Buenos, malos, violentos

Lo mismo que ha venido ocurriendo en la ficción con los criminales desde que la visión idealizada por Puzo y Coppola en El Padrino reelaborase los clichés delincuenciales, y difuminara las fronteras entre los delitos y los negocios, ha venido a suceder en el presente con el resto del elenco de personajes: héroes, antihéroes, villanos, malvados, bondadosos, justos e injustos conforman una amalgama de personajes vacíos. Se han hecho indiscernibles e incluso intercambiables. Al fin y al cabo, si don Vito Corleone –el cabeza de una familia dedicada por entero al crimen, no lo olvidemos- podía caer simpático, ¿por qué no podía hacerlo un asesino caníbal como el Hannibal Lecter creado por el novelista Thomas Harris? En efecto, todo era una simple cuestión de redefinir términos.

Vito Corleone
Reconócelo: este tipo es un criminal execrable, pero por más vueltas que le das no encuentras la manera de que te caiga mal.

La década de los ochenta, entre hombreras y música tecno, fue la primera tras la constatación del final de esa falaz “inocencia edénica” surgida del nuevo orden de cosas impuesto por el final de la Segunda Guerra Mundial. Consecuentemente, supuso también el final del absolutismo moral, así como el advenimiento caos intelectual, el crepúsculo de las doctrinas cerradas… Convirtiéndose en partida de nacimiento del primer periodo histórico en el que el relativismo y el escepticismo se convirtieron en una opción ideológica y existencial real e indiscutible antes que en una mera posición teórica y retórica. Nunca antes en la historia de la cultura occidental se había podido reconocer -y ejercer- públicamente el “todo vale” o el “nada es cierto” y, en realidad, esa constatación era en el fondo el resultado directo de las condiciones vitales impuestas por un sistema de producción regulado únicamente por la política del beneficio. Semejante imperialismo de las condiciones materiales -la tiranía de lo real de que la se nos vino advirtiendo desde el surgimiento de la modernidad -, tarde o temprano, tenía que afectar a lo ideológico al penetrar en la política, y a lo ético, al adueñarse de la vida pública, de las relaciones en todos los ámbitos de la vida. A nadie puede extrañar, por tanto, que el sociópata haya pasado de ser un tipo que debía ocultarse para poder sobrevivir en el anonimato del colectivo, a convertirse en un personaje público, identificable y tan legítimo como cualquier otro. Es la consecuencia degenerada del individualismo descontrolado que anega todas las facetas de la vida: cada vez menos gente piensa en los demás, la urbanidad es un timo, “yo soy así”…

En un sistema en el que todo se mide por parámetros de productividad, eficacia, capacidad de transformación y cuentas de resultados caben pocas florituras intelectuales que no estén destinadas de un modo u otro al aumento de la productividad, así como al sacrificio de cualquier valor “inoportuno” en los altares de la capacidad económica. Por consiguiente, a medida que la década de los ochenta fueron avanzando y se sacrificaron en el altar de los negocios los fundamentos morales e intelectuales de la cultura occidental, fueron asimismo despareciendo los grandes pensadores, las grandes creaciones, las ideas definitivas y las grandes cuestiones para verse todo ello reemplazado por cuentos de posmodernidad, soluciones coyunturales y puntuales, el tente mientras cobro ético, el tormento intelectual de los reduccionismos y otras filosofías de trapillo. La inteligente parodia que Groucho Marx realizara sobre los tiempos modernos había triunfado: “tengo estos principios, pero si no le gustan tengo estos otros”.

La caída del Muro de Berlín y el final del régimen soviético, agotados por una maquinaria de producción occidental con la que simplemente no podían competir en modo alguno desde un Estado burocratizado e inmovilista, sólo trajeron más de lo mismo en tanto en cuanto quedaba certificada la probada eficacia de esta nueva cultura basada en estadísticas, gráficas, números, paradigmas económicos, políticas de consumo, laissez-faire, depredación bancaria, desigualdades internacionales, explotación irracional de los recursos naturales y falsas libertades.

Hannibal Lecter
Reconócelo: este tipo es un monstruo terrorífico, amoral, depravado y absolutamente repugnante… Pero te cae la mar de bien.

¿Hannibal no es un héroe?

