Delicias orientales

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“Saint Seiya” (Masami Kurumada, 1986), producto cuya versión anime se conoció durante su primera exhibición en la televisión española como “Caballeros del Zodiaco”… Uno de los animes más molones de mis años adolescentes. Todavía guardo las figuritas.

No podría entenderse la imagen estética que han ido adquiriendo las diversas manifestaciones del crimen, el sexo y la violencia en la cultura popular del presente sin prestar atención a la creciente influencia que dos productos netamente japoneses, el manga y el anime, han adquirido en el mercado del entretenimiento occidental.

Tras desembarcar por estos pagos a mediados de la década de 1970, frente a la confusa opinión de supuestos especialistas que quisieron verlos como lluvia primaveral, han echado raíces y crecido al punto de que, en gran medida, puede hablarse ya de una invasión en toda regla. Y no es una cuestión baladí la de lo que representa este proceso de colonización cultural inversa si se tiene presente que ha sido Occidente quien, por tradición, ha impuesto su maquinaria cultural al resto del mundo. Tal vez los teóricos de la globalización debieran retornar a los clásicos de la antropología para comenzar a pensar en este proceso no como algo unidireccional, sino como un procedimiento de intercambios y préstamos que modifica el aspecto final que ofrecen las culturas en contacto y sus productos. Sabido es, por ejemplo, que en el espectador hindú prefiere la versión Bollywood de cualquier producción cinematográfica occidental antes que el original, que suele fracasar en taquilla.

En efecto, el manga es un perfecto ejemplo de cómo la influencia occidental es recodificada en términos propios y devuelta a Occidente con otro aspecto y desde otras variables más sugestivas, mediáticas y víricas. De hecho, nuestro formato de historieta penetra en un Japón en el que se desconocía esta expresión artística a finales del siglo XIX, coincidiendo con ese proceso de modernización radical que supuso la llamada Revolución Meijí e hizo que, de súbito, todo lo occidental se pusiera “de moda”. Los creadores se encuentran con el formato del arte gráfico japonés tradicional y se produce un fusión de ambos elementos que, pronto, eclosionan en un nuevo estilo dentro del cual aparecen, en torno a la década de 1880, los primeros historietistas japoneses –llamados “mangaka”-, como los clásicos Okomoto o Kayashi. No obstante, sólo tras la Segunda Guerra Mundial el manga comenzará a desarrollar un lenguaje propio y alejado del modelo del cómic norteamericano que le sirvió de referencia hasta 1930, comenzando por la adopción del “bocadillo” como forma de expresión lingüística de los personajes.

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Osamu Tezuka. Por favor, quítense el sombrero.

Siempre tras una guerra

Indudablemente, y así lo muestra la historia de la humanidad, las guerras -y de forma muy especial las más duras y tremendas- son siempre para bien o para mal un elemento transformador sociocultural y psicológico de primer orden que, por lo común, genera un  claro efecto de antes y después.

Ocurre que el Japón ha perdido ha salido derrotado de la Segunda Guerra Mundial de forma cruel, estrepitosa y humillante para sumirse en una posguerra tremebunda, repleta de penurias y privaciones que sólo pueden tolerarse a través de la emergente industria del entretenimiento. Un entretenimiento, por cierto, tutelado por una autoridad invasora que ejerce un feroz control sobre los medios de comunicación y, por tanto, sobre los discursos públicos. Y que además tiene la exigencia de ser barato pues Japón, muy afectado por el hastío bélico, no anda para dispendios. Consecuentemente, el japonés medio descubre que la lectura es una vía barata, a menudo poco controlada por unos censores que suelen tener problemas con el idioma y el control de unos códigos culturales que desconocen, por lo que se produce un auge de las bibliotecas. Será en este mundillo del préstamo interbibliotecario que se desarrolle mayoritariamente el mercado del manga. En formato libro, a menudo editados a bajo coste por las propias bibliotecas que no dudan en competir con las editoras convencionales, se convierten en uno de los productos más demandados por la sociedad japonesa. Y es en medio de esta nueva industria creciente surge la figura de un creador que revolucionará el género: Osamu Tezuka (1928-1989).

