In dubio pro reo

OJ Simpson
O. J. Simpson durante los días de vino y rosas.

Orenthal James Simpson nació en San Francisco (California, EE.UU.) en julio de 1947 y fue, por así decirlo, el perfecto ejemplo del “sueño americano”, pues procedía de una modesta familia de clase media. El sueño se truncaría, no obstante, a finales de la década de 1980, cuando comenzara a tener problemas con la justicia por el maltrato de su mujer por aquellos días, para reventar definitivamente mediada la década de 1990 al ser acusado del asesinato de su ya ex mujer y un amigo.

El caso Simpson copó portadas de prensa y ocupó miles de horas en la televisión y las radios estadounidenses. Generó acalorados debates y ofreció un juicio propio de una película policíaca, repleto de giros, golpes de efecto y con un final tan apoteósico como inesperado… Sin embargo, y en el fondo, más allá del circo mediático, el asunto nunca dejó de ser el resultado de un terrible chapuza judicial que sirvió como colofón a una de las investigaciones policiales más chapuceras que se recuerdan. No en vano, un caso en el que, y por seguir el adagio anglosajón, todo el mundo “sabía” que el acusado era guilty as hell -culpable como el infierno-, hubo de concluir en una duda razonable que significó su absolución.


O. J. Simpson comenzó a jugar al fútbol americano en el instituto y pronto destacó como jugador polivalente, de excelentes facultades atléticas que tanto corría con eficacia como defendía con rigor, lo cual le valió el acceso a la universidad por la vía de una beca deportiva. Así, en la Southern California University culminó una carrera deportiva meteórica, consagrándose como una de las grandes promesas de futuro, lo cual motivó que los equipos profesionales de la NFL prácticamente se lo rifaran cuando dio el salto al fútbol profesional. Finalmente fueron los Buffalo Bills, equipo en el que realizó prácticamente toda su andadura como jugador de élite, los que lograron su fichaje en 1969. Con ellos llegaría a ganar el título de MVP –jugador más valioso- de la liga en 1973. Así, y tras una exitosa carrera deportiva, llegó a convertirse en una figura conocida en todo el país. Sin embargo, y como sucede a menudo con los deportistas de élite, su andadura triunfal se vio truncada por una inoportuna lesión que le indujo a retirarse en 1979, prácticamente sin pena ni gloria y militando en las filas de los San Francisco 49ers, con los que jugó dos temporadas intrascendentes.

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O. J. cuando militaba como estrella del fútbol americano en las filas de los Buffalo Bills.

Sin embargo, y para entonces, Simpson había dado sobradas muestras de su visión de futuro al asegurarse una vida productiva tras el retiro deportivo, cosa que lamentablemente no prevén muchos de estos jóvenes millonarios. Hombre simpático e inteligente, no exento de atractivo personal, Simpson aprovechó su popularidad futbolística para introducirse en el mundo del cine, con lo cual ya era un actor conocido, que gozaba de cierta cotización y con el que solía contarse en diferentes producciones para las pantallas grande y pequeña, cuando abandonó el deporte. También se convirtió en un habitual del mundo de la publicidad, de los programas deportivos, así como de otros eventos de variedades como el seguidísimo e incombustible Saturday Night Live, a causa de su popularidad y buena labia[1]. Con un físico resultón y un buen número de fans –especialmente femeninas- Simpson terminó fundando su propia productora –la Orenthal Productions- con la que rodó algunos telefilmes de bajo presupuesto protagonizados por él mismo y mediante la que canalizó los réditos de su imagen. Sin embargo, todo ello se iría al garete tras ser acusado en 1994 del asesinato de su segunda esposa, Nicole Brown, y de un amigo de ésta, Ronald Goldman.

