El Vampiro de Düsseldorf

Peter-Kurten #1Peter Kürten se cuenta entre los asesinos en serie más ávidos de sangre de todos los tiempos. En ello coinciden los juicios de la criminología, la psicología y la psiquiatría forense. Y, desde luego, es un criminal de manual no sólo por la precocidad de sus primeros asesinatos, sino también porque a lo largo de su vida pasó por todas las fases críticas que las estadísticas atribuyen al asesino en serie de perfil psicópata: víctima de abuso infantil, maltratador de animales y pirómano.

Feroz y experimentado torturador, violador y apasionado del rojo, Kürten nunca desdeñó una buena oportunidad para ejercer sus terribles vicios. Mató al menos a nueve niños, mujeres y hombres, pero atacó con enorme brutalidad a muchos más. Asimismo, en el Vampiro convergen todos los argumentos que alimentan el debate moderno acerca de la mente del asesino psicópata. ¿Estaba enfermo? ¿Era simplemente un malvado? Si hemos de prestar atención a las propias palabras con que Peter Kürten se refería a sus acciones e ideas, habría que pensar en que se trataba de una especie de monstruo amoral y despiadado. Si se trata de analizar sus actos, siempre surge el argumento que apunta inevitablemente hacia lo patológico.

Quienes tuvieron la molesta responsabilidad de juzgarle se limitaron únicamente a escuchar sus tremendos monólogos sin molestarse en ir más allá por obvias razones: los crimenes de Kürten generaron una indignación pública sin precedentes en Alemania. Sin embargo, los estudios clínicos de que el Vampiro de Düsseldorf fue objeto mostraron a las claras que tras el individuo incapaz de bondad, frío, enigmático e impasible que se reflejaba en el brillo de sus intensos ojos azúles, se ocultaba una mente distorsionada, patológica y anormal. Por otra parte, si Jack el Destripador obró como paradigma del criminal en serie británico y norteamericano, Peter Kürten -que se reconoció “inspirado” por su colega de Whitechapel- adoptó otra variante que se convirtió con el paso de los años en un clásico criminal en Europa Central y del Este. Así, a su modo, tomó como modelo de acción un elemento clásico de su propia tradición cultural: la del nosferatu o vampiro. Resulta interesante darse cuenta de que el criminal en serie es, como el resto de los mortales, un prisionero de la cultura y el medio social en los que nace y se desarrolla de suerte que sus actos suelen guardar una clara coherencia con aquellos.

Niño “modelo”

Peter vio su primera luz en el año de 1883 en Gerreshein, un suburbio de Colonia, en el seno de una familia tan pobre como numerosa que pronto, siendo él aún niño, se trasladaría a la cercana ciudad de Düsseldorf. Era el mayor de los trece hermanos que, junto a los progenitores, vivían en míseras condiciones, dentro de un espacio tan reducido como insano y en un ambiente familiar deplorable. El cabeza de la familia Kürten era sujeto incapaz de conservar un empleo a causa de sus problemas con el alcohol. Tanto la dipsomanía como las constantes frustraciones hacían de él un tipo inmoral, con un horrendo y brutal carácter, que pegaba frecuentemente y sin freno a su mujer e hijos. En ocasiones incluso violaba a su esposa ante los pequeños. Pero con el primogénito el tema era distinto. Peter era un niño de extrañas costumbres, no exento de malicia, que se convirtió desde muy pequeño en el rebelde de la casa dado que no estaba dispuesto a asumir la situación con el estoicismo de sus hermanos. Papá Kürten engendró un zapato de su horma. De este modo, cuando tan sólo contaba ocho años, hizo una primera tentativa de fuga que no le llevó demasiado lejos, ya que fue encontrado y -como de costumbre- golpeado salvajemente. No obstante, volvería a intentarlo tiempo después y, durante unos meses, vagabundeó por los suburbios viviendo de pequeños hurtos.

