La memoria del vigilante


Pocas cosas hay que puedan decirse del célebre cómic de Alan Moore y Dave Gibbons, Watchmen (DC, 1986-1987). Una absoluta obra maestra conocida, bien sea de oído, hasta por aquellos que no han leído un tebeo en su vida al punto de haberse convertido en un verdadero icono de la cultura pop. Watchmen recrea un universos tan rico, tan denso, tan profundo, que sus lecturas son inagotables pues siempre hay una historia nueva que descubrir dentro del plano general, e incluso en la periferia de los planos secundarios. De hecho, hoy quiero escribir sobre uno de esos elementos colaterales: el motivo último que impulsó al anónimo Walter Joseph Kovacs a convertirse en Rorschach. Un motivo, por cierto, que Alan Moore tomó de la realidad como en tantas otras ocasiones a lo largo de un relato que, como Watchmen, nunca llega a saberse cuánto posee de real y cuánto de meramente imaginado.

Rorschach


Pobre Kitty

Nuestro buen Walter decide dar el paso de convertirse en vigilante tras leer en el periódico la historia de una tal Catherine Susan -Kitty- Genovese. Una pobre chica violada, torturada y asesinada a lo largo de treinta interminables minutos a las puertas mismas de su casa. Varias decenas -se dice- de vecinos oyeron los gritos. Algunos incluso miraron impertérritos. Pero ninguno de ellos hizo absolutamente nada para evitarlo. A nadie se le ocurrió descolgar el teléfono y llamar a la policía. Cero. Y cuando nuestro ficticio Walter Joseph Kovacs “lee” este horror en los periódicos es que culmina su transformación y se decide a dar el paso que le transformará en ese justiciero implacable y refunfuñón que es Rorschach. “Algunos de ellos -nos dice indignado rememorando el suceso de Kitty- incluso observaron”… “watched”… Y ello abre las puertas a una nueva lectura del relato de Moore: ¿Quiénes son los watchmen? ¿Los vigilantes enmascarados que han dado el paso para defender aquello en lo que creen o el resto de los ciudadanos, nosotros, que observamos el “espectáculo” sin hacer absolutamente nada? Porque la verdad es que muchos -y esto es terriblemente real- observaron lo que le ocurría a nuestra protagonista a primeras horas de la mañana del 13 de marzo de 1964.

Kitty Genovese
La pobre Kitty. Ella no quería ser famosa de este modo.

Nacida en New York en 1935, Kitty Genovese era la mayor de cinco hermanos. Procedente de una familia italoamericana de clase media creció en Brooklyn, pero un evento traumático vivido por su madre, Rachel Giordano, -puede que un evento incluso premonitorio pues la vida tiene estos extraños azares- hizo que la familia se trasladara a una pequeña localidad de Connecticut. Al parecer, Rachel fue testigo directa de un asesinato, lo cual hizo que la mujer, impresionada, llegara a tomarle un enorme pavor a la ciudad. En todo caso Kitty, que entonces contaba 19 años y no estaba dispuesta a irse al campo sin más, decidió quedarse para seguir teniendo opciones de trabajar, llevar su propia vida y, de paso, poder contribuir a la economía familiar. Corría 1954. El hecho es que a la chica le fue bien y nueve años después se había trasladado a Queens, barrio en el que trabajaba como encargada de un bar y donde compartía apartamento en el edificio Kew Gardens, ubicado en Austin Street, con una tal Mary Ann Zielonko quien al parecer era también su pareja.

El caso es que Kitty, sobre las 03:15 de la madrugada del citado 13 de marzo de 1964, estacionó su vehículo a unas decenas de metros del portal de su edificio, en el aparcamiento disponible en la parte trasera, y se dispuso a retornar al hogar dulce hogar. Pero un tal Winston Moseley había venteado la presa y no estaba dispuesto a dejar que la chica lograra su objetivo.

Winston Moseley
Winston Moseley, el aprendiz de asesino en serie, fotografiado más o menos en la época en la que asesinó a Kitty Genovese.

