Melodía de seducción

landru
Que alguien me explique cómo este adefesio de tipo logró sorberle el seso a un montón de señoras… O era el seductor perfecto, o había mucha necesidad.

Nacido en París el 12 de agosto de 1869, e hijo de un modesto industrial y de una costurera, la infancia de Henri Désiré Landrú no fue lo que se dice mala. Sí estrecha en lo económico, pues no entraba mucho dinero en el hogar porque los oficios del padre daban para poco, pero en general resultó decente y aseadita. Muy probablemente fueran estas limitaciones monetarias de la infancia y la juventud que pasó el pequeño Landrú, absorbido entre los estudios y la religión más estricta, lo que hizo de él un hombre obsesionado con el dinero y la “dolce vita”.

Tras terminar los estudios elementales, su padre se las ingenió para que entrase a trabajar como aprendiz en un estudio de arquitectura. Su idea era que el joven, que no era nada tonto y había dado buena prueba de ello, con tiempo y ayuda tal vez pudiera terminar estudiando la carrera y disfrutando del futuro que él nunca tuvo. Pero no fue posible pues con los veinte años recién cumplidos el joven Henri, que ya apuntaba maneras de seductor y cierta habilidad para el tema sexual, dejó embarazada a una prima con la que se vio obligado a contraer matrimonio. Poco después le sobrevino otro contratiempo pues hubo que cumplir con sus obligaciones militares.

El hecho es que, a la vuelta, Henri encontró que el sueldo que le procuraba su trabajo en el estudio era escaso y había varias bocas a las que mantener, por lo que entre 1902 y 1914 se decide a cometer varios delitos menores, pequeños robos y estafas, por los que cumplirá tres condenas cortas. La vergüenza del padre de Landrú, hombre muy recto y honrado, ante la conducta de su hijo fue tan grande que paulatinamente se fue sumergiendo en una grave depresión que terminaría empujándole al suicidio.

Sin embargo el drama familiar no alteró los puntos de vista de Henri, quien se mantenía como un apasionado del dinero fácil y gustaba de la ropa elegante y de la vida lujosa. Mala combinación para un hombre modesto: ínfulas y miseria. Así, en lugar de reconducir sus actitudes lo que hizo fue idear una nueva modalidad de estafa… En esta ocasión mucho más terrible, despiadada y sanguinaria. Le sirvió de no poca ayuda para sus fines el hecho de encontrarse Francia inmersa en la Primera Guerra Mundial (1914-1919) y ser por ello los hombres en edad casamentera una especie bastante escasa, una coyuntura que decidió aprovechar en su propio beneficio.

El moderno Casanova

A partir de 1914 comienza a publicar en los diarios un anuncio, siempre el mismo, que decía textualmente: Señor serio desea casarse con viuda o mujer incomprendida entre 35 y 45 años. Las respuestas a tal llamamiento, créanme, eran masivas. Landrú, consecuentemente, procedía a un meticuloso proceso de selección de las cartas que se le enviaban a un código postal y que estudiaba con mucha atención. Incluso elaboraba fichas de sus remitentes a fin de organizarse como es debido. Todo muy meticuloso y organizadito. Además, algo tenía que hacer para matar el tiempo porque era un hombre tan meticuloso y dedicado que no bebía, no fumaba, y además era vegetariano desde siempre.

Sea como fuere, aquellas mujeres que manifestaban no tener fortuna eran inmediatamente desestimadas por el casadero, entretanto las que parecían rentables a sus fines recibían una respuesta en la que Landrú, sutilmente y valiéndose de identidades falsas, les solicitaba informes acerca de su estado económico y familiar.

