El crimen de “Los Galindos”


A día de hoy casi todo se desconoce sobre el crimen de Los Galindos salvo el crimen en sí mismo y las muchas especulaciones que ha suscitado. Es el “cluedo” favorito de los estudiantes de Criminología españoles y, con ello, se ha convertido en uno de los grandes clásicos de la historia criminal española. Incluso ahora, cuando el tiempo transcurrido debiera haber cobrado el papel de cloroformo, quien va a Paradas y pregunta a cualquier persona mayor de 60 años por el cortijo, por sus dueños, por sus jornaleros, por lo que pasó aquella tarde maldita de 1975, el interpelado suele agachar la cabeza y guardar silencio… O algo peor. De hecho, en la localidad, que bien definió su alcalde de aquellos días, José Gómez, como un sitio donde nunca había pasado nada importante y donde nunca volverá a ocurrir algo fuera de la rutina, todavía molesta esta vieja historia. Fastidia aparecer siempre en los papeles -o en los blogs- bajo la marca de algo tan truculento… Pero negar la historia, ni tiene sentido práctico alguno, ni la hace desaparecer.


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Imagen del cortijo de “Los Galindos” (Fuente: ABC de Sevilla).

22 de julio de 1975

15:15 horas de la tarde.

El SEAT 600 se desplaza lentamente por las calles de la localidad en calma, atravesándola en dirección a la costanilla desde la que parte la carretera vieja de Carmona, de cuya cuneta, a pocos kilómetros, sale el camino para el cortijo de Los Galindos. Es el único sonido que turba la paz a esas intempestivas horas de una siesta a la que invitan los cerca de 49 grados que frisa el mercurio. Las calles están desiertas, pero un rostro humano, tan sólo uno, se perfila a través de los visillos de una de las casas en el momento en que el automóvil pasa por delante. No todos sestean en el pueblo. La dueña del rostro en la ventana, no sin cierta sorpresa, identifica de inmediato tanto al vehículo como a sus dos ocupantes. “¡Qué raro!” se dice. Pero, tras meditar en ello por unos momentos, suelta el visillo, se encoge de hombros y sigue a lo suyo. Sabe quiénes son y sabe hacia dónde van. Poco comunes son la hora y circunstancia del viaje, pero todo lo demás está en orden. Así, ronroneando en la distancia, el utilitario enfila el primer tramo de la cuesta y se pierde de la vista en dirección a una insospechada tragedia.

Hacia un insondable misterio.

Sobre las 16:30 horas

A unos kilómetros de allí Antonio Fenet, de 36 años, bracero eventual de Los Galindos, ha terminado su dura jornada en el olivar y camina campo a través con ritmo cansino, justo en la dirección en la que se encuentra el cortijo. Con el recalentado sombrero de paja calado hasta las orejas y el azadón al hombro, Fenet aspira con fruición una calada del celtas[1] que aprisiona entre el índice y el pulgar de la mano derecha. Es ese cigarrillo, el mejor del día, que se fuma placido el hombre cumplidor de lo suyo que ha terminado la jornada y empieza a disfrutar al fin de sí mismo, de su propio tiempo y de sus propias cuitas.

Antonio atraviesa tranquilo, acompañado tan sólo por el rítmico zumbar de la chicharra y el rechinar de sus pasos sobre la tierra de labor, un sembrado de girasoles próximo al complejo de edificaciones del cortijo. El calor es tremendo. Tal vez evoca en su mente de labriego el regusto de ese agua fresca que le espera en el fondo del botijo, pero no le da la imaginación para mucho pues, más o menos en ese mismo momento, un fuerte tufo a quemado le golpea la nariz. Mira al frente y, en efecto, vislumbra una gran columna de humo negro como la pez que parece salir del cobertizo. Escamado, puede que ya temeroso, porque no es normal ponerse a quemar nada allá, ni a tal hora, ni con tanto calor, el bracero aprieta el paso. Cuando puede observar el escenario con claridad, las llamaradas se elevan ya sobre las copas de los árboles. El fuego, vigoroso, crepita con fuerza. Tal y como había sospechado momentos antes, se trata de un incendio. Y grande.

Ahora la pestilencia se percibe con absoluta nitidez, un fuerte olor a gasoil y aperos quemados mezclado con otro más extraño, irreconocible pero desagradable, hediondo, que revuelve el estómago de Fenet. El hombre, apenas aborda el ejido del cobertizo, descubre que lo que arde es un enorme montón de alpacas de paja que se han incendiado sin motivo aparente. El fuego, que empieza a propagarse por la estructura, está demasiado cerca de la maquinaria agrícola y amenaza con provocar un desastre. Mira en torno suyo, si bien por los alrededores no se ve un alma, llama a voz en cuello en dirección a la casa del capataz, no sea que el fuego le haya cogido sesteando, pero tampoco recibe respuesta alguna, lo cual que no deja de resultarle sorprendente conociendo como conoce la escrupulosidad y el celo -a veces excesivo- que Manuel pone en su trabajo. Lo cierto es que en lugar de las figuras del capataz o de su mujer, Fenet divisa estupefacto un reguero rojo y espeso, de algo que bien podría ser sangre y que parte de la puerta de la casa. Así las cosas, con la mente nublada por ominosas conjeturas, comienza a gritar con desesperación sin encontrar respuesta alguna. Pasa de esta guisa dos minutos, quizá tres, hasta que afónico ya por el esfuerzo intenta aventurarse lo más que puede hacia el foco del incendio para ver si existe alguna posibilidad de extinguirlo. Pero el intenso calor y la sofocante humareda se lo impiden. Aquello es demasiado grande para un hombre solo.

Presa de la ansiedad, manos en las caderas, paseando de un lado a otro como una bestia enjaulada, Antonio Fenet piensa que ha de hacer algo, pero no sabe exactamente el qué. Al fin y al cabo las llamas pueden estar también achicharrando su propio puchero. En esto, allá en lontananza, columbra varias siluetas que se mueven como espantajos en el mar de la canícula, dando la impresión de que se acercan hacia su posición. Otea esperanzado y descubre que se trata de un nutrido grupo de peones que, desde los campos colindantes, han divisado la espesa humareda y, tras organizarse con rapidez, corren a ofrecer su ayuda. El bracero, visiblemente nervioso, casi fuera de sí, agita la mano para ser visto al mismo tiempo que les sale al encuentro.

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Las víctimas del célebre crimen. De izquierda a a derecha: Juana Martín, José González, Manuel Zapata, Ramon Parrilla y Asunción Peralta (Fuente: blogs.elconfidencial.com).

17:15 horas

El reloj de la iglesia de Paradas anuncia el cuarto de hora con su letanía cansina. Una casa de Dios que data de 1600 y que resulta inexplicablemente grande y ostentosa –tiene hasta cinco naves y nada menos que un Greco- para un pueblo como este, de no más de 8.000 habitantes, y que no se distingue de manera especial, bien lo sabe el ofendido cura, por el número de parroquianos que suelen ocuparla en las fechas no señaladas del calendario.

Sea como fuere, justo en el preciso instante en que los ecos del carillón empiezan a difuminarse, Fenet y otro de los braceros que responde al nombre de Antonio Escobar, entran en el cuartelillo de la Guardia Civil sudorosos y casi sin aliento. Han venido corriendo desde el cortijo. ¡Vengan, vengan rápido! Allí, a “Los Galindos”… -dice Fenet con respiración entrecortada, tanto por los nervios como por el esfuerzo realizado- … Está ardiendo el cobertizo donde se encuentra la empacadora y delante de la casa del capataz hay un reguero de sangre. ¡Vengan, vengan! El cabo de la Benemérita, acompañado de un número así como de los dos jornaleros, actúa con resolución y ordena a todos tomar el Land Rover que les espera a la puerta.

