El Padrino “Cult”

Fue la madre de Adolfo de Jesús Constanzo (Miami, Florida, 1962), Delia Aurora González, una cubana aficionada hasta la obsesión con los asuntos relativos a la brujería, quien se encargó de llenarle al crío la cabeza con toda suerte de historias extravagantes relativas al “mundo de los espíritus”. De hecho, había adquirido tal convencimiento de que su hijo era un elegido, que contaba tan sólo con seis meses de vida cuando se empeñó en que fuera bendecido por un sacerdote haitiano del culto Palo Mayombe. Una secta de procedencia africana -concretamente bantú- cuya práctica está bastante extendida en el Caribe a donde llegó con los esclavos. A partir de ahí, la infancia y juventud de Adolfo giraron en torno al oscuro mundo de la secta, de cuyos secretos recibió cumplida información de la mano de su progenitora. Juntos asaltaron cementerios a fin de obtener aderezos para el caldero de los sacerdotes. Juntos empapaban muñecos vudú en sangre para maldecir a sus supuestos enemigos. Juntos elaboraron pociones y filtros con los que apropiarse de los beneficios de sus oscuras deidades.

Adolfo de Jesus Constanzo
Constanzo, fotografiado en los tiempos que alcanzó la cima de su carrera criminal.

Ocurría, además, que Constanzo se convirtió con el paso de los años en un hombre atractivo, con aire de seductor y dotado para la manipulación y el engaño. También era homosexual, pero ello jamás le impidió tener relaciones con mujeres si la situación así lo requería, lo cual para un tipo dedicado a sus menesteres sucedía a menudo. Era tan eficaz a la hora de embaucar a los clientes que él y su madre atendían que, bien pronto, fue perfectamente consciente de los resortes psicológicos que debía pulsar en cada caso. Así, inexorablemente, los mafiosos, artistas, policías e incluso políticos que iban desfilando por los rituales a fin de protegerse de supuestas maldiciones y malas vibraciones, no sólo comenzaron a pagar grandes sumas por hacerse con sus servicios sino que extendieron su fama. El éxito definitivo le llegó cuando hizo su primera “predicción” exitosa al pronosticar el atentado contra el presidente Ronald Reagan, acaecido en 1981. Una predicción de poco mérito, dicho sea de paso, si se tiene en cuenta que al menos ocho presidentes de los Estados Unidos han sufrido algún atentado durante el ejercicio de su cargo, lo cual lo convierte, estadísticamente hablando, en una verdadera profesión de riesgo.

Sea como fuere, el futuro pintaba bien y la lista de clientes iba en aumento, pero no era suficiente. Constanzo quería más dinero y sólo había un modo de obtenerlo: llevar las cosas al extremo. Cuanto más retorcidos y terribles fueran los ritos, cuánto más extravagantes y raros, cuanto más estrambóticas las peticiones que realizar a los espíritus, más dinero en juego. Ni que decir tiene que todo ello estaba aderezado con los delirios de una mente contaminada desde la cuna al crecer en un magma de creencias retorcidas, enfermizas, monstruosas. Fue de esta manera que en 1983 decidió entregarse al lado oscuro del Palo Mayombe y vendió su alma y sus servicios a Kadiempembe -Lukankazi o Lungambe-, más o menos el equivalente del Satán cristiano, de suerte que tras hacer que durante la pertinente ceremonia los símbolos del mal le fuesen grabados en el cuerpo con un cuchillo, se sintió todopoderoso. Invencible.

Ultimado el ritual, Adolfo de Jesús Constanzo se trasladó a México D.F. Allí había mucha más superstición que explotar que en Miami, más dinero negro que obtener y menos complicaciones con una justicia que no solo tendía a hacer la vista gorda, sino cuyos representantes a menudo estaban dispuestos a ser clientes del sacerdote mayombero. Fue entonces que fundó su propia secta y reunió en torno suyo a los primeros acólitos y discípulos; Martín Quintana y Omar Orea. Y su fama se iba extendiendo. Los narcotraficantes y hampones locales se convirtieron en clientela habitual al punto de solicitar del gurú Constanzo cosas tan ridículas como la inmunidad a las balas. Como suena. Los precios de rituales de este tenor alcanzaban cifras exhorbitantes. Cierto que parece estúpido que alguien estuviera dispuesto a pagar por estos servicios, pero no menos incomprensible es el hecho de que la clientela creciera en progresión geométrica, sobre todo si se tiene en cuenta que entre los habituales empezó a contarse incluso el comandante de narcóticos mexicano Salvador García. Vivir para ver. Piénsese que la lógica en estos casos cuenta bien poco y que no existe argumento racional que pueda retorcer el brazo de una creencia fuertemente consolidada.

