Piensa en verde

Se sabe poco de la vida de Philibert Aspairt salvo el hecho de que forma parte de la historia más oscura del París de los días de la Revolución. De hecho, se trata de esas personas que concitan la paradójica singularidad de ser más conocidos por cómo murieron que por cómo vivieron y que, de hecho, tuvieron una existencia tan irrelevante que nadie se acordaría de ellas de no ser por las peculiaridades inherentes a su muerte.

Me encontré con Aspairt –porque así son las cosas de la cultura popular y por ello conviene hurgar en sus entresijos- jugando al videojuego Assassin’s Creed Unity, parte de la popular saga comercializada por Ubisoft y bien conocida de muchos aficionados. El caso es que una de las historias colaterales con la que se nos invita a disfrutar, protagonizada por nuestro hombre, es la que tiene que ver con la resolución de su misteriosa muerte. La curiosidad del caso me incitó a investigar… Para descubrir que el misterio asociado a la muerte del tal Aspairt forma parte del rico imaginario colectivo relacionado con las legendarias Catacumbas de París.

Promo de Assassins Creed Unity
Imagen promocional del videojuego Assassins’s Creed Unity.

Montañas de huesos

Las Catacumbas de París son un inmenso osario subterráneo, establecido en las antiguas galerías de las minas de roca caliza de la ciudad, que contiene los restos de unos seis millones de personas.

En efecto, desde tiempos de los romanos se sabía que la caliza parisina, al parecer, era de gran calidad y muchas de las estructuras de la ciudad se levantaron recurriendo a la riqueza de su subsuelo. Primero extraída en la forma convencional de canteras y, a medida que la ciudad fue creciendo, mediante excavaciones subterráneas. De hecho, con el paso de los años y el aumento del control por parte de las sucesivas Autoridades de la ciudad –especialmente los recaudadores de impuestos-, la mayor parte de estas minas subterráneas eran explotaciones ilegales y sus gestores las ocultaban con celo. Simplemente se horadaba el suelo, se explotaba mediante galerías excavadas sin orden ni concierto, y finalmente, cuando la veta de material parecía agotada o bien la explotación ilegal era descubierta, se clausuraba. La consecuencia de ello fue que durante el siglo XVIII muchos distritos de la ciudad estuvieran levantados sobre territorios previamente minados por la horda de gusanos mineros, lo cual a veces tenía nefastas consecuencias, si bien en otras circunstancias el hallazgo era bien recibido pues facilitaba a arquitectos y constructores las tareas de cimentación y ahorraba costes.

Imagino que, en este punto, más de uno se estará preguntando cómo llegaron allí los restos de varios millones de personas y de quién fue la idea… Bien, pues en este caso bien puede decirse que mandaron los propios muertos.

No entraré en profusos detalles históricos. Baste saber que por diferentes circunstancias geográficas, demográficas e históricas, el núcleo urbano romano original sobre el que se erigió la ciudad hubo de ser momentáneamente abandonado a finales del siglo IV –luego sería reabsorbido con el paso del tiempo- y, con ello, la urbe se refundó en una ubicación cercana a la primera. Concretamente en lo que hoy se conoce como Hôtel de Ville, junto a la iglesia de Saint-Etienne. Dada la costumbre ancestral de ubicar los camposantos en las inmediaciones de las iglesias por tratarse de suelo consagrado, y entendiendo que a medida que los barrios se iban desarrollando, siempre lo hacían alrededor de una ermita, capilla o similar, nos encontramos que hacia el siglo X todo el centro de París estaba repleto de cementerios de diferente tamaño.

El más grande de todos ellos era el llamado de los Santos Inocentes, cuya andadura comenzó en el siglo V, junto a la iglesia de Notre-Dame-des-Bois. Ciertamente, la edificación fue demolida por los normandos en el siglo IX, pero el camposanto permaneció y siguió creciendo hasta ser adscrito a la parroquia de los Santos Inocentes, de la que el lugar tomó su nombre. Se calcula que hacia el año 1130 ya era el cementerio principal de la ciudad ocupando un gran terreno circundado por las calles de Saint-Denis, Ferronnerie, Lingerie y Berger. Y ya no podía crecer más a pesar de que la gente seguía muriendo, con lo cual llegó el día en el que los problemas de espacio para los muertos empezaron a ser realmente muy acuciantes.