A pesar de su prominente calvicie y escuálido aspecto -lo cual convierte el asunto en mucho más incomprensible si cabe y nos muestra cuánta mitología chorra se escribe por ahí en torno a estas cuestiones-, Landrú era todo un Casanova que seducía con sus maneras elegantes, suaves, galantes y educadas a estas mujeres solteronas o viudas de posición acomodada, siendo de su predilección las víctimas solitarias, sin familia o que mantenían escaso contacto con sus parientes. Su plan de acción era muy simple y en ello residía la eficacia: tras enredar a las mujeres en su red de mentiras y asegurarse de haberse convertido el beneficiario de sus seguros de vida así como de otras propiedades, las haría desaparecer.

Sorprendentemente, la motivación de Landrú para poner en práctica esta macabra estrategia económica fue tan prosaica como la de sacar adelante a su auténtica familia. El crimen más abyecto convertido en respetable profesión. Así son estos tipos. De hecho, tenía ya cuatro hijos como fruto de la unión matrimonial con su prima y las penalidades hogareñas no eran pocas… Y la verdad es que ni su esposa ni sus retoños se preguntaron jamás –llegaron a afirmar que ni tan siquiera lo sospechaban- de qué modo se ganaba la vida el cabeza de la familia a pesar del nivel de vida inusitadamente creciente en el que se vieron envueltos en aquellos momentos de especial carestía. No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni listo más eficiente que el que no pregunta. Cabe la posibilidad de que Landrú ideara alguna clase de mentira para encubrir sus verdaderos quehaceres. También la de que a su auténtica familia, acostumbrada a nuevas holganzas y beneficios, no le importara un pimiento de donde salía el dinero.

Identidades falsas 

Su primera identidad falsa fue la de Diard, un próspero inspector de correos procedente de Lille. Con ella atrajo a la primera de sus víctimas, una viuda llamada Jeanne Cuchet, de 39 años. La mujer vivía con un hijo de 17 años y su cuenta bancaria era sustanciosa. Landrú, bien provisto de psicología parda como corresponde al buen mentiroso y al estafador eficaz, se dio cuenta de inmediato de que su víctima tenía graves carencias afectivas y supo trabajársela en el terreno emocional. Además, como supuesto miembro prominente de correos, prometió a la señora que podría colocar a su hijo como funcionario en la administración pública. El trato era bueno y los dos se fueron a vivir con él, en 1915, a un apartamento que Henri había alquilado en Vernouillet. Ambos desaparecieron poco después sin dejar rastro ni provocar el más mínimo oleaje.

Este primer éxito -pues el criminal había descubierto el trágico hecho de que se podía liquidar a dos personas solitarias sin llamar la atención- le alentó en sus propósitos y, a partir de entonces, repitió la operación en ocasiones sucesivas con otras mujeres cuyas edades oscilaban entre los 45 y los 50 años. Tras prometerles el cielo con sus buenos modos y su pose de hombre respetable, cortés y afectivo, luego de convencerlas de que se casaría con ellas a lo largo de varios viajes como amantes, ellas le cedían todas sus posesiones y con ello firmaban su sentencia de muerte.

Henri descuartizaba los cuerpos y hacía desaparecer los restos cremándolos en la caldera de la calefacción con gran sutileza. Poquito a poco. Pedacito a pedacito. Como el buen ratoncillo que era.

Bien pronto, sin embargo, el apartamento de Vernouillet empezó a parecerle poco discreto –especialmente porque al vecindario se le iba haciendo raro ese ir y venir de mujeres diferentes-. Dado que su fortuna personal había alcanzado una buena cifra, Landrú alquiló un chalet en Gambais conocido como L’Ermitage -o La Ermita- a fin de continuar con sus correrías en un entorno más íntimo. Por lo demás, su vida familiar era prácticamente la normal y esperable en un hombre de negocios que se ve obligado a viajar con mucha asiduidad. Visitaba a sus hijos con gran frecuencia y regalaba constantemente joyas carísimas a su auténtica mujer. Lo cierto es que la trama urdida por Henri estaba tan bien trenzada que resultaba prácticamente imposible a propios y extraños imaginar su doble vida.

