La ejecución del señorito

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No me interesa mitificar a los criminales porque, hasta donde yo sé y con total independencia de lo interesantes que puedan resultar, tienen poco de heroico. Los criminales deben ser para el profesional, a mi modesto entender, como bichos en un parque zoológico: uno los mira, los estudia, los remira y trata de diseccionar sus conductas y recovecos… Pero no se enamora de ellos del mismo modo que un buen biólogo no se enamoraría de un camello o de un pulpo. Solo los malos profesionales obran de tal suerte y se implican emocionalmente con el objeto al que tratan de comprender, lo cual les resta objetividad y, finalmente, les induce a decir muchas sandeces. Así que, para entender adecuadamente la historia que voy a relatar, se debe partir de un hecho incontrovertible: José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris (casi nada), nuestro protagonista, apariencias y mitologías aparte, no era más que un señorito golferas, malcriado desde la cuna por una madre terriblemente permisiva que le pagó todos los caprichos, y convertido por la mala vida en un sinvergüenza sin oficio, beneficio, ni posibilidad de redención. Un bala perdida cuyo único mérito -según se cuenta, pero vaya usted a saber- era el de poseer un enorme miembro viril que le garantizó no poco éxito en sus relaciones íntimas con el sexo opuesto. 

Para agravar las cosas, hay quien dice -si bien este detalle parece turbio- que de pequeño vio y oyó cosas que le marcaron profundamente e hicieron de él un adulto tendente a la violencia que solía llevar en la cintura una pistola de calibre 7,65 mm porque, como solía decir con socarronería a todo el que quisiera escucharlo, en la vida uno tiene que hacerse respetar. En efecto. Estando sus padres fuera de España durante la Guerra Civil, José María -que estudiaba en el prestigioso Colegio de Nuestra Señora del Pilar, del que salieron muchas de las primeras figuras de la vida política e intelectual españolas del siglo XX- pasó el conflicto en el chalé familiar de la calle Arturo Soria. Allí recibiría sus primeros bautismos en aquello de ver correr la sangre, pues el novio de una criada había montado una particular checa en la que alguna que otra vez se daba el pasaporte a los no afines.

Nosotros sí queremos a los malos

Dice mucho de la personalidad de Jarabo que en un plazo de pocos años envió una carta a las Autoridades portorriqueñas en la que se reconocía como antifranquista a fin de ser admitido como exiliado politico… Pero cuando se vio necesitado de retornar a España envió otra al embajador español en Estados Unidos reconociéndose franquista convencido, miembro de Falange y testigo del “terror rojo”. Y coló en ambos casos. Está claro que no hay nada mejor en esta vida que decirle a la gente justo lo que quiere escuchar, y que un buen mentiroso llega más lejos en la vida que un tipo honrado. Así hemos montado este tinglado, qué se le va a hacer..

El caso es que terminada la guerra, Jarabo marchó a Puerto Rico donde se reunió con su madre, de la que pasó separado la mayor parte de su infancia, lo cual no es detalle baladí. Posteriormente, con la mayoría de edad, viajó a los Estados Unidos supuestamente para estudiar una carrera universitaria. Pero en lugar de ello descubrió que su señora madre, probablemente dolida en la conciencia por haberse perdido buena parte de la niñez de su retoño, era una fábrica de billetes que daban para mucha holganza y golferío.

Se enredó, pues, en asuntos turbios de drogas y trata de blancas que le llevaron a prisión para cumplir condena en un centro correccional de Missouri. Tras ello, y entre otras cosas porque irónicamente –y a pesar de que aquí estábamos en una dictadura- las Autoridades españolas eran más blandas con las gentes de noble cuna que las estadounidenses y ponían mejor cara a los malos de buena extracción social, decidió retornar a Madrid. Corría 1950.

Sí. Uno de los mitos que corren acerca del franquismo era el de que en España se hacía valer la ley y el orden a todo trance cuando, con los años y la madurez democrática, hemos ido descubriendo que los códigos penales de la dictadura imponían a los criminales penas literalmente irrisorias y que aquí, en realidad, lo único que se hacía era perseguir sin descanso a los “enemigos del Estado”, llenar las prisiones de presos políticos y maleantes del tres al cuarto, idear contubernios imposibles que justificaran los límites que se imponían las libertades básicas, hacer cumplir toda suerte de chorradas religiosas a todo quisque, y censurar miles y miles de tonterías que habrían hecho partirse de la risa a cualquier villano de opereta. Más o menos.