Este panorama -en perpetuo agravamiento- ha afectado a la cultura popular de múltiples maneras, pero la fundamental ha sido la de relativizar el papel ético-moral de los personajes de ficción al convertir sus actos no en una cuestión de mayor o menor cercanía a determinados ideales de bondad y justicia, sino ante todo en un mero asunto de intereses. Otro más. Esto sucedió muy claramente, ya lo hemos anticipado, en el cine que se adentraba en los territorios del crimen organizado –ya fuera este de carácter familiar, empresarial o gubernamental-, pero se plasmó de manera muy clara en el papel de los héroes. Así, mientras que en 1940 se presentaba a Superman y Batman como paradigmas de la justicia inmaculada -al igual que en España se nos mostraba a Purk, El Cachorro, El Guerrero del Antifaz o el Capitán Trueno-, y si en 1960 Stan Lee tomaba el control de Marvel para preocuparnos por los problemillas existenciales de posadolescentes como Peter Parker o de complicadas familias tradicionales como los 4 Fantásticos, ahora resulta que el público se había acostumbrado al relativismo y al cinismo, tolerando los extremismos con mayor soltura y dejando de torcer el gesto ante un cubo de sangre y vísceras de pescado bien tirado frente a una cámara. No será raro, por tanto, que los creadores de estos productos de consumo revolucionen los paradigmas y traten de conducirlos justamente al ese extremo en el que la falta de sentido sea un sentido en sí: el psicópata criminal y reprobable -Lecter, Dexter- ya es admirado, citado e imitado como si de cualquier otro héroe se tratara.

Los policías del nuevo cine de acción que harían -y hacen- las delicias de los aficionados, han dejado de ser esos luchadores incansables contra el crimen de antaño, ejemplares y honorables, para transformarse en émulos brutales de los mismos criminales a los que persiguen. Sería fácil acordarse ahora de Harry Callahan, apodado el “Sucio”, –al que Clint Eastwood encarnó hasta en cinco ocasiones, la última de ellas en 1988-, pero él sólo fue la punta del iceberg. El anticipador de una nueva escuela de héroes populistas con olor a pólvora, gatillo fácil, barba cerrada y mucho músculo que no dudan en transgredir las leyes que han jurado defender si con ello se alcanza el fin pretendido (y Maquiavelo ha vencido). El nuevo héroe de los ochenta era Chuck Norris atizando a los delincuentes patadas voladoras sin compasión, era Charles Bronson pateando puertas y volando cabezas sin preguntar, era Arnold Schwarzenegger haciendo reventar cualquier cosa con un lanzagranadas o Sylvester Stallone desmembrando vietnamitas… Lo mismo que el Bruce Willis de los 90 o el Jason Statham de los 2000. El fin de la inocencia ha traído consigo el triunfo de los bárbaros y la indefinición entre buenos y malos: ya no es cosa de principios, sino de circunstancias.

Harry Callahan
Reconócelo: si pudieras hacerlo sin miedo a posibles consecuencias, apretarías el gatillo como él sin dudarlo ni un instante.

El nuevo héroe es, de este modo, un mito descerebrado del pressing-catch que no tiene problema alguno en romper huesos, aplastar cabezas, disparar antes de preguntar, torturar por principio, matar si es necesario o pasar por encima de los más elementales principios de convivencia. De tal modo, los héroes y los villanos se han fusionado no ya porque sus creadores los doten de detalles, matices y precisiones que hagan dudar al espectador, sino porque ha ocurrido justamente lo contrario: todo se ha simplificado a tal punto que ya no existen recodos ni aristas que analizar y comprender… Lo único que separa al bueno del malo es el motivo último por el que cada uno de ellos decide ejercer unilateralmente su retahíla de sempiterna e inevitable violencia.

Quizá sea por lo expuesto que en este imperio del relativismo, de laxos principios, escépticos teoremas y corolarios cínicos en el que se nos ha educado sistemáticamente para aceptar que los buenos, los malos y los violentos ya no admiten separación, margen o frontera, por lo que cada vez tenga más sentido ser gobernado por corruptos, estar sometido a relaciones laborales tiránicas, educar a los más jóvenes en la amoralidad, padecer relaciones interpersonales destructivas… a la par que cada vez tenga menos sentido exigir justicia, respeto y humanidad. Son ideales imposibles en un mundo en el que los individuos y sus intereses, deseos y demandas particulares se han expandido con tal fuerza que ya no dejan ni el más mínimo espacio a los demás. Que ya no contemplan ni tan siquiera la existencia de los otros.

La lógica implacable del “yoísmo” nos ha vencido. Amén.

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