La verdad que huye


“El tiempo que pasa es la verdad que huye”

Edmond Locard


Todas las ciudades del mundo tienen al menos un crimen famoso sin resolver que extiende sus ecos a través de las décadas y que termina por convertirse en pasto de aficionados al tema, objeto de libros y documentales, fuente de toda clase de habladurías y chismorreos, o dedicación extra-laboral de algún que otro agente de policía que decide no darse por vencido o que lo asume como un reto personal. En Nueva York, por ejemplo, nunca ha dejado de hablarse de la misteriosa desaparición del juez Joseph F. Crater. En Los Angeles, el crimen ignoto favorito del público es el asesinato de Elizabeth Short –popularmente conocido como el “caso de la Dalia Negra”-. En España hay un buen surtido de desapariciones misteriosas –David Guerrero, el archiconocido “niño pintor de Málaga”, es un caso paradigmático-, así como otros asuntos cerrados en falso como el famosísimo Crimen de Los Galindos… Pero en esta ocasión quiero detenerme en un crimen cometido en Filadelfia, Estados Unidos, muy popular en el historia criminal de ese país pero bastante desconocido allende sus fronteras: me refiero al descubrimiento del llamado “Boy in the Box” –chico de la caja-, acaecido el 25 de febrero de 1957.

Lo cierto es que el tema es desconcertante en la medida que, a pesar del tiempo transcurrido, el cadáver del muchacho nunca ha sido identificado y ahí se encuentra el epicentro de la cuestión. Muchos policías, detectives privados, periodistas de sucesos e incluso investigadores aficionados se han esforzado en resolverlo a lo largo de los últimos sesenta años, pero hasta la fecha los millones de horas de trabajo colectivo invertidas han resultado inútiles.

El archivo del caso, al que se asignó la clave H-57-22, se compone de ocho cajas que, junto a otras muchas, se apilan en los estantes destinados a casos sin resolver de la jefatura de policía de Filadelfia. El material disponible incluye fotografías, el informe de la autopsia practicada al cadáver, una factura por los 35 dólares que costó en su momento el ataúd del niño, pedazos de la manta que acompañaba al cuerpo, carpetas con los informes de investigación que incluyen las múltiples pesquisas que los agentes han realizado a lo largo de los años, fichas de posibles sospechosos comprobados y finalmente rechazados, e incluso cartas y tarjetas del público solidarizándose con la causa del niño desconocido. Todo fue minuciosamente investigado –incluso los remitentes de aquellas misivas solidarias que contribuyeron a reunir el dinero para enterrar a la víctima en un lugar digno-, y nada de ello condujo a parte alguna. Se sabe absolutamente todo a excepción de lo fundamental: la identidad del crío. Y cuanto más tiempo pase, más difícil será que llegue a conocerse alguna vez.

Historia de una caja

Los mirones y merodeadores, aunque a los poco versados les parezca sorprendente, ayudan a resolver e incluso a descubrir muchos delitos. Ello se debe a que en su ardua tarea de espiar a los demás se acaban convirtiendo en auténticos búhos que controlan inadvertidamente todos los movimientos, cuitas y circunstancias de las vidas y obras ajenas, por lo que se convierten en testigos de primera. Y sería un estudiante de 26 años de edad, conocido por la policía por espiar y controlar cual perro pastor a las jovencitas de aquella zona –entonces rural- de Susquehanna Road, quien se iba a dar de bruces con el tema. El 25 de febrero de 1957, fisgoneando en torno a una casa vacía del vecindario de Fox Chase, se encontró en un enorme trastero con caja grande de cartón que había servido como embalaje para una cuna de la popular cadena de tiendas JC Penney. Atraído por el voluminoso objeto, hurgó en su interior para descubrir con cierto sobresalto lo que parecía una muñeca o posiblemente un niño desnudo. Asustado por el inopinado hallazgo, echó a correr. No reportaría su descubrimiento a la policía hasta el día siguiente, tras escuchar en la radio las noticias sobre un niño desaparecido en Nueva Jersey –que no tenía nada que ver con éste, por cierto- y ser aconsejado por un sacerdote.

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El “niño de la caja” tal y como fuera encontrado.

