Sí fuimos a la Luna

Aldrin fotografiado por Armstrong


Pese a tratarse de uno de los acontecimientos más y mejor documentados no ya del siglo XX, sino de la historia de la humanidad, existen millones de personas empeñadas en sostener que esta imagen es un fraude. Que estos hombres nunca estuvieron la Luna. Que Werner von Braun -ni los otros 400.000 técnicos y especialistas implicados en el proceso, que no fueron uno o dos- nunca les llevó hasta allí… Y que esto no es más que un estudio cinematográfico.

¿Por qué hablar de esto? Pues porque hay teorías de la conspiración que tienen gracia, las hay creíbles, las hay posibles y las hay completamente absurdas… Y esta, por la mera evidencia de los hechos, pertenece al último grupo. De hecho, y como profesor que soy, me indigna que “serios” y cultos estudiantes universitarios todavía hoy sostengan semejante tontería.


La historia

Para comprender cómo se alcanzó nuestro satélite -y aquí reside parte de la trampa de la argumentación conspiranoica- no basta con restringirse a los acontecimientos del Proyecto Apolo, pues la historia comienza mucho antes y solo cuando se contempla en perspectiva, adquiere pleno sentido y se advierte su lógica interna. Por eso, se impone hacer un poco de historia que nos lleve a comprender el proceso en su conjunto y no solo las partes que se quieren someter a controversia.

En 1957, con la puesta en órbita del satélite Sputnik 1 por parte de la Unión Soviética, se daba el pistoletazo de salida de la llamada “carrera espacial”. Y lo cierto es que los soviéticos parecieron coger a contrapié a los estadounidenses, pues siempre fueron por delante en esta nueva modalidad de la Guerra Fría. De hecho, la aparente debilidad tecnológica en materia espacial de los Estados Unidos llegó a despertar un auténtico brote de histeria colectiva en la opinión pública estadounidense, tal vez equiparable al infundado temor que despertó a comienzos de la década de 1940 una posible invasión del suelo norteamericano por parte del Japón durante la Segunda Guerra Mundial. Si los soviéticos estaban en el espacio, entonces podían estar en cualquier parte.

El temor ante el poderío espacial de la URSS creció a medida que sus éxitos fueron concatenándose sin el que gabinete presidido por Eisenhower pareciese tener la capacidad necesaria como para responder adecuadamente a los logros del rival. En tales circunstancias, el heredero del problema, John Fitzgerald Kennedy, se vio obligado, cierto que con desgana nunca ocultada pues creía que su país tenía problemas más serios que afrontar, a tratar de subvertir esta situación en un plazo razonablemente corto de tiempo. En suma: la cuestión tenía más que ver con el prestigio de la nación que con una necesidad real y todo quedaba restringido a mera cuestión propagandística.

El primer paso fue la puesta en marcha del Proyecto Mercurio, que no sirvió para tomar la delantera a los soviéticos, pero si provocó al menos el efecto tranquilizador requerido, pues se convenció a la ciudadanía de que “algo se estaba haciendo” en consecuencia. Efecto incrementado por la aparente facilidad con la que la NASA parecía ponerse a la altura de las circunstancias.

Mercury 7 (Grupo)
Imagen propagandística de los astronautas del Proyecto Mercurio.

Nadie podía negar que la tecnología espacial soviética era a todas luces superior a comienzos de la década de 1960, por lo que Kennedy, tras los primeros éxitos, decidió que sería más inteligente plantear una batalla larga y de desgaste, que tratar de competir con el enemigo por pequeñas victorias marginales. Surgió de esta manera la apuesta -en un primer momento netamente política- de alcanzar nuestro satélite con un vuelo tripulado y en un plazo de tiempo razonablemente corto. De hecho, es conocido que cuando Kennedy estaba dando su célebre discurso en el que anunciaba el proyecto, en la NASA no tenían ni la más remota idea de cómo iban a llevarlo a término.

La verdad es que en un principio, pocos estadounidenses se mostraron entusiasmados con esta apuesta incierta y que se preveía terriblemente costosa. Pero el incansable esfuerzo publicitario de la NASA, que llevó eficazmente a la opinión pública todas y cada una de las gestas obtenidas por sus astronautas, así como el trabajo propagandístico del gobierno federal, lograron cambiar las tornas. En apenas dos años, más del 50% de la opinión pública se mostraba fascinada con la aspiración de llegar a la Luna. Un 35% más que cuando Kennedy anunció el proyecto por vez primera en 1962.