De estos días datan los primeros detalles criminales de la vida de Peter Kürten. Al parecer solía entretenerse estrangulando ardillas y maltratando a todo aquel perro callejero que se cruzara en su camino, así como a otros animales. También practicaba la zoofilia con ovejas a las que degollaba para vampirizarlas una vez había alcanzado el orgasmo. Gozaba viendo correr la sangre. Antes de regresar al hogar, incluso se vio implicado en las muertes de dos personas pues, como contaría mucho tiempo después en su extensísima declaración policial, estaba jugando a orillas del Rhin con otros dos niños, cuando decidió empujar a ambos al río. Allí se ahogaron entretanto él observaba el espectáculo… Los ríos se convertirían para él desde aquel día en una especie de lugar de culto, de paraíso personal hasta el punto de que la mayor parte de sus crímenes serían cometidos en sus orillas.

Sea como fuere, resulta fácil imaginar el odio que el Kürten niño sentía por su padre. Aversión que creció cuando le sorprendió violando a una de sus hermanas y que le llevó a denunciarlo a las Autoridades, quienes lo encerraron una temporada. Difícil es saber si esta denuncia fue realizada de buena fe o, más bien, con el fin de poder actuar impunemente y sin temor a la autoridad paterna puesto que él mismo intentó, con posterioridad, atacar sexualmente a una hermana menor. En todo caso, cuando el padre regresó al hogar le propinó tal paliza que a punto estuvo de matarle, y lo hubiera hecho de no mediar en la disputa el resto de la unidad familiar. Pero Peter ya sabía qué quería “ser de mayor”. A partir de este momento se dedicó al maltrato asiduo de animales, el robo, la violación y, posteriormente, la piromanía. De hecho, solía incendiar chabolas o casas abandonadas en las que hubiera vagabundos con la esperanza de verlos envueltos en llamas.

La última vuelta de tuerca a la formación criminal de Peter Kürten se la ofreció su primera experiencia de pareja, pues vivió durante un tiempo con una prostituta de tendencias masoquistas que le doblaba en edad. Con ella, sin límites, pudo experimentar a placer y practicar muchas de las brutalidades que antes había ejercido sobre animales.

Delincuente habitual

Cumpliría su primera condena en 1899, para pasarse el resto de la juventud entrando y saliendo de la cárcel. Al menos hasta 1904, año en que el ejército le llama a filas. Kürten acudió, desde luego, pero no dudaría en desertar a las primeras de cambio. Como prófugo no tuvo mucha suerte puesto que fue capturado y recluido en un penal militar del que no salió hasta 1912. En realidad hasta ese momento, al menos que se sepa, no había hecho nada que no hubiera podido hacer cualquier otro delincuente habitual, pero durante estos años de encierro en penales inmundos se forjaría en su retorcida mente lo que habría de venir: irreductible, en la prisión infringía las normas a propósito para ser confinado en soledad y así poder pasarse las horas muertas imaginando brutales correrías sexuales e inventando delirios sádicos sin ser molestado por nadie. Con el paso de los días, Kürten canalizó su odio hacia la sociedad que le había convertido en lo que era, de modo que, entre sus locuras libidinosas, empezó a fraguarse una trágica sed de venganza. Lo cierto es que apenas abandonó la cárcel regresó a los delitos de poca monta. También quiso poner en práctica sus fantasías y atacó a una chica en el bosque de Grafenberg violándola brutalmente para luego abandonarla tras creerla muerta. El cadáver no se encontró jamás a pesar de que Peter no se molestó en ocultarlo -jamás lo hizo-, lo que hace pensar que la víctima en realidad sobrevivió y guardó para sí el horrible secreto.