El caso es que tan bien como le habían ido a Simpson las cosas en su vida pública, se le fueron torciendo en la vida privada. Había  contraído nupcias con Nicole Brown en 1985 tras un primer matrimonio finiquitado por una terrible tragedia. Casado en 1967 con Marguerite Whitley, con la que tuvo tres hijos, las cosas fueron más o menos bien hasta que todo se derrumbó en 1979 -justo el año en el que cerró su carrera deportiva- a causa de la muerte del hijo pequeño de ambos, Aaren, de dos años, que se ahogó en la piscina familiar. La pareja no pudo soportar el bache con lo que rompió en marzo de 1980.

Con Nicole, una camarera a la que había conocido poco antes de romper con su primera esposa, Simpson tendría otros dos hijos. La relación, sin embargo, no fue venturosa y el divorcio entre ambos tendría lugar en 1992. La razón de esta separación fue un turbio asunto de violencia de género que parecía bien probado pero nunca quedó del todo esclarecido a causa de la peculiar negativa de Simpson a hablar acerca del tema en modo alguno durante el juicio. De hecho, alegó nolo contenderé, una figura curiosa del derecho estadounidense por la cual el acusado no se declara ni culpable ni inocente de los cargos. Esto no obra como eximente en caso de condena, pero otorga ciertas ventajas en posteriores juicios civiles por causas relacionadas con la primera. El hecho es que tras el divorcio pasó puntualmente la manutención a Nicole Brown hasta el día de su muerte.

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Simpson currándoselo al frente de los mandos del Coloso en Llamas.

Los hechos

Hacia la medianoche del 12 de junio de 1994, Nicole Brown y Ronald Goldman fueron encontrados sin vida en la propiedad de la primera, ubicada en el barrio de Brentwood en Los Angeles. Se trata de un barrio residencial para gente acomodada en el que este tipo de hechos no son comunes. El crimen se había cometido con especial saña pues ambos habían sido apuñalados con virulencia, especialmente Nicole a la que su agresor degolló, y ofrecían síntomas de haber sido golpeados violentamente pre-mortem. Probablemente como resultado de una cruenta pelea. La relación entre Nicole y Ronald, un ex camarero que se ganaba la vida como modelo, no está del todo clara. Se presupone que eran amantes. Eso, y el hecho de que nada había sido sustraído de la escena del crimen, hizo a la policía sospechar de razones pasionales para la comisión del doble crimen, por lo que dados sus antecedentes de violencia doméstica y la tensa relación que mantenía con su ex esposa, O. J. Simpson se convirtió en el sospechoso número uno para las Autoridades.

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Nicole Brown y Ronald Goldman, las supuestas víctimas de O. J.

Todo parecía indicar que el propio Simpson, motu proprio, se personaría en las instalaciones policiales para ser interrogado tras ofrecer una rueda de prensa que se preveía tan jugosa como multitudinaria, pero nunca apareció. De hecho, y temiendo que se había dado a la fuga, se cursó la pertinente orden de busca y captura, hecho que coincidió con la aparición pública del abogado y amigo de Simpson, Robert Kardashian, quien leyó una nota del actor en la que parecía autoinculparse del crimen a la par que daba la impresión de que iba a quitarse la vida.

Hacia las 18:45 se detectó a Simpson en el Ford Bronco de su amigo Al Cowlings -otro célebre futbolista- por la Autopista Interestatal 405 y se inició una espectacular persecución. Al parecer, Simpson había secuestrado a un aterrado Cowlings, al que mantenía encañonado con una pistola entretanto éste último conducía. Pronto se formó un auténtico cortejo de coches de policía, furgonetas de prensa, particulares curiosos y helicópteros alrededor del vehículo en movimiento. El evento, retransmitido en directo por todas las televisiones del país, estaba acorde a la altura del personaje en tanto en cuanto parecía que Simpson haría de sus últimas horas de vida un autentico evento cinematográfico. El Ford Bronco se detuvo por fin a las 20:00 horas en North Rockingham Avenue, pero Simpson aún permaneció otros cuarenta tensos minutos en el interior del vehículo antes de optar por entregarse. Portaba consigo algunos objetos personales, un bigote postizo y 8.000 dólares.

Pese a todo, y aunque el detenido se encontraba en muy mala situación psicológica, los agentes que procedieron a su interrogatorio no lograron obtener de él una confesión de culpabilidad.