El primero en llegar al escenario del hallazgo fue el agente Elmer Palmer, padre de dos niños pequeños por aquel entonces, que quedó muy impactado por el hallazgo al advertir que, en efecto, se trataba de un niño. Pero al cabo de unos días se descubrió que no había más información accesoria en la escena del crimen, aparte de la que pudiera reportar la autopsia, y además nadie había denunciado desaparición alguna de aquellas características recientemente, por lo que el asunto empezó a enfriarse con mucha rapidez. De tal modo, la policía, que en los casos que implican a menores suele andarse con mucho tiento, optó por recurrir a la colaboración ciudadana para tomar la entonces poco común decisión de emitir un cartel de la cara del niño muerto junto con imágenes de la caja y otros objetos. Los cerca de 10.000 pasquines así elaborados se repartieron por miles de tiendas y negocios. En su afán por hacer reconocible el cadáver del niño, los investigadores incluso reconstruyeron su rostro desfigurado mediante retoques fotográficos y “vistieron” el cuerpo con ropa infantil.

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Los enseres que acompañaban al cadáver.

La escena imposible

El cuerpo desnudo del niño, de entre 4 y 6 años de edad, había sido colocado dentro de la caja de cartón y depositado, como decíamos, en un cobertizo lleno de basura anexo a la casa abandonada. Se le había golpeado con brutalidad pero, dada la superposición en el tiempo de los golpes –lo cual hablaba de diversos episodios de maltrato-, la autopsia fue incapaz de determinar si habían sido las diferentes palizas las causantes de la muerte o ésta se había producido por alguna razón colateral relacionada con ellas. Las uñas estaban bien recortadas. Las palmas de las manos y las plantas de los pies se encontraban ásperas y arrugadas, lo que indica que habían sido sumergidas en agua antes o poco después del momento de la muerte. Se encontraron también varios mechones de pelo del propio niño depositados sobre el cuerpo, por lo que se creyó que le habían cortado el cabello antes, o inmediatamente después, del crimen.

El cadáver estaba parcialmente envuelto en una pieza de manta barata, muy gastada y desteñida, con un diseño escocés de diamantes y bloques de color verde, rojo, marrón y blanco. Un segundo pedazo adicional de la manta, untado con grasa de motor lo cual hace pensar que pudo estar en el maletero de un coche, acompañaba al cuerpo. Faltaba un tercer fragmento que nunca se encontró. Por lo demás, había un pañuelo de caballero con una letra “G” mayúscula bordada.

Pareció en un primer momento que la marca de la caja podría ofrecer un lugar sólido por el que comenzar, pues constaba la sucursal de la cadena en la que se adquirió la cuna que se embaló con ella –Upper Darby, Pensilvania-, pero esta idea resultó ser un espejismo. El objeto era de venta muy común y los agentes fueron incapaces de identificar al posible comprador del objeto en la medida que la política de la cadena JC Penney era no conservar, por obvias razones logísticas, más tiempo del meramente imprescindible los registros de ventas. La única pista tangible de que se disponía no conducía, pues, a parte alguna.

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La fotografía trucada del niño que difundió la policía de Filadelfia.

Se hicieron grandes esfuerzos por mantener vivo el caso, pero nada pudo impedir que se estancara para desesperación de la policía. De hecho, ha sido reabierto y cerrado muchas veces más desde entonces, siempre con idénticos resultados. Ni tan siquiera el avance tecnológico del ADN ha aportado luz, pues Los restos del niño se exhumaron a finales de la década de 1990 para que los forenses tomaran las muestras pertinentes de ADN mitocondrial a partir de un diente de la víctima, pero valió de poco… Al fin y al cabo no estamos ante uno de los guiones inverosímiles de la serie CSI: el ADN no sirve de nada si se carece de otra muestra independiente –y directamente relacionada con el caso- con la que poder establecer contrastes. De hecho, lo único que ha quedado claro tras estos estudios es que uno de los mechones de cabello –el más largo- que acompañaban al cadáver no era de éste, sino de otra persona a la que nunca se ha identificado.

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Un cartel posterior, bastante menos amable, en el que la policía mostraba el aspecto real del niño a la par que ofrecía detalles que pudieran “despertar” la memoria de la ciudadanía.

Tras esta exhumación, el niño, que desde 1957 se encontraba en una tumba anónima con la inscripción “Heavenly Father Bless This Unknown Boy”, fue inhumado en 1998 en una tumba especial en la colina de la hiedra del cementerio de Potter´s Field en la que se depositó una muy visitada lápida que reza: “America´s Unknown Child”.

Teorías para un caso abierto

En el año 2000 la Vidocq Society, organización de Filadelfia conformada por un conjunto de criminólogos, detectives y expertos en ciencias forenses, se hizo cargo del caso, bien fuera para arrojar algo de luz que permitiera aceptar o descartar definitivamente las teorías que había mantenido la policía a lo largo de los años.