Cementerio Santos Inocentes de Paris
Grabado que muestra el interior del Cementerio de los Santos Inocentes.

Alguien se preguntará por qué no deshacerse de los restos de los finados, o bien fundar algún otro cementerio en las afueras de la ciudad, y ambas preguntas tienen fácil respuesta: en primer lugar, la obsoleta creencia cristiana de la necesidad de un cuerpo en el que reencarnarse con la llegada del juicio final, que entonces era aceptada a pies juntillas, hacía impensable destruir los restos de una persona –salvo que hubiera cometido un crimen tan execrable que la quisiera castigar incluso en la otra vida-, pues suponía condenarla sin posibilidad de resurrección por toda la eternidad. En segundo término, hemos de pensar que en aquellos días no existía la preocupación con las cuestiones de salud pública que nos asolan –para bien- en los tiempos presentes. Los familiares de los fallecidos querían tenerlos cerca, eran celosos de las viejas tradiciones, y nadie estaba dispuesto a echar a un ser querido del que fuera su barrio para colocarlo en un lejano extrarradio por muy muerto que estuviera, o muy insalubre y peligroso que ello pudiera resultar.

La solución de compromiso que adoptaron las Autoridades fue la de excavar criptas bajo el propio cementerio que pudieran ser empleadas como osario en el que depositar los restos exhumados de las finados más antiguos a la par que circundar el terreno de un enorme osario. La tierra que se iba sacando del subsuelo, a su vez, era amontonada sobre el propio camposanto para poder seguir disponiendo de suelo extra en el que enterrar a más gente. Esta genialidad motivó que a finales del siglo XVIII el cementerio de los Santos inocentes fuera ya una enorme catacumba subterránea peligrosamente excavada bajo una montaña de tierra circundada por un gigantesco osario y repleta de enterramientos que, al nivel de la calle, tenía más de dos metros de alto… Y no dejaban de llegar: las hambrunas, las epidemias, las guerras constantes, ser cementerio oficial de otras parroquias, de la morgue, e incluso del hospital del Hôtel-Dieu, ayudaban lo suyo a que las condiciones del monstruo se hicieran paulatinamente insostenibles.

Se trató de limitar el uso del cementerio y destinar a muchos de los nuevos fallecidos a nuevos camposantos ubicados en las afueras, pero no hubo modo. Dada la enorme resistencia ciudadana a abandonar las viejas costumbres, la pereza y los sobornos, la solución se iba aplazando… Hasta que el 30 de mayo de 1780, a causa del progresivo debilitamiento del terreno, se produjo un terrible derrumbamiento que afectó a varios edificios colindantes al cementerio e hizo que reventara una fosa común expulsando los cadáveres al exterior. El evento provocó víctimas y por fin, las Autoridades tuvieron que ser drásticas y prohibieron, bajo penas muy severas, cualquier sepelio en los cementerios intramuros de la ciudad.

Jean Charles Pierre Lenoir
Jean-Charles-Pierre Lenoir (1732-1807), prefecto de la policía de París entre 1774 y 1785.

La idea de desmantelar este y otros engendros similares repartidos por el casco urbano y reconvertir buena parte de las viejas galerías mineras de la ciudad, tras reforzarlas adecuadamente, en unas catacumbas que albergaran un gigantesco osario, provino del prefecto de policía Lenoir, quien había decidido someter a vigilancia los pasajes del subsuelo parisino en 1777. Lenoir, que formó una compañía de albañiles y vigilantes para tal fin, se había ocupado de convertir muchas de estas trampas –en todos los sentidos imaginables- en pasajes seguros y transitables que fueron abiertos al público. El proyecto fue bien recibido y se puso en marcha por ley decretada en 1785. En una tarea que debió resultar realmente ciclópea, todos los cementerios del centro de la ciudad fueron desmantelados y los restos trasladados a los túneles designados por el prefecto Lenoir. Habían nacido así las novelescas Catacumbas de París.

catacombs
Imagen actual de las Catacumbas de París.

