El principio de Arquímedes

No conocí esta historia por la excelente película del director Pablo Trapero que he tenido el gusto de visionar en los últimos días, sino por una de mis alumnas, de origen argentino, quien decidió convertirla en tema central de uno de sus trabajos. Se trata de una narración absolutamente fascinante, como lo son todos los crímenes que germinan y se desarrollan en el interior de las familias, que sacudió a la sociedad argentina durante décadas –tanto que ha dado incluso para un libro, una película e incluso una serie de televisión-, pues nadie daba crédito, y que yo sencillamente desconocía. Esto me llevó a profundizar en el relato a fin de componer estas líneas que tengo el gusto de dedicarle.

El Clan
Uno de los carteles de la fascinante película de Pablo Trapero. El filme fue el más visto en Argentina en 2015, pues la nación aún no ha superado por completo el impacto del caso.

Sea como fuere, tras profundizar en el relato del tristemente célebre en Clan Puccio, he llegado a la conclusión de que el asunto no comenzó con los secuestros de 1982. A mi parecer, ese año supuso la graduación criminal de su protagonista, director y patriarca, Arquímedes, quien tuvo la extrema habilidad y capacidad de manipulación de valerse de su posición personal para arrastrar al delirio incluso a sus propios hijos. Pero tengo la impresión de que los acontecimientos que condujeron al desastre se iniciaron mucho antes. A menudo, cuando se analizan las motivaciones y resortes criminales desde los meros hechos, se comete el error de creer que son flor de un día. Que los actos criminales –al igual que los errores, los aciertos, la felicidad o el éxito- se presentan en la vida de los individuos por mero azar, de la noche a la mañana, inopinadamente, como por casualidad. Pero lo cierto es que toda historia criminal, como toda historia en realidad, tiene una gestación, se apoya sobre resortes circunstanciales y psicológicos que a menudo tardan incluso décadas en conformarse adecuadamente y que, llegada su maduración, afloran con extrema facilidad dando la impresión de ser cosa nueva, impulso momentáneo, idea recién parida, simple casualidad.

Y una de las cosas que demuestra el relato que nos ocupa es precisamente esta: todo cuanto ocurre en el mundo del crimen –como cuanto sucede en todos las ámbitos de la vida- tiene su razón de ser, su preñez, evolución y parto. Quizá las razones de nuestros aciertos y fracasos sean remotas e inalcanzables. Pero una vez detectadas y analizadas con frialdad, se nos muestran tan mecánicas como implacables. Nadie crece en un día, se arruina en un día, decide matar en un día o bate un record mundial en un día. Y quien pretenda creerlo se engaña miserablemente.

Fabricando un criminal

Arquímedes Rafael Puccio, nació en el barrio bonaerense de Barracas en septiembre de 1929, era el mayor de cuatro hermanos y miembro de una familia acomodada y culta. Su padre, Juan, trabajaba como jefe de prensa del famoso político Juan Atilio Bramuglia (1903-1962). Su madre, Isabel Ordano, se dedicaba a la pintura con mediano éxito. Tanto es así que Arquímedes bien pronto comenzó a dar muestras de que haría carrera en la vida: tras un digno proceso académico se tituló como “contador” –aquí diríamos licenciado en empresariales- en la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires. Además, introducido en las esferas políticas por los contactos familiares en 1949, tuvo una progresión meteórica dentro del peronismo que le condujo a al viceconsulado del Ministerio de Asuntos Exteriores, puesto que ocupó entre 1957 y 1964.

Arquimedes Puccio #2
Arquímedes Puccio en sus últimos años.