Minutos después llegan al cortijo y, tricornio en mano, los agentes saltan del todoterreno para dirigirse a la carrera hacia el lugar del siniestro. Los jornaleros, arracimados en torno al cobertizo humeante, han conseguido controlar el fuego. También han descubierto el origen del otro olor que se mezclaba con el tufo del gasoil. Horrorizados, señalan hacia la parte alta de la construcción calcinada, lugar en el que yacen los cadáveres de dos personas, reducidos y contorsionados por el ardiente lametón de las llamas. Tapándose boca y nariz con un pañuelo, el cabo, que a duras penas puede reprimir las arcadas, comprueba el informe. No ha visto cosa parecida en su vida.

No es tiempo para especulaciones. Todavía queda el reguero de sangre –si no lo es se le parece bastante- que otro de los peones señala con el dedo. El rastro sale –o llega- del cobertizo, atraviesa un pequeño patio y conduce al interior de la casa en la que habitan el capataz de la finca, Manuel Zapata Villanueva y su señora, Juana Martín Macías. Los agentes se aproximan a la puerta cerrada. ¡Manuel, Manuel!, llaman a gritos, pero nadie responde. Aparta de ahí muchacho –grita el cabo de la Guardia Civil a uno de los braceros empezando a temerse lo peor. Así, tras ordenar al subalterno que cargue el arma y se coloque tras él, trata de girar la manilla de una puerta que no se abre al estar cerrada desde dentro. Entonces, tras tomar algo de carrerilla para impulsarse, arremete y la cerradura salta, dejando libre el paso.

Al instante, el perro del capataz, único testigo de la tragedia que se ha vivido allí en aquella tarde maldita de sol y moscas, salta desde la fresca oscuridad del zaguán, despavorido, para zafarse entre las piernas del guardia y perderse aullando lastimero entre los olivos. Pasado el susto, el cabo, seguido por su subalterno y otros cuatro peones, Fenet a la cabeza, penetran en el interior de la vivienda. Reina un silencio sepulcral. Siguen el rastro de sangre. La comitiva atraviesa sigilosamente la entrada, continúa por el comedor y llega hasta la puerta de la alcoba del matrimonio, al fondo de la casa. Para sorpresa general, se encuentra cerrada por fuera con un candado.

El cabo no se lo piensa dos veces y dispara tres veces sobre el cierre. En el interior del dormitorio espera un nuevo horror. Sobre una de las camas, brazos en cruz, está tendido el cuerpo de Juana. A la mujer, que está irreconocible, le han destrozado la cara con algún objeto de aristas duras. Tiene aplastado el cráneo. Aquello es demasiado y los agentes, tras expulsar a todo el mundo de la casa, deciden pedir refuerzos al comprender que la situación excede con mucho sus posibilidades.

Una inspección más detenida

Por algunos detalles que presentaban los cuerpos carbonizados del cobertizo, que no habían sido pasto de las llamas por completo, los peones estimaban que podía tratarse del tractorista José González, de 27 años de edad, y de su esposa, Asunción Peralta, de 34. A pesar de todo, la identificación no era fácil y quedó en suspenso hasta que el forense dictaminara, puesto que uno de los cuerpos no tenía cabeza y del otro quedaba únicamente el tronco, desde la pelvis a uno de los omóplatos. Parecía evidente que el asesino, tras arrancarles la vida, los había rociado con gasoil antes de arrojar sus cuerpos a las llamas[2].

Sea como fuere, los dos agentes de la Guardia Civil, entretanto llegaba más personal, continuaron inspeccionando el terreno en busca de alguna prueba, algún detalle, cualquier cosa que pudiera dar razón de tantos interrogantes. Eran nada menos que tres cadáveres, probablemente asesinados, lo que tenían entre manos y el criminal que los había matado no podía haberse esfumado en el aire sin dejar algo de sí mismo en mitad de la carnicería. Sea como fuere, se estaba cometiendo un grave error: la inexperiencia de aquellos agentes, en absoluto acostumbrados a enfrentarse a tales circunstancias y con una preparación dudosa, hizo que a ninguno de ellos se le ocurriera acordonar la zona y alejar de la escena del crimen al sinnúmero de curiosos que estaban destruyendo los indicios que quizá hubieran permitido resolver el crimen[3].

Poco a poco, los coches oficiales empezaban a multiplicarse. En uno de ellos llegó el juez de paz de Paradas, Antonio Jiménez, acompañado de dos personas más. En otro, comandados por el teniente de línea, llegaban refuerzos procedentes del cuartel de la vecina localidad Marchena, cabeza de partido judicial[4].

Atardecía ya cuando el oficial al mando decidió acercarse al automóvil que estaba aparcado en un ribazo muy próximo a la casa. Se trataba de un SEAT 600. No se hacía de nuevas puesto que lo había visto allí durante toda la tarde, si bien, entre unas cosas y otras, no había tenido tiempo de inspeccionarlo. Sabía a la perfección, pues se conocía al dedillo todos los coches de la parroquia, que aquel vehículo color crema era propiedad de José González Jiménez. En el asiento posterior del vehículo se encontró una escopeta partida en dos. Nada más. ¿Alguno de vosotros sabe a quién pertenece esta escopeta? Preguntaron al grupo de braceros que se apiñaba en el ejido del cortijo. Sí señor –dijo uno de ellos-. Es la escopeta de caza de Manuel Zapata. El asunto se iba complicando. El capataz no aparecía por ninguna parte y empezaba a convertirse en el principal sospechoso de la masacre. Su escopeta rota, sin embargo, estaba en el coche del tractorista y nadie los había visto juntos en todo el día.

Cundía el desánimo, pero se trabajaba con tenacidad y, a pesar de que ya se hacía la oscuridad, un grupo de personas comandadas por los agentes de la Guardia Civil continuaban buscando alguna cosa, algún indicio, ese objeto que les llevase a alguna conclusión por remota que fuera. El grupo iba a disolverse en espera de la luz de la mañana cuando uno de los peones de Los Galindos llamó la atención de sus compañeros: en el llamado Camino de Rodales, cubierto con un montón de paja, se hallaba el cuerpo sin vida del jornalero Ramón Parrilla. Tenía 40 años y era tractorista eventual de la finca. Alguno de los allí presentes recordó que por la mañana Manuel Zapata le había enviado a trabajar en la linde del olivar. El sujeto había sido abatido a tiros, uno de ellos a bocajarro. Sus brazos, con los que había tratado de protegerse inútilmente en un acto de instintivo apego a la vida, presentaban numerosos impactos de perdigones.

El juez Jiménez ordenó el levantamiento de los cuatro cadáveres, pese a las deficientes diligencias que se estaban practicando, y su posterior traslado a la morgue del cementerio municipal de Paradas. Algunos testigos recuerdan que el proceso resultó especialmente penoso en lo que respecta a los cuerpos del cobertizo. Costó dar con el sepulturero, Rafael Peña, que aquella tarde se encontraba en la vecina localidad de Arahal asistiendo a un partido de fútbol, a fin de que lo dispusiera todo oportunamente para la recepción de los finados. Sea como fuere, allá en el cementerio se hizo cargo de ellos el forense Alejandro Harcenegui, quien se limitó a realizar una serie de autopsias de aliño, poco convincentes en lo referente a sus resultados, en las que se trató de dictaminar la hora y causa de las muertes, algo que en el caso de las víctimas del cobertizo resultó bastante complejo[5]. Posteriormente, y sin mayor dilación ni ulteriores análisis, se puso a los difuntos en manos de sus familiares a fin de que se les diera cristiana sepultura. Los cuatro serían enterrados en el propio cementerio y en nichos individuales.

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Entierro de las víctimas (Fuente: La Vanguardia).

En resumen: la Guardia Civil se encontraba frente a cuatro cadáveres, la misteriosa desaparición del capataz, y sin rastro del asesino. Como es lógico, las primeras sospechas recaían ya sobre Manuel Zapata, hombre de confianza del Marqués de Grañina, porque no había mejor explicación posible y, como dicta el sentido común, las respuestas más evidentes suelen ser las buenas. Él tenía que ser el autor de aquellos cuatro crímenes absurdos e inconexos aunque nadie alcanzara a comprender las razones. Por eso, a la mañana siguiente, el recién llegado juez Márquez dictó contra el capataz la pertinente orden de busca y captura.