Médico de formación, buen dibujante desde la infancia y aficionado a las películas de dibujos animados de Walt Disney que empiezan a exhibirse en el país del sol naciente, Tezuka transformó el mundo del manga con su primera publicación, La nueva isla del tesoro (1947), al introducir en el desarrollo de la historieta convencional nipona el modelo cinematográfico-secuencial del cómic occidental y conseguir, con ello, vender unos 800.000 ejemplares de la obra en tiempo récord. Su segunda gran creación, si bien a lo largo de su trayectoria tocará toda clase de formatos y géneros, será el mítico personaje de Astroboy (también de 1947), que en la actualidad es un verdadero icono de la cultura popular japonesa. Muchos imitadores, pues, le saldrán a Tezuka, especialmente a causa del hecho de que el país comienza a adoptar los estándares productivos norteamericanos. Con ello, el manga tal y como hoy lo conocemos se consolidará definitivamente en 1959 cuando comiencen a aparecer los primeros dedicados exclusivamente a adultos, los llamados “gegika”, en los que desaparece por completo la inspiración Disney y se abren paso toda clase de temáticas e historias violentas, sexuales, escatologicas e incluso dramáticas. De este modo, llegado 1960, el gran público pide obras manga masivamente y los editores trabajan prácticamente a destajo y otorgando a sus creadores una libertad de acción muy amplia.

Y sin embargo, se mueve

Como es lógico, el manga tuvo su reflejo natural en el anime, erróneamente confundido con el dibujo animado occidental por el gran público, pues la técnica que se empleaba en su producción era originariamente muy distinta. Piensese que los estudios de animación nipones eran pequeños, contaban con muy pocos empleados, y ello hacía imposible desarrollar producciones de animación complejas al estilo de Occidente. De tal modo, se genera una técnica -la del anime- que es barata al ser un sistema de montaje imaginativo de imágenes fijas, lo cual permite reciclar y aprovechar los mismos fondos y dibujos una y otra vez. En ella todo dependía más de la habilidad en el manejo de la cámara, el ritmo de montaje y los tiempos de exposición, que en el rigor cinematográfico convencional.

De hecho, el anime desembarcaría en Occidente antes que el manga propiamente dicho, vía televisión, cuando muchas emisoras europeas y estadounidenses comienzan a comprar y emitir retazos de teleseries japonesas -bloques de capítulos pues las producciones originales eran larguísimas y contaban con cientos de entregas- mediada la década de 1970. Era un paso lógico: el anime gozaba de una calidad razonable, solía resultar muy entretenido y llamativo, y además los derechos de emisión eran mucho más baratos que los de las series animadas de producción occidental. Así fue que llegaron a nuestras pantallas Mazinger Z (Go Nagai), Astroboy (Osamu Tezuka) o Heidi y Marco (ambas de Hayao Miyazaki), y el público occidental asumió aquellas producciones que se emitían siempre en horario infantil primero con extrañeza, luego con fidelidad y, por fin, muy a menudo, con pasión y fervor, generando un verdadero movimiento fan emergente. Sobre todo tras el éxito explosivo que siguió a la exhibición de la muy seria y adulta película Akira (1988), basada en el manga homónimo de Katsuhiro Otomo.

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Cuando, allá por marzo de 1978, este robot gigante se presentó en las pantallas en blanco y negro de nuestros televisores, nos cambió la vida.

El mercado, es cierto, ya está maduro cuando todo esto sucede. La invasión del cine japonés a partir de la década de 1960, con las aclamadas –y muy premiadas- producciones protagonizadas por sus sempiternos samurais de Akira Kurosawa al frente, había llenado las pantallas de Occidente con montones de curiosas y llamativas películas en las que Godzilla reducía Tokio a escombros antes de liarse a bofetadas con King Kong; en las que los simios gigantes producidos por la radiación de las bombas aliadas mantenían terribles y sangrientas peleas; en las que terremotos catastróficos asolaban el territorio japonés; o en las que tremebundos monstruos espaciales invadían la tierra. Pero no sólo: los reyes de las artes marciales de China, Corea del Sur, Taiwan y, sobre todo, Honk Kong, con Bruce Lee a la cabeza, ya nos habían convencido sin remedio de que una buena pelea colectiva era la mejor forma de dirimir las diferencias -por absurdas que fueran- y de que, en realidad, combatir el crimen pasaba siempre por decapitar al criminal con una katana bien afilada o partirle las piernas con un palo.