En el mismo 1957 contraería matrimonio con Epifanía María Ángeles Calvo, una profesora de matemáticas y contabilidad en el colegio María Auxiliadora, también natural de Buenos Aires y nacida en 1932. Con ella llegó a tener cinco hijos: Alejandro (1958), Silvia (1960), Daniel (1961), Guillermo (1963) y Adriana (1970). Un enlace que no solo resistió con eficiencia el desgaste de los años sino que también, al menos externamente, siempre pareció normal e incluso feliz. Por cierto que a fue poco de contraer matrimonio que la familia se instalaría en San Isidro, localidad del área metropolitana bonaerense, en la misma casa que con el paso de los años adquiriría una triste celebridad.

Casa del Mal #1
Vista de uno de los acceso de la casa de la familia Puccio en el barrio de San Isidro en los días en que todo ocurrió.

Tras realizar diferentes misiones diplomáticas en el extranjero, especialmente en Madrid, y recibir de manos de Juan Domingo Perón (1895-1974) la condecoración que le certificaba como el diplomático más joven y prometedor del país, nadie dudaba de que Arquímedes Puccio llegaría muy alto… Pero a comienzos de la década de 1960, nuestro protagonista, que siempre tuvo cierta querencia hacia el dinero fácil, el dispendio y la vida onerosa, sufrió su primer revés al ser acusado de contrabando de armas en valija diplomática. Ello frenó su avance al desafectarlo con el régimen y le hizo dar algunos tumbos hasta que un amigo, el teniente coronel Jorge Osinde –quien luego sería uno de los cerebros de la masacre de Ezeiza- le tendió la mano. Por su concurso, en 1973, se matricula en la Escuela Superior de Conducción Política, organismo dependiente del Movimiento Nacional Justicialista, y accede a la Municipalidad de Buenos Aires, de la que es nombrado Subsecretario de Deportes. Sería en la mencionada escuela que conocería al primero de los miembros del famoso clan, Guillermo Luis Fernández Laborda, entonces administrador del Hospital General de Agudos José María Ramos Mejía.

Epifania Angeles Calvo
Epifanía Ángeles Calvo, esposa de Arquímedes, es escoltada durante una de las sesiones del proceso.

Eran aquellos años turbios y complicados para el país. No estaba claro qué iba a suceder y era momento de tomar el partido correcto para quedar bien colocado ante posibles adversidades. Bien lo sabía el hábil Puccio, que continuó con su peculiar descenso a los infiernos haciendo amigos como el ya citado Osinde o como Anibal Gordón, reconocido miembro de la Triple A. Sería por el complicado ambiente que se vivía en los entornos políticos y administrativos que los entonces recién conocidos Puccio y Fernández Laborda decidieron integrarse en el Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea, aún a pesar de que se contaron entre los que recibieron a Perón en Ezeiza a su regreso, el 20 de junio de 1973. El viejo plan de jugar a dos barajas por si acaso. De hecho, Arquímedes Puccio formó parte del tristemente célebre Batallón de Inteligencia 601, organizado a finales de 1970 y obró como partícipe activo de la “guerra sucia” y de la Operación Cóndor.

Así las cosas, cuando el golpe de Estado de 1976 derrocó a María Estela Martínez de Perón y se puso en marcha el Proceso de Reorganización Nacional, Puccio y Laborda estaban perfectamente colocados y tenían contactos de considerable peso en el entramado del poder como el del Teniente Coronel Victoriano Franco. Pero no sólo. Como alumnos aplicados que eran, también contaban con la formación necesaria como para organizar secuestros, extorsiones, chantajes, desapariciones… Y claro, también demostraron tener la catadura moral necesaria para pasar de la teoría a la práctica. De hecho, todavía hay quien recuerda al Puccio de los años previos al golpe de estado, así como a sus amigos de la Triple A infiltrados en la municipalidad bonaerense, recorriendo los pasillos del edificio municipal como si fuera de su propiedad, mostrando sus armas largas a cualquiera, con cualquier pretexto, realizando constantes exhibiciones de fuerza e intimidando a quien se atreviera a mirarles de un modo que no les gustara. Suyo sería el país.

Guillermo Fernandez Laborda
Guillermo Fernández Laborda, en custodia policial.