Al otro lado del muro

Pese a no existir ningún móvil, ni tener pruebas de clase alguna contra él, las Autoridades, muy presionadas por los atemorizados vecinos de una localidad otrora tranquila y amigable que aquella madrugada, en la que muchas escopetas de caza durmieron cargadas y que renunció al fresco para recluirse en la seguridad del hogar, consideraron a Manuel Zapata Villanueva, ex legionario, ex guardia civil, capataz del cortijo Los Galindos y hombre de confianza del Marqués, supuesto culpable. Aunque sólo fuera porque parecía haberse dado a la fuga. Pero las cosas distaban mucho de ser tan sencillas.

Ya habían transcurrido dos días desde que aconteciera la siniestra tragedia. El rastreo de la finca proseguía, palmo a palmo… Aquí y allá. Varios grupos de personas, capitaneadas siempre por un oficial de la Benemérita o un agente de Policía, trabajaban incansablemente en busca de algo que pudiera esclarecer el misterio. Y nada. La batida resultaba siempre infructuosa.

En todo caso, la investigación seguía su curso con esa meticulosidad tan propia al trabajo policial y que en este caso sirvió de bien poco por falta de cuidado, formación y previsión. El hecho es que se iban siguiendo todas las líneas existentes o posibles. Quién había estado con cada cual durante aquel día, qué había hecho, cómo, cuándo… ¿Tenía enemigos? ¿Deudas de alguna clase? ¿Había de por medio algún asunto pasional? Esto fue lo que permitió profundizar a la Guardia Civil en las andanzas de José González, el tractorista carbonizado, durante el día de autos. Al parecer había ido al pueblo a buscar a su esposa, Asunción Peralta, por alguna razón desconocida. Luego fueron juntos al cortijo para encontrarse con la muerte. Efectivamente, a las cuatro de la tarde del 22 de julio, bajo un sol de justicia, el viejo SEAT 600 de José atravesó el pueblo de Paradas llevando a su lado a su esposa. Así lo corroboró una pariente de Asunción que, al oír el intempestivo ruido del motor en el silencio de la siesta, miró a través de los visillos y vio al matrimonio encaminarse hacia el cortijo. Y allí fueron, sin paradas intermedias, puesto que el automóvil se encontraba en el lugar en el que habitualmente solía aparcarlo su propietario. Ambos debieron morir muy poco después de que el vehículo fuera avistado en el pueblo.

La cosa era extraña, no obstante, porque Asunción no había vuelto a pisar el cortijo desde el día en que se casó con José y hacía de ello siete meses. Decían las malas lenguas que aquella ausencia prolongada se debía a los celos de su esposo ya que la mujer, de soltera, había trabajado para el Marqués sin que se supiera demasiado bien haciendo qué, y hasta qué grado de intimidad. Otros chismorreaban sobre líos entre ella, que a decir de los más atrevidos estaba de muy buen ver a pesar de su cercanía a la cuarentena, y el propio Manuel Zapata.

Pero nadie sabía dar mayor razón. El enigma seguía envolviéndolo todo con un manto tenebroso. Y las cosas irían a peor porque Manuel fue finalmente encontrado, tal y como lo fuera antes su mujer, con el cráneo destrozado. Se supo más tarde que el contundente objeto con el que Manuel había sido golpeado con ferocidad hasta la muerte era una biela de la empacadora que dormitaba en el cobertizo incendiado. La misma con la que, presumiblemente, se había golpeado también a su esposa puesto que había aparecido en el dormitorio, junto al cadáver de Juana. Aquél rompecabezas macabro no había quien lo entendiera y los investigadores empezaban a volverse locos.

Locos, sobre todo, porque las extravagancias morbosas que aliñaban todos aquellos misterios comenzaban a alcanzar unas proporciones exorbitantes. El cuerpo del capataz apareció empotrado en el tronco de un árbol hueco, bajo unas balas de paja y a escasos metros de la puerta del cortijo. A cada paso de la investigación se rizaba más el rizo, se perdía más el asidero de la lógica como demostró el hecho de que el forense Harcenegui afirmara que el capataz había sido el primero en morir, pese a haber sido su cadáver el último en aparecer. Por lo tanto el asesino había transportado su cuerpo para ocultarlo en el lugar donde finalmente fue encontrado, a ocho metros escasos del muro del cortijo Los Galindos. Más confusión[6].

La segunda opción

El principal problema que se presentaba ahora que el presunto culpable había aparecido asesinado, era precisamente la falta de un objetivo hacia el que dirigir las investigaciones. Cuando faltaba Manuel Zapata no existía un móvil aparente, pero si una posible fuga autoinculpatoria. Con el encuentro de su cuerpo tampoco existían pruebas claras de otra cosa, pero sí un sórdido móvil pasional que parecía dirigirse hacia el tractorista José González y, precisamente por ello, tanto la instrucción del juez Márquez como el trabajo de la Guardia Civil se entregaron al esclarecimiento de esa segunda opción.

Según las conclusiones del informe elaborado por Andrés Márquez, que estuvo concluido el 16 de agosto siguiente pero permaneció en secreto de instrucción durante algún tiempo más, José había pretendido a una de las hijas del capataz, pero había recibido siempre una rotunda negativa por parte de Manuel Zapata. Aquella pretensión del tractorista era conocida de todos en el cortijo. Pasado un tiempo, la chica terminó casándose con otro lo cual convirtió a José González en objeto de muchas bromas hirientes. Puede que el sarcasmo más doloroso de todos fuera el que vino de la boca del propio Marqués de Grañina en el mismo día de la boda. Algunos testificaron que se acercó a él en la iglesia y, tras palmearle amigablemente la espalda, con algo de sorna, le espetó: La próxima boda, Pepe, la tuya.

El pronóstico del terrateniente fue acertado en la medida que siete meses antes del crimen, José González contrajo matrimonio con Asunción Peralta, una mujer bastante mayor que él pero bien plantada que había estado durante muchos años ennoviada con un tal Miguel Vargas, apodado el cantaor. El hecho causó cierta conmoción en la localidad y alimentó no poca maledicencia. Al fin y al cabo Pepe, el tractorista de Los Galindos, era un sujeto que no llegaba al metro sesenta de estatura y a duras penas excedía los cincuenta kilos de peso. Miope –se libro del servicio militar a causa de ello- y al parecer no muy agraciado. Se pretendía que estas limitaciones hicieron de él un hombre acomplejado, diagnóstico que su familia nunca quiso certificar. A Asunción, por su parte, se le iba ya pasando el arroz y, tras el plantón de Vargas, iba camino de convertirse en una solterona, de modo que –se sostenía en los mentideros locales- no había dejado de venirle como llovida del cielo la propuesta de matrimonio de José González.

El informe Márquez indica que en la festividad de San Eutropio, patrono de Paradas, que se celebra el 15 de julio, la otrora pretendida hija de Manuel Zapata se presentó embarazada en el pueblo a fin de hacer una visita a sus padres. Y volvieron las bromas supuestamente olvidadas. Si a esto sumamos el posible acomplejamiento del tractorista y sus reconocidos celos, agravados por los puntos oscuros del pasado de su mujer, así como las constantes murmuraciones de sus convecinos, todo parecía cosa de sumar dos más dos.

En base a los precedentes, y según la conclusiones de la investigación de la Benemérita con las que Márquez construyó su informe final, durante el día de autos José González se encontraba en el cobertizo del cortijo arreglando la empacadora. El capataz Zapata debió presentarse allí para increparle al respecto de su descuido en el uso de los vehículos. Es fácil imaginar en qué términos. Fue en ese instante que el odio de González explotó y golpeó en la cabeza salvajemente a Manuel con la pieza que tenía en las manos en ese momento –la dichosa biela. El agredido cayó a sus pies. Tal vez le rematara ya en el suelo. A continuación es muy probable que el tractorista recuperase el control de sí mismo y sintiera un miedo comprensible por lo que acababa de hacer. Pero ya no había vuelta atrás.

