Sandalias de tacón alto

Obscena


Obscena. Trece relatos pornocriminales

Edición y Prólogo: Juan Ramón Biedma

Carlos Salem, Carlos Zanón, David Llorente, Empar Fernández, Fernando Marías, Guillermo Orsi, José Carlos Somoza, Juan Ramón Biedma, Manuel Barea, Marcelo Luján, Marta Robles, Montero Glez, Susana Hernández.

Barcelona, Editorial Alrevés, S.L., 2016.


“Una mujer desnuda con sandalias de tacón alto puede parecer cualquier cosa excepto inocente”.

Fernando Marías


Aunque el concepto de pornografía sea empleado habitualmente en sentido despectivo, a menudo con connotaciones abiertamente insultantes, los diccionarios no lo tienen tan claro por el simple hecho de que no son nosotros y quedan, sabiamente, al margen de nuestras peculiares manifestaciones de la neurosis. De hecho, y en el caso que nos ocupa, ni tan siquiera suelen resultar taxativos en su valoración del término. Parece claro, de hecho, que el uso y abuso de la palabra “pornografía” para calificar todas aquellas cosas que nos resultan sucias, bastardas y horriblemente inmorales tiene por necesidad más tintes socioculturales que propiamente lingüísticos.

No debiera extrañarnos tal cosa si entendemos que el lenguaje es sustancia viva y sometida al albur del vulgo –por lo común no muy letrado- en sus sentidos y contextos. Todavía menos si aceptamos el hecho de que en el mundo actual, en el que la ebullición de medios y canales comunicativos ha provocado una monumental explosión de palabras –la mayor parte de ellas innecesarias-, un colosal magreo de las ideas, hemos terminado por precipitarnos, en suma, hacia una épica degradación de la realidad a través de la perpetua e interesada malversación de los sentidos y los significados. De hecho, ya casi nada significa en la subjetividad de nuestras cabezas lo que parece significar en referencia a lo real por la sencilla razón de que ya hay pocos mensajes que no nazcan alterados, corrompidos, manipulados, usados y ensuciados por unos intereses u otros. Sacrificados en aras de esto o de aquello. Y así es como nos vamos ahogando en el fango de la corrección política y la demagogia.

Y por eso la inocente “pornografía”, que la Real Academia Española[1] define como,

“De pornógrafo

  1. Presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación.
  2. Espectáculo, texto o producto audiovisual que utiliza la pornografía. Prohibieron la venta de pornografía en los quioscos.
  3. Tratado acerca de la prostitución.”

acaba en el uso y abuso de nuestra vetusta cultura católica, de honda base judeocristiana, atiborrada de toda suerte de penosas y castrantes moralinas –dicho sea en el más nietzscheano de los sentidos-, malversada en sustantivo de la inmoralidad más abyecta y transmutada en adjetivo calificativo de la peor especie. Incluso da miedo verla en molde. Aterra encontrarla en la portada un libro y provoca estupor en el expositor del quiosco e incluso en la barra del navegador. Genera espanto cuando la entrevemos en el canto de la novela que lleva consigo el compañero de viaje desconocido que nos ha tocado en suerte en el anonimato del transporte público. Incluso provoca miedo –sucio horror- sentirse obligado a escribirla, decirla o leerla pues induce invariablemente al temor de no ser entendido o de no entender. De no ser aceptado, o de no aceptar.

Tal fue el miedo que experimenté en mi propia piel al abrir en el despacho el sobre que contenía el libro que nos encabeza y echar un vistazo a la portada. Porque mi primera e inopinada reacción fue la de esconderlo a los ojos siempre voraces de quienes me rodeaban para evitar a todo trance que alguien pudiera verlo en mis manos, sobre mi mesa, incluso cerca de mí. El viejo llamamiento a la supervivencia en el ecosistema de la respetabilidad me pedía escapar como fuera del magma de ideas perversas y confusas que los otros pudieran hacerse de mí. La palabra maldita. Pornografía. El adjetivo perverso. Pornográfico. Belcebú encarnándose, perfilándose ante mis ojos. Pornógrafo.