El curriculum macabro de Barbazúl, pues su longilínea barba era negra como el azabache, empezó a verse comprometido cuando unos familiares lejanos de su quinta futura esposa, la señora Collomb, no quedaron conformes con la súbita desaparición de la mujer y empezaron a hacer preguntas por ahí. Escribieron al alcalde de Gambais pidiendo noticias acerca de ella y de un tal señor Dupont con el que, al parecer, había sido vista por última vez. Posteriormente, los parientes de la séptima víctima de Landrú, la señora Bouisson, obraron de idéntico modo. En este caso, informaron de que la mujer había sido vista allá por última vez con un tal señor Frémyet.

El alcalde de Gambais, superada la primera perplejidad, ató cabos e imaginó que ambas desapariciones, en tan corto espacio de tiempo, debían guardar alguna clase de relación. Además, no le sonaba el nombre de ningún Frémyet, pero sí recordaba el de un tal Dupont que tiempo atrás había alquilado el chalet de l’Ermitage. Puso entonces estos detalles en conocimiento de la policía que, tras algunas pesquisas entre el vecindario, obtuvo una vaga descripción del tal Dupont: un hombre de estatura mediana, calvo y con barba negra y larga. Luego recomendó a la familia de la señora Bouisson que interpusiera la pertinente denuncia de desaparición para formalizar la persecución del sospechoso.

Y la vida, que es extremadamente curiosa en su forma de tejer las cosas, nos procuró la rocambolesca casualidad de que en el mismo día que la hermana de la señora Bouisson cursara la denuncia, mismamente al salir del juzgado, fuera a cruzarse con un hombre que respondía a la descripción ofrecida por las autoridades del tal Frémyet-Dupont. El interfecto se encontraba en una tienda de la Rue Rívoli de París acompañado de la que había seleccionado como su siguiente víctima: Fernande Segret.

Se cierra el cepo 

La policía obró con diligencia y cautela, como es debido. Se presentó para interrogar al propietario de aquel comercio y supo de este modo que el sospechoso le había dejado una tarjeta de contacto: Lucien Guillet, 76, Rue Rochechouart, Gambais… Era la dirección del ya famoso  l’Ermitage.

Los agentes pudieron acortar plazos pero teniendo ya al sospechoso controlado, decidieron ser pacientes y no forzar la situación. Así, esperaron a que Landrú se encontrara en el chalet. Dado que el tío era -encima- un gran aficionado a la jardinería y dedicaba sus horas libres a cultivar el excelente vergel que rodeaba la propiedad, fue allí mismo detenido como principal sospechoso de las misteriosas desapariciones de mujeres casaderas. Corría el 13 de abril de 1919. Un posterior registro sacó a la luz todas las posesiones de sus víctimas así como los restos de cenizas humanas calcinadas, que Landrú guardaba en el cobertizo de la finca. No obstante, dado que los restos humanos encontrados eran exiguos e inidentificables -apenas 996 gramos de cenizas-, tampoco había testigos y los muebles y joyas encontrados no constituían una evidencia incontestable, lo que mejor vino a la acusación fueron los mezquinos libros de contabilidad que llevaba Henri Desiré Landrú.

En efecto. Tanto era el amor del avaricioso Barbazul por el dinero que en sus libros estaban detallados, incluso, los precios de los billetes de tren que consumía en el trayecto París-Gambais. Con perfecta meticulosidad contable. Para el terrible Landrú toda aquella barbarie era, simplemente, un negocio como cualquier otro. La estancia en prisión subsiguiente duró dos años y copó portadas en la prensa francesa en particular, y en la europea en general. De hecho, aburridos por las reiterativas noticias bélicas, los franceses siguieron el culebrón del hombrecito asesino con suma fruición e interés.