Se introdujo la biela en un bolsillo del mono de trabajo y, tras asegurarse de que no había nadie a la vista, arrastró el cadáver del capataz hasta el árbol en el que fue luego encontrado, donde lo ocultó. Acto seguido y para no dejar cabos sueltos se encaminó hacia la vivienda, en la que se encontraba Juana, a la que golpeó con la biela que portaba consigo para arrastrarla después hasta el dormitorio, tumbarla sobre la cama, librarse allí del arma homicida y, misteriosamente, cerrar la puerta con un candado al salir. Más o menos en este momento, José González debió advertir que el jornalero Parrilla, que debía pasar por allí en aquel momento, podría haber sido un testigo indiscreto. En ese momento se hace con la escopeta de caza de Manuel Zapata y echar tras él hasta que, al fin, le alcanza en el Camino de Rodales donde le asesina pese a las súplicas de su víctima. Regresa entonces al cobertizo, abandona la escopeta –tampoco se comprende por qué hubo de partirla en dos- en el asiento trasero del SEAT 600, coge algo de paja, y vuelve hasta el cadáver de Parrilla para ocultarlo con ella.

En opinión del informe Márquez, en este punto y hora el tractorista José González debió perder ya por completo la noción de realidad. Sólo de este modo puede explicarse que decidiera subir al coche y recoger a su mujer en Paradas para retornar luego, valiéndose de cualquier excusa, a Los Galindos y asesinarla. Finalmente, echó el cadáver de Asunción Peralta al almiar del cobertizo, lo roció con gasoil y le prendió fuego. Luego, concluye el informe, González se suicidó del mismo modo o bien se quemó accidentalmente durante la operación.

Las dificultades de esta reconstrucción rocambolesca de los hechos eran tan obvias que ni tan siquiera convenció a Andrés Márquez, quien decidió al punto mantener el informe en secreto y ponerse en contacto con la policía de Sevilla a fin de que iniciara otra investigación. El problema básico era que, junto a una evidente falta de pruebas materiales y forenses que permitieran articular con algo de rigor la historia, el relato dejaba fuera otra gran cantidad de elementos accesorios al crimen. Así, quedaban muchos puntos oscuros:

  • Muchos habían visto en el pueblo, a lo largo de la mañana, a Manuel Zapata cuando no era cosa habitual. Algunos incluso atestiguaron que se le veía nervioso y extrañamente cariacontecido. ¿Por qué?
  • ¿Por qué llevó José González a su esposa al cortijo cuando ella sólo había estado allí dos veces en toda su vida?
  • ¿Por qué se decapitó a Asunción Peralta?
  • ¿Por qué el asesino, estando solo, hizo algo tan poco habitual como matar de tres formas distintas?
  • ¿Cómo pudo un hombre solo, y no muy dotado físicamente, realizar todas aquellas acciones en un lapso tan corto de tiempo y sin aparente esfuerzo?
  • ¿Por qué el reguero de sangre que llevaba de la puerta de la casa de los capataces se rompía abruptamente? ¿De quién era aquella sangre?
  • ¿Por qué, si Juana había sido golpeada con la biela que mató a su marido, no había rastro alguno de su sangre sobre el objeto según el informe forense?
  • Si González había valorado la posibilidad de suicidarse tras la masacre, ¿por qué molestarse en ocultar los cadáveres?
  • ¿Por qué cerrar con un candado la habitación en la que yacía el cuerpo de la cortijera?
  • ¿Por qué se ensañó de tal modo con el cuerpo de Juana Martín?
  • ¿Por qué motivo –o de qué modo- se partió la escopeta del capataz?
  • ¿De qué forma encajaba en la historia el peón Ramón Parrilla?
  • ¿De qué manera puede explicarse que un hombre espere pacientemente a morir abrasándose vivo junto al cadáver de su esposa?
  • ¿Por qué el Marqués de Grañina, contra su costumbre habitual, se empeñó en dormir en el cortijo durante las dos noches previas al crimen?
  • ¿Por qué durante la segunda noche que el Marqués durmió en Los Galindos sólo permitió que hubiera dos guardias de vigilancia en todo el complejo de edificios?
  • ¿Qué razón llevó al administrador a la finca en la mañana de los crímenes si se tiene en cuenta que era martes y él solía ir, sin falta, los viernes o los sábados?
  • ¿Puede atribuirse a la casualidad el hecho de que el administrador abandonara el cortijo justo antes de que se produjera la masacre?
  • ¿Por qué el vehículo Mercedes Benz del administrador tenía diversos impactos en el parabrisas y en el morro que perfectamente podrían ser partículas de plomo?
  • ¿Por qué motivo un coche que había sido limpiado antes de ir a Los Galindos fue lavado nuevamente en un taller de Sevilla tras el regreso?
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Aspectos del interior de la casa de los capataces (Fuente: ABC de Sevilla).

¿Un sexto en discordia?

Poco después de que los componentes de las Brigadas de Investigación Criminal de Sevilla y de Madrid llegasen a Paradas, el juez Víctor Fuentes concluyó sus vacaciones y retomó el caso en el punto en el que lo hubo dejado Márquez. No estuvo mucho tiempo al frente del mismo ya que se nombró titular de Marchena a Antonio Moreno y fue él quien hubo de seguir adelante. Sea como fuere, ninguno de los magistrados que iba haciéndose con la patata caliente parecía conforme con la marcha de las investigaciones o el resultado de las diligencias que se practicaban, de modo que el sumario del caso se iba engrosando paulatinamente con nuevas actuaciones que nunca arrojaban los resultados deseados. Es lógico en la medida que ninguna explicación parecía argumentar con rigor todas y cada una de las piezas del extravagante rompecabezas. A todo esto, la prensa del moribundo franquismo, aprovechando los nuevos márgenes de libertad, hacía el agosto –nunca mejor dicho- con aquella historia que muy pronto se convirtió en un autentico serial mediático.

Con los datos y circunstancias recabados, la investigación alcanzaba muy pronto el punto muerto puesto que, a falta otros indicios o evidencias, sólo podía concluirse en rigor que:

  1. El orden de hallazgo de los cadáveres no tenía nada que ver con el orden en que fueron asesinados sin que estuviera claro, en algún caso, cuál había sido.
  2. Quien llevó a cabo los crímenes conocía perfectamente el terreno y había obrado con rapidez y precisión.
  3. Era posible que el quíntuple asesinato hubiera sido cometido por más de un sujeto.
  4. Dado que se desconocían a ciencia cierta las motivaciones que habían movido al asesino, nada hacía suponer que podría existir un inductor del crimen.
  5. Si el tractorista José González llevó a Asunción Peralta al cortijo fue por una razón de fuerza mayor que nadie salvo él -y tal vez ella- conocía.
  6. Cabía la posibilidad de que, cuando el matrimonio González llegó al cortijo en su vehículo, tanto el capataz como su esposa –y quizá el bracero Parrilla-, ya estuvieran muertos. De tal modo, el asesino podría estar esperándolos.
  7. No era descartable la existencia de algún testigo directo o indirecto capaz de aportar luz al esclarecimiento de las circunstancias antecedentes del caso.
  8. El móvil pasional era posible.
  9. El móvil sexual resultaba improbable puesto que ninguna de las mujeres había sufrido abusos aparentes.
  10. Si alguna prueba material acerca de la autoría de los hechos había quedado en el lugar del quíntuple asesinato, nunca fue encontrada. En tal sentido, no puede olvidarse que un buen número de personas deambuló por la zona antes de que la investigación como tal comenzara y que, muy probablemente, se alterara con ello de suerte involuntaria pero definitiva la escena del crimen.

El pueblo –que suele ser sabio en  lo suyo y sabe de cosas que nadie ajeno comprende- de Paradas apuntaba a múltiples razones. Pero casi todos los rumores y habladurías, confluían en el mismísimo Marqués de Grañina, Gonzalo Fernández de Córdoba y Topete, descendiente por línea directa del celebérrimo Gran Capitán, quien contaba con diversos antecedentes penales y era una buena pieza al decir de muchos vecinos. A él se le relacionaba con el quíntuple asesinato, no como actor directo, pero sí como inductor y en razón de diversas circunstancias y especulaciones.