Moseley, quien por cierto falleció en la prisión del Condado de Clinton (New York) en la que cumplía cadena perpetua en 2016,  tenía entonces 29 años, era operario en un fábrica, estaba casado con tres hijos y carecía de antecedentes cuando fuera detenido. Sorprende que un sujeto en esta situación elija la violación y el asesinato como primera opción delincuencial, pero luego se supo que Winston era un criminal peligroso, necrófilo, con problemas psiquiátricos y de maduración lenta que ya había violado a otras dos mujeres y cometido una larga serie de robos antes de toparse con Kitty. De hecho, aquella noche había salido de su casa aprovechando que su esposa dormía para conducir por las calles desiertas en busca de una posible víctima a la que en este caso pensaba matar sin ambages porque, como luego confesó, había supuesto que de ese modo el asalto sexual “sería más fácil y ellas lucharían menos”… Y quiso la mala suerte que detectara a Kitty Genovese aparcando el coche en las cercanías de su domicilio… Su peligrosidad e incapacidad de reinserción era palmaria si se tiene en cuenta que años después, 1968, logró escapar durante un traslado y volvió a las violaciones hasta que fuera finalmente detenido y reingresado en prisión.

Sea como fuere, y retornando a nuestro relato, tenemos que víctima y victimario se han encontrado. El escenario está dispuesto.

Winston Moseley, que reconocerá durante el posterior juicio que solo quería “matar a una mujer”,  se acerca con decisión a Kitty al punto de que ella debió temerse lo peor porque, asustada, antes de que él finalizara la aproximación, ya había echado a correr inútilmente. El agresor le dio alcance con cierta facilidad, la golpeó por la espalda y la hizo caer al suelo. Acto seguido, la acuchilla. Kitty grita, llora y lucha, armando un importante escándalo, pero es invierno, hace frío, las ventanas están cerradas, mucha gente se encuentra en la cama, y la mayor parte del personal no está por la labor de prestar atención a lo que por las horas intempestivas parece una reyerta de borrachos o una bronca de pareja que se ha salido de madre. Así que la primera fase del ataque se prolonga hasta que un vecino fastidiado por el ruido, Robert Mozer, abra la ventana e increpa a Moseley: “¡tío, deja a esa mujer en paz!”

El agresor no se asusta aunque pudiera parecerlo, pues está completamente decidido a llegar hasta el final. Lo que hace es soltar a su víctima, ya herida de consideración, pues sabe que no irá muy lejos, y dirigirse a buen paso hasta su coche… pero no se larga. Simplemente se pone un sombrero que oculte sus facciones y vuelve sobre sus pasos en busca de la chica, que trata de escapar hacia la seguridad del hogar.

Kitty, según el testimonio de varios de los vecinos -los menos dormilones miran aún por las ventanas- desaparece ya de la vista pues llega a la parte trasera del edificio y se introduce en el portal. El tipo que la agredido ha vuelto y la sigue.  Alguien -por fin- decide entonces llamar a la policía, pero en emergencias están a otra cosa, no se prioriza la llamada y el aviso se pierde. Probablemente herida, la chica pierde el conocimiento, se sienta, se tumba o se duele -lo ignoramos con exactitud- en algún pasillo del edificio. Y allí es donde Moseley la encuentra, ya sin testigos, tras explorar las instalaciones de suerte concienzuda. La apuñala y agrede sexualmente durante una media hora. Culmina la tarea apropiándose de los 49 dólares que Kitty Genovese lleva encima y se larga… “Nadie” -las comillas son significativas aquí, recordadlo- hizo cosa alguna para impedir lo que parecía inevitable tal y como se habían desarrollado los acontecimientos.

Kitty, que en un primer momento sobrevivió a la agresión, fallecerá desangrada en los brazos de Sophie Farrar, la única vecina que se armó de valor para salir a atenderla tras la marcha de Moseley. De hecho, es con ella con quien la encuentra finalmente la policía cuando hace acto de presencia.

Mito y realidad

No fue nuestro buen Rorschach de la ficción el único en reaccionar con profunda indignación ante el caso Genovese y, de hecho, su manera de comportarse resulta comprensible cuando entendemos cómo se le vendió la historia. De hecho, la opinión pública neoyorkina estalló en cólera y preocupación cuando el relato se hizo público… ¿Cómo se había llegado a esto? ¿Cómo era posible que al menos 38 personas supieran lo que estaba ocurriendo y ninguna hiciera nada? ¿A qué punto de deshumanización había llegado la vida en las grandes urbes? Periodistas, críticos, escritores, antropólogos, sociólogos y psicólogos no daban crédito a la par que trataban de encontrar alguna explicación sensata y plausible del singular fenómeno que al menos introdujera racionalidad allá donde solo parecía campar a sus anchas la perplejidad.