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De esta guisa apareció Nicole en la escena del crimen.

 

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Ronald, junto a la escalera frente a la que yacía Nicole (arriba). Se ignora cual de ellos falleció antes pero la saña con la que fueron ejecutados es obvia.

El juicio

El periplo judicial de O. J. Simpson, mediático donde los haya y denominado por la prensa como el “juicio del siglo”, comenzó el 20 de junio, momento en el que afrontó su audiencia preliminar. El acusado se presentó emocionalmente desecho, dubitativo y cabizabajo, pero se declaró no culpable entre balbuceos. En todo caso, la fiscalía consideró que tenía caso contra él y siguió adelante con el proceso. Así, el 22 de julio, mucho más seguro de sí mismo, Orenthal James Simpson entró en los juzgados con su porte habitual de estrella del deporte, seguro de sí, y negó todos los cargos con absoluta rotundidad. La instrucción posterior duraría 133 días durante los que se produjo un rosario de intervenciones públicas a favor y en contra de Simpson, así como toda suerte de especulaciones, debates y gags televisivos, algunos tan famosos como el protagonizado por el famoso monologuista y presentador televisivo Jay Leno.

El juicio propiamente dicho comenzó el 24 de enero de 1995, siendo la directora del equipo fiscal la letrada Marcia Clark. Las sesiones fueron muy publicitadas y debatidas en los medios, lo cual generó  una gran división popular en torno al caso. De hecho, hacia el final de juicio Simpson había logrado que le considerase inocente tanta gente como la que le consideraba culpable, cosa que provocó algunos disturbios y enfrentamientos entre admiradores y detractores de su figura a la puerta de la Corte Superior de California.

La acusación manejaba los celos de Simpson como móvil del asesinato de la pareja Brown-Goldman, y basó todo el caso tres elementos fundamentales:

  1. Una grabación con la voz de Nicole Brown, obtenida durante una llamada al 911 –número de emergencias en los Estados Unidos- en la que decía estar atemorizada por su marido, y en la que se mostraba temerosa de que la maltratara. Una prueba efectista acerca de la personalidad violenta en el ámbito doméstico de Simpson que tenía, no obstante, un serio contratiempo: la llamada había tenido lugar en 1989, luego dos años antes del divorcio de ambos que se basó, precisamente, en una acusación de malos tratos. De tal modo, la grabación solo incidía en lo que ya había quedado esclarecido en sede judicial con motivo de una causa precedente y ya juzgada.
  2. Una serie de pruebas de ADN –se encontró sangre coincidente con la de Simpson y ambas víctimas en el lugar de los hechos, así como en su coche y en su casa- y huellas de pisadas que, al parecer, probaban la presencia del acusado en la escena del crimen.
  3. Un guante de cuero ensangrentado, reseco, que apareció en el lugar de los hechos y cuya supuesta pareja se encontró en la casa de Simpson.

Frente a esto, Simpson se presentó en el juicio con un equipo de excelentes abogados defensores –entre ellos el famosísimo J. Lee Bailey[2]– por el que había pagado la escandalosa cifra de, nada menos, cuatro millones de dólares. El hecho es que argumentaron que su cliente estaba siendo víctima de una trampa urdida por la policía para “cargarle el muerto”, y lo argumentaron como sigue:

  1. Las pruebas genéticas estaban claramente contaminadas, habían sido obtenidas en algún caso sin la pertinente autorización judicial y no estaba tampoco claro que se hubiera seguido la adecuada cadena de custodia para su preservación, lo cual era posible. En tales circunstancias, no podían ser contempladas como válidas ni tales evidencias, ni cualquier otra que resultara de ellas.
  2. Las huellas de pisadas habían sido colocadas en la escena del crimen por la policía para “construir” un escenario ad hoc… ¿Por qué?
  3. Pues porque el detective encargado del caso, Mark Furhman, era un reconocido racista que trataba de culpar a Simpson de todo “apañando” la cosas por la vía de la falsificación de pruebas. Y en este sentido no cabía olvidar que Nicole Brown era una chica blanca, lo cual había motivado que el matrimonio que contrajo con su cliente resultara especialmente controvertido para algunos sectores de la sociedad más conservadora de los Estados Unidos.
  4. Pese a que Furhman negó radicalmente que fuera la clase de persona que dijeron los abogados de Simpson, del mismo modo que negó en redondo haber montado la escena, aquellos airearon un buen número de grabaciones en las que hablaba despectivamente los afroamericanos y que, en suma, corroboraban su actitud negativa hacia la raza negra lo cual, sin duda, desacreditó al principal testigo de la acusación en la medida que mostró su parcialidad.