Campo de pruebas

A las 7:00 horas del 23 de enero de 1973 un empresario vinculado a Bonafide, Enrique Segismundo Pels, es secuestrado en su casa. Un hombre, a punta de ametralladora, penetra en su dormitorio y le ordena que se ponga algo de ropa. Luego, aún descalzo y sin camisa, pero con un saco en la cabeza, le introduce en el Peugeot 404 de su propia esposa, a la que dejan en la casa maniatada junto con una de las empleadas del servicio doméstico. Todo sucede a escasas diez manzanas de la residencia presidencial. Poco después, sobre la marcha, es trasladado a un Ford Falcon que –según se sabe- era propiedad de Arquímedes Puccio. Luego hubo un largo viaje que terminó con Pels encadenado en una habitación de paradero desconocido. La petición de los secuestradores, garabateada en un papel dejado en la residencia del secuestrado durante el proceso, era bien simple: 10 millones de pesos. Por lo que se sabe, el empresario Pels habló muy poco con los secuestradores durante su cautiverio, de apenas diez días, pues el 2 de febrero, previo pago del rescate, fue liberado en el barrio de Avellaneda.

Se ha dicho a menudo que Puccio nunca fue condenado por este secuestro a causa de la falta de pruebas, pero como mostró el periodista Carlos Juvenal en su libro Buenos muchachos: la industria del secuestro en Argentina (Planeta, 1994), lo que sucedió fue que el caso Pels nunca quedó resuelto a causa de un incomprensible marasmo de torpezas jurídicas y decisiones raras que terminó en la absolución de Arquímedes. De hecho, tras la investigación policial y demostrado su vínculo con el secuestro, Puccio fue detenido y confesó tanto su pertenencia a la Brigada Avellaneda como su participación en la operación, pero luego se desdiría ante el juez, tanto en lo referente a sí mismo, como en relación a los nombres que había ido deslizando en su testimonio. No podemos olvidar que por aquellos días la Triple A ya era muy fuerte en Argentina y cuidaba bien de los suyos, por lo que los estrambóticos derroteros que tomó el caso del secuestro del empresario Pels terminaron, tras muchas vueltas y revueltas, en el sobreseimiento definitivo de la causa.

Ciertamente, el expediente Pels se volvería a reabrir ante las flagrantes irregularidades, pero la dictadura terminó con el asunto definitivamente en 1978 de la mano del entonces juez instructor de Morón, el sempiterno Federico Nieva Woodgate. Sorprenden más en este asunto, por cierto, las reiteradas omisiones de la justicia y de la policía que sus escasas acciones: falta de registros, falta de testificales, falta de pruebas, falta de indagatorias… Falta de todo porque nadie quería saber absolutamente nada del tema. Ni tan siquiera el propio secuestrado, Enrique Segismundo Pels, quiso hablar jamás de su cautiverio pese a los muchos intentos para contactarlo realizados por la prensa argentina.

Sea como fuere, Arquímedes Rafael Puccio, tipo que como hemos visto había recibido la formación necesaria en la vulneración impune de los derechos y libertades de los demás amparado en toda clase de “buenas razones”, había dado un paso decisivo para convertirse en el terrible criminal que le llevaría a la fama. De hecho, extrajo una interesante lección de toda aquella peripecia judicial que vendría a alimentar una personalidad que, luego quedó claro, gozaba de obvios rasgos psicopáticos: para determinadas personas colocadas en ciertas posiciones de poder era posible secuestrar, cobrar, vencer a la justicia y salir de rositas. Venció al sistema con su frustrado negocio del contrabando. Había vencido al sistema en la historia del secuestro Pels. A lo mejor los tipos como él –debió pensar- podían vencer al sistema para siempre.