Ritual Mayombero
Elementos que, al parecer, formarían parte de un genuino ritual mayombero.

Camino del exceso

Como es lógico, la pendiente de degradación adoptada por Constanzo no tardó en degenerar en los sacrificios humanos. Los calderos en los que preparaba sus filtros y pociones comenzaron a rebosar de la sangre, los huesos y las vísceras de sus víctimas. Y el ritual, para ser exitoso, exigía que los sacrificados murieran entre terribles sufrimientos y alaridos.

La lujosa vida de Constanzo, pagada en gran parte por el cartel de la familia Calzada, uno de los más importantes de México por aquellos días y para el que Adolfo trabajaba prácticamente en exclusiva desde 1986, no sirvió para que su ambición se aplacase. Al contrario, Constanzo exigió a los Calzada una parte del negocio en la medida que entendía que un buen pellizco de las ingentes ganancias se debían a sus rituales. No hubo caso. La negativa del cartel motivó la terrible venganza del sacerdote de Kadiempembe: en 1987 Guillermo Calzada y seis de sus secuaces se esfumaron como por arte de magia. Sus cuerpos fueron encontrados mutilados tiempo después. Hay quien dice que, sin duda, habían alimentado el caldero -y dicen que el poder– de Adolfo de Jesús Constanzo, entretanto que otros, menos crédulos, contemplan la matanza como un episodio más del permanente estado de  guerra que acosa a estas organizaciones. El hecho es que tras este suceso la secta se desplazó a la ciudad de Matamoros, fronteriza con los Estados Unidos. Allá conoció a Sara Aldrete (nacida en 1964), una atractiva mujer que fue inmediatamente subyugada por el brujo hasta convertirse en su sacerdotisa y ocasional amante.

Con el concurso de Sara -hija de un electricista, inteligente, estudiosa y que habría tenido un interesante futuro de no haber mostrado siempre una inquietante tendencia a enamorarse de los malos-, Adolfo entró en contacto con el Clan de los Hernández. Y al igual que hizo con anterioridad se las ingenió para convencer a su jefe, Elio Hernández, de que el gran Kadiempembe no sólo les protegería contra todo mal, sino que además se encargaría de multiplicar las ganancias. El precio convenido, dicen las crónicas más exageradas, fue nada menos que un cincuenta por ciento del negocio. Hecho el acuerdo, el Padrino Constanzo y la Madrina Aldrete se instalaron en el rancho Santa Elena, cercano a Matamoros, donde desarrollaron sus actividades. Habría poco sexo entre ellos, pues el gran gurú prefería los servicios de sus subalternos Quintana y Orea, qué se le iba a hacer.

Sara Aldrete en prision
Sara Aldrete, fotografiada por un reportero del Diario El País en 2004, durante una entrevista que concedió a este periódico en la prisión de Méjico D.F.

Las cosas, no obstante, fueron viento en popa. Constanzo y los Hernández eran capaces de introducir nada menos que una tonelada de hachís por semana en los Estados Unidos, si bien la contrapartida a los enormes beneficios era obvia: a fin de consolidar su situación de poder, los ritos requeridos al parecer del sacerdote para garantizar la protección del Palo Mayombe eran cada vez más frecuentes, salvajes y espantosos. Alimentar el puchero de Constanzo se hacía cada vez más complicado y a ello se añadía el problema de que los lugareños a los que habitualmente se sacrificaba no parecían gritar lo suficiente para satisfacer al temible Kadiempembe. Así surgió la idea más disparatada de cuantas Adolfo alimentó a lo largo de su vida: quizá un gringo gritase más fuerte. El sacerdote, al disponer las cosas de tal manera, iba a cometer un gran error. Su último error.

¡Grita gringo, grita!