Así, en la capital de España y alejado de cualquier control familiar, Jarabo inició una vida de absoluto desenfreno amparado por el dinero que mamá le enviaba sin cesar. Es cierto que anduvo casado, pero aquello fue un completo desastre sin tacha ni enmienda y la vida conyugal llegó pronto a la total disolución. De hecho, las juergas con mujeres (que lo adoraban, dicho sea de paso), drogas y cachondeo sin fin que armaba Jarabo se hicieron legendarias en los ambientes nocturnos capitalinos.

Porque en el Madrid de la década de 1950, con dinero en abundancia, a pesar de la dictadura nacional-católica, la verdad era que había mucha manga ancha, la noche era libre, y se podía hacer prácticamente de todo. Eso sí: con mucha hipocresía, sin armar escándalo y dentro del decoro y la conservación de las apariencias. Al fin y al cabo, el turismo era -como ahora- la primera industria nacional y no convenía reducir los atractivos que movían las divisas (también como ahora)… Hace años, de hecho, un abuelete alemán me contó que en ese Madrid aparentemente cerrado de la dictadura se podían hacer cosas que en el avanzado y democrático Bonn de la posguerra mundial eran mera ensoñación. Fíjate tu.

Y así pasaron ocho años en los que, él mismo lo reconocía con jactancia a la mínima ocasión, Jarabo dilapidó en juergas nada menos que quince millones de pesetas de la época. Quince. Todo un fortunón si se piensa que un SEAT 600, el modelo utilitario soñado en aquellos días por cualquier empleado de clase media para llevar a la familia de excursión campestre, valía alrededor de 60.000 pesetas.

Se cierra el grifo

Sus familiares de ultramar estaban ya tan aburridos de sus dispendios que llegó el punto en que convencieron a la madre de que aquello tenía que acabarse y, así, el dinero de ultramar dejó de llegar. Más aún, sus familiares portorriqueños amenazaron con viajar hasta Madrid para comprobar personalmente en qué clase de negocios –así justificaba Jarabo los onerosos gastos- estaban invirtiendo aquella fortuna que le llovía del cielo mensualmente. Ante esto José María, que no había dado golpe en toda su vida y tenía claro que no iba a dar la cara porque tampoco tenía una pasta muy honorable, decidió que todo valía excepto trabajar, buscó dinero fácil para paliar la sequía inesperada y redujo un poco su tren de vida. Fue así que hipotecó el chalé de Arturo Soria, se alojó en una pensión, y siguió en la gran holganza durante un tiempo.

Tan altas eran las ínfulas del fantasmón de Jarabo, tan grande era el pisto que se daba por ahí, que no dudaba en presentarse a sí mismo como médico o abogado. La primera fue precisamente la profesión que dijo tener cuando se presentó a su casera de la pensión de la calle Escosura, en el céntrico y populoso barrio de Chamberí. Un detalle muy interesante acerca de su personalidad egocéntrica y narcisista. Pero la buena vida tira, genera adicción y por lo demás Jarabo no dejaba de ser un tipo sin oficio ni beneficio que nunca podría haber obtenido un trabajo que estuviera de acuerdo con sus pretensiones, de modo que lo de trabajar para salir adelante, ni se lo planteaba como opción. Así que cuando también se hubo fundido los nuevos ingresos que le había procurado la hipoteca, vinieron los chanchullos, los empeños, los préstamos, y toda esa pendiente sobradamente conocida.

El intringulis criminal

En una de esas, y dado que era todo un caballero galante y bien plantado que tenía una gran éxito con las mujeres amen de ser sexualmente insaciable, ligó con una acaudalada turista inglesa, Beryl Martin Jones, a la que logró sacar una sortija de diamantes que empeñó en Jusfer, una tienda de compraventa de la que era cliente asiduo, pues allí iba pignorando otras cosillas -que salían de aquí y allá- para mantener en marcha su tren de vida. 4.000 pesetas le dieron los propietarios no sin usura, como es lógico en estos casos, pues su valor era mucho mayor. Qué duda cabe, habían entrevisto un excelente negocio. Y así fue, entre truco y trato, que se comenzó con la peripecia del tira y afloja que terminaría con el señorito en el patíbulo.

Beryl, ya en Inglaterra, necesitó pronto del anillo pues había sido un regalo de su marido quien, al no verlo por parte alguna, empezó a hacer preguntas impertinentes y a sospechar de su infidelidad. Y Jarabo, todo un caballero español como a él le gustaba venderse (a algunos les sale barato el titulillo), aseguró a la amante que no faltaría a su palabra y que lo recuperaría a todo trance.