Empecemos por decir que el cortijo Los Galindos no era ni mucho menos el más grande de la zona, pero sí constituía un bocado apetecible para cualquier terrateniente de la época. Tenía cuatrocientas hectáreas de superficie cultivable, un gran caserío de dos cuerpos con vivienda para los propietarios, un enorme patio rectangular, cuadras, garajes, báscula para vehículos pesados, muelle de carga y descarga, un taller de reparaciones para todo tipo de vehículos, un tanque subterráneo de gasoil, y todo lo relacionado con los vehículos agrícolas así como los aparatos necesarios para mecanizar el ciclo completo de las labores del campo. Además, la propiedad poseía olivares, plantaciones de algodón y remolacha azucarera. En la España fundamentalmente agrícola de 1975, tener una finca como aquella, coqueta y bien puesta, era cosa al alcance de pocos y resultaba equiparable a poseer un verdadero tesoro.

Los Galindos había pertenecido a varias familias desde que le fuera expropiado a la Iglesia durante las desamortizaciones del siglo XIX. En 1950 lo adquirió Francisco Delgado Durán, un veinteañero que obraba como testaferro de sus padres, Manuel Delgado Jiménez y María Durán Lázaro, dos riquísimos vecinos de Madrid. El joven Francisco fallecería en Lisboa corriendo febrero de 1969, de suerte que los padres cedieron la finca a su hija, que había contraído nupcias con el Marqués de Grañina. Fernández de Córdoba y Topete, huelga decirlo, era uno de aquellos nobles venidos a menos de las postrimerías del franquismo que paseaba mucho título y pompa, pero no tenía un duro y había rehecho su fortuna por la vía del matrimonio de conveniencia. Ya se sabe: la vieja historia del rico nuevo que busca pedigrí y del rico viejo que solo tiene apellidos.

Aquí entra en la historia  el ex legionario Manuel Zapata, el primer asesinado, que llegó a Los Galindos de la mano del Marqués –parece que ya se conocían con anterioridad- para convertirse en capataz de la finca y su hombre de confianza. Y lo cierto es que en Paradas se decían pocas cosas buenas de Zapata, cuya vida anterior a la llegada a la localidad tenía multitud de puntos tenebrosos, y que solía mostrar una personalidad dictatorial e intransigente probablemente construida a golpe de milicias y reenganches. Contaba 59 años cuando le sorprendió la muerte. Era natural de Badajoz y su fama de hombre duro y de trato difícil, que se andaba con pocas bromas y gozaba con la pendencia y el abuso de poder, era conocida en muchos kilómetros a la redonda. De Juana Martín, su esposa, poco había que contar pues era vecina antigua de Paradas. La mujer había nacido en Gibraleón, Huelva, y tanto sus padres como sus abuelos habían servido en la casa de los marqueses toda la vida.

También era vox populi que, por mediación de Manuel Zapata y sin que los motivos de ello fueran conocidos, el Marqués había dotado con una buena cantidad de dinero al matrimonio recién formado entonces por José Jiménez y Asunción Peralta. Poco más se sabía con certeza y en este punto empezaba una cadena de rumores que concluía en la idea de que algo turbio se cocía en el seno del quinteto, y que las cosas habían terminado como era de suyo. De Parrilla poco se decía, mención aparte de su cercanía con el capataz, siendo uno de los pocos hombres que mantenía relaciones de amistad con él, y nadie suponía que estuviera muy al tanto de los misterios que se cocían en Los Galindos. Era opinión del común que el bracero había sido asesinado simplemente porque se encontró allí en el lugar y hora equivocados. Quizá este prejuicio era un error, pero nunca se pudo avanzar hacia el fondo de aquella singular amistad. Sea como fuere, toda aquella rumorología no arrojaba luz alguna sobre los crímenes.

No obstante, y a pesar del disgusto de los sucesivos jueces con la versión oficial que transformaba al otrora pacífico José González en el asesino de Los Galindos, la Policía elevó finalmente un informe sospechosamente parecido al de la Guardia Civil que venía a agravar el paradigma de la chapuza nacional que rodeó en todo momento las irregularidades de la investigación. Informe que, en esta ocasión, el magistrado Antonio Moreno, quizá deseoso de cerrar el caso y quitarse de encima a la opinión pública, no mantuvo en secreto. De este modo el hombrecillo asténico[7] y miope se transformaba en un terrible y sanguinario asesino que había sucumbido en el intento. Y dado que la responsabilidad penal concluye con la muerte, el crimen podía darse en principio por resuelto. Sin embargo, el caso no fue cerrado porque no había modo de cuadrar la versión oficial con la realidad de la investigación.

Las consecuencias que estas inesperadas conclusiones tuvieron en la vida de una pequeña localidad agrícola como Paradas, en la que prácticamente todo el mundo se conocía por activa o por pasiva, fueron inmediatas y el efecto de la pedrada sobre la superficie estancada de la sociedad de aquel núcleo rural no se hizo esperar. Los cambios fueron, pues, inmediatos para las familias de los afectados que se vieron envueltas en toda clase de ofensas, chascarrillos y crónicas.

Así la viuda del jornalero Ramón Parrilla, con dos hijas a las que mantener con una pensión de miseria, retiró automáticamente la palabra a la familia de José González. La madre del tractorista, Concepción Jiménez, una mujer de 70 años presa del dolor, se recluyó entre las cuatro paredes del hogar familiar para digerir en soledad la vergüenza y el deshonor sin tener que soportar las miradas de odio o lástima de sus convecinos. El resto de la familia de José, por supuesto, también se vio afectada en la medida que hubo de soportar desde entonces toda clase de vejaciones y afrentas sin rechistar. Reconocida es la habilidad del hispano para hacer leña del árbol que cae. Las dos hijas de Manuel Zapata, por su parte y hartas de permanecer en el centro de todas las conversaciones, vendieron la casa que su difunto padre había adquirido en el pueblo tiempo atrás y no regresaron jamás. El pobre Antonio Fenet, uno de los pocos amigos que José González tuvo en vida, sufrió por partida doble ya no sólo perdió un amigo y hubo de soportar el trauma de ser el protagonista del macabro hallazgo, sino que también fue condenado al ostracismo y obligado por las circunstancias a llevar una vida de anacoreta. Y el Marqués de Grañina, separado legalmente de su esposa desde marzo de 1976, nunca volvió ni a Los Galindos, ni a Paradas.

El caso coge impulso

Tras sacar las oposiciones en 1981, el recién nombrado juez Heriberto Asensio se hace cargo del juzgado de Marchena. Tal y como sucedía con otros muchos profesionales de la judicatura, Asensio estaba convencido de que el célebre Crimen de Los Galindos se había cerrado y medio olvidado en falso por razones de conveniencia. Era por esto su deseo el de impulsar con nuevos bríos las investigaciones y, en consecuencia, lo primero que hizo apenas desembarcó en su despacho de la localidad sevillana fue releer sin tregua el voluminoso sumario 20/1975.

Su primera sorpresa al abordar los más de 600 folios de que se constituía el documento fue la de encontrarse con varios anónimos acusadores, dirigidos a diversas autoridades de Paradas, y de los que nunca antes se había tenido pública noticia. Con ello, la idea de que quedaba algún cabo suelto en la investigación tomaba cuerpo. Idea que se consolidó en la mente de Asensio al comprobar que el caso parecía haber muerto para la justicia, pero no para la prensa y la opinión pública. En aquellas fechas dos excelentes trabajos de investigación periodística vieron la luz y animaron al magistrado en sus deseos. El primero de ellos fue elaborado para la Cadena SER por el periodista sevillano José Fernández, un gran conocedor del asunto de Los Galindos; el otro sería construido por la reportera Cary Peral para el archiconocido programa Informe Semanal, de Radiotelevisión Española. Ambos parecían llegar a la misma conclusión: quedaban muchas cosas por desvelar.

