David ya no vive aquí

Málaga, 6 de abril de 1987…

…David, de 13 años, ha terminado la jornada escolar. Así, y como de costumbre, acompañado de uno de sus hermanos llega a su casa, ubicada en la calle Sargento García Noblejas, en el barrio 25 años de paz. Una barriada populosa de clase media ubicada frente a las instalaciones de lo que en tiempos fue la Compañía Tabacalera[1].

Tiene prisa y se queja de que le duele un poco la cabeza. Por eso merienda únicamente un yogur antes de cambiarse de ropa. Tiene que asistir a su habitual clase de pintura en la Peña El Cenachero, que se encuentra en la calle Granada, en el centro de la ciudad[2], próxima al Museo Picasso. Como el ambiente está algo fresco, se enfunda un jersey blanco fino, unos pantalones vaqueros, zapatillas deportivas y una cazadora. Luego echa mano de la habitual mochila de tela vaquera en la que traslada los útiles de pintura, coge el abono de transporte y se echa a la calle. No lleva ni un céntimo en el bolsillo.

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David Guerrero Guevara.

Son las 18:30 de la tarde y todo es normal, pero no tanto. De hecho, se trata de un día muy especial para David pues tiene que conceder una entrevista en la galería de arte La Maison, en la calle Duquesa de Parcent, lugar en el que está exponiendo uno de sus cuadros en el contexto de una muestra colectiva. Porque resulta que David Guerrero Guevara es un niño prodigio. Un pintor precoz y talentoso con un futuro excelente siempre que las cosas no se tuerzan y el chico persevere… Y esa entrevista debería ser la primera de muchas. De hecho, el dolorcillo de cabeza que el muchacho experimenta es perfectamente atribuible a los nervios. Así lo entendió Antonia, su madre.

El trayecto es fácil –de hecho lo había repasado con su padre- y Málaga es una ciudad tranquila. En un primer momento, David tiene que coger el autobús en la parada que se encuentra a un centenar de metros de su casa, bajarse en la del Muelle Heredia y caminar unos cuatro minutos hasta la galería en la que está citado para hablar de su cuadro; El Cristo de la Buena Muerte.

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Aquí tenemos a David junto a su cuadro, y el cuadro mismo. El talento pictórico de este muchacho de solo 13 años -no lo olvidemos- es incuestionable.

Nada de qué preocuparse.

Pero anochece y David no da señales de vida. El chico había quedado con su padre, Jorge, en que éste lo recogería tras la clase de pintura en la calle Granada, pero el hombre, tras esperar un rato a que bajara y advertir que el crío se demoraba, se decidió a preguntarle al conserje de las instalaciones. El empleado no sabe darle razón e indica que no ha visto al muchacho por lo que ambos llegan a una conclusión lógica: o se encuentra todavía en la galería de arte, o bien se ha desplazado hasta allí con posterioridad y sus caminos se han cruzado. En consecuencia, Jorge Guerrero se desplaza hasta La Maison.

En la galería le indican que, pese a tener pendiente el tema de la entrevista, David no ha aparecido en toda la tarde. Su padre no se preocupa demasiado. Sabe que el chico está nervioso y puede haberse sentido indispuesto. Además, tampoco tiene noticias de su esposa por lo que deduce lo obvio: “el niño se ha encontrado mal y estará en casa”. Pero no es así. Cuando el padre se presenta en el hogar encuentra a su esposa preparando la cena, y ella, sobre el cacharreo de fondo, le hace las preguntas fatídicas:

“¿Y el niño? ¿No viene contigo?”

“¿Pero es que no está aquí?”

Comienza el trajín de llamadas telefónicas a familiares y amigos, pero nadie sabe dar razón del paradero de David, de suerte que al final la familia en pleno –empezando por los padres y los dos hermanos del muchacho- se echa a la calle. Y nada. Cunde el desánimo y crece la preocupación de tal modo que a las 24:00 horas Jorge Guerrero, desesperado, se presenta en las dependencias de la Guardia Civil para denunciar la desaparición.

