cabeza fría y no simpatizar -bien sea remotamente- con este monumental despropósito.

Debemos indicar que actualmente este es un concepto ya clásico a la hora de referirse al vínculo afectivo que las personas secuestradas, maltratadas, vejadas o violadas experimentan para con sus captores. El vínculo se establece cuando la situación de agresión desaparece en la medida que la víctima sometida  a un fuerte estrés, indefensa y necesitada de protección, interpreta esta falta de violencia y el tratamiento amable como un “gesto humanitario” del agresor, que de repente se convierte en inopinado benefactor. Al parecer, las estadísticas indican que afectaría en torno al 30% de las personas que pasan por esta clase de situaciones. Como decimos, entonces era algo realmente novedoso pues el primer caso conocido -y de ahí su nombre- se produjo el 23 de agosto de 1973 cuando Jan Erik Olsson intentó atracar el Banco de Crédito de Estocolmo, en dicha ciudad sueca. Al verse acorralado por la policía tomó varios rehenes que, tras pasar muchas horas con él, modificaron su actitud ante la situación: lejos de temer al delincuente que los tenía retenidos y amenazados como era de esperar, terminaron protegiéndolo a fin de evitar que fuera “atacado” por los agentes de la ley que acababan de liberarlos. El término “síndrome de Estocolmo” para referirse a esta singular reacción de los secuestrados fue acuñado por el psiquiatra Nils Bejerot tras estudiar pormenorizadamente el caso.

Patty Bank Robbery of Hibernia
Patty, la guerrillera, en el Banco Hibernia.

Y de bancos va la cosa, precisamente, pues el 15 de abril de 1974 Patty Hearst, maldisimulando su apariencia con una peluca, pero perfectamente reconocible en las grabaciones de las cámaras de seguridad, formó parte del equipo de siete personas que atracó el Banco Hibernia, en San Francisco. El SLA necesitaba dinero para seguir adelante, y atracar bancos se presentaba como la única salida viable para financiar sus actividades. Patricia también intervino en el tiroteo del 16 de mayo frente a una tienda de deportes de Inglewood, Los Ángeles, en la que algunos de sus compañeros fueron detectados robando material por uno de los empleados… Evento que sucedió, por cierto, justo un día antes del final del grupo terrorista. Signifiquemos, de paso, que en ninguno de ambos sucesos hubo víctimas.

 Al final de todo

La policía, finalmente, había logrado identificar una de las furgonetas que los componentes del SLA empleaban para sus traslados. Tras seguirla, aparcó en una casa del barrio de Compton, al sur de Los Angeles, concretamente en el 1466 de la calle 54 Este, por lo que se dispuso el pertinente operativo para acceder al lugar. Así, tres escuadrones de la unidad de Special Weapons And Tactics -SWAT, creados originalmente por el Departamento de Policía de Los Angeles en 1967-, tomaron posiciones en completo silencio. Una vecina había informado a los agentes de que allí entraban y salían al menos dos hombres y varias mujeres con cierta asiduidad, pero se ignoraba cuántas personas habría en el interior de la casa exactamente y de qué clase de equipo dispondrían, por lo que no se escatimaron medios: rifles automáticos, escopetas, bombas lacrimógenas y etcétera. La convicción general era que los integrantes de la célula terrorista, al verse completamente cercados, se rendirían.

A las 17:44 horas, mediante un megáfono, el líder del operativo SWAT dio orden a la gente de la casa de salir con las manos en alto. Pasaron un par de minutos y la puerta se abrió. Del interior, deslumbrados, salieron los inquilinos originales de la vivienda, un hombre y un niño desarmados que se encontraban retenidos por la célula terrorista y a los que los agentes pusieron a salvo de inmediato. La puerta se cerró tras ellos… El megáfono volvió a emitir el mensaje, pero la respuesta fue un silencio prolongado. En consecuencia, se lanzó al interior el primer bote de humo, aunque no se logró efecto alguno lo cual hizo pensar a los agentes que los atrincherados llevarían máscaras antigás. Ante la expectativa, se dio orden de lanzar otro bote con la finalidad de que la acumulación de gas lacrimógeno saturase los filtros de las máscaras y terminara por afectar a sus propietarios… Y esto desencadenó un tiroteo tremendo que se prolongó durante varios minutos.

Tal fue el encono del enfrentamiento que el intercambio de fuego afectó a varias viviendas del barrio. El final de la batalla, retransmitida en directo por la televisión, se precipitó cuando una de las balas de los SWAT atravesó una lata de gasolina. El calor acumulado en el interior provocó la ignición del combustible y un devastador incendio del que nadie saldría con vida. Contrariamente a lo que había imaginado la policía, los componentes del SLA atrincherados en la casa -Hall, de Freeze, Perry, Atwood, Wolfe y Soltysik- prefirieron morir abrasados, respondiendo al fuego hasta el último segundo de sus vidas, antes que entregarse a las Autoridades. Patty, para alivio de sus progenitores, no estaba entre los cadáveres examinados por el equipo del célebre forense Thomas Noguchi. Se la encontró meses después, en septiembre, en un apartamento con otro de los militantes del SLA. Sería detenida y puesta a disposición de la justicia… Pero esa es otra historia.

Soltysik, Hall y Perry
Otras componentes del SLA. Todas ellas se encontraban entre los cadáveres del tiroteo infernal de Compton.

El forense Noguchi, sorprendido por la reacción final de los componentes carbonizados del SLA, realizó una autopsia psicológica tanto de ellos como de su situación final. Descubrió algo que nadie había pensado hasta entonces y que fue lo que llevó a la batalla con el SWAT y al fracaso de las técnicas de asedio convencionales: los grupos terroristas viven alimentados de un fuerte componente fanático que convierte a sus miembros en criminales fuera de la convención, y justamente ahí radica su potencial peligrosidad. A menudo creen que su muerte es la causa más eficiente para ganarse las simpatías ajenas y por ello buscan activamente el martirio al verse acorralados. Esto hace que una situación en la que cualquiera tendría miedo a la muerte sea para ellos una oportunidad, el contexto idóneo para emitir un poderoso mensaje. El terrorista acorralado se inmola, no se entrega.

Muere de éxito.

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Un comentario en “Morir de éxito

  1. Pingback: In dubio pro reo – Löwenzahn

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