Se dio, por otra parte, la feliz circunstancia de que también entonces recalaba en Sevilla el forense Luis Frontela, catedrático de Medicina Legal. Frontela, formado en las técnicas del FBI y de Scotland Yard, era un personaje con cierta –y no siempre recomendable- tendencia al protagonismo mediático, pero también una de las grandes figuras emergentes de la antropología forense española, de modo que el juez Asensio no dudó en solicitarle que estudiara el sumario y la documentación fotográfica de Los Galindos y, luego, elevara el consiguiente informe. Sus primeras conclusiones demostraron que había caso: determinó que el cadáver de Juana Martín tuvo que ser transportado desde el comedor hasta el dormitorio de la casa por, al menos, dos individuos. Esto podía deducirse de las manchas de sangre que se habían depositado en el suelo y que mostraban claramente que el cuerpo había sido levantado en algunos tramos, en posición horizontal, alrededor de medio metro, lo que equivalía a decir que una persona lo había sujetado por los tobillos y otra por las muñecas. Resultaba virtualmente insostenible que un solo individuo –menos todavía si pesa poco más de 50 kilos como era el caso de José González- pudiera realizar una operación similar con los cerca de 70 kilos de peso muerto de Juana. Había más. Por lo menos una de las dos personas que trasladaron a la mujer del capataz hasta el dormitorio caminaba torpemente, con las piernas muy separadas, ya que las gotas de sangre habían caído hacia la derecha o hacia la izquierda según apoyase uno u otro pie.

Otro dato de enorme relevancia que se mantuvo en secreto tras las primeras investigaciones y del que tampoco se hizo mención en el informe público que convertía a José González en el asesino: junto a los restos de sangre de Juana Martín, del grupo 0, aparecieron en una de las camas algunas manchas que no pertenecían a la mujer al ser del grupo A+. Y esto constituía un serio problema en la medida que se hacía probable que al menos una persona fuese agredida con ferocidad en el dormitorio. No pudieron ser en tal caso ni Manuel Zapata ni Ramón Parrilla, pues ambos tenían el grupo B. Así las cosas se hacía necesario averiguar el grupo sanguíneo de los dos cadáveres carbonizados en el cobertizo, dato que la primera autopsia no desveló y que en aquel momento era todavía desconocido[8]. Pero no sólo. Era preciso determinar de una vez por todas, sin lugar a la duda, las causas de la muerte del tractorista José González. También el peso, fuerza y altura de quien asesinó al capataz y a su esposa y, en fin, una amplia serie de datos por los que nadie se había molestado en preguntar hasta entonces. Y fue por ello que Heriberto Asensio ordenó la exhumación de los cadáveres enterrados apresuradamente en aquellos nichos del cementerio de Paradas. Los muertos iban a hablar.

Y lo primero que dijeron fue que el antes maldito José González había muerto de forma violenta al igual que los demás y, posteriormente, fue quemado junto con su Asunción el alto del pajar. Ni que decir tiene que la noticia causó una conmoción sin precedentes en Paradas, un pueblo que de la noche a la mañana descubría que, durante años, había tratado injustamente a una familia entera a causa de un grave error judicial. Lo cierto es que, al menos en un principio, el hecho de que González fuera asesinado no le exoneraba al completo de sospechas -no olvidemos que cuando fue al pueblo a buscar a su esposa, era probable que ya hubiera tres cadáveres en el cortijo-, pero la noticia fue suficiente como para que sus familiares empezaran a limpiar su nombre, y por ello encargaron una nueva lápida para el nicho que ahora compartía con su esposa. En ella, en lugar del precedente muerto que antecedía a la fecha, se hizo constar la palabra asesinado.

Desde el momento en que Asensio se hizo cargo del juzgado de Marchena, las convulsiones en torno al crimen de Los Galindos no pararon de sucederse. La siguiente, cuando el forense Frontela todavía no había concluido con su concienzudo trabajo, fue la aparición de una carta anónima ocultada a la investigación durante nada menos que siete años. En dicha misiva, el autor se autoinculpaba del crimen y apuntaba el nombre del inductor del mismo para que no se culpe a un inocente. Fue el abogado Manuel Toro, quien asumió la defensa de la familia de José González de manera prácticamente altruista convencido de que se estaba cometiendo una grave injusticia, la persona que logró que la carta llegara a las manos del magistrado Asensio, y tras no pocos esfuerzos y pesquisas.

La misiva, franqueada con un sello de tres pesetas con la efigie de Francisco Franco, estaba matasellada en Zaragoza el 18 de febrero de 1976 y fue enviada al entonces alcalde de Paradas, José Gómez Salvago[9]. A partir de ese momento, la misiva siguió un recorrido que no ha quedado nunca aclarado y que la llevó al limbo durante años.

Su destinatario, José Gómez, dijo haberla hecho llegar a manos de la policía, pero lo cierto es que ninguno de los jueces que trabajó en el caso durante aquellos días manifestó haber tenido nunca acceso a la misma. No hay motivos para dudar de la honestidad del alcalde, quien negó a la prensa cualquier clase de relación con lo sucedido en torno a Los Galindos, pero el hecho de que la carta jamás fuera puesta en conocimiento de la judicatura –tal vez por error u omisión de alguien- sirvió para alimentar la teoría de Toro, quien siempre sostuvo que existía un sumario paralelo al oficial y que se había culpado a José González de los asesinatos a fin de ocultar la verdad de una historia que comprometía a otros más importantes. En todo caso, el abogado manifestó haber obtenido el documento a través de un familiar del antiguo alcalde de Paradas[10]. La teoría de la conspiración estaba servida.

El autor de la carta, que decía llamarse Juan y se mostraba arrepentido de sus terribles actos por los que decía merecer la horca, se autoidentificaba como vecino de Marchena y sostenía haber puesto tierra de por medio tras haber cometido los asesinatos. La pretensión de aquellas letras –sostenía- no era otra que la de impedir que se cargara el crimen al inocente José González ya que también fue muerto a tiros. Según el autor, había actuado a las órdenes de un tercero que estuvo presente en todo momento durante la refriega y que colaboró con él en todo momento llegando a matar a tres de las víctimas[11]. El único objetivo, sostiene el anónimo, de aquella matanza era Manuel Zapata, siendo las otras víctimas testigos indiscretos del crimen. En el caso especial de Asunción Peralta sucedió, al parecer, que el contratante ordenó a José González que fuese a buscar a su esposa, supuestamente, para evitar males mayores, orden que el tractorista obedeció sin oponer resistencia.

Afirma el comunicante anónimo que se le había dado orden expresa de liquidar al capataz del cortijo, pero que llegado el momento de la verdad no se atrevió. De este modo, el inductor tomó la decisión de hacerlo él mismo arguyendo que de él no se llegaría a sospechar nunca. A continuación el tal Juan aseguró haber dado muerte a Juana Martín. Entre ambos trasladaron el cadáver a una de las habitaciones de la casa. Parece que en ese momento, siempre según la reconstrucción del anónimo, el jornalero Ramón Parrilla se acercaba al caserío ignorante de lo que estaba sucediendo transportando un depósito con agua potable. Así, el tal Juan le salió al pasó en el camino para darle muerte allí mismo.

Se dice en el documento que fue más o menos entonces cuando González y su esposa llegaron, y que fueron asesinados a tiros apenas echaron pie a tierra por la misma mano que había dado muerte a Zapata. Luego, entre ambos, transportaron los cadáveres al altillo del cobertizo, rociaron con gasoil las alpacas amontonadas y les prendieron fuego. Acto seguido, concluye el anónimo, se marcharon.

Sea como fuere, y a pesar de que los testimonios de esta índole han de tratarse con sumo cuidado, la inmensa cantidad de detalles que ofrecía la misiva, muchos de los cuales nunca se habían hecho públicos, otorgaban a su contenido no poca fiabilidad.