Durante uno de sus habituales robos con allanamiento cometería el primero de los asesinatos que le han hecho famoso. Parece que había pasado la mayor parte de la primavera de aquel año recorriendo el área metropolitana de Düsseldorf y Colonia, asaltando tanto bares como fondas. Todo sucedió en la última ciudad. Entró por azar en uno de los apartamentos de aquellas pensiones y se encontró con una niña que dormía y a la que, presa de un intenso deseo sexual y una furia homicida como jamás había sentido antes, no dudó en degollar salvajemente. Era el 25 de mayo 1913. La víctima fue la pequeña Christine Klein, de 10 años. Luego explicó que había saboreado con fruición la sangre de la niña. El Vampiro había nacido:

La policía se vio envuelta en un extraño conflicto familiar que la alejó del verdadero culpable. El padre de la niña, Peter Klein, dueño de la posada por lo demás, culpó del asesinato de la pequeña a su hermano Otto, al que había negado un préstamo en el día anterior a los hechos. La negativa degeneró en una violenta disputa que concluyó cuando Otto, presa de la rabia, amenazó a su hermano con un sentencioso “te acordarás de esto el resto de tu vida”. El hecho de que los agentes encontraran en la escena del crimen una navaja con las iniciales P. K. grabadas en el mango les hizo pensar, inevitablemente, que el inculpado podría haberla tomado prestada de Peter Klein para cometer el horrible asesinato de su sobrina. Sin embargo, dado que el crimen no parecía corresponderse con el carácter de Otto Klein, su coartada era sólida y que las pruebas contra él eran circunstanciales, quedó absuelto tras el pertinente juicio.

Al día siguiente de cometer la fechoría, Kürten tuvo la serenidad –otro rasgo clásico en este tipo criminal- de regresar al lugar de los hechos para tomarse una cerveza frente al local de los Klein. Sabía que en el furor del crimen había perdido la navaja y quería asegurarse de que la policía no pensaba seguir la pista del objeto. Tras sondear al paisanaje y enterarse de la rocambolesca historia del odio entre ambos hermanos se supo a salvo, de modo que retornó a casa con total tranquilidad. Sin embargo, algo había cambiado en su interior. El asesinato de la niña había despertado en su interior una extraordinaria sed de sangre que, muy pronto, le llevó a armarse con un hacha –en su defecto, un martillo- para emprender una larga serie de agresiones e intentos de estrangulación en Düsseldorf que tuvieron como objetivo a hombres, mujeres y niños, y que sembraron el terror durante meses. Si no llegó a matar a nadie más en aquel periodo fue porque estuvo entrando y saliendo de la cárcel con mucha asiduidad hasta 1921.

Tiempos de cambio

Peter_Kurten #2Es ahora, cuando empieza a frisar la cuarentena, que su vida parece dar un giro y acercarse a la estabilidad puesto que conoce a María y contrae matrimonio con ella para, luego, trasladarse a un pequeño pueblo. Cierto que la mujer había pasado un tiempo en prisión acusada del asesinato de un antiguo novio que falleció en extrañas circunstancias pero, sin embargo, pertenecía a una familia de clase media acomodada que ofrecía a Kürten grandes posibilidades. Así, cambia su aspecto y costumbres. De esta época son las fotografías más conocidas del Vampiro de Düsseldorf: levita sencilla de un elegante color negro o gris oscuro, cabello peinado con brillantina -producto que, por cierto, era el último grito de la moda masculina en la Alemania de Weimar-, lentes, un bigotito perfectamente recortado e incluso polvos faciales. Tal vez por influencia de su esposa, quizá para encajar en su nuevo estatus social, Peter Kürten se transformó en un hombre nuevo, educado, cortés, enormemente considerado… Se trataba de la fachada perfecta: llevaba una vida tan normal como la de cualquier buen esposo y se ganaba la vida honradamente como conductor de camiones para una importante factoría. Además, se introdujo en círculos políticos y sindicales, desarrollando una incesante actividad.