El Clan Puccio

No ha sido esclarecido, aun a pesar de las sospechas policiales, pero cabe suponer que un tipo con la catadura y amistades de Arquímedes debió participar activamente en otros secuestros y desapariciones durante la década de 1970. De hecho se le vinculó a determinados casos con poco éxito por cuanto –y lamentablemente es norma- muchas de las brutalidades de los Años de Plomo que aquejan a naciones y sociedades nunca son aclaradas y, a veces, ni tan siquiera contadas. Quedan en el limbo de lo que ya nadie quiere saber, preguntar o recordar. Pero en abril de 1982, justo cuando comienza la Guerra de las Malvinas, parecía claro que la dictadura militar argentina, esclerotizada en el marasmo de su ineptitud, empezaba a tener los días contados. Cabe pensar que Puccio, que por aquel entonces era copropietario de una tienda de deportes –que regentaba su hijo Alejandro- situada en un local habilitado en la propia casa de San Isidro, ubicada en el 544 de la calle Martín y Omar, y a la sazón propietario de un bar en el edificio colindante, había decidido dar los últimos golpes para asegurarse la vejez… Porque de un modo u otro Arquímedes no había dejado nunca de hacer trampas o de vivir al filo de la ley. Tal y como contó uno de los antiguos miembros del Clan, Roberto Oscar Díaz, al periodista Rodolfo Palacios en una entrevista concedida a la web bigbangnews.com, Puccio andaba entre otras cosas metido en chanchullos con el propietario de un concesionario de automóviles, Alberto J. Armando, quien “contrataba patotas [pandillas, bandas] para deshacerse de los autos, los mandaba a robar, a romperle los vidrios, a prenderlos fuego. La idea era cobrar el seguro. Puccio era parte de esas patotas”. No obstante, el ambicioso Arquímedes picaba más alto y no estaba dispuesto a conformarse con las migajas que iba picoteando aquí y allá. Había urdido un plan.

Roberto Diaz (detencion)
Roberto Oscar Díaz (izquierda) escoltado por la policía.

A comienzos de 1982 los dos viejos amigos, Puccio y Fernández Laborda, se reencuentran en el Servicio de Aduanas, y el primero hace partícipe al segundo del proyecto para montar su propia red de secuestros extorsivos. Le informó en aquellas conversaciones de que tenía un buen contacto, el coronel retirado Rodolfo Victoriano Franco, y un buen elemento para ayudarse en el operativo, Roberto Oscar Díaz, a quien conocía del negocio sucio del concesionario de automóviles. Así pues, iban a hacerlo todo por sí mismos, sin intermediarios, sin repartos embarazosos y sin tener que dar explicaciones a nadie. Firmarían un pacto de sangre y crearían un clan. Una una asociación criminal indestructible… “Todo era una locura [relata Díaz]. Hicimos el pacto de sangre como si fuéramos mafiosos. A Puccio le gustaba ponerse la boina y hacerse el siciliano”… Lo más estremecedor del caso era que este inopinado caporegime en el que se había convertido Arquímedes había decidido montar el negocio en su propia casa y con la ayuda de su hijo primogénito, Alejandro, al que siempre se ha querido vender como una víctima del negocio de su padre, pero que no solo estaba al corriente de todos los operativos, sino que era parte activa del plan como manifestó Díaz en la antes referida entrevista: “Alejandro era ambicioso. Lo pintan como inocente o culposo o víctima del padre. Pero era flor de turro [persona deshonesta, sinvergüenza]”. De hecho, y para muestra un botón, la primera víctima designada fue un compañero y amigo del propio Alejandro, Ricardo Manoukian.