Como vemos, muchos analistas se equivocan al interpretar el sentido del programa espacial estadounidense como una mera réplica del soviético, o como una simple emulación de sus logros. Lo cierto es que tras replantear el asunto como una competencia a largo plazo, Kennedy se reunió con los gerifaltes de la NASA a fin de transmitirles una idea muy sencilla, pero contundente: “Todo lo que hagamos a partir de este momento –dijo al entonces superintendente de la Agencia Espacial, James Webb- debería estar encaminado hacia la consecución del objetivo final. Al fin y al cabo, el asunto del espacio no me interesa lo más mínimo, y si no es para llegar a la Luna, preferiría invertir toda esa enorme cantidad de dinero en otra cosa”.

Por supuesto, y a pesar de las graves tensiones políticas internacionales, Kennedy era consciente de que el fracaso era muy posible, y trató por diversos medios de aproximarse a la Unión Soviética en materia espacial, llegando incluso a plantear secretamente la posibilidad de operaciones conjuntas. Pero el desconfiado Nikita Hruschev se mostró reticente ante la idea, sospechando que los norteamericanos tan sólo pretendían tener libre acceso a su aventajada tecnología espacial. La carrera, por tanto, seguiría hasta el final y sólo una de las dos naciones lograría la gesta.

Glenn, JFK y Tittov
JFK -en el centro- reunido con el astronauta John Glenn -izquierda- y el cosmonauta soviético Titov -derecha-, en los tiempos en los que aún pensaba que un esfuerzo conjunto USA-URSS era posible.

El magnicidio de JFK en Dallas a finales de 1963 no cambió en nada la política espacial estadounidense pues el presidente en funciones Lyndon Johnson, tan implicado personalmente en el objetivo lunar como su antecesor, mantuvo una línea claramente continuista a este respecto.

De tal modo, el Proyecto Mercurio fue reemplazado por el Gemini, destinado a ampliar el trabajo ya realizado y reconducirlo hacia el ámbito de las operaciones orbitales. Los cohetes Mercury-Redstone fueron reemplazados por los Titan y las espartanas cápsulas del comienzo evolucionaron hacia naves autónomas y con capacidad de maniobra total. Los resultados llegaron pronto. De hecho, los Estados Unidos lograron por primera vez el encuentro de naves tripuladas en órbita y parecieron ponerse por delante en la carrera hacia la Luna.

Al mismo tiempo, en las fases finales del Gemini, comenzó el largo desarrollo de los cohetes saturno, que vieron una ingente cantidad de versiones. El éxito con el que los saturno fueron evolucionando y perfeccionándose para el transporte de las complejas naves Apolo, hizo que se albergaran grandes esperanzas. Una ola de exagerado optimismo invadió a los ingenieros de la NASA que, de manera poco cauta, llegaron a imaginar que el objetivo final se alcanzaría mucho antes de lo pretendido inicialmente.

Gemini 7 desde Gemini 6 #1 (1965)
La Gemini 7 fotografiada desde la Gemini 6 durante el encuentro orbital de ambas en 1965

De este modo, un exceso de confianza llevó a la Agencia Espacial estadounidense a cometer su primer gran error, materializado en la tragedia acaecida durante los preparativos de la primera misión Apolo.

El módulo de mando de la Apolo 1, a causa de un cortocircuito ocurrido durante unos ensayos en tierra, alimentado por el oxigeno puro del interior, se convirtió en un infierno en el que encontraron su fin los astronautas Grissom, White y Chaffee. Se evidenció con ello que las cosas estaban mucho menos maduras de lo que la NASA había imaginado. De hecho, el fatal accidente retrasó en meses las expectativas más pesimistas de la agencia espacial.

Apolo 1 (interior del modulo incendiado)
Vista interior del módulo de la Apolo 1 tras el devastador incendio ocurrido durante uno de los programas de entrenamiento.

Entretanto la NASA se replanteaba el curso del Programa Apolo, comenzando con una serie de misiones no tripuladas, un paso que ya antes habían dado los soviéticos –cuyas sondas alcanzaron la superficie lunar en hasta seis ocasiones-, en el otro bando las cosas no iban mejor. La muerte prematura del genio espacial soviético Serguei Korolev en 1966, así como el posterior desinterés por el proyecto demostrado por el sucesor de Hruschev, Leonid Breznhev, llevaron los planes lunares de la URSS a un punto muerto.