No iba a ser tan fácil. Emilio Fernández Díez y Felix López Robledo, los propietarios de Jusfer, se mostraron dispuestos a retornar la joya a Jarabo si este satisfacía la deuda con ellos contraída, pero lo cierto era que no tenían la más mínima intención de cumplir el trato fácilmente en la medida que se trataba del germen de un suculento negocio que, bien manejado, podría ser redondo. El jugoso anillo valía mucho más que las míseras 4.000 pelas con las que conformaron al golfo estúpido y, además, como de tontos no tenían un pelo, o tal vez porque se pasaban de listos, habían llegado a sospechar que ni había damisela inglesa de por medio, ni nada de nada. De este modo, cuando el señorito se presentó allí con el dinero para desempeñar la sortija, le exigieron una autorización de la propietaria… Y cuando tras cartearse con la inglesa al fin presentó el documento, los usureros le volvieron a negar la joya porque, en el ínterin, Jarabo se había gastado las 4.000 pesetas en un par de juergas tan inoportunas como inevitables. E impusieron nuevas condiciones: se quedaron también con la carta y le explicaron que si quería desempeñar la sortija habría de ir con el dinero por delante.

Digamos en este punto que la carta que presentó Jarabo en Jusfer, y de la que circulan algunas fotografías por ahí, tenía toda la pinta de ser una burda -y cutre- falsificación hecha de su puño y letra (bastante infantil y chapucera como corresponde a la personalidad de este energúmeno), por lo que de nada le sirvieron ya al caradura las negociaciones y súplicas con las que intentó solventar el problema. Los de Jusfer no parecían tener interés alguno en su magnífica tranca, y todo indicaba que no iban a sucumbir a sus encantos de machito feroz.

La impresión general del caso es que los propietarios de la casa de empeños, que habían detectado el tufillo del escándalo, tenían la avariciosa intención de sacar un buen pellizco a Jarabo pues siempre, aunque algo lerdo y fantasmilla, les había parecido hombre de muchos posibles económicos y se le veía muy desesperado. No había más que ver los trajes carísimos, de corte perfecto, que llevaba siempre, los relojes que empeñaba y la pompa que se daba a la menor ocasión. Ello por no hablar de la velada sospecha de que el anillo -y así lo parecía por esa carta chapucera- bien podría ser robado… El problema era que no sabían con quién estaban jugando porque el caballero español, también era sujeto tendente a la violencia y de graves resoluciones si se terciaba. Así, harto como estaba de aquella situación y tal vez aburrido de verse chuleado por aquel par de “don nadies”, Jarabo decidió recuperar por la fuerza lo que se le negaba por las buenas.

Para colmo, la familia americana amenazaba cada vez con mayor intensidad con venir desde Puerto Rico para comprobar en qué se había invertido aquel dineral que le habían proporcionado durante aquellos años. En fin: muchas presiones para un cerebro poco acostumbrado a pensar y algo torrado por tanto exceso.

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Portada de la versión en DVD del episodio de la legendaria serie de TVE La huella del crimen, en la que el actor Sancho Gracia interpretó magistralmente a Jarabo.

El crimen

Jarabo se presentó dispuesto a todo en la noche del 19 de julio en el domicilio de Emilio Fernández, cuidando de no dejar huellas por parte alguna. Luego dijo a la policía que había ido a negociar, pero sus actos -empezando por tocar el timbre con el nudillo- hablan de otra cosa muy diferente y perfectamente planificada: le recibió la criada -Paulina Ramos-, pues el señor no estaba. Jarabo entró en la casa de rollo simpático, pero en el primer despiste de la chica, se coló en la cocina en la que Paulina se ganaba el pan y la asesinó con el cuchillo con el que estaba pelando las judías verdes de la cena. Acto seguido la pasó a la habitación del servicio y la tumbó sobre su cama. A lo mejor hasta hizo algo más, cosa que no sería de extrañar pues le entra en el perfil a este cenutrio y bien se habría preocupado la falsa moral de la época de ocultarlo.

Luego esperó al señor, que se introdujo en el baño nada más llegar y sin reparar en su presencia, y al que se acercó por detrás para descerrajarle un tiro en la cabeza sin mediar palabra. Así terminaron las negociaciones. A fin de que la estancia no se anegara de la sangre que debía brotar a borbotones de la herida, pensó en introducir el cuerpo en la bañera, pero entreviendo la posibilidad de ensuciarse, decidió dejarlo en el suelo y se limitó a ponerle una toalla encima para no verle el rostro a la par que empapaba la sangre. Dio entonces algunas vueltas por la casa, se hizo con las llaves de la tienda y se apropió de algún dinero. Le sorprendió en éstas la esposa de Emilio, Amparo Alonso, que llegaba muy poco después. A ella también la asesinó del mismo modo que a su esposo, de un tiro en la nuca y sin mediar palabra cuando la pobre mujer se cambiaba de ropa en el dormitorio. Esta muerte resultaría especialmente odiosa a la opinión pública puesto que Amparo estaba en aquel momento en las primeras fases de gestación, cosa que Jarabo no podía saber en modo alguno.