Alejandro Puccio tenía una carrera bastante respetable como jugador de rugby en el Club Atlético de San Isidro, popularmente conocido como CASI. Tanto que incluso había llegado a debutar con los famosos “pumas” de la selección argentina. Manoukian, de 23 años, compañero de equipo y miembro de una familia que regentaba la próspera cadena de supermercados Tanti –hoy absorbida por Supermercados Norte-, se desplazaba por ahí en un coche blindado y había sido formado por un grupo antisecuestros después de que un familiar suyo sufriera la terrible experiencia –se sospecha que el propio Arquímedes ya estuvo implicado en aquel episodio-, pero cayó en la trampa confiado en la amistad que mantenía con Alejandro. El resto de la historia es tan plano como triste: el chico estuvo nueve días encapuchado y atado de pies y manos en la bañera de uno de los aseos de la segunda planta de la casa entretanto a su familia se le exigían nada menos que 500.000 dólares como rescate. La cantidad llegó a manos del Clan Puccio, pero Ricardo fue asesinado a tiros el 30 de julio y su cadáver terminó en el río Luján, cerca de Escóbar, si bien aparecería mucho después en Benavídez.

Alejandro Puccio (Rugby) #2
Alejandro Puccio. Tenía un prometedor futuro en el rugby.

Fue por estos días que, como relata el periodista Palacios en su libro El Clan Puccio: La historia definitiva (Planeta, 2015) que Arquímedes se ganó en el barrio apodos como “el loco de la escoba” o “el cú-cú”, por cuanto se pasaba el día entero rezongando mientras barría el camino de entrada a la casa, ya fuera día o noche, lo cual le valió algún que otro encontronazo con los vecinos, o bien se asomaba a una ventana del piso superior sin cesar, de manera compulsiva. Nadie pudo explicarse tal conducta extravagante hasta tiempo después, cuando se destapó la organización criminal familiar: lo que hacía el patriarca del Clan era pasarse el día en una perpetua vigilancia.

El segundo en caer fue otro conocido que Alejandro había hecho en el mundillo del rugby, Eduardo Aulet, un ingeniero industrial perteneciente a otra familia adinerada, recién casado, y que jugaba en el Club Pueyrredón. Secuestrado cuando se dirigía al trabajo en su propio coche el 5 de mayo de 1983, no se le volvió a ver con vida. Y ello aún a pesar de que la familia pagó los 150.000 dólares que se le exigieron. Su cuerpo no aparecería sino hasta cuatro años más tarde. Su ejecutor fue Díaz, quien no solo reconoció haberlo matado sino que también ha sido el único miembro del Clan que, con el paso de los años, ha mostrado públicamente su arrepentimiento: “Fue horrible. Puccio me obligó a disparar. Pobrecito Aulet. Cuánta crueldad. Puccio me dijo que lo hiciera por la familia, que no traicionara el pacto de sangre. No pude negarme. […] Si no lo hacía, me hubiesen matado a mí”.

El Clan Puccio
Portada del best-seller de Rodolfo Palacios que inspiró la película.

El tercero de la lista había de ser Emilio Naum, de 38 años, dueño de las tiendas de ropa McTaylor y bien conocido por Arquímedes Puccio, que tenía perfectamente fijados sus movimientos, por lo que obraría como gancho. Así, debía hacerse el encontradizo con Naum cuando este fuera al volante de su coche y rogarle que le trasladara unas cuantas manzanas más arriba. Llegados a destino, le estarían esperando otros componentes del Clan para proceder al secuestro. Sorprendentemente, Emilio Naum, que no era deportista ni se encontraba en especial buena forma, se resistió al intento de inmovilización de los hombres que intentaban reducirlo con tal fiereza y decisión que se vieron obligados a ejecutarlo allí mismo para no dejar testigos, antes de darse a la fuga.