Es ya 7 de abril de 1987 y entonces nadie lo sabe todavía, pero David Guerrero Guevara, que se hará célebre en toda España –aún lo es- como El Niño Pintor de Málaga por motivos bastante diferentes a los que se preveía, ya no aparecerá.

Historia repetida

Los casos de desapariciones misteriosas[3] son especialmente odiosos para las Autoridades porque resultan descorazonadores, bajan la moral, son caros, a menudo se convierten en temas desagradablemente mediáticos, generan muchos problemas y tienen una alta probabilidad de convertirse en sonoros desastres. Se invierte infinidad de recursos materiales y humanos, miles de horas de trabajo, prácticamente a ciegas y sin que se le acabe de ver la punta al asunto por sitio alguno. A veces, de hecho, la opinión pública –el sufrimiento de las familias es harina de otro costal y genera reacciones adversas muy comprensibles- acaba por olvidarse de algo tan elemental que ni tan siquiera tendría que mencionarse: los agentes, aunque profesionales, también son padres y madres de familia, humanos, sienten y padecen… Y como cualquier experto que se precie de serlo detestan la ineficacia, se saben observados por todo el mundo, y no quieren fracasar. Pero tampoco se puede trabajar sin evidencias que sugieran una línea de investigación más o menos clara y en ello radica el germen del inevitable desencuentro que estos casos terminan desencadenando entre las víctimas, el público, y las Autoridades[4].

“Hagan ustedes algo”.

“Sí. Pero exactamente, ¿qué?”

En efecto. En una historia que perfectamente podría ser la que viven otras muchas familias alrededor del mundo, en el caso de David Guerrero se produjo una secuencia de hechos repetida:

  1. Una primera fase de esperanza y ánimo basados en la idea estándar de que tras la desaparición tal vez exista una fuga voluntaria nacida de una chiquillada, o de conflicto familiar irresuelto.
  2. En segundo término, la siempre inquietante teoría de que podría tratarse de un secuestro, bien inducido con engaños, bien forzado.
  3. En un tercer estadio, a medida que pasa el tiempo, se comienza a pensar en la indeseable posibilidad de que el desaparecido haya perdido la vida.
  4. Investigación y búsqueda decididas.
  5. La falta de testimonios y/o pistas que permitan sacar algo en claro a fin de diseñar una teoría plausible que permita resolver el caso.
  6. El paso inexorable de los días y las semanas sin resultados tangibles siempre induce a la petición de colaboración ciudadana y, por tanto, a la difusión del caso en los medios de comunicación (que se convierta en un caso “famoso”, o no, es cuestión que ya depende de la propia dinámica informativa de los medios, del interés que la familia ponga en ello, y de las peculiaridades, más o menos escabrosas o “vendibles”, inherentes al propio caso).
  7. Comienzan a difundirse, a falta de otra cosa, toda suerte de rumores y teorías de la conspiración en torno a la desaparición que, por lo común, entorpecen y perjudican las investigaciones más que ayudar a la resolución del caso.
  8. Si la cosa se prolonga y la persona sigue sin aparecer, en cualquier estado, se llega a la desesperanza y la desmoralización, lo cual provoca reacciones familiares y ciudadanas más o menos exaltadas.
  9. Se llega, luego, al olvido progresivo de la opinión pública (siempre, en una sociedad de la comunicación, surge una noticia “importante” que tapa o silencia a la precedente). Con respecto a las familias este olvido genera una doble posibilidad: hay familias que mantienen vivo el caso en los medios a todo trance suponiendo que ello va inducir una presión constante sobre las Autoridades para que “no se olviden”, entretanto otras se sumen en la pena y el silencio de una eterna espera. En ambos casos, las consecuencias psicológicas, si no se manejan adecuadamente, pueden resultar devastadoras para la unidad familiar.
  10. Finalmente, el caso de desaparición, enfriado, queda abierto y sin resolver a la espera de posibles nuevas informaciones que a menudo nunca llegan. Así, y como ya explicamos en otro artículo de este blog, se produce ese fenómeno perverso que Locard caracterizó de suerte magistral como “verdad que huye”.
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En la imagen puede verse la distancia que separa la casa de David del lugar en el que se encontraba la Galería de Arte La Maison. Las distancias y tiempos en autobús son estimados.