Luego me detuve. Al fin y al cabo soy un adulto. Frené mis impulsos animales y procedí a una terapia de racionalización que me vacunase de tanta estupidez. Las palabras no matan. No dañan. Hiere la gente. No es por lo tanto del peso de las palabras –que siempre humanizan y conocen- del que hay que liberarse, sino de esa terrible enfermedad que los otros nos contagian al transmitirnos e inocularnos sus opiniones, creencias, temores y odios.

Vacunémonos pues:

Pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía, pornografía.

¿Suficiente? Si no es el caso. Si lo que te ocurre es que, más allá de los miedos infantiles anclados en las moralinas de una cultura tan vieja que a menudo ya no se soporta, has perdido el temor a la excitación, al abrazo de la auténtica, genuina y gloriosa pornografía que contempla la RAE, entonces tienes que acercarte a esta antología de relatos que su compilador, Juan Ramón Biedma, quiso compartir conmigo y que yo deseo compartir contigo, bien sea para ayudarte en la siempre necesaria clínica del aclarado de las ideas. Trece historias terapéuticas que nos congracian con un género denostado, humillado y maltratado por quienes ni lo saben, ni lo comprenden, ni lo intentan. Por quienes estiman desde una ignorancia de décadas asumida e incluso potenciada que “porno” no es más que el prefijo de un insulto cualquiera.

Y ya sabéis lo que pasa con las antologías. Son irregulares desde su inspiración común porque hay autores que las utilizan para reciclar viejas historias sumergidas en el lodazal del disco duro –o de la vieja libreta-, entretanto otros se deciden a coger el toro por los cuernos para corresponder con entereza y pasión al llamamiento del editor -que en este caso y con este collage logra cerrar un viejo proyecto y satisfacer así un antiguo anhelo-. Hay, pues, en ellas de todo y para todos los gustos y sabores. Siempre será de tal modo y no cabe renegar de lo que es inevitable… Pero ello no obsta para que me reconozca como un gran apasionado de las antologías por simple y llana razón de que en ellas he encontrado muy a menudo piezas deliciosas, caramelos de magnífico sabor, obritas únicas en su belleza, historias sumamente inspiradoras, detalles desconocidos e inesperados de autores a los que nunca esperé leer en esa nota. En esa música. En tal escenario.

A veces son dos. A veces son cinco. A veces son más.

Obscena cuenta con la baza de haber logrado reunir a trece excelentes escritores y escritoras –sí, yo también sucumbo como todo hijo de vecino al vicio de los tiempos-. Nombres reputados del presente literario de las letras hispanas, que no necesitan presentación alguna y que suponen por sí mismos –nombres y apellidos- un  enorme atractivo para el lector. Pero más allá de la innecesaria laudatio del aficionado, ya que no soy otra cosa, dejadme que os diga algo personal: de entre esas trece historias pornocriminales –en efecto y con todas las letras-, ya sea más adentro o más fuera de foco, hay tres que me han resultado maravillosas, interesantes, inspiradoras. Que me han inducido al pensamiento y a la relectura y que, por sí mismas, han hecho que las dos tardes que he empleado en la lectura del libro hayan merecido la pena, y mucho.

Por supuesto, no os diré qué historias son. No por escabullirme de la ofensa sino porque en el gusto impera necesariamente la maldición de la subjetividad. Puede que, simplemente, para ti las elegidas sean otras. O puede que las mismas. Puede que tus vicios y pasiones más oscuros caminen por senderos convergentes a los míos o bien se deslicen en el siempre saludable sendero de las divergencias, pues en esto de la excitación los límites son difusos, confusos. Las preferencias en el placer oscilan siempre entre las luces de lo coherente y las brumas de lo antagónico. Lo que nos gusta hacer y que nos hagan es por necesidad pulsión de lo particular. Por supuesto. Por supuesto. Por supuesto. No se puede limitar lo que no conoce más limitación que la fantasía… No obstante, y te ruego encarecidamente que me hagas caso en esto: esas tres historias –gloriosas- no te las puedes perder.

Ni el resto, claro.


[1] DRAE. Edición del Tricentenario [http://www.rae.es/].

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