La señora de Kürten jamás pudo sospechar que tras un hombre tan atento y bien considerado como su marido podría esconderse un monstruo sediento de sangre que, a poco de conocerla, había matado a hachazos a una pareja de novios. En todo caso, el matrimonio y su nueva situación social parecieron estabilizar las tendencias de Peter, que no se dejaba llevar por sus impulsos con tanta facilidad como en sus años jóvenes, y pudo llevar una vida tranquila y decente durante al menos cuatro años.

El retorno del Vampiro

En 1925, sin embargo, el matrimonio Kürten regresa a Düsseldorf por motivos laborales y la gran ciudad se convierte de nuevo en elemento catalizador de los peores vicios e inclinaciones de Peter. Desde su retorno a la urbe desenterró el hacha -o el martillo-, se transformó de nuevo en un merodeador y volvió a sembrar el pánico en los arrabales y parques públicos de la ciudad. El detonante de sus renovadas ansias homicidas resultó del todo insospechado: un peatón fue atropellado por un tranvía ante él. La sangre corría por la calzada y Peter, que se había estado engañando a sí mismo durante todo aquel tiempo, tuvo un orgasmo. Pese a todo, no mató a nadie en otros cuatro años, limitándose a pequeñas escaramuzas. El 8 de febrero de 1929, sin embargo, a Kürten se le presentó una ocasión que no podía desdeñar cuando se encontró con una niña perdida. Con toda tranquilidad, abusó sexualmente de ella para a continuación asestarle varios golpes con unas tijeras y beber su sangre. La pobre Rose Ohliger, aún con vida, fue rociada con petróleo y quemada. Kürten estuvo viendo a la niña arder todo el tiempo, disfrutando cada segundo de su horrible agonía.

Tan sólo cinco días después de este asesinato, se encontró el cadáver de un mecánico de 45 años llamado Scheer en una carretera cercana a Flingern. Apuñalado hasta la muerte, su cuerpo presentaba veinte heridas de arma blanca, muchas de ellas en la cabeza. Kürten, cuya audacia no parecía conocer límites, tuvo la sangre fría de regresar al día siguiente a la escena del crimen para mantener una animada conversación con uno de los detectives que llevaban el caso.

El hallazgo de ambas víctimas hizo saltar todas las alarmas y la policía, convencida finalmente de que en todos aquellos asesinatos y agresiones había una curiosa suerte de coincidencias, se puso en marcha. Se llevarían a cabo continuas redadas y abundantes controles rutinarios a la busca y captura del feroz asesino. Incluso algunos grupos de delincuentes y bandas callejeras se unieron a la caza del ya conocido por todos como Vampiro de Düsseldorf, con tanto interés por detener sus crímenes como las mismas fuerzas de seguridad. No en vano, las constantes redadas policiales en pos el enemigo público número uno interferían con sus propios negocios sucios. Desde este momento y hasta que Peter Kürten fuera finalmente detenido, se investigaría a doscientos sospechosos y se seguirían, escrupulosamente, más de doce mil pistas anónimas. Nada de ello surtió efecto. Las críticas de la prensa fueron tan duras y la opinión pública llegó a tal grado de crispación, que pasaron años hasta que la maltrecha reputación de la policía alemana se viera restituida.

Y lo cierto es que los agentes de la ley cometieron un error fatal que dificultó enormemente la detección de Peter Kürten. Tras la antes narrada ola de agresiones se detuvo a un deficiente mental apellidado Stausberg que, al parecer, había asaltado a dos mujeres con un lazo con el que había pretendido estrangularlas sin éxito. Como es de suponer, la policía acusó al pobre Stausberg de todo el lote y, por algún motivo que jamás se sabrá -puede que un patético deseo de ser famoso o un interrogatorio mal realizado-, el individuo se confesó culpable. Así, se le internó en un manicomio y se dio carpetazo al caso con el consiguiente revuelo en la prensa que no escatimó titulares para celebrar la caza del célebre criminal.