De hecho, el equipo defensor de Simpson fue muy hábil no solo a la hora de desacreditar las evidencias criminalísticas presentadas por la fiscalía, sino también para convertir un caso de asesinato en una causa racial: el chico negro que mata a la chica blanca por lo que, a pesar de ser un triunfador –cosa que los blancos nunca perdonan a los negros- la sociedad blanca dominante decide utilizar el asunto como medio de venganza contra ese “negrito” que no sabía cuál era su sitio. Un hecho especialmente relevante si tenemos en cuenta que diez de los doce miembros del jurado que juzgaron a Simpson eran afroamericanos y, por lo tanto, estaban especialmente sensibilizados con su causa… Otro error de la fiscalía a la hora de seleccionar el jurado: su intención de mostrarse progresista y no permitir que fueran mayoritariamente blancos quienes juzgaran a un negro para evitar la argumentación racial –inevitable por otro lado- motivó que, a la postre, se encontrara frente a un jurado de dudosa imparcialidad.

En último término, y no menos importante, la única evidencia no desacreditada en principio por la defensa era el célebre guante de cuero marrón encontrado en la escena del crimen por la policía. La acusación la presentó como la evidencia irrefutable de que O. J. Simpson era el criminal por cuanto, se dijo, era la pareja de otro encontrado en la casa del acusado y además éste exhibía un profundo corte en el dedo corazón cuando fue detenido que, probablemente, se había hecho durante la pelea previa al asesinato de Ronald Goldman. De este modo, un miembro del equipo de la fiscalía, Christopher Darden, en un alarde típicamente peliculero, pidió a Simpson, con gran énfasis, que se probara el guante plenamente convencido de que le serviría… Pero, lamentablemente, la prenda no encajó en su mano, de una talla claramente mayor, y además tampoco tenía el presumible corte que habría provocado, durante el forcejeo, la herida en el dedo del acusado. Un desastre.

Pese a todo, la acusación, aún en la inopia con respecto a su propia ineficacia, estaba tan convencida de haber probado la culpabilidad de Simpson que arguyó que con toda probabilidad la sangre, al secarse, habría reducido la talla del guante. Un argumento, como poco, discutible y relativamente fácil de desacreditar.

Finalmente, el 10 de octubre de 1995 y ante una audiencia de 150 millones de espectadores O. J. Simpson fue declarado “no culpable” por un jurado que deliberó tan solo durante tres horas. Y la disputa racial en la que el caso se había convertido estaba servida: entretanto la población de raza negra estaba mayoritariamente convencida de la inocencia de Simpson, supuesta víctima de un exceso de celo policial racista, la población de raza blanca se manifestaba a favor de su culpabilidad y consideraron aquello una farsa que se había financiado con los cuatro millones que Simpson había puesto sobre la mesa.

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El agente señala el guante ensangrentado que, supuestamente, O. J. Simpson dejó en la escena del crimen.

¿Qué pasó entonces?