El ciudadano Aspairt

Las fuentes son dudosas al respecto, pero si hemos de aceptar que a menudo los documentos históricos no son tan precisos como nos gustaría, Aspairt debió nacer el día 13 de abril de 1732 en Ravel-Salmerange, una localidad perteneciente al departamento francés de Puy-de-Dôme. En el archivo local consta una partida de nacimiento que nos habla de un tal Philiber Asper que bien podría ser nuestro hombre, pese a la inexactitud de la nomenclatura, por motivos que luego explicaremos y que nos permiten sostener que es la misma persona con cierta consistencia.

Ya no volvemos a encontrarnos con Aspairt sino hasta noviembre de 1793, convertido en un ciudadano parisino domiciliado en el 129 de la Rue St. Jacques. Él y su familia, como otros muchos, sobreviven en medio de las perpetuas convulsiones revolucionarias y contrarrevolucionarias. En lo que resulta otra aparente contradicción histórica ciertamente curiosa, hay quien asume que el buen Philibert era portero en el hospital de Val-de-Grâce, pero en el que bien podría ser su certificado de defunción nos indican que era cantero de profesión.

Lo cierto es que cuando se piensa un poco en el problema todo va encajando, aunque de forma muy extraña… Para empezar, el susodicho hospital, destinado actualmente a los servicios médicos del ejército francés, fue erigido junto a la iglesia y convento de Val-de Grâce –levantado entre 1645 y 1667 por orden de la reina Ana de Austria-. Mucho tiempo después, en este lugar, las monjas dispensaron atención médica a los revolucionarios heridos, lo cual motivó que posteriormente, y en atención al buen servicio y valor de estas mujeres, el edificio fuera reconvertido por el gobierno en un hospital militar propiamente dicho regentado en primera instancia por la propia Orden. Y aquí viene lo bueno: en el patio trasero de la propiedad había una entrada a las catacumbas cerrada con llave.

Un acceso que, como decíamos, en noviembre de 1793 el ciudadano Aspairt –cantero o portero, el caso es que tenía la llave- decidió franquear con finalidad desconocida para no volver nunca jamás. Su esposa, Elisabeth Millard, denunció la desaparición sin resultado, pues el cadáver de Philibert no sería encontrado sino hasta once años después, en 1804, en un pasadizo ubicado bajo la Rue d’Enfer. Se le identificó, según consta en documentos policiales, porque aún llevaba al cinturón la llave del acceso a las catacumbas por el hospital de Val-de-Grâce… Y esto debe hacernos pensar que, en efecto, Aspairt era portero del hospital y no cantero como consta en su certificado de defunción. Una aparente contradicción que tampoco tiene nada de raro por cuanto ignoramos si el pobre Aspairt había conseguido el trabajo hacía poco o mucho tiempo, siendo el de cantero su oficio habitual, lo cual es una explicación sencilla al galimatías.

Hospital Militar de Val-de-Grace
Antigua fotografía del Hospital Militar de Val-de-Grâce.

También es verdad que en el acta de defunción consta el apellido Asper y no Aspairt, pero esto tampoco supone un problema grave que deba inducirnos al rechazo del documento. Recordemos lo comentado en torno al acta de nacimiento: en aquellos días los censos no eran tan precisos como hoy en día –mucha gente ni constaba en los registros-, toda la información se tomaba a mano, en copias únicas e imprecisas, con formularios inexactos y dispares, en idiomas en los que, como el francés, la pronunciación es importante de cara a la plasmación exacta del discurso, lo cual motiva que los diferentes acentos puedan hacer bailar vocales y consonantes… Y además es un hecho que con el paso de los años los idiomas cambian y los apellidos y nombres también se modifican con ellos. En definitiva, carecemos de motivos realmente serios para dudar de que el cadáver de la llave sea nuestro Philibert Aspairt nacido en Salmerange, de profesión cantero pero reconvertido en portero por los azares de la vida y, sobre todo, por la edad: Aspairt contaba 61 años cuando desapareció, edad muy poco apropiada para dedicarse ya a oficios como el de cantero, y menos en aquellos días.