A comienzos de 1989 se puso al estadounidense solicitado en sus manos. Se trataba de Mark Kilroy, un turista veinteañero; uno más de los muchos jóvenes estadounidenses que cruzan la frontera mejicana durante sus años universitarios en busca de exotismo, drogas, sexo y alcohol fáciles. El joven fue horriblemente desmembrado al punto de que muchas de las partes de su cuerpo que no terminaron en el caldero, como su espina dorsal, se convirtieron en piezas para abalorios protectores. El problema era que Kilroy no era uno de esos donnadies a los que Constanzo estaba acostumbrado a triturar. Antes al contrario, se trataba de uno de los retoños de una influyente familia norteamericana cuyos tentáculos alcanzaban esferas políticas muy altas, lo cual movilizó a las Autoridades estadounidenses a la par que causó que la recompensa ofrecida por algún dato sobre el desaparecido fuera enorme. No menos grande resultó ser el conflicto diplomático que se organizó entre México y los Estados Unidos -países condenados a entenderse por mera vecindad y diferencial de poder- a costa del Padrino de Matamoros. Su suerte estaba echada.

La policía -espoleada por las presiones gubernativas- entró a saco en el caso y los Hernández se esfumaron por la puerta trasera al advertir que todo el poder Kadiempembe no iba a salvarles de aquel trance. El encargado de pasar los envíos de droga a través de la frontera, David Serna, fue detenido y contó a sus captores todo cuanto necesitaban saber y mucho más. Los horrores del rancho Santa Elena se destaparon el 11 de abril de 1989. Junto con los desechos de los rituales se encontraron los restos de 15 cadáveres -Kilroy incluido-, pero ni rastro de Constanzo y sus acólitos, quienes habían huido tras ser alertados por un viejo y fiel cliente: el comandante de narcóticos Salvador García Alarcón.

Mark Kilroy
El estudiante estadounidense sacrificado, Mark Kilroy. Él solo quería pasarlo bien. Irónicamente, si un blanco rico no hubiera sido asesinado por los criminales de Matamoros, es muy probable que Constanzo y su secta nunca hubieran sido detenidos.

La secta, acorralada de suerte implacable, se instaló discretamente a finales de abril en un apartamento de México D.F. De allí Constanzo ya no saldría nunca, hecho que sucedió por mera casualidad. Resulta que el día 6 de mayo unos policías llamaron a la puerta. Parece que los agentes andaban a la busca de un niño perdido pero el gran adivinador creyó que iban a por él y abrió fuego sin mediar palabra… El poderoso Kadiempembe debía estar en otra cosa. Ni que decir tiene que la policía -advertida al fin de la presencia del narcosatánico- acordonó la zona de inmediato. Tras un tiroteo de 45 minutos, Adolfo de Jesús Constanzo se dio por vencido, aunque no estaba dispuesto a entregarse con vida. Entregó su ametralladora a Álvaro Valdés –el Duby– y pidió que le matase allí mismo. Quintana, solidarizándose con el Padrino, se puso a su lado dispuesto a morir con él, de manera que ambos fueron obedientemente ejecutados. A continuación, el resto del grupo se entregó. Orea, por su parte, nunca sería juzgado pues murió de SIDA en espera del pertinente proceso.

Lo divertido del caso vino cuando Sara Aldrete, durante el juicio, tiró del folletín de la buena chica domeñada por las circunstancias para explicar que los mayomberos la tenían retenida contra su voluntad y que no era culpable de nada en absoluto… ¿A que les suena? Ello no la libró, finalmente, de una condena de más de 600 años que aún cumple. Ýa en la cárcel escribió y publicó un famosos libro autobiográfico, de carácter autoexculpatorio, que lleva por título Me dicen la narcosatánica, y que se ha editado en varios países siendo un auténtico superventas.

Lo cierto es que nunca se sabrá a ciencia cierta a cuántas personas asesinó el paradigma del narcosatanismo -que incluso inspiró películas como la célebre Perdita Durango (Alex de la Iglesia, 1997)-, ni hasta qué punto llegaban sus influencias en las esferas políticas, policiales y judiciales, y ello a pesar de que se llegó a detener a más de doscientas personas vinculadas de un modo u otro a sus andanzas. A Constanzo  y su grupo sólo se les pudieron probar las muertes de los quince cadáveres desenterrados en el rancho Santa Elena del que, por cierto, no queda ni rastro pues fue quemado hasta los cimientos a fin de evitar la tentación de que se convirtiera en un lugar de peregrinación para crédulos, curiosos y amigos lo raro.

Cuando la antropología y el crimen se funden, y confunden.

Me Dicen la Narcostánica

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