El emperador gladiador

Marco Aurelio
El emperador Marco Aurelio (121-180).

Resulta notable advertir que los hombres más inteligentes, capaces y amables a menudo son también los menos dotados para ver las maldades y defectos de aquellos que les rodean. De hecho, la afabilidad de su carácter suele narcotizar su inteligencia a tal respecto. Eso decía Edward Gibbon del emperador romano Marco Aurelio en las páginas de su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano y, en efecto, resulta harto chocante que este hombre ciertamente notable, culto, excelso pensador, gran estratega y hábil político, fuera al mismo tiempo tan ciego como para no advertir la corrupción enquistada entre sus amigos más cercanos, su familia, e incluso en su progenie.

Su esposa Faustina, bella como pocas, era también célebre en toda Roma por sus perpetuas aventuras amorosas. Pero lo más escandaloso resultaba ser que, cautivado por las carantoñas de su mujer, Marco Aurelio llegó incluso a apoyar el ascenso en la escala social y política de muchos sus amantes a lo largo de los treinta años que duro un matrimonio que, en las Meditaciones,el emperador-filósofo asumía como muy dichoso. Con todo, el peor error de este hombre inteligente fue no comprender los defectos inherentes a la malsana y disoluta personalidad de su hijo Cómodo.

En manos de un inepto

El hecho es que, pese a conocer de primera mano todas y cada una de sus faltas de talento y las tachas de su personalidad, aún a pesar de que puso a disposición del joven los mejores tutores y maestros sin éxito alguno, Marco Aurelio, tras culminar la conquista de Germania y llevar el Imperio a su momento de máximo esplendor, creyó que este tipo incapaz e inmoral que era Cómodo podría llegar a gobernar con eficacia. Entendámonos: no es que Cómodo fuera un psicópata perverso como se ha llegado a escribir –o como vende Ridley Scott en su muy discutible Gladiator (2000)-, sino que era simple, débil y tímido, lo cual hizo de él una marioneta perfecta para toda suerte de manipulaciones y engaños por parte de un elevado número de malas compañías que Marco Aurelio había alejado de él por la vía del destierro. Quizá fuera este el peor error del sabio: no entender que tras su muerte aquellos desterrados que tan fácilmente influían en su sucesor, volverían a él. La cabra tira al monte, qué se le va a hacer.

Comodo Joaquim Phoenix
El actor Joaquim Phoenix encarnando al Cómodo de la versión cinematográfica de Ridley Scott… Cualquier parecido con la realidad es meramente incidental.

En efecto, cuando Cómodo recibió la aclamación del Senado en el año 180 los desterrados reaparecieron. Más o menos tres años duró el buen gobierno que Marco Aurelio garantizó al dejar a Cómodo rodeado de expertos consejeros que, en realidad gestionaban en la sombra pues el joven emperador, poco amigo del trabajo, pasó la mayor parte de este tiempo dedicado a la holganza y la buena vida rodeado de todos aquellos amigotes que le doraban la píldora. Sin embargo, Gibbon nos explica que durante el año 183 se produjo un episodio que muy probablemente desestabilizó sin remedio la ya frágil personalidad de Cómodo: fue víctima de un atentado contra su vida instigado por su propia hermana, Lucila. Ciertamente, los conspiradores fueron identificados, detenidos y castigados, incluida la propia hermana de Cómodo, que primero fue desterrada y posteriormente ejecutada[1]. Sin embargo, el asesino enviado por Lucila dijo algo al saltar sobre el joven emperador, espada en mano, desde la oscuridad de una de las puertas del anfiteatro: “de parte del Senado”… Se desconoce el motivo por el cual el agresor obró de este modo por cuanto se demostró que solo un senador, Claudio Pompeyano, amante de Lucila por lo demás, podría estar remotamente implicado en el complot, pero el evento despertó en Cómodo un odio tan visceral hacia el Senado que le indujo a una persecución tan despiadada como injustificada del mismo.

Cómodo
Supuesto busto de Cómodo (161-192) representado con sus atributos favoritos como el “Hércules Romano”. Es difícil saber cuánto de fiel es a la realidad, pero al menos en esta versión el parecido con su padre resulta ciertamente notable.

A matar, se aprende

La primera acción de Cómodo fue la de instaurar una red de delatores –costumbre que había caído en desuso- dedicados a buscar entre los senadores cualquier atisbo de traición. Y, como es lógico en estos casos, ser representante del pueblo se convirtió en un auténtica profesión de riesgo… Especialmente si se era singularmente rico, afecto al viejo Marco Aurelio, o remotamente crítico con las costumbres disolutas del nuevo emperador… En suma, cualquier censura o comentario inapropiado se convirtió en semilla de traición, motivo de juicio y causa de muerte. Y esto llevó al segundo evento relevante: cuando este simple timorato que era Cómodo probó el sabor de la sangre se convirtió –ahora sí- en un monstruo insaciable.

Y entretanto Cómodo gozaba de sus festines de sangre y lujuria, comenzó a delegar las más elevadas tareas del gobierno en algunos de aquellos amigotes trepas que, por supuesto, cometieron tantos desmanes como el lector pueda suponer. Destaca entre ellos un tal Perenne, quien se había elevado al rango de favorito haciendo matar a su predecesor, se había agenciado el mando de la Guardia Pretoriana, y había colocado a su propio hijo en un puesto preeminente del ejército. El hecho es que Perenne pretendía llegar a emperador y sería ejecutado en el año 186 cuando sus maniobras fueran descubiertas gracias al inesperado concurso de las legiones destacadas en Britania que, hartas de su pésima gestión, enviaron una delegación de 1500 hombres a Roma exigiendo su muerte para mantenerse fieles a Cómodo.