La pregunta, claro está, es qué pudo incitar a este hombre a introducirse en las catacumbas con un triste candil, que ocurrió allá, por qué se adentró tanto y con grave riesgo en el laberinto de túneles, y cómo murió.

El maravilloso bebedizo verde

Pues la teoría comúnmente aceptada en torno a esta controvertida cuestión parece tener que ver con el que por entonces era tenido como gran secreto de los monjes cartujos, el cotizado licor conocido como Chartreuse.

San Bruno
San Bruno de Colonia (1030-1101), fundador de la Orden de los Cartujos.

La orden de los cartujos, una de las más antiguas pues fue fundada en 1084 por San Bruno, siempre fue conocida por su tradición y habilidad en el uso medicinal de las plantas. Grandes boticarios, en 1605 fueron depositarios de la receta de un elixir que supuestamente alargaba la vida notablemente. Dicha receta, que al parecer se encontraba en su familia desde tiempos inmemoriales, les fue entregada como regalo a los monjes de la parisina Chartreuse de Vauvert por el Mariscal d’Estrées. No obstante, la eficiencia real de la fórmula así como su composición exacta, pese a que se empleó en parís durante décadas, no estaba clara, por lo que los monjes de la Grande-Chartreuse, en Grenoble, decidieron investigarla más a fondo en 1737. La tarea recayó sobre Jérôme de Maubec, quien logró por fin destilar un licor verde de composición perfectamente establecida que llegaba a alcanzar una elevadísima graduación y que empezó a comercializarse bajo el nombre de “Elixir Vegetal de la Grande-Chartreuse”.

Francois Annibal d`Estrees
Françoise Annibal d’Estrées (1572/73-1670), Duque de Estrées y mariscal de Francia. Nunca explicó cual era el origen de la dichosa fórmula.

El licor de la salud, como era conocido popularmente, se hizo muy famoso y cotizado entre y 1764 y 1793, llegando a alcanzar precios exorbitantes a causa tanto del secreto de la fórmula como de su escasez, pues la producción de los monjes era muy baja y ello provocaba enorme demanda.

La teoría comúnmente aceptada en torno al caso Aspairt explica que las monjas del Hospital de Val-de-Grâce tenían un remanente de cajas del cotizado licor vegetal enterrada en las catacumbas –pues se sabe que allá podía comprarse- y que Philibert, conocedor del secreto y movido por la ambición o el deseo –irónicamente- de alargar su vida, se adentró en los túneles en busca del inopinado tesoro. Allí, o bien se perdió, tal vez falleció a causa de algún accidente o dolencia, quizá fuera asesinado por un cómplice desconocido… Poco se sabe a este respecto y solo nos queda especular. Sea como fuere, su cadáver fue enterrado justo donde se encontró. En la tumba, que aún puede verse, puede leerse lo que sigue:

“A la memoria de Philibert Aspairt, perdido en esta excavación el tres de noviembre de 1793; encontrado once años después y enterrado en el mismo lugar el 30 de abril de 1804”.

Tumba Aspairt
Tumba de Aspairt en las Catacumbas de París.

Cualquier guía os contará que el fantasma de Aspairt, perdido para la eternidad en la densa oscuridad de aquellos intrincados túneles de los que es incapaz de salir, es desde entonces el portero encargado de vigilar el plácido descanso de los millones de muertos cuyos restos se apiñan en el inmenso osario de las Catacumbas de París.

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