Como bien explicara Vincent Bugliosi, el fiscal que llevó el archifamoso caso de la Familia Manson, la acusación, confundida por una mala investigación, había cometido una “monumental chapuza”. Las pruebas a favor de la culpabilidad de Simpson –empezando por las trazas de ADN- eran abrumadoras al punto de que cualquier fiscal riguroso debiera haber sido capaz de lograr la condena del acusado, pero se mostraron incapaces de hacerlas valer ante el tribunal en la medida que:

  1. Se dejaron arrastrar por la estrategia en torno al racismo montada por la defensa en lugar de hacer valer el obvio historial de malos tratos del acusado.
  2. La investigación criminal fue ineficiente al no ser capaz de establecer la conexión entre la mecánica del crimen, las evidencias criminalísticas y el acusado, lo cual convirtió todo el proceso en dudoso.
  3. No fue capaz de garantizar que las evidencias forenses se habían obtenido por la vía adecuada, no estaban contaminadas y habían seguido la adecuada cadena de custodia.
  4. Se obvió el hecho de que Simpson hubiera tratado de fugarse de la justicia así como su supuesta nota de suicidio, en la cual daba la clara impresión de declararse culpable del crimen.
  5. La reacción psicológica del acusado tras su detención fue netamente autoinculpatoria en la medida que se presentó como abatido y dando el aspecto de no tener salida. De hecho, en los primeros interrogatorios policiales nunca negó de manera clara y tajante su culpabilidad, pero los agentes que le interrogaron fueron incapaces de lograr una confesión. Dado que esta debilidad psicológica ya no volvió a producirse tras trabar contacto con sus abogados, lo cual es tópico en casos de asesinato, se perdió una gran oportunidad.
  6. Se pasaron por alto todas las evidencias encontradas en el Ford Bronco de Al Cowlings, que habrían podido ayudar a concretar las halladas en el lugar del crimen.
  7. Simpson nunca fue capaz de explicar cómo se había realizado el profundo corte de su dedo corazón, ni por qué motivo se encontró en su casa un guante de cuero marrón muy parecido al hallado en la escena del crimen… Y sin pareja. Un hecho que la fiscalía dejó pasar inexplicablemente en lugar de convertirlo en argumento fuerza.
  8. Nunca se estableció cómo llegó la sangre de las víctimas al coche y la casa del propio Simpson, o por qué las huellas de sus zapatos estaban en la escena del crimen.
  9. Se permitió que se desacreditara al testigo principal de la acusación –el detective Furhman- por motivos no directamente relacionados con el caso en cuestión.
  10. La elección de un jurado tan mal equilibrado determinó claramente el veredicto. La fiscal Marcia Clark había pensado que las mujeres del mismo, simplemente, simpatizarían con la víctima por ser también mujer y encontrarse sensibilizadas ante la violencia de género, lo cual se mostró claramente como un error.

Lo más interesante es que meses después de la absolución de O. J. Simpson, alguno de los miembros del jurado que lo exoneró manifestaron ante los medios de comunicación estar plenamente convencidos, desde el primer momento, de que era culpable, pero no habían podido sustanciar el veredicto más allá de la duda razonable a causa de la chapucera investigación policial y la mala praxis del ministerio fiscal, que destruyeron la causa. Por todo ello, y dado que no se logró establecer sin lugar a la duda la culpabilidad de Simpson, hubieron de acogerse al lógico principio de in dubio pro reo.



[1] Simpson es recordado internacionalmente por su participación en célebres producciones como El coloso en llamas (1974), Capricornio I (1978) y la teleserie Raíces (1977).

[2] Bailey se hizo mundialmente famoso con su defensa del doctor Sam Sheppard, acusado de asesinar a su esposa en 1954. Caso que inspiró la célebre serie de televisión El fugitivo. Otros criminales famosos defendidos por él a partir de entones fueron Albert DeSalvo –el estrangulador de Boston-, o Patty Hearst, que supusieron alguno de sus más rotundos reveses. Acumulando éxitos y fracasos a partes iguales, Bailey ha sido reconocido como uno de los abogados defensores con más éxito y reconocimiento de la historia, pero también como uno de los más “tramposos” en la medida que no dudaba en utilizar cualquier circunstancia, por sucia que fuera, para ganar o sacar tajada. De hecho, a lo largo de su vida profesional, ha tenido que afrontar varias acusaciones por mala praxis, siendo finalmente inhabilitado en 2001 por su actuación irregular en el caso Duboc.

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