En la Unión Soviética nunca existió algo parecido a una agencia espacial y, por consiguiente, todos los esfuerzos en la materia generaban una gran competencia entre sus impulsores que, a través de ellos, buscaban ganar méritos para hacerse con más poder y controlar mayores recursos. Pese a que todos los éxitos cayeron en el haber de Korolev, sus competidores se negaron reiteradamente a trabajar con él. Así, mientras que en los Estados Unidos todos los implicados remaban en la misma dirección, en la URSS, cuyo sistema “comunista” fomentaba de suerte paradójica enormes rivalidades, este no era el caso.

El fallecimiento de Korolev, al que se sumó el trágico fracaso de la primera misión Soyuz en 1967, agravó la situación en la misma medida que no apareció ninguna cabeza pensante capaz de solventar los problemas del innovador cohete N1. Así, en 1969, se terminó cancelando definitivamente el proyecto de misión lunar tripulada que habría convertido a Aleksei Leonov en el primer hombre sobre la Luna. No pocos especialistas coinciden en afirmar que si en la URSS se hubiera desarrollado un método de trabajo equivalente al de la NASA, muy probablemente los soviéticos hubieran conseguido alcanzar la Luna al menos un año antes que los estadounidenses.

Sergei Korolev (1)
Korolev, el genio espacial soviético, que hubo de ser rescatado de un gulagpara poner a la URSS al frente de la carrera espacial.

Los Estados Unidos, a través de inversiones multimillonarias y una buena coordinación, tenían al fin el camino expedito. Los éxitos de las subsiguientes misiones tripuladas, Apolo 7, 8, 9 y 10, que sirvieron para probar todas y cada uno de los pasos necesarios para colocar a un hombre sobre la superficie lunar, fructificaron en la Apolo 11, que llevó a Neil Armstrong a ser el primer hombre en pisar nuestro satélite el día 21 de julio de 1969.

Obviamente, los soviéticos, no dejaron el logro sin respuesta al concentrarse en otras ideas para vencer de nuevo en el siguiente hito de la carrera espacial: el de situar en la órbita terrestre una estación permanente; la Salyut. Se habían anticipado con ello –y por enésima vez- a otro proyecto de la NASA; el laboratorio espacial Skylab.

Sin embargo, cuando las estaciones soviética y norteamericana quedaron emplazadas en el espacio y la misión Apolo 17 regresó de la Luna, quedó claro que la cuestión de la carrera espacial se había solventado con un empate técnico. De hecho, era evidente que la URSS podría llevar una misión tripulada a la Luna si se lo propusiera seriamente y que, en realidad, la tecnología en la materia de ambas potencias estaba prácticamente a la par. Precisamente por ello, y tal vez para cerrar este costosísimo –tanto en recursos humanos como materiales y técnicos- episodio político, estadounidenses y soviéticos decidieron culminar casi dos décadas de competencia con una misión conjunta, la Apolo-Soyuz, que vino a reforzar la imagen de una creciente distensión política entre ambos bloques tras los complicados momentos vividos durante la década de 1960.

La carrera espacial había concluido.

Apolo 18
Emblema de la misión conjunta Apolo-Soyuz.

Teoría de la conspiración

¿Llegamos entonces a la Luna? ¿Toda la historia que hemos contado hasta ahora no es más que una sucesión de fraudes? ¿Una conspiración sostenida durante más de una década por las dos superpotencias del momento? ¿Una mentira de proporciones homéricas? ¿Un burdo timo? ¿Los miles de metros de películas, los cientos de miles de fotografías y documentos de todo tipo se elaboraron ad hoc? ¿Nadie de los cientos de miles de personas implicadas en estos proyectos supo nunca la verdad? ¿Nadie sospechó? ¿Nadie estuvo nunca dispuesto a hablar y todo el mundo fue comprado de un modo u otro? La verdad, parece difícil de creer.

El principal culpable de que la absurda teoría del fraude haya crecido y prosperado hasta el presente no es otro que Bill Kaysing, a quien podríamos considerar padre de la conspiración lunar. ¿Pero quién era Kaysing? ¿Qué clase de autoridad tenía en esta materia? Lo cierto es que ninguna. Bill Kaysing era un escritor del tres al cuarto, aficionado a las motocicletas y autor de libros tan insignes como Comer bien por un dólar diario o Manual del Robin Hood. Y, muy probablemente, fuera también uno de los mayores embusteros y ventajistas de la historia.

Bill Kaysing (1)
Bill Kaysing en los tiempos de su genial inspiración.

