Felicidad y P.I.B.


“La desigualdad es la causa y la consecuencia del fracaso del sistema político, y contribuye a la inestabilidad de nuestro sistema económico, lo que a su vez contribuye a aumentar la desigualdad”.

Joseph Stiglitz

El precio de la desigualdad.


Hace unos meses se me invitó a la Universidad de Murcia para ejercer como vocal en un tribunal de tesis. El tema elegido para la ocasión por el aguerrido doctorando, la verdad, prometía lo suyo: Felicidad y Producto Interior Bruto (PIB)… Y, tras desgranar cientos de estadísticas nacionales e internacionales, el autor del texto concluía con la constatación de una evidencia que muchos -cierto que manera infusa- ya nos temíamos: El PIB no sirve para medir la felicidad ni, ya que estamos, tiene influencia alguna en ella. La verdad es que ni tan siquiera resulta un buen indicativo de calidad de vida o de bienestar. Por completar el elenco de conclusiones que culminaba aquella tesis a la que no dejo de darle vueltas, he de señalar que un PIB al alza ni tan siquiera es capaz de garantizar la consecución de derechos elementales como la educación, la sanidad o un trabajo que pueda alejar con garantías a su propietario de la miseria.

Los estudios empíricos que desgranaba la tesis y que se nos recordaron someramente durante la defensa de la misma, realizados muchos de ellos por prestigiosos economistas -alguno de ellos incluso Premio Nobel-, así como por otros especialistas y organismos muy reputados eran demoledores. De hecho, y esta resulta ser una singular paradoja que me ha dado mucho en lo que pensar últimamente, los diez países con mayor PIB del mundo no eran los diez países en los que sus habitantes se reconocían “más felices” (datos de la OCDE y de Naciones Unidas), por lo que hemos de entender -y asumir- que lo del PIB y lo de la felicidad no va de la mano por más que se empeñen unos cuantos propagandistas y por más que nos vendan las cifras macroeconómicas como si del bálsamo de fierabrás que todo lo cura se tratara.

El porqué se produce esta aparente paradoja es, cuando se entiende la verdad oculta tras los números, de puro y duro Perogrullo: “crecimiento” y “desarrollo” no son la misma cosa aunque se nos traten de  vender como conceptos sinonímicos. Lo cierto es que da exactamente igual cuánto se produzca, se ingrese o crezca la economía en una nación en relación a la calidad de vida y la felicidad de sus habitantes porque, en realidad, lo significativo no son las cifras al alza (número de coches, número de pisos, número de esto o cantidad de aquello), sino el reparto razonable de la riqueza y una adecuada política impositiva y de inversiones tanto públicas como privadas. O lo que es igual: si un crecimiento del PIB de un 3% redunda en última instancia en el beneficio neto de mil familias –las más ricas, por supuesto- o grupos de inversión, lo que sucede en realidad es que el resto de la población del país es aún más pobre de lo que ya era en detrimento de los pocos elegidos que han visto incrementarse su patrimonio. Un patrimonio creciente del que, por cierto, sus beneficiarios pueden rendir cuentas en el extranjero buscando mejores condiciones tributarias con lo cual, a medio plazo, ese 3% de incremento del PIB nunca redunda más que tangencialmente en el desarrollo interno del país. Así es como se ensanchan las brechas socioeconómicas, las economías familiares languidecen, los impuestos dejan de cuadrar la hacienda pública y nuestros derechos se reducen. Sencillo vampirismo. O de otro modo: el bienestar no es cuestión de “crecer” sino de “desarrollarse”.

desigualdad

Eso sí, nos dirá el prócer de turno encaramado a la cima de su montaña de números, “el PIB crece sin parar y ello prueba que yo lo estoy haciendo bien”. Falso. La cuestión no radica en cuánto crece el PIB en relación al volumen de la economía, sino en cómo se reparte ese crecimiento y cómo se gestionan los recursos disponibles, es decir, en las políticas de desarrollo. De poco sirve incrementar el PIB si el grueso de la sociedad trabaja más horas por menos dinero, los derechos se reducen al no poder sostenerse, las administraciones son incapaces de frenar el despilfarro endémico que las mueve, la calidad de los servicios disminuye al reducirse progresivamente la recaudación, los tramos impositivos no son equitativos y, por fin, nos encontramos con que este mismo país que teóricamente crece sin cesar ve ralentizado –e incluso retrocede- su desarrollo y vertebración a través de un paulatino empobrecimiento del grueso de su población, la destrucción del empleo de calidad, la generación de trabajos miserables y, por fin, la depauperación de sus clases medias. Los números son aparentemente buenos, cierto, pero no significan en absoluto lo que se quiere dar a entender con ellos. Hay gente por ahí que llaman a estas quejas “comunismo” o -en el mejor de los casos- “socialismo”, y lo tachan de peligroso, inmoral y destructivo. Pero esto es confundir el trasero con las témporas y arrastrar hacia el siempre demagógico territorio de los ideologismos una cuestión que nunca ha dejado de ser numérica ni tiene por qué dejar de serlo.

