Cuidado con el bromista

Batman
El Batman de la época de Neal Adams, uno de los mejores de todos los tiempos, coincidió con la resurrección del Joker, un personaje que iba de capa caída (y nunca mejor dicho).

Sadismo sobreactuado y una ilimitada capacidad para el mal. Un deseo irracional, injustificado e incluso absurdo a menudo de destrucción. Tánatos freudiano desatado, en estado puro, básico y carente de matices… Esta es la clave fundamental de la villanía total que se nos presenta en la ficción y, por ello, todo ser humano con independencia de sus orígenes es capaz de comprenderla. Así ocurre que esta clase de malvado de la ficción resulta tan universal que ha llevado, a menudo, a la caricaturización de los verdaderos criminales. A una simplificación absurda e injustificada de sus actos que ha conducido a imaginarlos como simples imitadores de los villanos de ficción. Al malo de película, al malo de la novela o al malo del tebeo se le comprende porque es plano, es mecánico, es simple, es burdo, y a menudo ni tan siquiera necesita justificarse. Y esto gusta porque es sencillo. Nada de ello, claro está, funciona o es aplicable al “malo” real, pero la cultura popular pesa y ejerce un influjo tan fuerte en nuestras vidas, en nuestras cosmovisiones de la realidad, que a menudo nos resulta imposible deslindar el tópico del hecho y la realidad de la ficción.

Pensemos en el Joker, el archienemigo de Batman. Su primera aparición se produjo en el número 1 de la serie Batman (1940), presentándose como un tipo de singular aspecto ridículo –que refleja precisamente y con sumo acierto su disparatada psicología-, cuya creación conceptual fue concebida por el asistente de arte Jerry Robinson y luego rediseñada por el guionista Bill Finger y el dibujante Bob Kane, quien basó el aspecto final del personaje en las fotografías del actor Conrad Veidt que Finger le entregó. Veidt había protagonizado la adaptación fílmica de El hombre que ríe (1928), producción muy exitosa que adapta la novela homónima que Victor Hugo publicó en 1869, y cuyo argumento es una ácida y tremenda crítica a la aristocracia de su época. El hecho es que Veidt adoptó un trágico y estremecedor aspecto muy similar al que luego sería el planificado por Kane para representar a su villano.

Conrad Veidt
Conrad Veidt encarnando al “hombre que ríe”. La inspiración de los creadores del Joker es más que obvia.

El Joker ha pasado décadas hostigando al murciélago sin descanso, sembrando el cáos en Gotham City por simple placer. Como si de un juego se tratara. No le importan el dinero, la riqueza o el poder. Sólo la destrucción. Es el villano total, el malo mecánico incapacitado para cualquier otra cosa que no sea la maldad en sí misma y al que, precisamente por ello, no se puede vencer o reducir. Pero lo más interesante es que este tipo de malo ficticio e imposible funciona excepcionalmente bien de cara al público y se convierte en el resorte necesario al que han apelado tradicionalmente los diferentes editores de Detective Comics cuando las ventas de tebeos descendían. No en vano, el Joker ha sido nombrado el octavo mejor personaje de cómics por prestigiosas publicaciones especializadas como Empire Magazine, así como el quinto por la Wizard Magazine. Asimismo, en el año 2008, alcanzó el puesto número uno en la lista de los cien mejores villanos del tebeo de todos los tiempos, clasificación también publicada por Wizard.

Sin embargo, la personalidad del Joker ha pasado por diversas fases que reflejan diferentes momentos históricos bien definidos. La idea original, como corresponde a su tiempo y a las innegables influencias culturales que posee el personaje, fue la de un brillante criminal sociópata, sádico pero dotado de un extraño sentido del humor, impactante, de intenciones claramente amorales. Se trata, en suma, de la representación preclara del cáos -que no de la anarquía, que no es lo mismo-, el crimen y la destrucción, en contraposición al orden, la moralidad y la justicia extrema, también algo absurda a su manera, que encarna el personaje de Batman.

La siguiente representación del Joker -muy influida por el peso del Comics Code-, es la de aspecto “camp”[1] que fue la popularizada en las décadas de 1950 y 1960. Aquí adoptó la forma de un excéntrico ladrón de opereta, algo torpe, infantil, falto de cariño y con un especial aprecio por los chistes horteras, tontorrones, y la parafernalia bufonesca. Sería esta segunda versión inocentona, descolorida y absurda del personaje la que se popularizó mundialmente. Este Joker desvirtuado, el villano total descafeinado, sería lentamente atenuado a mediados de la década de 1970 para regresar paulatinamente a la inspiración originaria de sus creadores.

El Joker así resucitado, oscuro, de los setenta ha ido ganando con el paso de los años en efectismo visual, chismorreo psiquiátrico y parafernalia pseudofilosófica, pero también perdiendo trasfondo si pensamos en la autenticidad de sus orígenes. En efecto, se ha terminado convirtiendo en esa simplificación del crimen, de la villanía, a la que antes aludíamos. Para muestra un botón: “No sé en qué pensaba, o si pensaba en algo. Lo del Joker, por lo que estaba descubriendo, no era pensar… sino actuar. Y siempre en persona. Supongo que podría decirse aquello de ‘si quieres un trabajo bien hecho…’ ¿O quizá disfrutaba del ‘trabajo’? Incluso se enorgullecía como un artista. No es que yo entienda de arte, pero como reza otro dicho, ‘uno sabe lo que le gusta’”[2].

Evolucion del Joker
Evolución estética del Joker a lo largo de las décadas.

Como se deduce de la cita, un malo plano y sin sutilezas, porque sí, extenuante y a menudo rayano en el más completo absurdo, pero sorprendente sin embargo, atractivo y cautivador de cara al espectador a causa de su apariencia monstruosa y pervertida. Su homólogo cinematográfico y literario más obvio quizá sea el psicópata favorito de todo el mundo: Hannibal Lecter, el psiquiatra asesino creado por Thomas Harris que como podemos comprobar no inventó absolutamente nada y se limitó a parodiar a los psicópatas reales, tal cual el Joker se ha terminado parodiando a sí mismo con el paso del tiempo. Tal vez suceda que la realidad nos resulte a todos tan extremadamente aburrida que sea necesario reconstituirla desde su misma esencia, aunque sea mediante falacias.

Hannibal Lecter
El actor Anthony Hopkins encarnando al psicópata imperfecto. Las cosas construidas justo como no suelen ser, se venden mucho mejor. Paradoja.

[1] El “camp” es una forma estética que basa su atractivo en la ironía y un punto de mal gusto cercano a la horterada. El término apareció en 1909 y se utilizaba para referirse a las conductas afectadas, exageradas, histriónicas, teatrales o afeminadas. Durante la década de 1960 el concepto redibujó sus contornos para definirse como banalidad, artificio y mediocridad tan extrema como para provocar la atracción. La escritora norteamericana Susan Sontag, en su ensayo publicado en forma de libro en 1966, Notes on Camp (New York: Farrar), enfatiza el artificio, la frivolidad, lo naif, y la presuntuosidad.

[2] Azarello, B. y Bermejo, L. (2009). Joker. Barcelona: Planeta DeAgostini (Traducción: Diego de Los Santos).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s