Kaysing trabajó entre 1956 y 1963 como bibliotecario y jefe de publicaciones –cabe imaginar que no más que un simple corrector de estilo- en una filial de la North American Aviation llamada Rocketdyne. Esta empresa, especializada en la fabricación de motores cohete sería la concesionaria contratada por la NASA para la construcción de los impulsores F1 y J2 del cohete Saturno V. Lo cierto es que esta compañía, cuando Kaysing se despidió de ella por “motivos personales”, aún no estaba excesivamente implicada en el Programa Apolo, pero Bill Kaysing afirmó sin ningún rubor que en su puesto tuvo acceso a información confidencial y de alto secreto que confirmaba los graves problemas que el proyecto lunar tenía ya en aquellos días. Algo similar a que un conserje de la Casa Blanca afirmase tener acceso a la información de alto secreto que incumbe al presidente de los Estados Unidos.

Lo más sorprendente es que el propio Kaysing, en la primera edición de su celeberrimo libelo Nunca fuimos a la Luna, que ha visto incontables ediciones aumentadas desde la primera de 1974, reconocía no poseer los conocimientos técnicos necesarios para comprender lo que se hacía en Rocketdyne, o se decía en muchos de los papeles que supuestamente pasaban por sus manos. Sin embargo, no dudó en inventarse una rocambolesca conspiración –con crímenes sin resolver incluidos- para justificar la idea de que todas las imágenes que poseemos de los hombres sobre la superficie de la Luna se rodaron, en realidad, en un estudio cinematográfico ubicado -¿adivinan dónde?-, en efecto, en la archifamosa Área 51 del desierto de Nevada. Y lo cierto es que hace falta tener cara porque ni tan siquiera esta idea era suya: ya en 1971, los guionistas de la saga del superagente británico James Bond 007 habían bromeado con ella cuando, en Diamantes para la eternidad, hicieron a Sean Connery -emulando la broma del astronauta Alan Shepard- jugar al golf en un sospechoso estudio que imitaba la superficie lunar.

Lo más sorprendente es que la primera edición del libro de Kaysing consta de 84 pírricas páginas, estando destinado el 40% de ellas a fotografías e ilustraciones que, supuestamente, avalan su teoría. Y la verdad es que ni una sola de sus especulaciones queda certificada documentalmente. En siguientes ediciones, el contenido aumentó con más especulaciones, más fotografías del supuesto complot y más páginas atiborradas de disparates sin fundamento alguno. De hecho, la NASA ni se molestó en responder oficialmente a Kaysing. El astronauta Jim Lovell –comandante de la Misión Apolo 13 y anteriormente tripulante de la Apolo 8- significó tras leer el libro que su autor estaba completamente loco. Los ingenieros de la NASA fueron más concretos al afirmar que no era más que un completo ignorante.

Sin embargo, este cuento ha tenido un gran éxito. Tanto que en el año 2005 –en el que también falleció Kaysing- casi un 50% de los estadounidenses creía a pies juntillas que, realmente, nunca se estuvo en la Luna. Y la NASA se ha visto obligada por fin a parar los pies a este despropósito contestando, uno por uno, todos los argumentos de Kaysing, así como otros muchos que los conspiranoicos, han ido elaborando y agregando a la lista de supuestos fraudes. Veremos a continuación algunos –hablar de todos sería extensísimo- de los más habituales, y comprobaremos cuan ridículos resultan una vez enfrentados al peso de respuestas sensatas.

Patas que no se ensucian

Los partidarios de la teoría de la conspiración se muestran muy preocupados por el hecho de que las patas del módulo lunar no tengan polvo tras depositarse sobre la superficie lunar, aún a pesar de que esta muestra un aspecto ciertamente polvoriento, harinoso, y el motor del módulo debió remover una gran cantidad de suelo durante su aproximación.

Sin embargo, no tiene por qué haber polvo alguno en las patas y, de hecho, lo incorrecto sería que lo hubiera. Las patas del módulo lunar contaban con unas varillas que no son otra cosa que sondas de aproximación. Cuando estas varillas entraban en contacto con la superficie lunar, el tripulante del módulo cerraba la impulsión y la nave se depositaba con un pequeño golpe sobre la Luna. Es fácil comprobar el efecto de este proceso observando el estado de las sondas en las diferentes fotografías de las misiones Apolo, pues por lo general se muestran deformadas por efecto del acercamiento brusco final. Teniendo en cuenta que en la Luna no existe atmósfera, no puede haber polvo en suspensión, de manera que el polvo desplazado por el impulsor cae inmediatamente al suelo. En consecuencia, cuando las patas del módulo tocan la superficie ya no hay polvo flotando que pueda depositarse sobre ellas.