Y la ridícula bronca de siempre

Como es lógico, la controversia acerca de la violencia y la propiedad de sus contenidos persiguió al anime –luego al manga- prácticamente desde comenzara a exhibirse fuera de Japón. La vieja historia que no cesa en la medida que nadie suele leer a los que saben y, además, tenemos la odiosa costumbre de olvidar el pasado. Tal vez nos gusta repetirnos.

Para los más críticos manga y anime siempre han sido medios demasiado expuestos al sexo, al crimen y a la violencia que no se corresponden -a veces ni de lejos- con los estándares ético-morales occidentales. No obstante, esto es poco más que incidir en lo obvio. En efecto, el manga y el anime son productos generados a partir de otras variables socioculturales, lo cual provoca que a menudo no se produzca una correspondencia entre los géneros y los contenidos que se consideran más o menos aptos para niños y adolescentes en un lugar u otro. Esto ha motivado que, muy a menudo, los mangas y animes que se editan o exhiben fuera del Japón sean escrupulosamente visionados, revisados, editados y censurados antes de su puesta en el mercado (¿lo ignoraban ustedes?). Tampoco es raro que se reconstruyan las referencias culturales de los contenidos “occidentalizando” el doblaje y/o las traducciones, lo cual muy a menudo desvirtúa o destruye las intenciones originales de los creadores y motiva que muchas de las ideas expuestas por ellos se nos presenten descontextualizadas, extravagantes y carentes de sentido.

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¿Está claro, tarugos, que yo no fui concebido como producto para niños pequeños?

Téngase en cuenta que para Occidente, como ya vimos, el cómic y la animación fueron considerados durante muchas décadas formas de transmisión netamente infantiles lo cual, en relación al manga y el anime, ha dado lugar a grotescos malentendidos, como el de exhibir productos que originariamente, en el Japón, se pensaron en exclusiva para  el público adulto, en horario infantil. Un caso manifiesto de esta confusión es el famoso Shin-Chan (obra del malogrado Yoshito Usui), pues se trata de un trabajo que su creador concibió para un público adolescente -mayor de trece años- y que en España, por ejemplo, se exhibe a menudo en horario infantil tal vez porque el protagonista tiene solo cinco años. En todo caso, para los padres agobiados por los tacos y procacidades del disoluto Shinosuke Noara siempre ha sido más fácil condenar la serie, que pedir el despido del incapacitado que la programa en una hora inapropiada. Lo de siempre.

Sea como fuere, el manga y el anime han despertado en el público de Occidente -especialmente entre las nuevas generaciones- una especie de pasión por lo oriental que nos ha hecho especialmente receptivos a muchas de las manifestaciones artísticas procedentes del sudeste asiático e incluso hacia su modo de vida, al punto de que esta estética, que se introdujo de manera lenta pero paulatina en nuestro entorno cultural, ha venido para quedarse en la medida que ha ido permeabilizando todas y cada una de nuestras manifestaciones socioculturales a extremos que a menudo nos resulta difícil imaginar. Basta, de hecho, con salir a la calle para encontrar a muchos jóvenes peinados con una estética que es difícil no identificar con personajes de manga, anime e incluso videojuegos japoneses. Más aún, muchas de las cosas que ocurren hoy en día en nuestras películas, teleseries, novelas, video-clips o tebeos –la multimillonaria saga Matrix dirigida por los hermanos Wachowsky es el ejemplo superlativo- serían incomprensibles sin la referencia a su inspiración oriental.

Admitamos que, sumidos en nuestro proverbial y soberbio etnocentrismo occidental, la mayor parte de nosotros nunca oímos hablar de cosas hoy tan comunes como la Yakuza, las Triadas o los Ninjas hasta aquel día, ya lejano, en que se nos ocurrió ir al cine.

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