A todo esto, el forense Frontela presentó al fin el esperadísimo resultado de sus autopsias que, a pesar de sus más de 250 folios, puede resumirse en una serie de conclusiones elementales:

  • El apresurado y rutinario trabajo del forense Harcenegui había sido incompleto y había resultado prácticamente inútil para la posterior investigación del asesinato múltiple.
  • La primera idea del inexperto cabo de la Benemérita que transformaba al capataz oculto, porque su cadáver se encontró mucho después, en el sospechoso principal del caso, había convertido las primeras horas de la investigación –siempre las más importantes- en un auténtico desmadre durante el que se borraron las pruebas elementales y se destruyó la posibilidad de reconstruir los hechos con fiabilidad.
  • Los cadáveres calcinados en el alto del pajar del cortijo pertenecían, sin duda alguna, a las personas de José González y Asunción Peralta. Nadie ponía en duda este extremo, pero tampoco se había demostrado fehacientemente hasta entonces.
  • Era materialmente imposible que el crimen lo hubiera podido cometer una sola persona. Por consiguiente, aún cuando el tractorista José González hubiera tenido algo que ver en el asesinato de los otros, no habría podido estar solo.
  • José González fue asesinado al igual que los demás. La causa de su muerte fue un grave traumatismo craneoencefálico producido, sin lugar a dudas, por el golpe de la culata de una escopeta. Del estudio del tórax semicalcinado del tractorista cabía deducir la existencia de los restos de una bala, si bien esto nunca ha podido confirmarse con certeza y dio lugar a muchas controversias.
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Recorte de prensa haciéndose eco de los hallazgos del forense Frontela (Fuente: El País).

El debate estaba servido. Sobre todo porque las nuevas aportaciones a la investigación del doctor Frontela, y el giro radical que tomaban los acontecimientos, dejaba en muy mal lugar la competencia de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Tanto es así que no tardaron en alzarse voces contrarias a la teoría defendida por el nuevo forense que, además, ratificaban la valía de las investigaciones realizadas en un primer momento y reincidían en la mayor parte de las conclusiones oficiales de aquellos primeros días. Sucede, no obstante, que el problema de reafirmarse en el error, la chapuza y la mentira es que con tales argumentos no se llega muy lejos. Luis Frontela lo sabía bien y, precisamente por ello y previa autorización del juez Asensio, puso todo el sumario en manos de varios agentes especiales del FBI y Scotland Yard quienes, tras estudiarlo, certificaron todas sus conclusiones punto por punto.

Pero el juez Heriberto Asensio fue destinado a Las Palmas de Gran Canaria y la instrucción del sumario recayó, otra vez, en manos del magistrado Antonio Moreno, designado para el caso como juez especial. Y Moreno, que valoró muy positivamente el trabajo de Frontela, trató de seguir adelante en la medida que había sospechas razonables sobre dos personas, una de ellas muy relacionada entonces con Los Galindos y, la otra, cercana a esta. Por lo demás existía un posible móvil económico referente a las diferencias entre los datos reflejados en las cuentas de explotación del cortijo y la producción real del mismo. El problema residió en que no existían pruebas materiales que relacionasen a los sospechosos con los asesinatos y todo quedaba ya en manos de una posible torpeza de estos o de la pura y dura casualidad.

Hasta hoy.

Una hipótesis razonable

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Portada de la novela de Alfonso Grosso que pretende ofrecer una explicación al crimen.

Con independencia de las especulaciones difundidas hasta la saciedad por la prensa de la época –algún amigo del amarillismo llegó a exponer incluso la ridícula teoría de los rituales satánicos-, la hipótesis que se ha hecho más popular a la hora de justificar el crimen de Los Galindos fue la expuesta por el escritor Alfonso Grosso en 1978, tres años después de las muertes y cuando se empezaba a tener claro que nunca se cogería a los autores del quíntuple asesinato. En su historia, novelada bajo el título de Los invitados –muy en el estilo de narraciones como A sangre fría, de Truman Capote-, que luego sería llevada al cine con escasa fortuna por el cineasta Víctor Barrera, Grosso apuntó tras dos años de larga investigación un móvil verosímil que, sin embargo, nunca se ha podido demostrar por terceros de modo fehaciente. La idea general era la de que los crímenes tuvieron su razón de ser en el ajuste de cuentas de un grupo mafioso asentado en Marruecos, dedicado al tráfico de marihuana, una de cuyas plantaciones clandestinas se encontraría en los terrenos del cortijo.

Es un hecho corroborado que un destacamento de la Legión estuvo de maniobras en las inmediaciones de Paradas meses antes de los asesinatos. Grosso sostuvo que uno o varios miembros de aquella unidad que podría mantener vínculos con una organización dedicada al tráfico de estupefacientes, viejo conocido a la sazón del capataz Zapata, habría entrado entonces en contacto con él para sugerirle la idea de plantar marihuana en los terrenos de la finca. Un gran negocio que no presentaba graves inconvenientes en la medida que Manuel contaba con la plena confianza del Marqués y, por lo demás, nadie buscaría un cultivo semejante allí, en el corazón de la provincia de Sevilla y en la finca de un noble. Pero el fin del proyecto no sería venturoso. Por alguna razón el militar traicionó a la organización con lo cual se frustró aquella operación a gran escala que podría haber dado pingües beneficios y la tragedia, inevitablemente, se desencadenó. Un grupo de individuos llegaría desde Tánger en un Mercedes para asesinar a quienes plantaron la marihuana, o bien, a la gente del cortijo que, por un motivo u otro, estaba al tanto de la operación.

La historia encaja con los detalles aportados por algunos habitantes de la localidad y sus inmediaciones como, por ejemplo, el hecho de que se había visto un coche como el descrito por Grosso, ocupado por varios sujetos desconocidos, durante el día de autos. Un vehículo, por cierto, que en aquella España de 1975 no podía pasar desapercibido con facilidad. Pero también responde con cierta fortuna al resto de los problemas aparentemente insolubles que el crimen plantea:

  1. Las dos mujeres fueron asesinadas junto con sus esposos en la misma medida que estaban al tanto del asunto.
  2. La presencia de los sicarios en el cortijo, quizá con el pretexto de sostener una reunión de negocios, da razón de los motivos por los que el tractorista González fue en busca de su esposa.
  3. La muerte del bracero Parrilla queda perfectamente encajada en el decurso de los acontecimientos en la medida que formaría parte del negocio, ayudando a los otros dos a sostener la supuesta plantación de marihuana.
  4. Se explica perfectamente la brutalidad de los asesinatos, típica en los ajustes de cuentas entre clanes mafiosos.
  5. Se ajusta al hecho de que los asesinos fueron más de uno.

No obstante, lo cierto es que durante las profusas indagaciones que la Guardia Civil llevó a cabo en las tierras del cortijo, se rastreó la finca palmo a palmo, con caballos, recorriéndose las tierras en las que presumiblemente podría haber estado la plantación. No se encontró nada parecido a la marihuana o a cualquier otra variedad de cáñamo índico que tuviera propiedades estupefacientes.  Tal vez ya no existía esa plantación cuando los crímenes sucedieron… Y quizá por ello, a fin de quemar los posibles restos que hubiera almacenados en el cobertizo, hubo un incendio aparentemente inútil. Todo esto, sin embargo, no deja de ser una especulación no refrendada por pruebas materiales.

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Cartel de la película de la discordia de Víctor Barrera que interpreta de manera libérrima el texto de Grosso… Y que, por cierto, es un verdadero horror cinematográfico. Pese a todo, interesante para amantes de la historiografía criminal.

Una especulación que, como ya se apuntó más arriba, el cineasta Víctor Barrera llevó al cine con título homónimo a la novela de Grosso en 1987. Ni que decir tiene que el revuelo que se armó en Paradas a causa de la exhibición de la cinta fue tremendo. Los paradeños, en grupitos, se acercaban a Sevilla –de la que el pueblo dista 53 kilómetros- para visionar la película y el resultado siempre era el mismo: Es una porquería y una mentira. La verdad es que si el trabajo de Barrera sirvió para algo fue, precisamente, para que los habitantes de Paradas permitieran a los ajenos penetrar en la auténtica psicología de los asesinados gracias a sus informes de primera mano.