Pata del LEM
Pata del módulo lunar durante la misión Apolo 11 sobre la superficie lunar. Obsérvese a la derecha el rastro dejado por la sonda de aproximación.

No hay estrellas

Un argumento recurrente de los defensores de la conspiración es el de que no hay estrellas en las fotografías tomadas sobre la superficie de la Luna cuando, al no haber atmósfera, deberían verse por millares y con total nitidez. Pero esta afirmación denota un completo desconocimiento de los principios más elementales de la óptica y de la fotografía. De hecho, no hay estrellas en muchas de las fotografías realizadas fuera de la Tierra por diversas sondas, telescopios o naves. Ningún conspiranoico cita este hecho, por supuesto, pues casualmente sólo se muestra preocupado por las estrellas desaparecidas en la Luna.

Lo cierto es que la luz de las estrellas es demasiado débil para ser captada en una imagen fotográfica de una fracción de segundo, como lo son las exposiciones realizadas en la Luna por los astronautas. Todas las fotografías del cielo en las que se ven estrellas requieren un tiempo de exposición de al menos 20 segundos y las imágenes espaciales en las que aparecen estrellas siempre y en todo caso son tomas de larga exposición. Por lo demás, esto puede comprobarlo cualquiera realizando fotografías del cielo, en las dos modalidades, durante una noche estrellada.

A este argumento, los conspiranoicos suelen sumar el supuesto testimonio de la astrónoma británica Maria Blyzinski. Esta mujer, especialista en historia de la astronomía, ha desmentido en múltiples ocasiones que realizase jamás comentarios al respecto de las estrellas lunares desaparecidas o de las misiones Apolo. Ningún astrónomo serio ha dicho jamás tontería semejante. Por supuesto, los partidarios de la conspiración siguen escribiendo cartas a la pobre Blyzinski y citándola en sus patrañas a pesar de sus reiterados desmentidos y su soberano aburrimiento.

Por lo demás, la más sencilla lógica nos dice que el argumento de la falta de estrellas es, en sí mismo, ridículo: hubiera sido un error de opereta que la NASA se gastara miles de millones de dólares en estafar a la humanidad entera, y no hubiera invertido unos cuantos centavos en un puñado de bombillas para colgarlas del techo.

LEM (Apolo 11)
El módulo lunar fotografiado sobre la Luna. El cielo se ve negro como corresponde a una fotografía realizada con una velocidad de apertura del objetivo de 250 fracciones de segundo. Es literalmente imposible que la débil luz de las estrellas, colapsada además por el Sol, pueda aparecer en esta clase de imagen. De hecho, lo raro sería que se viesen estrellas.

¿Y el cráter?

Otra grave preocupación de quienes afirman que no estuvimos en la Luna es el hecho de que no exista un profundo cráter bajo la tobera del módulo lunar. De hecho, manifiestan que la apariencia del cohete es la de que nunca se ha encendido. Pero, de nuevo, se trata de una simple especulación sin enjundia científica alguna.

El módulo lunar pesaba entre 15 y 17 toneladas en la Tierra, pero en la Luna la gravedad es unas seis veces menor y el combustible que se empleaba durante el alunizaje eliminaba la mayor parte del peso, por lo que la tara del módulo en la Luna oscilaba entre los 1200 y los 1600 kilogramos.

Antes de alunizar, el módulo tan sólo tenía que contrarrestar este peso y, por tanto, el empuje del motor debía ser equivalente. Si se divide la fuerza impulsora, alrededor de 1400 kilogramos entre la superficie de salida de la tobera, obtenemos una presión expulsora de gases de 1,5 PSI. Esta presión todavía disminuye aún más en la medida que los gases en el espacio se expanden con gran rapidez. El resultado es que no se puede generar un cráter y tan sólo se levanta un remolino de polvo lunar –que no queda “suspendido” en nada, recordémoslo- tal y como se muestra en las películas de los alunizajes, provocándose con ello alguna leve alteración del suelo, tal y como muestran las fotografías.

Más todavía: el combustible empleado por el módulo era hidracina, que no necesita de chispa para ser encendido. Además, se trata de un combustible hipergólico, es decir, que apenas produce llama cuando se quema ni genera un calor elevado. Por tanto, el suelo bajo la tobera del motor nunca pudo quemarse ni aquel emitir llamaradas cuando estaba encendido. Y ello sin mencionar el hecho de que en la Luna no existe oxígeno, por lo que el asunto de la combustión funciona de un modo muy diferente a como lo haría en la tierra.