Alentado por la impunidad, un Kürten que no podía dar crédito a su reiterada suerte, se lanzó de nuevo a las calles de Düsseldorf en busca de otra víctima que encontró en María Hann, una joven criada a quien sedujo con facilidad. Llevó a la chica hasta un oscuro lugar de los bosques que orillan el Rhin para, de inmediato, lanzarla al suelo y arrojarse sobre ella. La estranguló, la hirió con las consabidas tijeras y lamió con fruición la sangre que brotaba de las heridas. Finalmente, quemó el cadáver y lo abandonó. Días más tarde, comprendiendo que el cuerpo de María Hann no aparecía, envió un anónimo a la policía en el que se indicaba la localización exacta del cadáver, rogando a los agentes que lo recogiesen para darle cristiana sepultura. En efecto, el macabro Peter Kürten era también supersticioso y pensaba -como luego se supo- que si sus víctimas no recibían las debidas exequias se levantarían e irían a buscarle para hacerle pagar por sus agravios. El propio Kürten, de nuevo, estuvo entre los curiosos que se desplazaron al bosque para observar el levantamiento del cuerpo y, quizá alterado por la escena, esa misma tarde raptó a un niño al que propició el tratamiento habitual.

Las fiestas populares y verbenas se convirtieron para el Vampiro de Düsseldorf en un verdadero coto de caza ya que, según su testimonio, el sonido de los petardos y el jolgorio de la gente le excitaban sobremanera. Por lo demás, entre el gentío resultaba más fácil seleccionar a sus víctimas propiciatorias y pasar desapercibido. Así fue como captó a las niñas, Louise Lenzen -14 años- y Gertrude Hamacher -5 años-, en la feria anual de Flehe. Las niñas regresaban a casa por un camino que atravesaba el bosque cuando, como un inopinado lobo feroz, Kürten salió de la espesura y les cortó el paso. Una vez allí, muy amablemente, rogó a Louise que fuera a comprarle cigarrillos alegando que se le habían terminado y que él cuidaría de la más pequeña. La chica le creyó y tomó el dinero que le tendía aquel extraño de suerte que, apenas se alejó de la pareja, Kürten apaleó y estranguló a la indefensa Gertrude para luego beberse su sangre. No tardó Louise en regresar para verse sometida a idéntico tratamiento, con la salvedad de que en esta ocasión Peter fue aún más lejos y decapitó a la chica. Cabe destacar que este doble crimen desató una ola de pánico en la ciudad que al Vampiro le resultaba enormemente gratificante, pues Peter Kürten seguía sus andanzas con sumo interés a través de los periódicos notando, no sin diversión, que se le atribuían muchas más víctimas de las que realmente se había cobrado.

Volverá a las andadas al atacar a Gertrude Schulte, a la que golpeó hasta desfigurarle el rostro de por vida, pero que sin embargo logró zafarse de la muerte gracias a la intervención de unos excursionistas que, alertados sus gritos, acudieron en su ayuda. Es probable que el fracaso asustara al Vampiro que ahora, por primera vez en su vida, sí tenía algo que perder. No podemos olvidar, por cierto, que su nombre figuraba en los archivos de la policía alemana y que los métodos y medios policiales germanos en los años veinte eran muy superiores, por ejemplo, a los que hubiera podido tener el Scotland Yard de los días de Jack el Destripador. Pero ningún agente se entretuvo en leer ese historial delictivo en la medida que el tipo de delitos allí descrito nada tenían que ver con la agresión que ella había sufrido. La pobre señora Schulte no vio aquella fotografía y, de haberlo hecho, tampoco podría haber  reconocido en el joven mugriento de la imagen al elegante caballero que la había agredido. Kürten no contaba. Se conocían sus pequeños delitos, se obviaban los grandes. Sin embargo, el aumento de la frecuencia de sus acciones y la brutalidad cada vez mayor en el trato que prodigaba a sus víctimas denotan que no sólo se sentía invulnerable, sino que también estaba perdiendo el control.

