De la banalidad del mal a la victimización

“Hay hombres sanos y hombres enfermos, pero los hay medio sanos y medio enfermos y los hay convalecientes. Hay hombres buenos y malos, pero los hay ni buenos ni malos. En todas las cosas hay matices”.

Miguel Gayarre Espinal (1886-1936)


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Hanna Arendt

Cuando Hanna Arendt (1906-1975), inspirada por el juicio del nazi Adolf Eichmann (1906-1962), que comenzó en Jerusalén en 1961, habló de la “banalidad del mal”[1], no sólo trataba de mostrarnos cómo la maldad es por lo común una actividad y una consecuencia –el proceso y resultado de una situación personal concreta- antes que una improbable condición metafísica inherente a los individuos tal y como se deduce de la sentencia del doctor Gayarre que encabeza esta entrada. Quería Arendt ir más lejos en la medida que trataba de esclarecer en alguna medida sus efectos sobre las víctimas directas e indirectas de los actos malvados y, con ello, ofrecernos la posibilidad de extraer consecuencias valiosas en el plano victimológico. Consecuencias que en estos tiempos, en los que la cultura se ve teñida de un esencialismo terrible, estereotipado y etiquetador, del que nos servimos para enjuiciar, calificar, denominar y condenar sin llegar nunca a comprender del todo son, creo, más pertinentes que nunca. Basta con observar la ligereza con la que se esencializa a las personas –y a los colectivos- en los titulares de prensa, con fines por lo común inconfesables, para darse cuenta de que algo perverso está ocurriendo con nuestra comprensión de la realidad.

Del mismo modo que Eichmann llegó a convertirse en un terrible criminal y genocida, no por perversidades diagnosticables e inherentes a su personalidad, sino por formar parte de un conglomerado burocrático enfermizo cimentado sobre la política del exterminio –y en tal sentido puede decirse que simplemente era un tipo que “hacía su trabajo” con total independencia de lo terrorífica o censurable que esa ocupación nos resulte-, carece de sentido pensar que las maldades que nos afectan en la vida diaria, o que nos conducen a la victimización, tienen algo que ver con alguna clase de esencialidad o destino cósmico. Y esta impresión, humana si se quiere en la medida que somos buscadores de sentidos, es algo de lo que hay que desprender a la víctima cuanto antes si lo que pretendemos es su recuperación personal, moral y social.

La falacia de la seguridad

Todos nos hemos convencido –pues resulta tranquilizador- de que el mal que puede llegar a afectarnos en un momento dado es controlable, restringible e incluso erradicable si somos capaces de seguir ciertas directivas y conductas tópicas, de manual, que nos mantengan “seguros”. Por eso precisamente sentir en primera o tercera persona el golpe de mal en cualquiera de sus formas –agresión, robo, asalto, violación, atentado y etcétera- nos sume en la estupefacción, pues nos relanza con enorme violencia a replantearnos las cuestiones de partida, hecho que tiene consecuencias muy severas no solo en nuestras vidas particulares, sino en el funcionamiento de la sociedad en su conjunto: ¿cómo es posible que pueda pasar/pasarme esto cuando he hecho todo lo que debería? ¿En qué consiste “estar seguro”? ¿Se puede realmente estarlo? ¿Cuánta de mi libertad he de conceder a quienes velan por mi seguridad para vivir tranquilo?

He aquí uno de los grandes problemas que la victimología trata de resolver: el de esa aparente contradicción entre la aleatoriedad y la necesidad que subyace al proceso de victimización. El prejuicio, impuesto por el sentido común, de que ser víctima es, bien un azar incontrolable, bien el resultado de haber hecho algo indebido, y de que el mal que un agresor motivado –por las razones que fueren- podría procurarnos puede ser minimizado, o eludido, si cumplimos escrupulosamente con ciertas reglas “de manual”. Nada más lejos de la verdad. El mal, llámese como se quiera, existe como evento y nos golpea, o puede hacerlo, simplemente porque vivimos. Y cuanto más complejas son las sociedades en las que desempeñamos nuestra existencia, mayores son los riesgos en la medida que resulta imposible controlar todas las variables en juego. A menudo ni tan siquiera sabemos que tales variables existen o que están operando en determinados contextos.