Terminado el trabajo, y entendiendo que a tales horas el portal podría haber sido cerrado ya por el sereno, pasó la noche allí tras preparar la escena del crimen de suerte que pareciera que había tenido lugar una juerga demasiado salida de tono entre el terceto, y que aquel jaleo había terminado en desastre.

Salió del piso a la mañana siguiente, bien temprano y sin ser visto. Dado que era domingo, pasó la tarde de juerga a costa de los dineros que había robado en la casa de Emilio Fernández y, aunque llegó a la pensión en la que vivía completamente borracho para escándalo de su casera, madrugó el lunes para esperar a Félix López en el interior de la tienda de empeños. Un hombre con un propósito. Según entró, y también sin mediar palabra, le disparó dos veces en la cabeza, vertió serrín alrededor del cuerpo para que la sangre empapara sin formar charco y se puso, acto seguido, a la tarea de recuperar la carta comprometedora y el anillo de Beryl. Pero no hubo forma. Jarabo, mucho músculo y poco cerebro, se había olvidado en su “perfectamente calculado” plan de un detalle fundamental: exigir a los propietarios de Jusfer la combinación de la caja fuerte antes de matarlos.

Intentó entonces camelarse a la compañera de Félix, a la que telefoneó para explicarle que su pareja no había aparecido por la tienda, que le estaba esperando para cerrar un trato, que tenía mucha prisa y que si podía personarse ella en el local para atenderle. Afortunadamente, la mujer no mordió el anzuelo pues muy probablemente habría terminado con otro tiro en la cabeza. De hecho, fue ella quien alertó a la policía al ver que nadie cogía el teléfono en Jusfer, lo cual era verdaderamente raro a aquellas horas. Por lo demás, tampoco se sabía la combinación de la caja de modo que habría muerto en balde.

Por su parte, Jarabo, tras hurgar en la trastienda y encontrar alguno de los trajes que tenía empeñados allí, se cambió. El que llevaba puesto estaba muy manchado de la sangre de Félix López. Luego arrampló con lo que le pareció que podría tener algún valor de cuanto estaba expuesto y se marchó con viento fresco. Un fiasco de robo, pues lo que trincó no valía gran cosa. Está visto que, excepción hecha del golfeo a lo grande, la jarana y el sexo desenfrenado, Jarabo no era un hombre demasiado competente en el plano intelectual. Vamos, que era bastante más tonto de lo que su narcisismo patológico le permitía entender y que como criminal profesional era poco más que un bruto mentecato.

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Las víctimas del autoproclamado “Caballero Español”.

Esos amados trajes…

De hecho, y junto con la inutilidad del crimen, otro de sus principales errores tácticos –bien absurdo- sería el de no querer desprenderse de uno de sus amados trajes, el manchado de sangre. Así es que como quien no quiere la cosa lo llevó a su tintorería habitual, sita en la calle Orense, explicando al tintorero que toda aquella sangre era el resultado de una de las muchas peleas tabernarias que solía tener. No coló porque la cantidad de sangre era excesiva para unas cuantas bofetadas, Jarabo no tenía pinta alguna de haber cobrado en especie, y todo ello despertó recelos. El propietario de la tintorería, escamado, terminaría alertando a las Autoridades. No quería que luego se pensara que él habría sido cómplice de lo que el borriquito de su cliente, que le parecía capaz de cualquier cosa, hubiera hecho por ahí.