Asesinará a Ida Reuter en septiembre. En octubre aniquilará a otra criada llamada Elizabeth Dorrier y atacará con un martillo a otras dos mujeres. Noviembre vivirá la desaparición de Gertrude Albermann, otra pequeña de cinco años. Sucede el día 7. Dos días después, llegará a un rotativo la consabida carta del Vampiro informando a los periodistas del lugar exacto en el que puede ser encontrado el cadáver de la niña. Con el cambio de año, en 1930, las cosas no mejoran y los ataques y agresiones son constantes. Ahora no hay víctimas mortales, pero si múltiples mutilaciones y daños psicológicos irreversibles. En descargo de la policía cabe decir que Kürten nunca hacía las cosas igual y que tanto sus patrones de conducta, como la variedad de sus posibles presas, resultaban tremendamente aleatorios, lo cual no ayudaba en absoluto a que el enorme despliegue policial tuviera la eficacia deseada.

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Cartel de la película Fritz Lang inspirada en los crímenes de Kürten. Una joya cinematográfica.

Acorralado

Esta prepotencia, sin embargo, se iba a volver en su contra puesto que, sin tratarse de un criminal organizado, se volvió especialmente descuidado y empezó a cometer errores que estrecharían el círculo policial a su alrededor. Ambos fracasos sucedieron en 1930. El primero cuando su nueva elección, la señora Koch, escapó a su abrazo mortal de puro milagro. Como siempre, la llevó a la orilla del río donde le propinó un fuerte golpe en la sien que dejó a la mujer sin sentido. Cuando iba a repetir su actuación de costumbre -subirse a horcajadas sobre ella para estrangularla- un agente de policía advirtió la escena y Kürten tuvo que huir a toda prisa. Las descripciones de ambos, agredida y agente, no fueron demasiado precisas, pero estaba claro que había personas que podrían reconocerle de manera que el Vampiro se encerró en casa. El problema es que no pudo contener su sed de sangre durante el tiempo necesario como para que las cosas se sedimentaran e intentó matar de nuevo. Segundo error. Atentó contra María Butlier, pero, de nuevo, la mujer logró escapar y proporcionó una detallada descripción de Kürten. Éste no tardó en asustarse al comprobar que la prensa en bloque ilustraba con su retrato robot la portada de los periódicos. El cazador se había convertido en presa y, como un verdadero animal, se recluirá en el hogar, sin alimentos ni dinero.

Existen dos versiones contrapuestas acerca de la captura de Peter Kürten y, en puridad, no existen motivos de peso para creer que una de ellas sea más cierta que la otra. En la primera de ellas, la del propio Vampiro, se limitó a confesarle a su mujer de la que siempre se reconoció “fiel y enamorado”- la totalidad de los crímenes mientras charlaban, quitándole importancia a los hechos como si se tratase de simples travesuras infantiles. Frau Kürten, en un principio, casi se desmayó de la impresión, pero la intención de Peter era buena: sabiéndose atrapado quería que ella cobrase la cuantiosa recompensa que se ofrecía por él a modo de subsidio. En la otra versión se argumenta que el matrimonio se había separado hacía tiempo y que Peter, desesperado en su encierro, se puso en contacto con ella para pedirle ayuda tras contarle sus andanzas con pelos y señales. De este modo, tras citarse con él, habría sido la señora quien, asustada y asqueada por las confidencias de su marido, y también animada por la posibilidad de obtener fácilmente una enorme suma de dinero, le habría traicionado haciendo llegar la historia a la policía. Así pues, en esta versión de la historia, Kürten habría sido detenido cuando acudió a la cita.