Una de las líneas de investigación más sostenidas fue que podría tratarse del desaparecido Steven Damman, un crío que contaba casi tres años de edad cuando fuera secuestrado en octubre de 1955 por desconocidos en el exterior de un supermercado de Long Island (Nueva York) y al que nunca se encontró. Esta conexión se descartaría con el paso de los años hasta convertirse finalmente en humo en 2003, cuando se realizaron los pertinentes análisis de ADN a los familiares. De hecho, solo una hipótesis tuvo siempre sentido a partir de los indicios: el niño de la caja –fuera quien fuese- estaba desnutrido y había sido golpeado con reiteración, probablemente hasta la muerte, por un progenitor o cuidador.

Tom Augustine y Bill Fleisher, dos componentes de la Vidocq Society encargados del tema, recabaron nuevos informes. Augustine, en concreto, se encontraba muy implicado emocionalmente con la historia pues contaba 13 años cuando se produjo el hallazgo, siguió el decurso de los acontecimientos de primera mano en la prensa, y con el paso del tiempo éste fue uno de los motivos que le indujeron a dedicarse a la investigación criminal.

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Lápida de la primera tumba que alojo el cuerpo del niño desconocido.

El hecho, aunque parezca mentira, es que la reactivación de la historia hizo que mucha gente se prestara a colaborar con ellos de forma anónima, recibiendo informaciones y pistas de toda suerte, pero dudoso valor. Hubo quienes dijeron haber visto al chico de las fotos con un hombre en un restaurante de Camden (Nueva Jersey). Otra persona manifestó haber visto a una mujer y un niño sentados en un tronco, en el arcén de Susquehanna Road, justo el día anterior a que el estudiante fisgón encontrara la caja.

Otro componente de la Vidocq Society, William Kelly, un civil empleado en la unidad de identificación del Departamento de Policía de Filadelfia, se entretuvo en recopilar todas las huellas de los recién nacidos en hospitales de la zona entre 1951 y 1953, pero ninguna coincidió con las del cuerpo… incluso, pensando que el aspecto del niño bien pudiera relacionarlo con los refugiados húngaros que entraron en los Estados Unidos en 1956, en el colmo de la escrupulosidad, examinó las 11.200 fotografías de niños registradas en la base de datos. Encontró diez que podrían haber sido el chico de la caja por su aspecto físico y edad, pero todos ellos fueron pertinentemente localizados.

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Enterramiento actual del niño sin nombre.

Sin embargo, para los componentes de la Vidocq Society el testimonio más intrigante fue el recabado en 2002 a partir de una mujer residente en Ohio a la que se identificó como “M”. El hecho es que recibieron la llamada telefónica de un psiquiatra indicándoles que una de sus pacientes, de la edad adecuada, sabía con exactitud la procedencia del niño de la caja.M explicaba que en 1955 tenía 11 años. Hija de una bibliotecaria, cierto día la acompañó a una cita en la que intercambiaron al muchacho por un sobre que, supuso, debía contener cierta cantidad de dinero. El niño, llamado Jonathan –ignoraba el posible apellido-, se fue a vivir con ambas a su casa de Lower Merion (Filadelfia). Al parecer, y siempre según la versión de esta mujer, la madre de M era una mujer brutal y maltratadora que, a poco de llegar, metió al niño en el sótano donde lo mantuvo en condiciones infrahumanas. De hecho, M afirmó que su madre abusaba de ella sexualmente, le infringía severos castigos y la golpeaba con regularidad, y que, según le llegó a confesar, había comprado al niño para seguir haciendo lo mismo con él pues ella empezaba a hacerse mayor y había dejado de ser “divertida”.

El hecho es que la muerte del niño se habría producido un día en el que la supuesta bibliotecaria criminal lo golpeó con especial fiereza. El ataque de ira asesina se había producido porque el muchacho se encontraba mal y había vomitado en la bañera en la que lo estaba aseando. Acto seguido, la mujer metió al niño en la consabida caja, lo trasladó al maletero del coche, e hizo a su hija subir al vehículo. Luego condujo tranquilamente hasta el lugar en el que lo abandonó y en el que sería encontrado por el nuestro amigo el merodeador.

Tras examinar esta excepcional –puede que delirante- historia Fleisher y Kelly indicaron que no había nada que permitiera refutarla, pues los detalles eran concisos y los puntos críticos se mostraban correctos y ajustados a la información disponible pero, lamentablemente, tampoco había nada que permitiera corroborarla. Seguía –sigue- faltando el detalle central del caso: una identificación positiva que condujera a resolver el expediente del chico de la caja de una vez y para siempre. Una identificación que tal vez ya sea improbable.

Y el tiempo pasa. Y la verdad, huye.

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