Todo era raro… Como es normal

Volvamos a nuestro caso.

Tras seguir el procedimiento estándar y comprobar que no había razón alguna en su entorno familiar o escolar que motivara una marcha voluntaria de David, un chaval al que familiares y profesores –del colegio Buen Pastor– definían inequívocamente como tranquilo y controlado aunque quizá demasiado introvertido. Por lo demás, no solía separarse de sus padres para nada y todos manifestaban que tenía un gran apego a la familia, por lo que se puso en marcha el consabido dispositivo de búsqueda[5]. Y como suele ser habitual en estos casos, no hubo resultados. David no había sido ingresado como “desconocido” en ninguna institución hospitalaria o asistencial y las batidas que se dieron por diferentes lugares no llevaron a parte alguna.

En el caso de David Guerrero Guevara todo resultaba especialmente extraño porque el crío, literalmente, parecía haberse esfumado en el aire. De hecho, lo primero que se estableció con certeza es que nunca llegó a la parada del autobús, según el testimonio de los propios conductores de la línea, por lo que el misterio y su resolución se circunscribían a los escasos cien metros que separaban la parada de la vivienda de la calle Sargento García Noblejas. Un margen muy escaso en el que había sucedido algo desconocido que había inducido a David a tomar otra decisión a la previamente proyectada. Una decisión que ignoramos si fue voluntaria o forzada.

Pero había cosas todavía más raras que provocaban en todo el mundo un encogimiento de hombros resignado, pues se daba la circunstancia de que aquel día –el 6 de abril, recordemos- la Reina Sofía había ido a Málaga para la inauguración del remodelado Teatro Cervantes[6]. El recorrido que la Reina seguiría desde el aeropuerto hasta el evento pasaba, precisamente, por el barrio “25 años de paz”, lo cual motivó que en el día y hora de autos la calle estuviera especialmente concurrida –y vigilada- a causa del paso de la comitiva… Pero esto no sirvió de ayuda pues, contra lo que sería esperable, nadie reportó datos de especial significación. Ningún vecino de la zona, ningún agente de policía de servicio aquella tarde, dijeron haber visto a David Guerrero, ya fuera en la parada del autobús, ya en el trayecto hasta la misma. Ello hizo pensar al comisario José María García Calabuig, a la sazón encargado principal de la investigación, que la hipótesis más factible fuera la de que alguien, en un vehículo, estuviera esperando a David a la salida de su casa. Y que probablemente el chico conociera a esta persona o personas por la sencilla razón de que no se reportaron incidentes violentos o extraños. No obstante, esta teoría tampoco produjo resultados en la medida que nadie supo dar razón de quién, o quiénes, podrían ser estos personajes desconocidos.

Y, a la par que las investigaciones policiales se frustraban, en los medios comenzaron a aparecer toda suerte de teorías extravagantes. La desaparición del Niño Pintor se había convertido en un auténtico fenómeno nacional y ello siempre genera en algunos la tentación de ganar su cuota de protagonismo a costa del tema. La más disparatada y sonrojante de todas ellas: que el crío, dado su gran talento artístico, habría sido secuestrado por una banda de falsificadores de obras de arte… Tampoco faltaron, porque en este mundo todo parece caber, los consabidos médiums, videntes e investigadores psíquicos dispuestos a ofrecer su ayuda desinteresada a la familia y proponiendo toda suerte de estupideces como aquella de que estaba en una ermita de Don Benito en la que, claro, nunca se le encontró. Y, por supuesto, proliferaron las llamadas de teléfono al entristecido hogar de la familia Guerrero-Guevara ofreciendo informaciones falsas, pistas ridículas, elucubraciones sin fundamento e incluso, en los casos más abyectos, haciendo bromas a costa de tamaña desgracia. Consecuentemente, la familia alcanzó un enorme grado de crispación y de tensión psicológica.