Si se me pregunta personalmente, entiendo que lo ideal sería que todo el mundo fuera más rico en todos los sentidos y no solo unos pocos; que todos tuviésemos más derechos y libertades; que los servicios que pagamos con nuestros impuestos fueran de mejor calidad y para todos; que el grueso de los desfavorecidos por las condiciones de la economía menguante se redujera; que las pensiones fueran mejores; que cada cual tuviera un trabajo digno y una paga justa; que cualquiera pudiera crear o mantener una empresa, cooperativa o asociación con garantías y sin miedo a perder todo lo invertido en cinco minutos de desbarajuste… La propiedad privada es un derecho elemental del ciudadano que debe preservarse pues solo en la medida que un sujeto es independiente económicamente es también libre para decidir (la idea es de John Locke), de modo que batallar por la consecución de un mundo comunista y lleno de pobres que se pegan por un mendrugo no sólo contraviene el más elemental sentido común, sino que también corroe uno de los pilares básicos de la democracia. El problema de fondo reside en que es justo hacia esa clase de mundo lumpen hacia donde nos conducen tanto empecinamiento con el ajuste independiente del PIB, las proclamas de austeridad que solo generan deudas externas eternas que nunca se reducen, el descontrol de las cuentas públicas, el desbarajuste de los tramos impositivos, el desmadre del mercado laboral, la corrupción sistémica, la inadecuada política de inversiones, las trabas constantes e incomprensibles al emprendimiento y las lagunas en la gestión de los recursos.

Consecuentemente, no es cuestión de exigir a los gestores públicos más política, sino mayor coherencia. No hemos de dejarnos engañar con toda esa gaita del PIB que nos han vendido pues es pura falacia como muestran los hechos. Más PIB sin las adecuadas políticas de desarrollo solo revierte, en última instancia, en reparto de miseria. Y repartir pobreza –como se ha venido haciendo a lo largo de los últimos años- a costa de incrementar la deuda, incrementar las brechas socioeconómicas y depauperar el erario público con una gestión ineficiente de los recursos es cosa que puede hacer cualquiera ya tenga muchas letras o pocas. Puro sovietismo de la vieja escuela y del más cutre por cierto. Menudo mérito pírrico el que tratan de apuntarse algunos… Lo razonable es justo lo que no se ha hecho al despeñarnos por el barranco interminable de la austeridad: generar riqueza, bienestar y desarrollo para todos y no solo engorde para unos cuantos. Se trata de una cuestión de mero egoísmo inteligente tal y como se desprende de la frase de Stiglitz que encabeza estas líneas: las políticas de desarrollo eficientes -más allá de la obsesión por el crecimiento- no solo redundarían en más PIB, sino también en una estabilidad económica que mejoraría de suerte retroactiva los beneficios para todos, y no solo para unos pocos.

Evidentemente, y así lo asumimos el doctorando y yo cuando discutíamos su tesis en la sobremesa, no es el simple y llano dinero lo que concede el acceso a la felicidad, ni es la felicidad cosa que pueda comprarse de saldo en un centro comercial. Porque la felicidad tiene un componente ético-moral, y un inevitable sesgo subjetivo, que debe trabajar -y trabajarse- el propio interesado. Bien lo sabían los clásicos y no ha nacido aún quien pueda enmendarles la plana. Pero resulta innegable que la felicidad es imposible sin el adecuado bienestar, que facilitar las condiciones de calidad de vida desde las que los particulares puedan progresar hacia la felicidad individual es obligación del buen gobierno, y que cambiar este precepto –esta exigencia- por la mera resignación en el desastre y un conformismo inoperante no deja de ser, en el fondo, otro timo equivalente al del PIB, o quizá dependiente de él.

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