Este fracaso habría resultado en un momento perfecto para que el clan abandonase sus actividades, pero la ambición de Arquímedes Puccio era ilimitada, no estaba conforme con cómo habían salido las cosas y se sentía invulnerable. Además, contaba con nuevos efectivos en la medida que su hijo Daniel –conocido en el mundillo del rugby, que también practicaba como su hermano, con el apodo de maguila-, y que no había formado parte de las tres primeras acciones al encontrarse fuera del país, fue incorporado al Clan. No ha quedado bien establecido si Daniel Puccio se avino a participar de buen grado u obligado por el padre y esto, aunado al hecho de que no estuvo implicado en las primeras muertes, motivó que su condena fuera mucho menor que la del resto de implicados en la organización, lo cual le ayudó a poner tierra de por medio a la menor ocasión. Tampoco ha ayudado mucho a comprender hasta qué punto la participación de los hijos en la empresa criminal fue voluntaria o resultado de la manipulación una de las pomposas sentencias con las que Arquímedes Puccio adornó su vejez: “Si Hitler convenció a millones, ¿cómo no iba yo a convencer a mis hijos?” De hecho, una de las cosas que nunca ha quedado clara –lo que se cuenta a este respecto es licencia cinematográfica o mera novela- ha sido cómo era la vida en el interior de aquella casa, cómo funcionaban las cosas o si, simplemente, la mujer y el resto de los hijos de Arquímedes tenían alguna idea de lo que sucedía a su alrededor, hecho probable. Es cierto que la familia, de cara al exterior, mantenía una vida perfecta, una convivencia redonda y honrada, siendo “normal” y respetada en el barrio, pero poco o nada se sabe de cuánto ocurría bajo aquel techo más allá de la circunstancia de que los secuestros solían coincidir con los viajes de la esposa y las hijas… Porque es una constante cósmica que las familias –todas- tienen secretos. Solo parecía tener una preocupación el patriarca con respecto a sus dos hijos y subalternos en el crimen: que no se mancharan las manos personalmente con la sangre de sus víctimas.

Así las cosas, se pasó al siguiente nombre de la lista, la empresaria Nélida Bollini de Prado, de 58 años, quien sería secuestrada el 23 de agosto de 1985. En el entendido de que matar gente era necesariamente peligroso en la medida que un cadáver siempre termina siendo un problema y que el gobierno militar había caído -y con él muchos de los amigos con cuya protección pensaba contar en caso de que vinieran mal dadas-, el jefe Puccio había diseñado una estrategia alternativa. Así, acondicionó el sótano de la casa de San Isidro para mantener a los cautivos en condiciones de reclusión adecuadas y, de paso, para confundirlos organizándolo todo como si se tratara del local de una casa de campo, colocando incluso fardos de paja como atrezzo. Esto permite pensar que, tal vez, pensaba seguir secuestrando pero no matando.

Victimas de los Puccio (Aulet, Naum, Manoukian y Bollini)
Las víctimas del Clan Puccio. De izquierda a derecha: Eduardo Aulet, Emilio Naum, Ricardo Manoukian y Nélida Bollini de Prado.

El final del Clan

Alejandro y su novia estaban solos en la casa, viendo la televisión, cuando el equipo policial irrumpió en el hogar de los Puccio. Ya venían sospechando que aquella familia no era trigo limpio, pero la denuncia a las Autoridades por parte de los familiares de Nélida –cosa que no habían hecho quienes les precedieron en el trago- y el seguimiento de las actividades de Arquímedes Puccio para la negociación del rescate vinieron a confirmarlo todo. El descenso de los policías al sótano certificó el final del Clan Puccio: allá se encontraba Nélida Bollini de Prado, encadenada y tirada sobre un camastro. Arquímedes fue detenido casi al mismo tiempo, cuando todavía intentaba cobrar. Aún quiso, el muy torpe, amenazar a sus captores argumentando que la casa de San Isidro estaba repleta de explosivos y que volarían por los aires si intentaban entrar por la fuerza. Delirios de grandeza de quien aún creía tener un poder que ya no le pertenecía.

Sotano Casa
Aspecto del sótano en el que se mantuvo encerrada durante un mes a Nélida Bollini de Prado, la única superviviente a las actividades del Clan.