La opinión generalizada del pueblo no atentaba especialmente contra la calidad del filme –que es bastante malo y pervierte en gran medida el contenido de la novela de Grosso-, o contra el hecho de que hurgara en una herida dolorosa y todavía abierta pues eran cíclicos los seriales y recordatorios puntuales de los medios de comunicación. Esta animadversión se cifraba en el hecho de que con aquella parodia cinematográfica se degradaba moralmente a la familia González y, además, se presentaba, a decir de muchos, una versión absurda de lo ocurrido. De Juana Martín, por ejemplo, papel que en la ficción interpretó la célebre Lola Flores, no pocos dijeron que se ofrecía una visión grotesca: La capataza –se comentaba entre los lugareños-, a pesar de su condición humilde, era elegante y muy educada, porque se había criado por ahí con los señores. Otros iban más lejos todavía y aseveraban ante los micrófonos: Ya quisiera la Lola Flores.

Pero la peor parte de la historia, como viene siendo habitual, se la llevaba el difunto José González. Su hermana Manuela no dudó en presentarse en un juzgado de guardia de Sevilla a poco de ver la película, el mismo día del estreno, para denunciarla por injurias y calumnias. No era para menos. Barrera, a la sazón guionista del filme, presenta al tractorista como un soberano tonto que, encima, soporta estoicamente el adulterio de su esposa –Amparo Muñoz en la ficción- con el capataz del cortijo. En efecto, la sola aparición del ficticio González en la pantalla provocaba la risa de los espectadores a tal punto que Manuela llegó incluso a discutir durante la proyección con alguno de sus vecinos de butaca. Y sus paisanos estaban de acuerdo con el dictamen. Víctor Barrera trató de defenderse, como es habitual en estos casos, asegurando no entender nada de lo que estaba sucediendo: Lo que yo he hecho no es el crimen de ‘Los Galindos’ sino una obra de creación inspirada en una hipótesis literaria. Excusa tan pobre como increíble cuando la película ni tan siquiera alcanzaba los mínimos exigibles de calidad, rigor y seriedad, pero bien se valía del tirón mediático del crimen real para hacer taquilla.

En medio del revuelo, otro hermano de José González, Francisco, se presentó en el despacho de Alfonso Muñoz-Repiso, entonces alcalde socialista de Paradas, a fin de solicitarle que se manifestara públicamente contra la exhibición de la película y expresara así el descontento popular. Y así fue. La corporación municipal al completo decidió en pleno extraordinario apoyar las demandas de la familia González. A ello siguió una populosa manifestación en la que los vecinos de Paradas, tras una pancarta que rezaba los paradeños no se venden, parafraseando el poco original eslogan publicitario del filme, recorrieron las calles de la localidad. En todo caso, para Muñoz-Repiso lo más fastidioso era que el Ministerio de Cultura hubiera subvencionado la producción: Arreglados estamos –sentenció ante las cámaras- si esto es el nuevo cine andaluz. En todo caso el jaleo provocó, como es lógico, un efecto contrario al pretendido ya que Los Invitados se convirtió en uno de los títulos más taquilleros de la temporada sevillana. Cuestión de morbo, sentenciaba el alcalde de Paradas al respecto… En efecto, cuestión de morbo, porque en condiciones normales nadie se habría gastado ni un céntimo en ver semejante atentado contra el Séptimo Arte.

Ominoso final

Tras una explosiva entrada en las páginas de la prensa nacional y su posterior conversión en un largo serial que fue seguido con fruición por la opinión pública, el asunto de Los Galindos comenzó a languidecer para verse finalmente eclipsado por la muerte del general Francisco Franco, que ocurriría cuatro meses después, el día 20 de noviembre. Luego reaparecería esporádicamente en los medios de comunicación, sobre todo con el nuevo impulso del tandem Asensio-Frontela, pero lo cierto es que llegó un punto, con la cercanía de la década de 1990 en el que aquello ya no parecía interesar a nadie. Así, el tema quedó para el deleite y la tertulia de legos y especialistas en materia criminológica.

El oscilante interés de las Autoridades también comenzó a amainar mediada la década de 1980 en la medida que el caso se presentaba como virtualmente insoluble. Nada quedaba ya por hacer. Nadie quedaba por ser interrogado ni en Paradas, ni en sus inmediaciones. Y si alguien sabía algo estaba claro que nunca lo diría, con lo que el dossier acabó definitivamente aparcado en algún archivo polvoriento para ser sustituido por asuntos más fáciles y perentorios. Sólo algunos periodistas y escritores pertinaces, como el fatalmente desaparecido Ismael Fuente o el conocido reportero de sucesos Francisco Pérez Abellán, continuaron buscando soluciones al imposible y publicando sobre el tema.

Lo cierto es que el crimen prescribió en julio del año 2000 y desde entonces las carpetas y legajos dormitan en la trastienda de algún negociado. Quienquiera que decidiese cometerlo, quienesquiera que fuesen sus autores o inductores y si es que alguno de ellos vive todavía, jamás tendrán que rendir cuentas a la justicia por él.


[1] Marca de cigarrillos de tabaco negro, baratos, de uso común entre la clase trabajadora de la España de aquellos días.

[2] Dictamen que sólo fue positivo nada menos que ocho años después, en 1983, cuando los cadáveres fueron exhumados por orden del juez Heriberto Asensio, quien los puso en manos del forense Luis Frontela Carreras.

[3] Sorprende todavía más que las investigaciones relativas al crimen recayeran durante más de un mes en aquellos mismos agentes rurales, inexpertos y poco dotados materialmente.

[4] Esta parte de la historia resulta algo estrambótica y enrevesada, pero marcó definitivamente el devenir posterior de las investigaciones. Lo cierto es que el caso debía recaer en manos del juez de Marchena, pero el puesto se encontraba vacante. Así las cosas, había de ser el juez de Carmona, Víctor Fuentes, quien se hiciera cargo del caso… El problema era que Fuentes se encontraba de vacaciones por lo que, de rebote, el crimen de Los Galindos fue a parar a manos del magistrado de Écija, Andrés Márquez. Sin embargo, Márquez sólo pudo hacerse cargo del sumario al día siguiente y fue por ello que la Guardia Civil decidió echar mano del ya jubilado Jiménez, un hombre de escasa experiencia en esta clase de asuntos.

[5] La escasa competencia del trabajo del forense Harcenegui quedó de manifiesto tras la exhumación de los cuerpos y los hallazgos que, ocho años después, fue capaz de realizar Luis Frontela.

[6] Aunque pueda parecer sorprendente, no fue sino hasta varios años después que se valorase con seriedad la posibilidad de que el crimen pudiera haberlo cometido más de una persona.

[7] Según la biotipología de Kretschmer, los asténicos o leptsómicos constituyen uno de los cuatro biotipos básicos de la especie humana. El asténico se caracteriza por tener la cabeza alargada en sentido anteroposterior, cuello frágil y tórax largo y estrecho. Su musculatura suele estar poco desarrollada siendo las extremidades superiores e inferiores inusualmente largas en relación al tronco. Este tipo de individuos acostumbra a tener una personalidad inquieta y muestra predisposición a las digestiones difíciles y la anemia, entre otros trastornos viscerales. Apresurémonos a señalar que la biotipología es una pseudociencia totalmente desacreditada.

[8] Aún cuando no exista líquido sanguíneo en un cadáver, es posible averiguarlo con una fiabilidad absoluta analizando los restos de tejido adheridos a los huesos en la medida que en ellos siempre quedan unas sustancias conocidas como aglutininas, que revelan dicha información. Esta técnica, todavía experimental hace treinta años, es lo que permite revelar el grupo sanguíneo incluso de las momias antiguas.

[9] Gómez Salvago llevaba en aquel entonces veinte años ininterrumpidos como alcalde de Paradas. En 1977 fue cesado ya que se celebraron los primeros comicios municipales de la democracia, y nombrado con posterioridad gobernador civil de Huesca. La victoria electoral de del PSOE en 1982 supuso también su relevo en este cargo, que coincidió con su jubilación.

[10] No es la única contradicción en la versión que el alcalde dio de su participación en los hechos. También comentó en cierta ocasión no conocer a la familia González más allá del saludo, cuando se pudo comprobar que les escribió desde Huesca en enero de 1978 y también, como afirmaron algunos miembros de la familia, que había estado varias veces en su casa.

[11] El nombre del supuesto inductor, que constaba en la carta, jamás se hizo público por obvias razones.

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