Pero hubo otros fallos en grueso que delatan la escasa capacidad planificadora de Jarabo y que, a su vez, hacen incomprensible cómo se le ha podido conceder tanto bombo en los anales -será porque la historia criminal patria estuvo hasta hace poco más llena de tiros en las lindes de los campos que cualquier otra cosa- a semejante cenutrio. Por ejemplo, cuando el genial Comisario Antonio Viqueira Hinojosa, encargado de la investigación, se encontraba en el escenario del crimen, Jarabo no tuvo otra ocurrencia que la de llamar a la tienda. Probablemente, en un intento pueril de averiguar cuánta ventaja le llevaba a la policía. Cuando Viqueira contestó al teléfono y preguntó tranquilamente quién era, Jarabo contestó que el señor Morris, y colgó. Porque claro, un tipo de la pompa y boato de Jarabo no podía limitarse a colgar el teléfono sin decir nada, del mismo modo que tampoco podía presentarse como “el señor Pérez” o “el señor Jarabo”… Tenía que ser el único e intransferible “señor Morris”. El policía, intuitivo y conocedor de su oficio, supo inmediatamente que aquel tipo seguramente era el asesino por lo que inmediatamente puso a sus subordinados a buscar en el archivo de la tienda a cualquiera que pudiera apellidarse de manera tan poco convencional en la España de entonces.

Así es que en la puerta misma de la tintorería, en la que también se le conocía como señor Morris, fue detenido Jarabo en el mediodia del martes 22 de julio tras la eficaz investigación del comisario, que fue acabó atando cabos con enorme inteligencia y profesionalidad… Viqueira supo escarbar en la psicología del criminal y dio con la tecla oportuna: Un hombre que era capaz de robar un traje caro, y de cuidar su imagen al punto de entretenerse en cambiarse de ropa en la escena de un terrible asesinato, también sería incapaz de deshacerse del traje que había manchado, por lo que aquella pista de la tintorería tenía que ser la buena, de modo que una vez llegada la conclusión adecuada, solo tuvo que sentarse y esperar.

A todo esto, y por cierto, cuando fue detenido Jarabo venía de otra juerga. La última.

Solo faltaba que confesase. Se cerró en banda porque no aceptaba ser tratado como un criminal del montón, pero a las pocas horas, tras la sagaz presión del inspector Serafín Fernández Rivas, quien entendió a la perfección que a un tipo como Jarabo se le sacaría lo que fuera siempre y cuando se lo tratara como a un caballero, el asesino claudicó a cambio de una ducha, una buena cena, unas copas, unos chistes y unos puros. Genio y figura.

La ejecución

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Portada del célebre semanario El Caso, en el que se ofrece información sobre el suculento juicio de Jarabo (Fuente: criminalia.es).

Fue un juicio muy mediático al punto de que la gente hacía cola en la calle para entrar a la sala y no faltaron, entre los espectadores, algunos famosos que habían incluso compartido fiesta o amistad con el acusado a lo largo de los años. Cierto que era vox populi que por ser un niño rico Jarabo lograría eludir el brazo de la justicia… Pero en realidad ni tenía escapatoria porque las pruebas eran abrumadoras, ni se podía hacer nada a causa de las características intrínsecas del crimen, demasiado inaceptable para las convenciones socioculturales de la época. La opinión pública detestaba tanto el suceso horrible protagonizado por aquel tipo golfo y sinvergüenza, que ni tan siquiera sus influencias, que eran muchas pues pertenecía a una familia de gran ascendencia en el mundillo del derecho, iban a librarle del patíbulo… Si al menos la cosa hubiera ido de tapadillo, algo habría podido hacerse, pero el cuádruple crimen se había hecho tan famoso que no había forma de echarle tierra encima.

De hecho, se esperó con total convencimiento la llegada del indulto durante toda la noche previa a la ejecución, pero no ocurrió a pesar de que hubo muchas presiones. Nadie en las altas esferas estaba dispuesto a quemarse con Jarabo o a provocar un motín para salvar la vida del parásito. Así es que la condena, muerte por agarrotamiento, se cumpliría el 4 de julio de 1959 en el patio central de la Prisión Provincial de Madrid. Al ser un hombre tan fuerte, con un cuello de toro que el collarín del garrote abrazaba con dificultad, tardó más de veinte minutos en fallecer a pesar de las dos vueltas que el verdugo, Antonio López Sierra, un hombre de complexión débil –y dicen que algo borracho en aquella hora- le dio al torno. Todos los presentes recordaron aquella como una de las ejecuciones más espantosas que habían presenciado nunca jamás. Tan tremendo debió ser el espectáculo que, posteriormente, hubo una comisión de médicos designada al efecto de estudiar la práctica del agarrotamiento. Dicha comisión decidió finalmente que no era la forma de ejecución más óptima y humanitaria, por lo que Jarabo tuvo el dudoso privilegio de ser el último ejecutado por garrote vil de la historia de España.

Su cadáver, a fin de acallar los rumores de que se le perdonaría por ser rico, se expuso con el ataúd abierto para que todo el que quisiera pudiese comprobar por sí mismo que, en efecto, el señorito había sido ejecutado con todas las de la ley. Y hubo cola.

España cañí.

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