El eslabón débil del juramento de sangre que pretendía convertir el Clan en un organismo monolítico e impenetrable fue Díaz, quien harto de todo decidió contar la verdad. Una verdad que nunca fue reconocida ni por Arquímedes, ni por sus hijos, ni por el resto de sus secuaces, quienes siempre negaron todas y cada una de las acusaciones más graves. Lo mismo haría el resto de la familia Puccio, con Epifanía al frente, que dijo desconocer por completo a qué se dedicaban su marido y sus dos hijos mayores durante sus viajes e incluso negó tener la menor constancia de cuánto sucedía en su hogar. Nadie llegó a creerlas del todo jamás, pero tampoco pudo nadie demostrar lo contrario, por lo que la justicia no supo penetrar en el misterio. En todo caso, se estableció en el seno de la familia una impenetrable conspiración de silencio en torno a lo sucedido en la casa de San Isidro. Silencio tan pertinaz que su propietaria, la propia Epifanía, impuso la absurda condición de que, por cláusula contractual, sus inquilinos sucesivos no pudieran publicar o permitir que se hicieran fotografías del interior de la vivienda. Prohibición que permanece en vigor.

Arquimedes Puccio (detencion) #3
Arquímedes escoltado por la fuerza policial.

Alejandro, condenado a prisión perpetua y tras varios intentos infructuosos de suicidio, terminó falleciendo prematuramente en prisión, en 2008, probablemente a causa de las secuelas que le acarrearon sus constantes coqueteos con la muerte. Lo de Daniel fue otra historia. Castigado con una condena más suave quedó pronto en libertad condicional y retornó a San Isidro dispuesto a reabrir el bar familia a fin de rehacer su vida. Sin embargo, el vecindario interpretó su osadía como una burla inaceptable y, finalmente, decidió largarse con viento fresco. Parece que se instaló en Nueva Zelanda. En 2013, cuando la causa contra él por prófugo de la justicia hubo expirado, regresó coyunturalmente a Argentina para recoger la documentación que certificaba el fin del proceso y volvió a desaparecer.

Alejandro Puccio (detencion)
Alejandro Puccio en el momento de su detención.

Arquímedes Puccio, el caporegime, se vendió a sí mismo como un “patriota” –ese viejo último recurso de los cobardes, los canallas y los sinvergüenzas de todo cuño y profesión para justificar sus atrocidades- y un “preso político”. De poco le sirvió en la medida que terminó condenado a prisión perpetua en 1985. Aprovecharía los años de reclusión para estudiar Derecho –otro clásico- y convertirse a la religión evangélica hasta ser beneficiado en 2008 por la llamada ley del “2×1”, que sirvió para que saliera libre. Ante el escándalo que procuró en el país esta excarcelación, las Autoridades se replantearon el caso y le reingresaron en el Instituto Correccional Abierto General Pico de La Pampa. Tras ganar –ahora sí- la libertad condicional acabó malviviendo, convertido en un paria al que acogió bajo su protección un pastor evangélico que se ocuparía de él hasta su muerte en el mismo General Pico, ocurrida en 2013, y devenida a causa de un accidente cerebro-vascular. Aún tuvo su minuto de gloria gracias al interés de Rodolfo Palacios, quien lo contactó para documentar su libro y al que realizó todo tipo de declaraciones autoexculpatorias, extemporáneas, zafias y psicopáticas que no repetiremos aquí porque carecen el menor interés. Baste significar que como corresponde a todos estos campeones de la manipulación y el engaño, jamás se arrepintió de sus actos ni explicó las razones por las que decidió convertir a su propia familia en una organización criminal.

Nadie reclamó el cuerpo, por lo que terminó en una fosa común.

Daniel Puccio (detencion)
Daniel “Maguila” Puccio es escoltado por las Autoridades.
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Un comentario en “El principio de Arquímedes

  1. como siempre, un gusto leerte. Me gustó mucho el análisis que hiciste acá y el esbozo del personaje de Arquímedes… esa impunidad heredada de los resabios de la dictadura militar. Un personaje siniestro, como tantos otros que todavía pululan por acá.

    abrazo! 🙂

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