Los muertos del Congreso

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El actual Palacio de las Cortes.

La noticia se coló, de rondón, en todos los periódicos digitales. El titular era llamativo, pero al final pasó inadvertida como lo prueba el hecho de que en este país nuestro, en el que somos los campeones mundiales del cachondeo, nadie tuvo la idea de hacer un chiste con el tema… Y se presta.

Resulta que el 3 de marzo de 2009, en el curso de unas obras de saneamiento en los sótanos del Palacio del Congreso de los Diputados de Madrid -popularmente conocido como “Palacio de las Cortes”, los trabajadores dieron de improviso con dos cráneos humanos y varios huesos más. El susto fue importante, pues ninguno de los operarios esperaba hallazgo semejante en aquel lugar. Se paralizan los trabajos, se notifica el hallazgo a la policía, de ahí al juzgado… El caso es que un rato después se presentan en las instalaciones de la Carrera de San Jerónimo los agentes de la policía científica, el secretario judicial… Estupor generalizado entre los políticos que ven entrar allí a gentes tan poco habituales.

Poco después, nada más verlos de hecho, los especialistas lo tienen claro: se trata de restos muy antiguos, pero los levantan y los hacen llegar al Instituto Anatómico Forense para su estudio pues, al fin y al cabo, los procedimientos están para algo y si existen garantías legales es precisamente porque se cumplen por peregrinos que parezcan los motivos, que para eso están.

Terminado el examen forense de los restos humanos y enviado el pertinente informe, la juez María Antonia de Torres Díez-Madroñero (con esos apellidos solo se puede ser juez, banquero o marqués), adscrita al juzgado de instrucción número 10 de Madrid, solo tardó un día en archivar la causa al no encontrarse indicios de delito. Y entre los parlamentarios ya se hacían bromitas con el tema, pues el humor negro es cosa patria y además desintoxica: ante la idea de la muerte, o te ríes o te deprimes, y la verdad es que no es cosa de pasarse la vida lloriqueando por los rincones. Máxime cuando el Palacio del Congreso, como todo viejo edificio que se precie, tiene una longeva tradición de historias de fantasmas, aparecidos y otras leyendas afines. Que los engañosos sentidos de los vigilantes nocturnos y los ujieres, que se pasan muchas horas sumidos en la misterica penumbra de esas instalaciones tan viejas, silenciosas e intimidantes en las que todos los gatos son pardos y todos los ruidos se sustancian en secretos, terminan por querer ver, por querer oír, y al final tanto ven como oyen. A cualquiera en su lugar le pasaría lo mismo.

Queda, claro, la cuestión que tu que me lees -imagino que sonriendo- te estarás haciendo ahora mismo: ¿pero quienes eran los muertos? Se trata de una interesante historia que mucha gente desconoce.

El cementerio

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Grabado con la imagen del antiguo Convento del Espíritu Santo.

Resulta que el edifico del actual Congreso de los Diputados comenzó a levantarse en 1843 -las obras duraron hasta 1850 y fueron dirigidas por el arquitecto Narciso Pascual Colomer- sobre el solar que antes ocuparan las ruinas de un viejo convento erigido en el siglo XVI, el del Espíritu Santo, que se cerró tras un voraz incendio que lo precipitó al abandono en 1823.

Como es de suponer, el convento tenía su propio camposanto. Este nunca fue trasladado, lo cual es bastante común en muchos pueblos y ciudades de España, por cuanto no merecía la pena el esfuerzo, de modo que tras ser demolidas las ruinas del viejo edificio, todo aquello quedó condenado y simplemente se construyó de nuevo encima. Esta práctica, cierto que bastante poco respetuosa con los muertos en un país de ancestral cultura católica apostólica y romana, no deja de frisar en la más completa hipocresía, pero también es verdad que en España nos pasamos la vida a Dios rogando y con el mazo dando, porque suele ser lo más conveniente (y barato) llegado el caso. Sin embargo, sean cuales fueren los motivos que nos inducen al olvido de los que fallecieron, es un hecho que ello suele provocar que muchas excavaciones que se realizan en centros históricos y viejos edificios terminen con avisos a la policía y carreras en los juzgados. Los cadáveres nos esperan pacientes bajo los pies.

El hecho es que la identidad exacta de los cadáveres permanecerá para siempre en la inopia, pero no puede negarse que, sean quienes fueren, han adquirido póstuma celebridad y nos conducen irremediablemente al chiste de rigor: entendido que bajo el parlamento existe un cementerio, se entienden los motivos por los que nuestros diputados tan a menudo parecen al borde del colapso y con el electroencefalograma plano… Una cosa llama a la otra.

¿Cómo -se me dirá- no quieres entonces que creamos en fantasmas? Pues eso.

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