Pero todo era muy raro y nada iba a parte alguna, de modo que la investigación finalmente se congeló. La ciudadanía malagueña, solidarizada emocionalmente con la terrible desgracia de sus convecinos, convocó una manifestación en apoyo a la familia, y contra la falta de resultados policiales, que finalizó en la sede del Gobierno Civil y que tuvo lugar el 6 de diciembre de 1987. Por supuesto, el evento no sirvió de nada porque la policía, para funcionar, no necesitaba escándalos callejeros ni algaradas sino esas pistas útiles que no tenía. De hecho, los casos de desaparecidos pueden estar parados por falta de información coherente, pero nunca se cierran.

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Imagen actual de Antonia Guevara, madre de David, durante una de las muchas entrevistas que ha concedido a lo largo de los años. Frente a los cuadros de su hijo desaparecido siempre lo ha tenido claro: no se fue voluntariamente.

Últimos vestigios

Dado que ni los siempre celebrados a bombo y platillo cotejos de ADN que se realizaban periódicamente ofrecían resultados plausibles, todo fue quedando lentamente en manos de cualquier iniciativa ciudadana que condujera a algún sitio. Y hubo muchas, miles, pero siempre eran pistas falsas. De hecho, solo dos resultan reseñables en la medida que aportaron detalles a los que cabría conceder crédito.

En primer lugar, un matrimonio de profesores procedentes de las Islas Canarias que estaba realizando un viaje por Portugal, desplazados posteriormente a Pamplona, se presentaron en una comisaría de policía indicando que decían haber visto al famosísimo Niño Pintor en Lisboa. Según el testimonio de Ricardo Piñeiro y Amparo Milán, ambos habían reconocido a David Guerrero pintando en la calle con unas tizas de colores el día 30 de julio de 1988. Trasladada esta información a los agentes encargados del caso, se encontró el detalle significativo de que un año antes de su desaparición David había realizado con otros compañeros de su colegio una excursión a Portugal, lo cual motivó que se concediera crédito a este testimonio. Además, las llamadas de personas que aseguraban haber visto al chico en diferentes lugares de Portugal se venían multiplicando, por lo que se comenzó a sospechar que quizá el chico se hubiera fugado y estuviera escondido allá. Sin embargo, ni los agentes de la policía portuguesa ni las dos agentes españolas que se desplazaron al país luso localizaron jamás al crío de la tiza.

Se piensa que pudo tratarse de una falsa identificación[7].

El segundo informe, mucho más siniestro e inquietante, llegó en 1990. La empleada un hotel de Málaga informó a la policía de que, probablemente, había reconocido a David Guerrero en la compañía de un ciudadano suizo alojado en sus instalaciones. No había informado antes, según comentó, porque no dio importancia alguna a un detalle del que además no estaba segura del todo. Puesta en marcha, la policía se encontró con dos detalles ciertamente extraños, de esos que como suele decirse en el argot parecen demasiado buenos para ser verdad: resulta que este ciudadano suizo, que contaba entonces 70 años y era sujeto de buena posición económica, gran aficionado al arte y la fotografía, se había alojado en diferentes hoteles de la ciudad costasoleña a lo largo de los meses de marzo y abril de 1987.

Los inspectores del Grupo de Homicidios retornaron al hogar de los Guerrero-Guevara y revisaron sus cosas… Y apareció entre sus dibujos la caricatura de un señor mayor que era un calco del suizo de marras. Cundió el entusiasmo. Así, en agosto de 1990 dos inspectores, equipados con las pertinentes credenciales internacionales, se trasladaron a Suiza en busca del interfecto, localizaron su casa y realizaron el pertinente registro. Allá apareció, entre los muchos papeles que se examinaron, otro dibujo de un muchacho que guardaba cierto parecido con el desaparecido David Guerrero, aunque ni una sola foto a pesar de que había en su laboratorio cientos de instantáneas y negativos realizados en Málaga. Lo que no pudo aparecer, sin embargo, fue su propietario: resulta que, así lo corroboró su viuda, el hombre había fallecido por causas naturales en enero de aquel mismo año.