Bajo la tobera del motor del LEM
Aspecto de la superficie lunar bajo la tobera del módulo. Y aquí surge una pregunta muy sencilla: si el suelo tuviera que estar realmente quemado -no habiendo oxígeno por cierto-, ¿por qué realizar y mostrar esta imagen a todo el mundo?

La bandera “se mueve”

Este es el mejor de todos los tópicos conspiranoicos. Según su teoría la bandera no tendría que moverse en ningún caso porque no existe aire en la Luna… Y tienen razón siempre y cuando no ocurra algo elemental, a saber: que nadie la toque.

Si se observan con atención las imágenes de los alunizajes –debemos insistir en el hecho de que no hubo uno solo como cree mucha gente- veremos que la banderita de marras está en movimiento mientras los astronautas se mantienen en contacto con ella y, posteriormente, solo hasta que se agota el momento de inercia que se produce tras el contacto. De hecho, la bandera no se queda estirada porque esté ondeando, sino porque tiene una varilla en la parte superior que la mantiene extendida y que es perfectamente visible en todas las fotografías que se poseen –y son cientos. De hecho, la varilla se introdujo en el diseño del mástil precisamente para evitar que se quedara hecha un guiñapo, evitando que pudiera exhibirse adecuadamente la marca de la casa de los alunizajes: “made in USA”.

Bandera mision Apolo 11
Imagen de la bandera solitaria colocada en la Luna durante la misión Apolo 11. Obsérvese bien la varilla de marras.
Aldrin saluda a la bandera (1)
Buzz Aldrin saluda a la bandera. Si se compara con la imagen anterior se verá algo verdaderamente curioso: los pliegues de la bandera son exactamente iguales lo cual significa que ni ha ondeado, ni ondea, ni ondeará… A menos que se la toque.

Post scriptum (julio de 2016)

Servirá de poco para convencer a los más contumaces pues, al fin y al cabo, es imposible meter en la cabeza de una persona lo que se niega a aceptar, pero se pueden añadir más detalles que he ido averiguando en torno a este asunto, y que dejan la teoría de la conspiración lunar en mero papel mojado.

El primero de ellos es que las fotografías que suelen utilizarse para demostrar la “falsedad” de los alunizajes suelen proceder por lo común de la misión Apolo 17 (Cernan-Evans-Schmitt, diciembre de 1972) dadas sus singularidades. De hecho, se trata de la misión de la que existen más imágenes y, además, algunas tienen aspecto “raro” a causa de los efectos ópticos provocados por la velocidad de obturación empleada -cambiada por los propios astronautas sobre la marcha-, que incrementaba el efecto de retrodispersión de la luz en el suelo lunar. También, claro está, por las sombras irregulares en las fotos panorámicas y que parecen apuntar en direcciones distintas a las esperables teniendo en cuenta el foco de luz… Pero en realidad estamos ante la ilusión generada por el objetivo gran angular con el que se realizaron las tomas y que curvaba la imagen, provocando el conocido como efecto “ojo de pez”. 

El segundo tiene que ver con una idea que vengo escuchando y leyendo desde hace tiempo y que es una simple banalidad: “no se han vuelto a tomar imágenes de los lugares en los que supuestamente se alunizó”. Y no es cierto. En el año 2009, sin ir más lejos, la sonda Lunar Reconaissance Orbiter (LRO) tomó imágenes de muchos de los lugares de los alunizajes de las misiones Apolo en las que se muestran con total claridad los restos del paso de los astronautas (huellas incluidas). Podéis consultar más detalles empezando por aquí. Resulta curioso que los conspiranoias lunares hayan “olvidado” mencionar una información tan significativa para seguir aferrados a las fotos “extrañas” del Apolo 17, las banderitas que “se mueven” y otro montón de mandangas incomestibles ajenas a cualquier criterio científico convencional…

Apolo
En esta imagen de la sonda LRO puede verse a la perfección el lugar de alunizaje de la misión Apolo 16. El módulo lunar (centro), las huellas dejadas por el paso de los astronautas y algunos de los experimentos desplegados sobre la superficie lunar… Si, vale, también está trucada, lo que tu digas…
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2 comentarios en “Sí fuimos a la Luna

  1. Hombre, es que esas conspiranoias son muy pobres… Mucho mejor Hoagland y su demostración del borrado de colores, los filtros utilizados en las cámaras y los reflejos en el cielo. Y ahí si que parece que no nos han contado todo…
    Abrazos!

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