Frío, meticuloso, bromista, educado y calculador, Henri defendió en todo momento su inocencia, jamás confesó los crímenes -pese a las tediosas sesiones de interrogatorios a las que fue sometido-, ni expresó arrepentimiento alguno por ellos durante el tiempo que permaneció en prisión. De hecho, pasaba las horas muertas en su celda estudiando minuciosamente los expedientes de su caso y recibiendo cartas de admiradoras dispuestas a contraer matrimonio con él -se lo ruego, créanme de nuevo-. Más aún. Llegó a hacerse tan simpático a algunos sectores de la opinión pública que, entre bromas y veras, se reunieron unas cuatro mil firmas para proponerle como candidato a presidente de la república en las elecciones de 1919. Vivir para ver. La prensa había convertido a Landrú en todo un fenómeno mediático con las imprevisibles consecuencias que ello suele provocar.

El juicio del hombrecito calvo de perfil aguileño duró tres semanas. La defensa de su abogado, Moro-Giafferi, fue talentosa y en algunos momentos tan eficiente que llegó a sembrar la duda acerca de la culpabilidad de su cliente. Pero no alcanzó el éxito final. Fue por ello que cuando resultó condenado a muerte, Landrú, con gran aplomo, le dijo: le he confiado una causa difícil, digamos desesperada. En fin, no es la primera vez que condenan a un inocente. Sí, maestro, digo bien: inocente. Por supuesto, Moro-Giafferi acogió las últimas palabras que intercambió con su defendido con sumo escepticismo, pero bien es sabido que el que paga, manda.

Se le guillotinó a las puertas de la cárcel de Versalles en la madrugada del 22 de febrero de 1922. Igual también llevó la cuenta de eso.

Ejecucion
Landrú camino del patíbulo.

Las víctimas de Landrú

  • Señora Cuchet. Viuda, 39 años.
  • Hijo de la Sra. Cuchet. Soltero, 17 años.
  • Señora Guillin. 51 años. Era poco agraciada pero su fortuna se elevaba hasta unos impresionantes 20000 francos de entonces.
  • Señora Héon. La primera victima de l‘Érmitage.
  • Señora Collomb. Viuda, 39 años.
  • Señorita Andrée Bateley. Fue la excepción, y además en estos casos de asesinos que seleccionan a sus víctimas siempre hay al menos una diferente. Tenía 19 años y era guapa aunque sin dinero. No contestó a las cartas de Landrú directamente, pero éste se encaprichó de ella durante un encuentro casual en el metro, y la sedujo pese a ser feo con avaricia. Algún secreto debía tener el buen hombre.
  • Señora Buisson. Muy virtuosa, Landrú tuvo que asediarla durante dos años antes de que cediera a mantener relaciones.
  • Señora Jaumes. Era muy católica. Aceptó las propuestas de Landrú sólo cuando este se comprometió formalmente a casarse con ella.
  • Señora Pascal. Joven y guapa para aquellos días, pero sola en la vida, muy desgraciada, y necesitada del apoyo de un hombre para sobrevivir a los estándares de la época. Tuvo la mala suerte de que Landrú fuese el único dispuesto y, por supuesto, resultó víctima de sus debilidades psicológicas. De hecho, no las tenía todas consigo pues antes de marchar a la casa de Gambais escribió a una de sus tías: no sé qué hay en él, pero me asusta. Su mirada ceñuda me angustia. Parece el diablo… Pues hija…
  • Señora Marchadier. Una antigua prostituta que había logrado una posición acomodada a costa del oficio más antiguo del mundo. Cuando se alojó en l’Ermitage llevó consigo tres perros que también desaparecieron.
  • Señora Segret. Era la siguiente víctima en la lista negra de Landrú. Afortunadamente para ella el criminal fue detenido antes de culminar la fase de cortejo.
victimas
Las víctimas de Landrú recopiladas en los diarios de la época. Puede que algunos de los nombres no coincidan con los de la lista arriba expuesta o que alguna no aparezca, pero ocurre que las fuentes son contradictorias, de modo que he optado por dejar las cosas estar.
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