¿Ayudó este hombre a David a abandonar voluntariamente su hogar? (Extremo que Antonia, la madre, siempre ha negado en redondo[8]).

¿Se trató de un secuestro?

¿Era el contacto en Suiza la pista buena?

Lamentablemente, parece que nunca lo sabremos[9].

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Cartel de David tal y como se presenta, junto a otros muchos, en la web de SOSdesaparecidos.

[1] Hoy en día, este conjunto de pabellones levantado entre 1923 y 1927, que se constituye como uno de los atractivos turísticos de la ciudad, acoge, entre otras cosas, la Colección del Museo Ruso de San Petersburgo-Málaga, el Museo Automovilístico de la ciudad y las oficinas de Gestión Tributaria.

[2] Actualmente Centro Cultural Recreativo y Deportivo de Renfe El Cenachero, reubicado en la calle Eguiluz.

[3] También conocidas como “desapariciones inquietantes”, se trata de aquellas en las que no parece existir pista o testimonio fiable de clase alguna que apunte a un posible paradero de la persona desaparecida, o bien pueda orientar futuras investigaciones. Consecuentemente, conducen a los agentes a un callejón sin salida y terminan por ofrecer la desagradable impresión de que la persona a la que se busca se ha volatilizado en el aire. Afortunadamente son raras aunque ello no reste un ápice dolor a las familias que tienen la desgracia de sufrirlas. En España, por ejemplo, y según datos ofrecidos por el Ministerio del Interior, desaparece una media de 34 personas diariamente si bien la inmensa mayoría de ellas –especialmente los adolescentes- retornan al hogar, o bien terminan siendo localizadas. De ese número de denuncias por desaparición presentadas a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado españolas, y que podrían estimarse en unas 12.500 interanuales, solo entre 5 y 10 al año se convierten en un completo misterio. Actualmente, en España, hay abiertos unos 14.000 casos acumulados de este tipo. Sea como fuere, el lector podrá encontrar mucha más información al respecto en la web de la Asociación SOSdesaparecidos.

[4] A falta de informaciones sólidas, los casos de desaparecidos misteriosos se terminan enfriando y quedan a la espera de que algún informante pueda ofrecer datos alternativos que los reactive. Esto a veces ocurre, y a veces no. Carece de sentido poner recursos humanos y materiales necesarios para mantener otras investigaciones productivas al servicio de asuntos que no parecen llevar a parte alguna, y es completamente normal que los familiares de estos desaparecidos desesperen de suerte terrible cuando se impone esta lógica de lo material. Ello hace pensar que tal vez ha llegado el momento de que España conceda a detectives privados y criminólogos un estatuto legal aceptable como investigadores y consejeros a título privado –ya sea por encargo o de oficio- que permita a muchas de estas familias seguir ocupándose con garantías de su propio asunto cuando las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado llegan a un callejón sin salida. Un reforma absolutamente necesaria que, sin embargo, en muchos países no se termina de acometer.

[5] La hipótesis del secuestro carecía de base alguna. Al fin y al cabo Jorge Guerrero, padre el muchacho y sustento económico de la unidad familiar, tenía un empleo como sastre cortador que, sencillamente, le incapacitaba para hacer frente a una demanda pecuniaria de peso.

[6] Terminada su construcción en 1870, el Teatro Cervantes fue adquirido por el Ayuntamiento de Málaga en 1984, momento en el que se procede a una ambiciosa remodelación financiada por diferentes instituciones municipales, autonómicas y nacionales, con la finalidad de dotarlo de los más recientes avances tecnológicos. Para el día de la inauguración se había programado un concierto de la Orquesta Sinfónica “Ciudad de Málaga”.

[7] http://elpais.com/diario/1987/10/09/espana/560732427_850215.html

[8] http://www.diariosur.es/prensa/20070325/malaga/antonia-guevara-madre-david_20070325.html

[9] http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/madrid/abc/1990/08/24/068.html. Y también en: http://elpais.com/diario/1990/08/24/espana/651448816_850215.html

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