Este evento, que unos legionarios distantes –diríase que marginales- fueran capaces de retorcer el brazo del emperador al punto de deponer a uno de sus ministros, denota perfectamente el nivel de degradación que el Imperio había alcanzado en apenas seis años desde la muerte de Marco Aurelio. Un caso entre otros. Por ejemplo, muchos soldados, dadas la pésima gestión y la grave relajación de la disciplina, comenzaron a desertar por todas partes para dedicarse al bandidaje e incluso formaron un pequeño ejército en torno a la figura de otro soldado raso llamado Materno. Tropa que hubo de ser duramente combatida y que estuvo a punto de atentar, incluso, contra el propio Cómodo en las mismas calles de Roma.

El sucesor de Perenne, Cleandro, no era de mejor pasta. Se trataba de un esclavo liberto, harto avaricioso, que llegó al gobierno a través del sabio uso de la entrepierna del joven emperador, lo cual motivaba que su influencia sobre él fuera todavía mayor que la de su predecesor. Cleandro alcanzó tal grado de corrupción que vendía los cargos públicos a los ciudadanos previamente escogidos para ello y no convenía negarse a aceptar la oferta de, digamos, un consulado, si esta llegaba. Posteriormente, comenzó a vender incluso las sentencias de los tribunales al punto de que un criminal enriquecido podía librarse de una merecida condena previo pago de un buen dinero, e incluso pagar para que se flagelara a sus acusadores y al mismo juez que había instruido la causa. Como es de suponer, en esta situación la justicia se torno en todas partes –especialmente en las provincias- arbitraria, venal y vergonzosa. Eso sí: Cleandro se hizo riquísimo a la par que, a decir de muchos, hizo bueno al desaparecido Perenne.

El inevitable descontento popular estalló en el año 189, cuando la peste y el hambre asolaron Roma sin que pudiera hacerse gran cosa al disponer el ambicioso Cleandro del control del monopolio del trigo. La rebelión comenzó en el circo y se extendió por toda la ciudad hasta llegar a las mismas puertas del palacio. La Guardia Pretoriana se lanzó contra la muchedumbre ejecutando una verdadera masacre, pero en última instancia se vio superada en número y hubo de retirarse… Lo chocante es que Cómodo ignoraba todo esto. Resulta que había instaurado la estúpida costumbre de que quien le contaba malas noticias o desgracias era ejecutado inmediatamente y, así, habría sido aplastado por la masa si su hermana mayor y su concubina, Fadila y Marcia, no se hubieran atrevido a irrumpir en sus aposentos llorando. ¿La solución? Cómodo ordenó a los pretorianos que lanzaran a la plebe enardecida la cabeza de Cleandro… Y resulta que el gesto funcionó (todo esto me parece extrañamente familiar).

Espadas de plomo

A estas alturas la degeneración del emperador, en todo caso, era ya total. Se dice que pasaba las horas muertas en una orgia constante dentro de un harén en el que había dispuesto 300 mujeres y muchachos seleccionados por él mismo. Y, entre episodio y episodio de lujuria, Cómodo se dedicaba a su segunda gran afición: las armas. Enredado en luchas de gladiadores amañadas, cacerías y agotadoras sesiones de tiro con arco, se autoproclamó como el “Hércules romano”. A tal punto llegó su inaudito vicio que ideó el espectáculo definitivo –tan extraordinariamente vergonzoso como quepa imaginar para un romano- y fue el de exhibir al emperador luchando por sí mismo en la arena del coliseo y, además, cobrando por ello un oneroso estipendio. Una completa infamia que Cómodo repitió hasta en 735 ocasiones durante las cuales, por supuesto, sus oponentes no podían hacer otra cosa que huir o defenderse hasta la muerte, pero jamás agredirlo. Obviamente, y a fin de que en la comprensible desesperación ninguno de sus oponentes decidiera morir matando, Cómodo se aseguraba de que no pudieran defenderse al dotarlos con inútiles armas de plomo.

Gladiadores

Cabría pensar que la muerte de Cómodo fue el resultado de una conspiración urdida en las entrañas del Senado o entre los mandos de sus legiones, pero no fue tal. Ni siquiera cayó víctima de un ciudadano humillado, deshonrado o destruido por sus iniquidades y su mal gobierno. Al contrario; fueron sus favoritos más cercanos, temerosos de verse desplazados o ejecutados por el voluble capricho del emperador, quienes decidieron darle muerte para salvar su propio pescuezo. Así su concubina favorita, su amante ocasional y el jefe de los pretorianos –Marcia, Eclecto y Leto- urdieron un plan para asesinarlo mientras dormía y, en efecto, así lo hicieron estrangulándolo a la vuelta de una de aquellas agotadoras cacerías suyas. Luego sacaron en secreto su cadáver del palacio y lo destruyeron.

Y no pasó nada.


[1] Recuerde el lector que en la revisión cinematográfica de Scott a la tal Lucila se la pinta como una dama honorable que lucha de manera inquebrantable contra su hermano por ser un tirano. Lo cierto es que Lucila obró de tal suerte por sentirse relegada a un segundo plano y alimentar un fuerte sentimiento de envidia hacia la emperatriz. Lo que viene siendo una conspiración palaciega por un quítame allá esas pajas bastante normalita y ramplona, para que nos entendamos.

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