Esto es lo que nos muestran, por ejemplo, las historias personales de las víctimas de los atentados yihadistas que Madrid sufrió el 11 de marzo de 2004. Relatos que se repiten una y otra vez en boca de los supervivientes: personas que llevaban vidas perfectamente normales y que ignoraban estar en riesgo por la sencilla razón de que hacían lo correcto, lo rutinario, lo de siempre, y nada había que temer. Precisamente, uno de los problemas inherentes a la victimización surge de esta ignorancia de los procesos del mal a la que se suma la falacia del aparente control o de la aparente seguridad: ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? Parafraseando a Jean-Paul Sartre, podríamos decir que el mal siempre es “el mal de los otros”… Pero siempre cabe repensar las situaciones para entender cómo y por qué la banalidad del mal de la que hablaba Hanna Arendt puede golpearnos en cualquier momento: España llevaba décadas golpeada por el terrorismo de ETA. Estados Unidos había sufrido el terrible atentado yihadista del 11S… Pero nadie pensaba en eso en aquellos trenes de cercanías que fueron dinamitados. En realidad todos éramos víctimas potenciales de un atentado de estas características y el riesgo era muy real, pero decidimos ignorarlo sistemáticamente y de manera transversal, desde los que gobernaban nuestros destinos hasta nosotros mismos. Estábamos “seguros” y “hacíamos lo correcto”… ¿Qué podría sucedernos, entonces? ¿Por qué atormentarnos pensando que podría pasar lo que probablemente no pasaría?

Pero podría suceder y, de hecho, sucedió.

11m

El colapso de la civilización

Los testigos directos de los primeros momentos que se producen en los escenarios de un atentado terrorista en cualquier país occidental casi siempre los describen del mismo modo. Es una precisa imagen del colapso civilizatorio que supone comprender, de súbito, que cualquier forma de seguridad es tan sutil que alguien bien motivado –interesado- puede convertirla en aparente y falaz. Que la civilización que nos acoge es sensible, frágil, y puede convertirse en un espejismo que nos confunda. No es raro que en estos casos tanto policías como bomberos o médicos nos describan –con obvia perplejidad- algo que nunca pensaron ver en un “país avanzado”: un escenario de guerra. El silencio posterior a la batalla.

Todos los testigos de estas situaciones recuerdan siempre, y ante todo, el silencio. Inciden con suma estupefacción en el hecho de que nadie habla, de que nada se escucha. Es, reflexiono, un silencio devenido de la más profunda incredulidad. El silencio de quienes no comprenden qué ha pasado, ni por qué, ni a qué objeto responde lo que ocurre. El silencio del sinsentido. El silencio de la vejación vivida. El silencio de quienes nunca creyeron que aquello podría ocurrirles porque no eran conscientes del riesgo en la medida que hacían lo correcto a diario y vivían “seguros”. Es el silencio del colapso de la civilización: de las mentiras que se derrumban de súbito para mostrarnos la atroz realidad que subyace al escenario de la vida y cuyo impacto no podemos evitar sino, en todo caso, únicamente minimizar.

Empiezan a sonar los teléfonos móviles y se rompe ese silencio. La civilización que se ha fragmentado durante unos minutos vuelve a la vida. Todo recomienza –“como un reset” lo describió gráficamente un enfermero del SAMUR-. De repente las víctimas saben que lo son y que están vivas para no dejar de serlo nunca más. De súbito todo el mundo se hace consciente de la magnitud de lo que ocurre y encontrar a los vivos se transforma en obsesión. Comienza el rescate y el terrible recuento que viene primero: separar a los que viven de los que han muerto.