Probablemente los investigadores más conocidos fueron John Darley y Bibb Latané, quienes se hicieron mundialmente famosos con sus estudios sobre “difusión de la responsabilidad” inspirados originariamente en su revisión del caso Genovese. La idea es sencilla y se ha convertido con el paso del tiempo en un clásico de la psicología social: contrariamente a lo que pudiera pensarse, cuantas más personas observan un evento que requeriría de su participación para ser evitado o al menos paliado (atracos, crímenes, desmayos, ataques epilépticos y etcétera), la probabilidad de que alguna de ellas asuma la responsabilidad y se decida a actuar, simplemente disminuye. Todos esperan que sea otro el que asuma el control de la situación, hecho al que también contribuye, en gran medida, la propia autopercepción del sujeto: nadie ayuda tampoco si no se percibe a sí mismo como apto para ayudar. De este modo se produciría un peculiar circuito de retroalimentación, pues del mismo modo que nadie ayuda porque “nadie” se decide, nadie se decide porque “nadie” se siente capacitado y por lo tanto responsable… De este modo, la responsabilidad individual queda diluida en el colectivo y ningún testigo se compromete a sí mismo entretanto el resto simplemente limita a mirar lo qué ocurre.

Sin embargo, y pese a que nuestro Rorschach (Kovacs) se solidarice con toda la razón con Kitty a fin de convertirse en uno de nuestros admirados personajes de comic, consolidando al menos en parte una maravillosa ficción -si leyó los periódicos, comprendió a Darley y Latané, y los tenía “bien puestos” no podía en realidad hacer otra cosa más honrada-, la verdad es bastante más compleja o, por mejor decir, menos sencilla. Estudios recientes han mostrado que los testigos del suceso fueron muchos menos de los que se cuenta y que ninguno de ellos tuvo acceso a todo el evento en los términos en los que la prensa relató en su momento. De hecho, una investigación realizada en 2004 por el periodista Jim Rasenberg -y publicada originalmente en el New York Times-, luego revisada para el New Yorker por el también periodista Nicholas Lemann, contraría la evidencia central del relato original y pone en entredicho la teoría de que “todo el mundo observó el crimen sin hacer nada”. De hecho, todo parece indicar que en buena medida el malentendido se debió a la manera sensacionalista de presentar y seguir las cosas que ingenió el entonces editor jefe del New York Times: A. M. Rosenthal.

Ello, como es lógico, ha llevado a la revisión del clásico de Darley y Latané con un resultado publicado en la revista American Psychologist en 2007: el célebre estudio se basaba en recortes de prensa -mal informados, cuando no manipulados con cierta pericia- y testimonios fragmentarios, con lo que Frances Cherry ha mostrado que el modelo de “difusión de la responsabilidad” tal y como se presenta es especulativo, no ha quedado probado en absoluto y además incurre en falacia de circularidad… Sin embargo, el trabajo -como otras muchas falacias psicosociológicas ideadas en la década de 1960 como el “efecto imitación” que se atribuye a ciertos crímenes o eventos particularmente llamativos- se mantiene vivo en entornos académicos, profesionales y periodísticos, así como en los manuales. ¿Por qué? La American Psychological Association (APA) lo tiene claro: se trata de historias y estrategias muy socorridas por parte de escritores y profesores para mantener el interés tanto entre los lectores, como entre el alumnado. Por lo demás, es un buen recurso explicativo -por facilón- que permite a más de un profesional salir del atolladero de las preguntas complejas por la tangente de las respuestas “verosímiles”.

De hecho, vosotros también habéis leído hasta el final ¿no? Será que funciona.


Lecturas de apoyo recomendadas:

Darley, J. M. & Latané, B. (1968). Bystander intervention in emergencies: diffusion of responsibility. Journal of Personality and Social Psychology, 8, 377-383.

Lemann, M. (March, 2014). A call for help. The New Yorker.

Manning, R.; Levine, M; & Collins, A. (September 2007). The Kitty Genovese murder and the social psychology of helping: The parable of the 38 witnesses. American Psychologist, 62 (6): 555–562.


Watchmen - Kitty Genovese
Página de Watchmen en la que Rorschach, de suerte magistral, nos explica por qué decidió convertirse en lo que es.
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