A poco de su detención, el Vampiro quedó en manos del psicólogo Karl Berg, quien supo ganarse la amistad del prisionero, penetrando a fondo en la mente del criminal y logrando con ello la más extensa y detallada confesión conocida en la historia del asesinato en serie. Ayudó sobremanera el hecho de que la memoria de Kürten funcionó de manera extraordinaria, recordando hasta el más mínimo aspecto de sus correrías. Paradójicamente, fue incapaz de rememorar otros detalles accesorios a sus crímenes que podrían ser de interés policial y que, sin duda, olvidó porque no poseían para él la misma intensidad emocional. Fue precisamente la vívida relación de las horrendas acciones que Peter Kürten realizara lo que produjo mayor impresión y más indignó a todos cuantos siguieron su caso. De hecho, y a falta de pruebas incontrovertibles, nunca fue acusado de uno u otro asesinato o agresión en particular, él se deleitó al narrarlos con tal fruición que pareció estar cometiéndolos de nuevo. Entretanto el estenógrafo recogía su voz, algunos de los agentes presentes durante la confesión fueron incapaces de soportar la horrible historia. No fueron pocos los que en un primer momento se mostraron escépticos ante el aluvión de detalles -Berg entre ellos- pero la pasmosa seguridad de Peter Kürten y la intensidad de sus emociones al relatarlo todo, finalmente, convenció incluso a los menos crédulos.

De este modo, acusado de al menos nueve asesinatos y setenta intentos, el juicio del Vampiro de Düsseldorf comenzó el 13 de abril de 1931. Enjaulado como un animal se le exhibió en el banquillo de los acusados. Las pruebas, siempre circunstánciales, fueron mostradas una por una con todo lujo de detalles por parte de la acusación: informes forenses, horrendas fotografías, tijeras, cuchillos, navajas, hachas, martillos, prendas de ropa… todo un autentico y genuino museo del terror. Pero tras los barrotes de la jaula no aparecía el monstruo que todos habían imaginado o que la prensa sensacionalista había vendido, sino un hombre de carne y hueso, vestido con un impoluto traje de presidiario, bien afeitado, con el cabello perfectamente arreglado y, en general, el aspecto que tendría en su misma situación cualquier tipo respetable. Un hombre de voz plana y monocorde que recusó su extensa confesión y se dijo “no culpable” ante la estupefacción del juez.

Dos meses tardó Peter Kürten en regresar a su confesión original. Durante este tiempo fue examinado intensamente por varios especialistas que le encontraron perfectamente responsable de todos y cada uno de sus actos. Su competencia psíquica nunca fue puesta en entredicho. El Vampiro argumentó, como justificación de sus delitos, que toda su obra era una gran venganza ideada contra la sociedad por las maldades que sufrió en las terribles cárceles alemanas.

Peter Lorre
El actor Peter Lorre encarnando el papel del vampiro en la película de Lang.

Tras la escasa hora y media de deliberación que siguió al juicio, el jurado pronunció un veredicto unánime de culpabilidad para Peter Kürten, quién fue sentenciado a nueve penas de muerte. El reo no mostró debilidad alguna y tan sólo hizo notar que los testimonios de algunos de los testigos mostrados por la fiscalía no parecían muy fiables. Asimismo, arguyó que las observaciones de los supuestos expertos no le habían resultado dignas de consideración y que, en su opinión, no estaban cualificados para el trabajo que se les había encomendado. Esta exposición hizo creer hasta el último minuto que Kürten iba a recurrir al veredicto para eludir la guillotina, pero el condenado guardó una calma absoluta hasta el día de la ejecución, que tuvo lugar el 2 de julio de 1932 en el patio de la prisión Klingelputz.

El cuentacuentos popular -rico como siempre en finales novelescos- ofrece también un final controvertido. Según algunos autores, la última voluntad de Peter Kürten fue que, cuando se le decapitase, el verdugo sacara su cabeza del cesto y le dejase escuchar durante unos minutos cómo su propia sangre goteaba en el suelo. Según otros, momentos antes de la ejecución dijo que sentir la hoja de la guillotina en su nuca sería el último y más grande placer de su vida. Tal vez ambas cosas sean verdad.

Quizá ninguna de ellas.

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