La civilización se reanuda.

Atentado Londres
Atentado de Londres, en 2005 [Fuente BBC].

¿Por qué?

Una vez que todo ha pasado y la víctima se ha hecho dueña de sí quiere entender lo sucedido tal y como querría hacerlo cualquier otro en su pellejo. Necesita sentido. Saber por qué ha tenido transformarse en víctima para interesarse por aquellas cosas que ni tan siquiera sabía que existían. Es una suerte de terapia: no temas, aprende. He conocido a víctimas de todo tipo que, conducidas por esta obsesión de sentido, se han convertido en auténticos especialistas en todo aquello relacionado con la clase de crimen que sufrieron. El problema, lamentablemente, es que bien pronto se dan cuenta de que los intelectualismos no satisfacen los “porqués” más profundos del problema, los emocionales, los sentimentales. Se sabe, se aprende, pero ese saber no cura.

Se trata de algo que te ha hecho otro, un malvado –moral o circunstancial-, alguien que te odia, que desea tu mal, que quiere desposeerte de algo valioso sin que sepas por qué. Sin que hayas hecho nada para merecerlo. Esto genera en la víctima una preocupación profunda y una mayor incomprensión, terror e indefensión. Las respuestas que se encuentran nunca satisfacen las dudas o los miedos perennes que se han instalado en su vida. Esto precisamente es ser una víctima fungible, inocente, comprender que nunca podrás entender del todo los motivos por los que eso te ha pasado a ti, o qué has hecho -si es que puede afirmarse con rigor que hayas hecho algo realmente- que justifique el daño del que has sido objeto.

Sobrevivir no es bastante. Solo es el primer paso. A la supervivencia le sigue la soledad de la desgracia. Le sobrevienen el pánico, el dolor y muy a menudo ese odio visceral, sucio, que puede llegar a ser todavía más destructivo que la herida sentimental. A la supervivencia le sigue la simple y llana desesperación.

victima-de-una-maldicion-familiar

Una desesperación que solo la entiende la víctima, pues nadie más está en disposición de asumir sus emociones a medida que el tiempo pasa… No es solo el daño físico, sino ante todo el daño moral. La civilización ha vuelto y trata de acogerte –es cierto-, pero como reconocen muchos “no te asume”, “no te entiende”, “no sabe por qué no dejas todo eso atrás”. Existen las indemnizaciones, las palabras de ánimo, los actos solidarios, y se agradece pero llegan incluso a ser molestia pues las secuelas psicológicas son ya cosa que la víctima debe gestionar sola… Todo cuanto le recuerde aquellos acontecimientos le provocará la misma ansiedad que ya vivió, el mismo terror, la evitación de ciertas circunstancias, el pánico inveterado a determinados eventos, el temor irracional a salir a la calle: la civilización ha vuelto a tu alrededor, en efecto, pero eres ya una víctima. Todo cuanto te daba cobijo, amparo y seguridad ha quedado destruido. Y las dudas permanentes que se repiten y que nadie resuelve, la culpa, el horror: “¿Me volverá a pasar? ¿Podré evitarlo si vuelve a ocurrir? ¿Podré liberarme de este miedo irracional? ¿Podrán entenderme? ¿Me culpabilizarán por esto? ¿Qué he hecho yo para merecérmelo?”.

Ser victimizado no es un exactamente un azar, pero tampoco forma parte de un plan cósmico. No es, al igual que la maldad, una condición esencial y/o metafísica. Es cierto que a menudo nadie puede comprenderlo del todo, pero se puede salir. Debes esforzarte y combatir. Porque, como decía el doctor Gayarre al comienzo, en todo hay matices. Incluso en la esperanza.


[1] Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A report on the banality of evil. New York (NY), USA: The Viking Press. Traducción Española: Eichmann en Jerusalén. Barcelona, España: Random House Mondadori.

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